El mensaje semanal del Obispo de Cuenca

Mons. YanguasMons. José María Yanguas     Queridos diocesanos:

Hemos sobrepasado ya el ecuador de la Cuaresma, tiempo santo en el que el Señor nos llama con sus silbos de buen Pastor para que volvamos a la casa del Padre, al hogar del que quizás nos habíamos alejado irresponsablemente, y nos invita a recuperar su amistad, a vibrar con aquel primer amor que siguió a nuestro encuentro personal, directo, inmediato, con Él: la primera conversión.

En este momento del camino cuaresmal es oportuno hacer un alto  para interrogarnos por el modo en que estamos recorriéndolo,  para examinar si estamos aprovechando de verdad este tiempo de gracia que Dios nos regala. Somos conscientes de que no podemos comportarnos de una mera superficial, como si no acabáramos de darnos cuenta de lo que significa vivir alejados de Dios y de lo que el pecado representa para la vida presente y futura del cristiano. La conversión a la que somos invitados no es un juego de niños, no es un trámite anual que podemos solventar sin más con unas cuantas prácticas externas, quizás excesivamente rutinarias y formalistas, porque no alcanzan el corazón ni comprometen de verdad nuestra existencia.

La Cuaresma nos invita, en efecto, a dejarnos encontrar por el Señor, a permitirle que de nuevo nos inunde con su gracia y con su luz; es tiempo para  reintentar, una vez más, volver a caminar en su presencia; para tratar de vivir, de pensar y actuar  según el Evangelio, ayudados siempre por su gracia, que no nos faltará. No podemos, de ningún modo, limitar la Cuaresma a oraciones y prácticas externas, queriendo “tapar” con ellas “comportamientos contrarios a las exigencias de la justicia, de la honradez o de la caridad hacia el prójimo”, como nos decía el Santo Padre hace unos días con palabras punzantes como dardos.

La Cuaresma nos pide un examen valiente, decidido, sincero, sin tapujos ni cobardías que, en la escucha de la Palabra de Dios, descienda a las raíces de nuestros comportamientos y saque a la luz los verdaderos motivos de nuestras acciones; que ponga al descubierto cuáles son los bienes que verdaderamente nos mueven y ocupan los primeros puestos en nuestro corazón; que nos haga conocer la verdadera situación de nuestras almas delante de Dios, sin dejarnos llevar por la necia pretensión de querer quedar bien ante Él, que escruta nuestro interior y a cuya mirada nada escapa.

Del examen sin disimulos que reconoce la presencia del pecado en la propia vida –pecados bien concretos, con nombre propio−, hemos de pasar a implorar a Dios nuestro Señor la gracia de un sincero dolor y arrepentimiento de todas y cada una de nuestras faltas y pecados. Doloridos y contritos, nos será más fácil ponernos delante de Dios y confesarlos a quien hace sus veces, al ministro de la Penitencia, al sacerdote, a quien Jesús ha conferido el formidable poder de su Espíritu diciendo: “a quien perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20, 23).

El dolor de los pecados es inseparable del propósito de la enmienda. En quien percibe de algún modo la infinita malicia del pecado y descubre la traición al amor sin medida de Dios que con el mismo perpetramos, nace espontáneo el firme deseo de no repetirlo e inclina a reparar  o satisfacer por los pecados cometidos.

Vemos así cómo en la dinámica de la conversión se viven los distintos momentos y actos propios del sacramento de la Penitencia o Confesión: examen, dolor de los pecados, propósito de enmienda, confesión y satisfacción. Cuaresma, tiempo de penitencia y conversión  es, por eso, tiempo especialmente recomendado para la práctica de este sacramento,  uno de los cinco así llamados “mandamientos de Iglesia”: confesar al menos una vez al año.

+ José María Yanguas

Obispo de Cuenca

Mons. José María Yanguas
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Mons. José María Yanguas Sanz nació el 26 de octubre de 1947 en Alberite de Iregua (La Rioja), diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Siguió los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano y el 19 de junio de 1972 fue ordenado sacerdote en Logroño al servicio de la misma diócesis. En 1971 inició en Pamplona los esutdios de Filosofía y en el 1974 los de Teología en la respectiva Facultad de la Universidad de Navarra, obteniendo en el 1978 el doctorado en Teología y en el 1991 el de Filosofía en la misma universidad. Ha trabajado como Capellán y Profesor de Teología de los esudiantes de diversas Facultades Civiles de la Universidad de Navarra (1972-1978; 1980-1986), Secretario del Departamento de Teología para Universitarios (1976-1978), Capellán militar (1978-1980), Profesor de Teología Dogmática (1976-1981), Profesor de Ética y de Teología Moral (1981-1989), Miembro del Comité de Dirección de la revista Scripta Theologica (1982-1986), Director de Investigación de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra y Profesor Asociado de Ética de la Facultad Eclesiástica de Filosofía (1988-1989), Oficial de la Congregación para los Obispos (1989-2005) y Profesor Visitante de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (1990-2005). En Roma ha sido Capellán de las Hermanas de la Sagrada Familia de Spoleto y ha colaborado pastoralmente en la Parroquia de Santa María de la Divina Providencia (1990-2005). El 20 de abril de 2001 fue nombrado Prelado de Honor de Su Santidad. Ha publicado numerosos artículos en las revistas Scripta Teologica y Annales Teologici; en las “Actas de Congresos y Simposios de Teología”, Pamplona, 1985, y Roma, Cittá Nuova Editrice, 1986, 1988. Es autor de los siguientes libros: - Pneumatología de San Basilio. La divinidad del Espíritu Santo y su consustancialidad con el Padre y el Hijo, Eunsa, Pamplona, 1983; - Constitutionis Pastoralis Gaudium et Spes sinopsis histórica: De Ecclesia et vocatione hominis, Pamplona, 1985; - La intención fundamental. El pensamiento de Dietrich von Hildebrand: contribución al estudio de un concepto moral clave, Barcelona, 1994. Además de español habla francés, inglés, italiano y alemán. Nombrado Obispo de Cuenca el 23 de diciembre de 2005, recibió la Ordenación Episcopal y tomó posesión de la Sede de Cuenca, en la Catedral, el 25 de febrero de 2006, de manos del Excmo. y Rvmo. Mons. Antonio Cañizares Llovera, Arzobispo de Toledo. Es miembro de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe y de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades de la CEE (Conferencia Episcopal Española).