Rearme moral

antonio_canizaresMons. Antonio Cañizares       Con la imposición de la ceniza, los cristianos iniciamos la semana pasada el tiempo de Cuaresma: Tiempo de renovación interior, de regeneración espiritual, camino de vuelta a Dios para centrar nuestra vida y nuestra mirada en Él, por encima de todo. Sólo Él es necesario. Cuarenta días para, con la mirada puesta en Jesucristo, crucificado y que vive, proseguir nuestro camino hacia Él y tras Él, sin retirarnos, por las sendas de la penitencia, la oración, la escucha y meditación de la Palabra de Dios, la renovación moral, la conversión, el afianzamiento y consolidación de la fe inseparable de la caridad operante. ¡Cuánto bien nos haríamos a nosotros mismos los cristianos y haríamos a los demás, a la sociedad entera, si escuchásemos el mensaje que para esta Cuaresma nos ha dirigido el Papa Francisco! Cambiarían mucho las cosas si acogiésemos y pusiésemos en práctica lo que él nos dice con tanta sencillez y verdad.

Iniciamos la Cuaresma con un tiempo revuelto por los escándalos y situaciones de quiebra moral, que a todos nos afectan. Se tiene la sensación de que vale todo, de que el fin justifica los medios, de que se puede poner en peligro el bien común de un país y su estabilidad democrática con tal de conseguir intereses, lucros y éxitos propios. Se tiene la sensación de que la corrupción lo invade todo, y que la adoración del becerro de oro tiene cada día más adoradores. Gracias a Dios, la corrupción no lo invade todo porque hay más fuerza moral de lo que parece, gracias a Él y por esa fuerza moral real que Él mismo infunde y mantiene; ni vencerán aquellos que, sin moral o sin importarles mucho la moral ni el bien ni el hombre, tratan de alcanzar ciertas cotas de éxito o de un pretendido desarrollo o «solución» a problemas, a costa de lo que sea, sin importar demasiado el desorden moral que acarrea; y, gracias a Dios también, los adoradores del becerro de oro sean los que sean, no tienen ningún futuro. Lo cierto es que se ha perdido sensibilidad moral y que existe y se extiende una especie de adormecimiento moral, un no saber discernir ya qué es moralmente bueno y qué es moralmente malo. La sociedad está como dormida moralmente, está como embotada y necesita salir de su aturdimiento.

Ante la situación que estamos viviendo, no olvido el documento clarividente «La verdad os hará libres» de los Obispos españoles, en 1991, motivado por ciertos hechos sin duda preocupantes, y por la atmósfera que los envolvía, más preocupante aún. Se percibía, entonces como ahora, un cierto adormecimiento de la conciencia moral. La Conferencia Episcopal, tras madura reflexión y prolongado estudio de meses, en continuidad con el abundante magisterio episcopal, en fidelidad al magisterio eclesial, con originalidad y valentía, alumbró su Instrucción Pastoral «La verdad os hará libres», de la que, entonces y ahora, nos congratulamos.

En este importante documento, que bien iría para meditar y volver a enseñar en esta Cuaresma, podemos leer cosas que parecen dichas hoy y para hoy, como éstas, que transcribo a continuación: «Proponer las exigencias morales de la vida nueva en Cristo, exigencias postuladas por el Evangelio, es un elemento irrenunciable de la misión evangelizadora» de la Iglesia «particularmente urgente en las actuales circunstancias de nuestra sociedad. En los últimos tiempos, en efecto, se ha producido una profunda crisis de la conciencia y vida moral de la sociedad española que se refleja también en la comunidad católica. Esta crisis está afectando no sólo a las costumbres, sino también a los criterios y principios inspiradores de la conducta moral y, así, ha hecho vacilar la vigencia de los valores fundamentales éticos» (n. 1). Y añade el texto: «Nos preocupa muy hondamente este deterioro moral de nuestro pueblo. Y, en particular, nos duele que el conjunto de los creyentes participen en mayor o menor grado de este deterioro, máxime cuando la comunidad católica, de tanto peso en nuestra sociedad, con esta desmoralización no está en condiciones de poder cumplir con sus responsabilidades en este campo y contribuir a la recuperación moral de nuestro pueblo. La Iglesia tiene, en estas circunstancias, una misión urgente: colaborar en la revitalización moral de nuestra sociedad. Para ello los católicos deben proponer la moral cristiana en todas sus exigencias y originalidad». Esto era lo que les movía a ofrecer a los católicos y a todos, algunas «consideraciones sobre la conciencia moral ante la situación moral» de la sociedad (n. 2). Los Obispos ofrecían tal colaboración con humildad, confianza, y la firme convicción de la fe de la Iglesia que es siempre un «sí» al hombre. Por eso afirmaban: «Tenemos unas certezas de las que vivimos y se las ofrecemos a todos… La Iglesia y los cristianos no tenemos más palabras que ésta: Jesucristo, camino, verdad y vida (cf. 14,5), pero ésta no la podemos olvidar, no la dejaremos morir» (n. 3).

