La limosna, ofrenda a Dios que nos ha dado primero

Mons. Antonio AlgoraMons. Antonio Algora     Como veíamos el domingo pasado hablando del ayuno, la práctica cuaresmal que llamamos «limosna» tiene la misma orientación: posibilitar el encuentro personal con el Señor. Ofrecemos a Dios una parte de los bienes que nos ha dado. Tomamos conciencia de que somos solamente administradores de la riqueza que el Señor ha puesto en nuestras manos porque alguien la ha trabajado antes o porque hemos sabido nosotros mismos multiplicar los talentos recibidos.

Así la primera consideración que hay que hacer, es decir, que la limosna es un acto de justicia. Así lo entiende nuestro Catecismo en el número 2462: «La limosna hecha a los pobres es un testimonio de caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios».

La limosna es, en efecto, poner en práctica ese salir de nosotros mismos para fijarnos en lo que está pasando, es romper con ese encorvamiento sobre sí mismos que decía san Agustín y que conduce al engreimiento, a la dureza de vida de la persona triunfadora, que no le importa pasar por encima de quien sea con tal conseguir lo que quiere. En definitiva la limosna es un acto de humildad: «Todo lo que tengo ha sido recibido».

El encuentro con Dios se da precisamente en la misma donación personal, «tuve hambre y me distéis de comer». La respuesta del Señor a la pregunta: «¿Cuándo te vimos hambriento?», ya la recordáis: «Cuando lo hicisteis con alguno de estos mis hermanos conmigo lo hicisteis». Se da el encuentro con Jesucristo, en el interior de la persona que se entrega gratis y al que Dios mismo me regala como hermano.

Mucho hablamos de solidaridad y de generosidad, y está bien, pero la fe añade esa dimensión profunda, íntima, que nos construye a nosotros como personas y nos hace aptos para construir fraternidad. Por eso nos recuerda el mismo Catecismo que es característica de la limosna hacerla en secreto: «La Ley nueva practica los actos de la religión: la limosna, la oración y el ayuno, ordenándolos al «Padre que ve en lo secreto» por oposición al deseo «de ser visto por los hombres» (cf. Mt 6, 16; 16 − 18) su oración es el Padre Nuestro» (Cat n.º 1969).

Así, «edificados en Cristo», como nos dice la Palabra de Dios, estamos en condiciones de ayudar a crecer a los demás. Cuando la práctica de la caridad humilla, señala al pobre como pobre, ciertamente, la limosna está pervertida por el altruismo egoísta que busca pacificar la conciencia, la autoestima, o sencillamente la voluntad de mantener una desigualdad que hace al de debajo deudor.

La limosna es, en sí misma, constructora de una fraternidad que ha sido posible por la entrega de Jesucristo al amor del Padre que nos ha regalado el Espíritu Santo y hecho hijos en el Hijo. La ofrenda a Dios de los dones, los bienes y la vida del cristiano se une así a la cruz salvadora de Jesucristo. Ahora entendemos que los quehaceres penitenciales de la oración, el ayuno y la limosna nos llevan a la Pascua de la Resurrección y la vida, que realizada en Jesucristo es para todos.

Ojala que nuestra más que demostrada actividad caritativa y social que tiene su expresión pública en Cáritas, nos sirva para la construcción de ese mundo nuevo, de esa paz y justicia por la que grita nuestra sociedad.

Vuestro obispo,

† Antonio Algora

Obispo de Ciudad Real

Mons. Antonio Algora
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D. Antonio Ángel Algora Hernando nació en La Vilueña (Zaragoza), el 2 de octubre de 1.940. Cursó los Estudios Eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Madrid. El 23 de diciembre de 1.967 fue ordenado de sacerdote y quedó incardinado en la que entonces era Archidiócesis de Madrid-Alcalá y hoy son tres diócesis: Madrid, Alcalá y Getafe. Desde 1968 a 1.973 fue Consiliario de las Hermandades del Trabajo en Alcalá.de Henares. Trasladado a Madrid como Consiliario de los jóvenes de Hermandades, sustituyó al fundador, D. Abundio García Román, en 1.978, como Consiliario del Centro de Madrid. El 9 de octubre de 1.984 fue nombrado Vicario Episcopal de la Vicaría VIII de la Archidiócesis de Madrid. El 20 de Julio de 1.985 fue nombrado Obispo de Teruel y Albarracín. Recibió la consagración episcopal el 29 de septiembre de ese mismo año. Su especialidad académica es la Sociología. En la Conferencia Episcopal Española es miembro del Consejo de Economía y como tal, responsable del Secretariado para el Sostenimiento Económico de la Iglesia. Además, es vocal de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, y responsable del Departamento de Pastoral Obrera.