JORNADA POR LA VIDA 2015: “HAY MUCHA VIDA EN CADA VIDA”

Mons. Carlos EscribanoMons. Carlos Escribano     El próximo 25 de Marzo la Iglesia celebra, en la fiesta de la Anunciación, la Jornada por la Vida. Aun no se han apagado los ecos de la manifestación del pasado 14 de Marzo en Madrid, convocada por diversos colectivos sociales en defensa de la vida, la mujer y la maternidad. Son muchas la voces que se alzan a favor de la vida y muchas las personas que, a pesar de los muchos condicionantes sociales, siguen valorando el don precioso de la vida humana desde su concepción hasta su final natural. En este contexto, no me canso de releer las palabras del Papa Francisco en la Evangelii Gaudium cuando habla del aborto: “Entre esos débiles, que la Iglesia quiere cuidar con predilección, están también los niños por nacer, que son los más indefensos e inocentes de todos, a quienes hoy se les quiere negar su dignidad humana en orden a hacer con ellos lo que se quiera, quitándoles la vida y promoviendo legislaciones para que nadie pueda impedirlo. Frecuentemente, para ridiculizar alegremente la defensa que la Iglesia hace de sus vidas, se procura presentar su postura como algo ideológico, oscurantista y conservador. Sin embargo, esta defensa de la vida por nacer está íntimamente ligada a la defensa de cualquier derecho humano. Supone la convicción de que un ser humano es siempre sagrado e inviolable, en cualquier situación y en cada etapa de su desarrollo. Es un fin en sí mismo y nunca un medio para resolver otras dificultades”. (Evangelii Gadium 213)

Sí, cada vida humana es un don precioso de Dios y es valiosa por estar creada a imagen y semejanza de Dios. Este es un dato que para la comunidad cristiana y para cada creyente es muy relevante e irrenunciable. “Para Dios, todos y cada uno de los seres humanos poseen un valor excepcional, único e irrepetible. Nuestra vida es un don que brota del amor de Dios que reserva a todo ser humano, desde su concepción, un lugar especial en su corazón, llamándolo a la comunión gozosa con Él. En toda vida, en la recién concebida, en la débil o sufriente, podemos reconocer el sí que Dios ha pronunciado sobre ella de una vez para siempre. Aquí se fundamenta la razón de hacer de este sí la actitud justa y propia hacia cada uno de nuestros prójimos sea cual sea la situación en que estos se encuentren”. (Nota de los Obispos de la Conferencia Episcopal Española para la jornada por la Vida, 2015. N 1)

En este camino de defensa de la vida miramos con especial predilección al embrión humano. Cuando la legislación española se empeña en seguir reconociendo el aborto como un derecho, incumpliendo promesas electorales hechas en su momento, es bueno recuperar el debate desde su dimensión ética. Desde el punto de vista ético, al reconocer que el embrión humano es persona humana, y así lo define su estatuto ontológico, se está haciendo una afirmación que conlleva unas exigencias. Se trata de algo más que un dato cognosci tivo: un saber teórico e indiferente que no obliga a nada. Si afirmo que el embrión humano es persona, esto se convierte en fuente de eticidad y, por ello, de obligatoriedad y de responsabilidad para la libertad del sujeto que se sitúa ante el tema. Si estoy ante una vida humana, tengo la obligación moral de protegerla. Tiene consecuencias jurídicas. Las leyes deben proteger, en su caso, la vida de los más débiles y eso es responsabilidad del poder legislativo y, en su caso, del ejecutivo.

Por eso, el compromiso al servicio de la vida obliga a todos y cada uno. “Este compromiso comunitario requiere la participación social y política en vistas al bien común. Por eso, cada uno de nosotros, las familias como sujetos de la vida social, asociaciones civiles e instituciones debemos trabajar con audacia, constancia y creatividad para que las leyes e instituciones civiles defiendan y promuevan el derecho a la vida desde su concepción hasta su muerte natural, reformando o derogando aquellas legislaciones injustas, como las actualmente vigentes, y promoviendo iniciativas que defiendan, tutelen y promuevan el derecho a la vida de todo ser humano como fundamento de una sociedad verdaderamente humana”. (Nota de los Obispos de la Conferencia Episcopal Española para la jornada por la Vida, 2015. N 6).

+ Carlos Escribano Subías,
Obispo de Teruel y de Albarracín

Mons. Carlos Escribano Subías
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Monseñor Carlos Manuel Escribano Subías nació el 15 de agosto de 1964 en Carballo (La Coruña), donde residían sus padres por motivos de trabajo. Su infancia y juventud transcurrieron en Monzón (Huesca). Diplomado en Ciencias Empresariales, trabajó varios años en empresas de Monzón. Más tarde fue seminarista de la diócesis de Lérida -a la que perteneció Monzón hasta 1995-, y fue enviado por su obispo al Seminario Internacional Bidasoa (Pamplona). Posteriormente, obtuvo la Licenciatura en Teología Moral en la Universidad Gregoriana de Roma (1996). Ordenado sacerdote en Zaragoza el 14 de julio de 1996 por monseñor Elías Yanes, ha desempeñado su ministerio en las parroquias de Santa Engracia (como vicario parroquial, 1996-2000, y como párroco, 2008-2010) y del Sagrado Corazón de Jesús (2000-2008), en dicha ciudad. En la diócesis de Zaragoza ha ejercido de arcipreste del arciprestazgo de Santa Engracia (1998-2005) y Vicario Episcopal de la Vicaría I (2005-2010). Como tal ha sido miembro de los Consejos Pastoral y Presbiteral Diocesanos. Además, ha sido Consiliario del Movimiento Familiar Cristiano (2003-2010), de la Delegación Episcopal de Familia y Vida (2006-2010) y de la Asociación Católica de Propagandistas (2007-2010). Ha impartido clases de Teología Moral en el Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón desde el año 2005 y conferencias sobre Pastoral Familiar en diferentes lugares de España. Finalmente, ha formado parte del Patronato de la Universidad San Jorge (2006-2008) y de la Fundación San Valero (2008-2010). Benedicto XVI le nombró obispo de Teruel y de Albarracín el 20 de julio de 2010, sucediendo a monseñor José Manuel Lorca Planes, nombrado Obispo de Cartagena en julio de 2009. Ordenado como Obispo de Teruel y de Albarracín el 26 de septiembre de 2010 en la S. I. Catedral de Teruel.