El Seminario, corazón y futuro de la diócesis

antonio_canizaresMons. Antonio Cañizares Llovera        «El Seminario es corazón de la diócesis». Esta frase no es ciertamente una frase retórica, ni un slogan publicitario. Refleja la realidad más propia de lo que entraña el seminario. El futuro de una diócesis, en efecto, depende en gran medida del seminario diocesano, porque es, como dijera Benedicto XV, sede «de donde se difunde la vida espiritual hacia todas las venas de la Iglesia». O dicho con otras palabras: el seminario es el lugar, el tiempo, el proceso, el método, y, sobre todo, la comunidad educativa promovida por el Obispo donde se forman los sacerdotes, que, no lo olvidemos, son siempre necesarios e imprescindibles para que exista la Iglesia, «sacramento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (LG 1).

A los sacerdotes, hombres escogidos por Dios de entre los hombres, en los que se perpetúa sacramentalmente el sacerdocio de Cristo, les son conferidos, por la unción y la imposición de las manos de la ordenación sacerdotal, el poder y la facultad de que la redención salvífica se transmita a la humanidad. Sólo ellos entregan a Cristo mismo en persona por la celebración de la Eucaristía, sólo por ellos nos llega la gracia purificadora y reconciliadora del perdón de Dios en el sacramento de la Penitencia. Como se ha escrito, si el sacerdocio “desapareciera, todavía podría seguir existiendo la fe, pero lentamente se extinguiría en una agonía implacable la riqueza espiritual antes existente en una comunidad determinada.

Por otra parte, finalizado el «itinerario para la renovación eclesial» en nuestra diócesis, e iniciado el nuevo «itinerario para la evangelización», en el que nos hemos embarcado la Iglesia diocesana, nuestra mirada se dirige a Jesucristo, para contemplar su rostro y seguirle. Tenemos que mirar hacia adelante, debemos “remar mar adentro”, confiando en la palabra de Cristo iNavega mar adentro!… Estos itinerarios deben suscitar en nosotros un dinamismo nuevo, empujándonos a emplear el entusiasmo experimentado en iniciativas concretas. Jesús mismo nos lo advierte: “Quien pone su mano en el arado y vuelve su vista atrás, no sirve para el Reino de Dios” (Lc 9, 62). En la causa del Reino no hay tiempo para mirar atrás, y menos para dejarse llevar por la pereza. No ignorando en modo alguno, al contrario, que hay que buscar «ser» antes que «hacer», sin duda «iniciativa concreta», fundamental y empeñativa, absolutamente prioritaria, es ocuparnos de nuestro seminario como instrumento particularmente necesario para posibilitar ese «ser», o suscitar ese «dinamismo nuevo», o alentar «el renovado impulso en la vida cristiana» al que nos empuja el Espíritu en esta nueva etapa de nuestra historia. Si queremos –y ciertamente lo queremos– que nuestra Diócesis, con la primacía de la gracia, recobre un renovado vigor en el seguimiento de Jesucristo, o que se sitúe en el camino de la santidad conforme a su vocación o que se fortalezca su capacidad para el anuncio del Evangelio y apostando por la caridad, sea testimonio vivo de Dios amor y se proyecte hacia la práctica de un amor activo y concreto con cada ser humano, si queremos esto es preciso que nuestro seminario sea lo primero y vaya delante de la comunidad diocesana en el proyecto pastoral.

En este «Día del Seminario», que celebraremos el día 8 de marzo, no puedo dejar de compartir con todos vosotros mi gran preocupación y dolor por el reducido número –aunque sea mayor que en gran parte de las diócesis españolas– de quienes piden el ingreso en nuestro seminario diocesano. Si a esto se añade que la edad media del Clero de la Diócesis se hace cada vez más avanzada y de que crece la amplitud de nuevas necesidades pastorales que atender, sobre todo en la atención a los Jóvenes, hay motivos más que sobrados para inquietarse seriamente.

Me vais a permitir que me exprese con toda sinceridad. Creo, como me decía un viejo amigo, que fue Obispo, que «a nuestros jóvenes y adolescentes no se les ofrece, hoy por hoy, bastantes espacios de libertad, sana diversión, desarrollo cultural y religioso para que pueda nacer y mantenerse entre ellos una vocación de servicio al hombre y a la comunidad asumida justamente como vocación al sacerdocio. Una sociedad cuyos adultos tienen por valores los más altos el dinero, la comodidad y los goces de la posesión y el consumo difícilmente puede esperar que en su seno surjan vocaciones al sacerdocio. Muchos jóvenes y adolescentes acusan, desde los años tempranos de la niñez, el conflicto inducido en lo más profundo de sus almas por la vida dividida de las familias, que profesan la fe católica y la practican, pero llevan una vida cuyos criterios, fuentes de inspiración y modelos nada tienen que ver con el Evangelio. Este conflicto es de suyo mortal para el nacimiento y mantenimiento de la vocación sacerdotal y aun para la misma fe cristiana y adhesión a la Iglesia». Claro está, esa situación real reclama de nuestra diócesis el que con verdadera decisión y valentía, con creatividad y convicción, nos aprestemos a crear espacios para los jóvenes donde pueda surgir la vocación, que trabajemos con ellos sin ningún temor, y que, al mismo tiempo, nos centremos en una pastoral familiar de la que, a pesar de todos los buenos deseos, necesitamos potenciar y fortalecer.

