“EVANGELIZADORES CON LA FUERZA DEL ESPÍRITU” – Día de Hispanoamérica

Mons. Juan José OmellaMons. Juan José Omella       Hoy, primer domingo de marzo, celebra la Iglesia en España el Día de Hispanoamérica, con un recuerdo especial y cariñoso de los misioneros que tenemos en Hispanoamérica. Pasan de los 9.000, y no es de extrañar ya que parece lo más lógico que nos sintamos más obligados con esos países tan entrañables por tantos lazos históricos, culturales, lingüísticos y de trato.

Este Día de Hispanoamérica se viene celebrando desde finales de los cincuenta del siglo pasado, y con esa jornada se intenta actualizar y fortalecer los vínculo de comunión y colaboración con aquellas iglesias hermanas.

El lema de este año, “Evangelizadores con la fuerza del Espíritu”, pretende resaltar la importancia del Espíritu Santo en la tarea encomendada a los misioneros. No en vano los frutos de su misión son un regalo del Espíritu Santo. Es de justicia resaltar que la fidelidad al Señor y a su Iglesia que muestran nuestros hermanos creyentes que viven al otro lado del Océano está en buena medida fundamentada en el trabajo pastoral que sacerdotes, religiosos – sobre todo religiosas – y laicos realizan allí.

Vaya desde este escrito nuestro agradecimiento y nuestro recuerdo para todos los evangelizadores que han dejado lo mejor de sí mismos – ellos y ellas – en su empeño apostólico.

En el mensaje hecho público por la Presidencia de la Pontificia Comisión para América Latina queda muy claro desde el comienzo del mismo que la causa por la que “los misioneros son enviados a cooperar con otras iglesias más necesitadas. Este envío está en la iniciativa divina que los ha llamado a estar con Él y a anunciar el Reino: es Dios quien les da esta vocación que transforma su vida”. Asimismo, se elogia en el citado documento la respuesta generosa a tal llamada divina, que comporta “dejar el proipio terruño y sus gentes, partir hacia mundos lejanos, incorporarse en la vida de otros pueblos, compenetrarse con su historia, congeniar con su temperamento, vibrar con sus sufrimientos y esperanzas, ponerse al servicio de nuevos obispos, sin ocultar las oscuridades que el evangelizador encontrará en su trabajo misionero”.
Llama poderosamente la atención el afán evangelizador que el Papa Francisco ha mostrado desde el primer momento de su Pontificado. Y así dejó escrito: “El verdadero misionero, que lo es por ser discípulo, sabe que Jesús camina con él, respira con él, trabaja con él, percibe a Jesús vivo en medio de la tarea misionera” . Desde ese saberse enviado por Dios a la misión, se puede y debe hacer realidad el “grito” (así lo califica el mensaje) del Papa Francisco: “¡No nos dejemos robar la alegría evangelizadora!” . Bien es verdad que Francisco siempre insiste en todas sus homilías, escritos y exhortaciones, en que “la misión comienza de rodillas, se alimenta en la oración, necesita tiempos de adoración, se despliega desde la comunión con Él en la Eucaristía, y siempre recomienza, más allá de nuestros desfallecimientos y caídas, por la frecuencia del sacramento de la reconciliación”. Es imposible mostrar mejor la belleza, el estímulo y la grandeza de la misión a como lo hace el Papa.
Termino con unas hermosas palabras que el mensaje pontificio para este Día de Hispanoamérica dedica a la Virgen: “El pueblo americano peregrina a los santuarios marianos, pedazos de cielo, para pedir a la Virgen que transforme al continente americano en la casa de Jesús con ‘una montaña de ternura’. Cristo nos lleva a María y María nos conduce a Cristo, porque ella es la misionera que se acerca a nosotros para acompañarnos por la vida, abriendo los corazones a la fe con su cariño materno”.

Con mi afecto y bendición,

+ Juan José Omella Omella
Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.