Día del Seminario en un año teresiano

Gil_HellinMons. Francisco Gil Hellín     La fiesta de san José nos remite necesariamente al Seminario. Porque es ahí donde viven los que se preparan para ser sacerdotes y, por tanto, ministros de Jesucristo en la tarea de apacentar las almas que él quiera encomendarles, a través de la Iglesia. San José y la Santísima Virgen tienen mucho que decir en esta tarea, porque nadie conoció mejor ni trató con tanta intimidad ni penetró con más hondura que ellos en el misterio del Verbo Encarnado. Nadie, por tanto, sabe mejor que santa María y san José lo que han de ser los sacerdotes para desempeñar su ministerio según el querer de Jesucristo.

Pero este año, a la fiesta de san José y del Seminario nos remite a una conmemoración muy cercada a nosotros, en lo humano y en lo espiritual. Me refiero a santa Teresa, cuyo quinto centenario de nacimiento estamos celebrando con un Año Teresiano. Ella era de esta tierra castellana, más en concreto, de Ávila y en Castilla comenzó su gran reforma del Carmelo, en ella dejó su última fundación –que es, precisamente, la de Burgos-, y en Castilla, finalmente, entregó su alma a Dios. No es, pues, poner la albarda sobre albarda, sino colocar las cosas en un contexto muy adecuado. Porque santa Teresa de Jesús tuvo en altísima estima a los sacerdotes, rezó mucho por ellos, encargó encarecidamente a sus monjas ofrecer mortificaciones y oraciones por la santidad de los sacerdotes y nos dejó un rico tesoro de doctrina sobre la importante misión que a ellos corresponde realizar en la Iglesia y en el mundo.

“Tiempos recios” llamaba ella a los que le tocó vivir. No se equivocaba, porque en aquellos momentos la Iglesia sufrió una de las mayores crisis de su historia, que terminaría con la separación de una buena parte de Europa y la negación de una importante parte de su doctrina. Baste pensar que, por ejemplo, los sacramentos fueron reducidos al Bautismo y a la Eucaristía y que dejó de existir el sacerdocio ministerial (sacramento del Orden), quedando exclusivamente el sacerdote bautismal o sacerdocio común de los fieles. Además, desde hacía mucho tiempo existía un clamor general de verdadera reforma dentro de la Iglesia y, más en concreto, de los ministros sagrados.

Santa Teresa no contempló impasible esta durísima realidad ni se dedicó a estériles lamentos. Además de lanzarse a una gran reforma personal y del Carmelo, vio con claridad que los sacerdotes jugaban un papel muy importante en el remedio de tan lamentable situación. Para ella, eran “los capitanes” que defienden “el castillo” de la Iglesia. Por eso necesitaban ser “letrados”, es decir, tener una profunda formación teológica; estar desprendidos de los bienes de este mundo: dinero, dignidades, cargos, prebendas; animados de un celo infatigable por acompañar espiritualmente a las almas; dedicados intensamente a la predicación y ser hombres de mucha oración.

Las circunstancias han cambiado notablemente de su tiempo al nuestro. Pero también hoy nos toca vivir “tiempos recios”, no tanto por la negación de la doctrina católica –aunque también esto se da- sino por los aires gélidos que provoca el laicismo, el hedonismo consumista y materialista, el relativismo y el adormecimiento masivo de las conciencias. Por eso, hoy, como en tiempos de santa Teresa necesitamos sacerdotes con las mismas características que ella apuntaba: bien formados, entregados en cuerpo y alma al ministerio de la predicación y acompañamiento humano y espiritual, pobres y amantes de los pobres, y muy rezadores. El Concilio Vaticano II y los Papas posteriores han insistido incansablemente sobre esto.

Al llegar este año el día de san José y del Seminario recomiendo a los fieles lo que santa Teresa recomendaba a sus monjas: que recéis para que el Señor nos mande muchos sacerdotes con los rasgos que ella señalaba: muy bien formados, profundamente celosos y grandes orantes. Los que podéis ayudar económicamente, no dejéis de hacerlo para ayudar a los seminaristas con pocos recursos. Gracias por adelantado.

+Francisco Gil Hellín,

arzobispo de Burgos

Mons. Francisco Gil Hellín
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Mons. D. Francisco Gil Hellín nace en La Ñora, Murcia, el 2 de julio de 1940. Realizó sus Estudios de Filosofía y Teología en el Seminario Diocesano de Murcia entre 1957-1964. Obtuvo la Licenciatura en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma entre 1966-1968. Además, estudió Teología Moral en la Pontificia Academia S. Alfonso de Roma entre los años 1969-1970. Es Doctor en Teológía por la Universidad de Navarra en 1975. CARGOS PASTORALES Ejerció de Canónigo Penitenciario en Albacete entre 1972-1975 y en Valencia de 1975-1988. Subsecretario del Pontificio Consejo para la Familia de la Santa Sede de 1985 a 1996. Fue Vicedirector del Instituto de Totana, Murcia entre 1964-1966 y profesor de Teología en la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia (1975-1985). También en el Istituto Juan PAblo II para EStudios sobre el Matrimonio y Familia (Roma, 1985-1997) y en el Pontificio Ateneo de la Santa Cruz en Roma (1986-1997). Juan Pablo II le nombraría despues Secretario del Dicasterio de 1996 a 2002. Fue nombrado Arzobispo de la Archidiócesis de Burgos el 28 de marzo de 2002, dejando su cargo en la Santa Sede, y llamado a ser miembro del Comité de Presidencia del Pontificio Consejo para la Familia desde entonces. El papa Francisco aceptó su renuncia al gobierno pastoral de la archidiócesis de Burgos el 30 de octubre de 2015, siendo administrador apostólico hasta la toma de posesión de su sucesor, el 28 de noviembre de 2015. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es miembro de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar y de la Subcomisión Episcopal para la Familia y la Defensa de la Vida desde el año 2002. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Burgos desde 2011 hasta 2015. Además fue miembro de la Comisión Episcopal del Clero de 2002 a 2005.