Por otra parte, creo que estaremos de acuerdo, en general, detrás de casi todas las vocaciones sacerdotales, en el origen de aquellos que han hecho el eje de su vida el ministerio sacerdotal, de ordinario, ha habido un sacerdote que los invitó explícitamente a seguir este camino y, de alguna manera, se les ofreció como modelo que merecía la pena asumir para la propia vida. Con esto quiero decir que es preciso que los sacerdotes invitemos y llamemos explícitamente, de manera personal, en trato de tú a tú, a seguir el camino del sacerdocio. Los sacerdotes, en un trato personal que hemos de fomentar sin temor con los Jóvenes, debemos hablar de la vida sacerdotal como de un valor inestimable y de una forma espléndida y privilegiada de vida cristiana; así mismo, en ese trato amistoso, llamémosle diálogo pastoral o acompañamiento personal o dirección espiritual, debemos proponer de modo explícito y firme la vocación al sacerdocio como una posibilidad real para aquellos jóvenes que muestren tener los dones y cualidades para ello.
Todos, en la diócesis, estamos implicados en esta urgencia. Y, entre otras muchas cosas que se puedan llevar a cabo, hay una que está en las manos de todos, y que todos podemos y debemos hacer: orar por las vocaciones. No olvidemos jamás que la llamada y la respuesta misma son siempre don de Dios, y hay que implorarlo de quien es el dador de todo don y dádiva que procede del cielo. No dejemos de orar, al menos, en todas y cada una de las Eucaristías que se celebren en nuestra diócesis.

Ayudemos al Seminario, no escatimemos nada para él. Así os lo pido, hincándome de rodillas ante todos, y así lo espero de todos y cada uno de los fieles de la Iglesia que peregrina en Valencia.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

Card. Antonio Canizares
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Emmo. y Rvmo. Sr. Antonio CAÑIZARES LLOVERA El Cardenal Antonio Cañizares, nombrado el 28 de agosto de 2014 por el papa Francisco arzobispo de Valencia, nació en la localidad valenciana de Utiel el 15 de octubre de 1945. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Valencia y en la Universidad Pontificia de Salamanca, en la que obtuvo el doctorado en Teología, con especialidad en Catequética. Fue ordenado sacerdote el 21 de junio de 1970. Los primeros años de su ministerio sacerdotal los desarrolló en Valencia. Después se trasladó a Madrid donde se dedicó especialmente a la docencia. Fue profesor de Teología de la Palabra en la Universidad Pontificia de Salamanca, entre 1972 y 1992; profesor de Teología Fundamental en el Seminario Conciliar de Madrid, entre 1974 y 1992; y profesor, desde 1975, del Instituto Superior de Ciencias Religiosas y Catequesis, del que también fue director, entre 1978 y 1986. Ese año, el Instituto pasó a denominarse «San Dámaso» y el Cardenal Cañizares continuó siendo su máximo responsable, hasta 1992. Además, fue coadjutor de la parroquia de "San Gerardo", de Madrid, entre 1973 y 1992. Entre 1985 y 1992 fue director del Secretariado de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española. Creado Cardenal en marzo de 2006 El papa Juan Pablo II le nombró Obispo de Ávila el 6 de marzo de 1992. Recibió la ordenación episcopal el 25 de abril de ese mismo año. El 1 de febrero de 1997 tomó posesión de la diócesis de Granada. Entre enero y octubre de 1998 fue Administrador Apostólico de la diócesis de Cartagena. El 24 de octubre de 2002 fue nombrado Arzobispo de Toledo, sede de la que tomó posesión el 15 de diciembre de ese mismo año. Fue creado Cardenal por el Papa Benedicto XVI en el Consistorio Ordinario Público, el primero de su Pontificado, el 24 de marzo de 2006. Cargos desempeñados en la CEE y en la Santa Sede En la Conferencia Episcopal Española ha sido vicepresidente (2005-2008), miembro del Comité Ejecutivo (2005-2008), miembro de la Comisión Permanente (1999-2008), presidente de la Subcomisión Episcopal de Universidades (1996-1999) y de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis (1999-2005). El Papa Juan Pablo II lo nombró miembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe el 10 de noviembre de 1995. El 6 de mayo de 2006, el Papa Benedicto XVI le asignó esta misma Congregación, ya como Cardenal. También como Cardenal, el Papa le nombró, el 8 de abril de 2006, miembro de la Comisión Pontificia “Ecclesia Dei”. El Cardenal Cañizares ha sido fundador y primer Presidente de la Asociación Española de Catequetas, miembro del Equipo Europeo de Catequesis y director de la revista Teología y Catequesis. Es miembro de la Real Academia de la Historia desde el 24 de febrero de 2008. Igualmente, el Papa nombró al Cardenal Cañizares Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en diciembre de 2008. De otro lado, el cardenal fue nombrado en 2010 “Doctor Honoris Causa” por la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir” (UCV) Nombrado Arzobispo de Valencia el 28 de agosto de 2014. Tomó posesión de la Archidiócesis el 4 de octubre de 2014