PASÓ HACIENDO EL BIEN (II)

Mons. Juan José OmellaMons. Juan José Omella        Siguiendo la sugerencia que nos hace el Papa en su mensaje para la Cuaresma de este año 2015 de no permanecer indiferentes ante el mal, el domingo pasado concreté dos acciones que nos podrían servir como pautas de conversión: la alegría y el agradecimiento. Hoy presento otros dos que pueden iluminar y dar el calor de Dios a nuestra vida cotidiana.

Comencemos por algo que nos cuesta mucho a todos, y que, sin embargo hace mucho bien: escuchar.

Nos gusta y nos encanta habla, pero nos gusta mucho menos escuchar. Y, sin embargo, cuánto bien hace el saberse y sentirse escuchados. Con Dios nos pasa lo mismo. Los que intentamos seguir caminos de oración nos empeñamos en “decirle a Él lo que nos pasa”, siendo así que conoce todo lo nuestro mucho mejor que nosotros mismos. Y así, el espacio mayor de nuestra oración – que concebimos como un diálogo con Él – nos tiene a nosotros como protagonistas, cuando el “importante” de ese diálogo siempre es Dios. ¿Por qué no le escuchamos? Tiene muchas cosas que decirnos, que animarnos, que sugerirnos. Hacemos tanto ruido con nuestra palabrería que no nos enteramos de lo mucho que nos ama y de lo mucho que quiere compartir con nosotros.

Con los que nos rodean nos sucede exactamente igual, en mayor o en menor medida. Santa Teresa de Jesús decía con ese gracejo y esa ternura tan suyas que “todas las almas necesitan un desaguadero”. Necesitan hablar, abrirse, contar lo que les alegra y contar lo que les preocupa. ¡Cuánto saben de esto nuestras madres, tan a menudo nuestras confidentes! ¡Qué cierto es que el amor, la caridad, en tantas ocasiones consiste en escuchar!

Escuchar no es lo mismo que el simple oír. ¿Puede haber algo más humano que saber escuchar? Cada “historia” que nos cuenten los hijos, el marido, la mujer, los amigos, los vecinos, sabemos que no son meras palabras, son parte de sus vidas, de nuestras vidas, que necesitan verse compartidas. Pidamos al Señor que nos cambie el corazón, que seamos fuertes para plantar cara a la indiferencia. ¡No nos dejemos nunca llevar por ella!

Otro punto también importante es lo que decía Jesús tan rotundamente: “No juzguéis y no seréis juzgados” (Lc 6, 37). Hace referencia a lo que de una manera coloquial se ha venido llamando los juicios temerarios. Yo quiero ir poco más allá. Se trataría de no limitarnos a no hablar mal, que ya sería mucho. Se trataría de hablar bien, de hablar bien ¡siempre! Yo no puedo imaginarme a una madre, a un padre, hablando mal de los hijos. Ni a un hermano, ni a un amigo.
Un buen propósito para este tiempo de Cuaresma podría ser hablar siempre bien de todos los que conviven con nosotros. La crítica, sin sentido, acerada, agria, “sin venir a cuento”, es la polilla que lo roe todo. Nada atenta más contra la unidad y contra el buen entendimiento en la familia que hablar mal del otro.
Necesitamos el corazón de Dios, corazón de padre y madre, y necesitamos los ojos de Dios para ver a nuestro prójimo como Él lo ve. Y así no juzgaremos. Dios es el que juzga y su juicio está siempre lleno de misericordia. San Agustín animaba a sus fieles de Hipona a ver en sus semejantes las muchas virtudes que todos tenían, pasando por alto los defectos que nunca faltaban. Es un buen consejo: exigente, positivo, que ayuda a sumar. Que hace comunión.
Examinemos cómo vivimos la Cuaresma y no olvidemos que con el cumplimiento de estos pequeños propósitos nos iremos acercando poco a poco pero con firmeza a la alegría de la Pascua. La Virgen nos acompañará.
Con mi afecto y mi bendición,

+ Juan José Omella Omella
Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.