¿Por qué se hacían cristianos? (II)

braulioarztoledoMons. Braulio Rodríguez      La semana pasada nos fijábamos en textos de cartas del NT, dirigidas a los recién bautizados, que muestran la gran novedad que aportaba a sus vidas el Bautismo, al comparar esta novedad con la manera anterior de vivir. En Ef 4,17-20 se habla de “vaciedad de sus ideas”, es decir, inconsistencia de vida, que hace hombres y mujeres “con razón a oscuras”. Todo lo cual genera la dureza de corazón, de la que nacen la insensibilidad y la deformación del deseo, aquí definida como “la codicia, la avaricia que es una “idolatría”. Esa idolatría, que viene evidentemente de la avaricia, es la ausencia de una correcta relación con Dios. Otro aspecto importante del significado de la conversión se encuentra en Col 3,10-11: “Y os habéis resentido de la nueva condición que, mediante el conocimiento, se va renovando a imagen de su Creador, donde no hay griego y judío, circunciso e incircunciso, bárbaro, escita, esclavo y libre, sino Cristo, que lo es todo, y en todos”. La nueva condición de cristiano, pues, cambia todas las categorías habituales utilizadas para dignificar a la “persona”: tanto la pertenencia religiosa y cultural, la condición social, la pertenencia étnica.

Ninguna vale ya: con Cristo hay otra manera de ver las cosas y de relacionarse las personas. Percibimos así que para los primeros cristianos la conversión suponía una radical redefinición de la persona, no sólo como individuo, sino también en su relación con la realidad y, sobre todo, con los demás. Es lo que llamamos metànoia, término griego que significa conversión, pero en el sentido de “cambio de pensamiento”, y, como consecuencia, se da un cambio moral en mí, pues voy más allá del pensamiento habitual. Estamos ante otro modo de ver la realidad, pues un nuevo conocimiento viene a sanar en mí un déficit intelectivo. Pero, ¿qué significado tenía para la sociedad grecorromana la conversión? Si la conversión la consideramos como un proceso de re-orientación total del sentido religioso, por el cual un individuo o un grupo reinterpreta su vida pasada, se aparta de ella e inserta su vida posterior en un entramado u organización social diferente, esta definición de “conversión” solo se comprende después de la aparición del cristianismo en el escenario de la historia. Es una definición postcristiana. Un pagano del siglo I d. C. no sólo no compartiría esta definición de conversión; es que ni siquiera la entendería y la sentiría como una “provocación”.

Y es muy cierto, porque, en su manera de actuar el cristianismo en el mundo greco-latino, no se limitó a sustituir con contenidos propios de tipo religioso los que ya existían (por ejemplo, una noción del más allá, de la moral, de la vida social, una noción de Dios), dejando intacto el “contenedor”, es decir, el hombre y la mujer y su ambiente de vida, la sociedad humana. No fue así lo que sucedió, sino que el cristianismo cambió profundamente el método, los contenidos, la misma actitud del hombre ante el fenómeno religioso, el hecho religioso. A partir de una comprensión renovada de uno mismo, se desembocó en una renovada comprensión de la sociedad social e histórica. Podemos mostrar ciertas semejanzas entre esa época antigua y la nuestra, y son muy interesantes. Por ejemplo el desmoronamiento de verdades elementales, como la noción asentada y compartida de términos como libertad, persona, familia, matrimonio, dignidad, derechos… La fuerza del anuncio y de la presencia de los cristianos de entonces supo impulsar un proceso de cambio no solo de las personas, como hemos dicho, sino de la sociedad en que vivían. Es una experiencia de nuestros “hermanos mayores” que sin duda nos puede ayudar hoy a la hora de nuestra tarea de anuncio y misión.

Hasta la llegada del cristianismo, jamás se había visto que un hombre renunciara a la religión de su patria y de sus antepasados para darse de todo corazón y de manera exclusiva a una nueva fe. Faltaba totalmente la idea de la “exclusividad” de una religión. Faltaba también la idea de que una religión no se limitara únicamente a asegurar el favor divino, sino que pretendiera, como lo hizo el cristianismo, ofrecer una novedad de orientación ética para toda la vida. A pesar de esta “extrañeza cultural”, ¿por qué el cristianismo fascinaba y llevaba a la conversión? He aquí lo que tenemos que considerar y aprender en esta Cuaresma.

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.