Esta es aportación fundamental y necesaria, entonces y ahora, a la situación que atravesamos y que los cristianos podemos y debemos ofrecer. En las condiciones que estamos, sólo Dios puede salvarnos. En nuestro querido país se ha intentado –sin éxito, por cierto, aunque parezca lo contrario– expulsar a Dios de la vida para que los hombres y mujeres fuesen más dóciles a las órdenes de los poderes de diverso tipo y se entregasen en cuerpo y alma a los imperativos de la economía y de una presunta modernización y liberalización.

Hay que hablar claro: el desarme moral lo han favorecido muchos intereses y también poderes que han presionado directa o indirectamente la sociedad española para liberar al español de toda preocupación ética y hacer de él un «liberado», un agente dinámico y agresivo en lo económico como valor supremo y un hombre con una libertad casi omnímoda en su actuar. Se ha renunciado al suelo donde hacer pie para poder remontar nuestra caída humana, y, así, se ha pretendido echar a Dios a empujones del centro de la vida de los hombres hacia sus márgenes. Nada queda sobre lo que asentar la vida del hombre, salvo esa Realidad única que se ha pretendido expulsar. Por eso, los cristianos, en estos momentos, hemos de estar en primera fila, sin escondemos, y ofrecer lo que tenemos, la gran riqueza que hemos recibido y es para todos, en la que podemos fundamentar y asentar la vida del hombre y, por tanto, de la sociedad.

En el estado de cosas en el que nos encontramos, preocupa el repliegue de los cristianos y sus comunidades. En el desplome de los fundamentos de la vida humana los cristianos deberíamos dar testimonio, públicamente y con audacia, además, con firme y alegre convicción, de que sólo Dios puede salvamos y que Dios nos ofrece su salvación en la existencia histórica, muerte y resurrección de Jesucristo. Los cristianos y las comunidades cristianas no podemos dejar de anunciar el Evangelio a todos. Es necesario que al hombre de hoy, enredado en tantas y tales contradicciones de las que no puede salir por sí mismo, le salga al encuentro Dios mismo con su ofrecimiento de una vida nueva y la resurrección. A esto también nos invita la Cuaresma de este año, en la que, además, habría que intensificar la oración por España.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

Card. Antonio Canizares
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Emmo. y Rvmo. Sr. Antonio CAÑIZARES LLOVERA El Cardenal Antonio Cañizares, nombrado el 28 de agosto de 2014 por el papa Francisco arzobispo de Valencia, nació en la localidad valenciana de Utiel el 15 de octubre de 1945. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Valencia y en la Universidad Pontificia de Salamanca, en la que obtuvo el doctorado en Teología, con especialidad en Catequética. Fue ordenado sacerdote el 21 de junio de 1970. Los primeros años de su ministerio sacerdotal los desarrolló en Valencia. Después se trasladó a Madrid donde se dedicó especialmente a la docencia. Fue profesor de Teología de la Palabra en la Universidad Pontificia de Salamanca, entre 1972 y 1992; profesor de Teología Fundamental en el Seminario Conciliar de Madrid, entre 1974 y 1992; y profesor, desde 1975, del Instituto Superior de Ciencias Religiosas y Catequesis, del que también fue director, entre 1978 y 1986. Ese año, el Instituto pasó a denominarse «San Dámaso» y el Cardenal Cañizares continuó siendo su máximo responsable, hasta 1992. Además, fue coadjutor de la parroquia de "San Gerardo", de Madrid, entre 1973 y 1992. Entre 1985 y 1992 fue director del Secretariado de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española. Creado Cardenal en marzo de 2006 El papa Juan Pablo II le nombró Obispo de Ávila el 6 de marzo de 1992. Recibió la ordenación episcopal el 25 de abril de ese mismo año. El 1 de febrero de 1997 tomó posesión de la diócesis de Granada. Entre enero y octubre de 1998 fue Administrador Apostólico de la diócesis de Cartagena. El 24 de octubre de 2002 fue nombrado Arzobispo de Toledo, sede de la que tomó posesión el 15 de diciembre de ese mismo año. Fue creado Cardenal por el Papa Benedicto XVI en el Consistorio Ordinario Público, el primero de su Pontificado, el 24 de marzo de 2006. Cargos desempeñados en la CEE y en la Santa Sede En la Conferencia Episcopal Española ha sido vicepresidente (2005-2008), miembro del Comité Ejecutivo (2005-2008), miembro de la Comisión Permanente (1999-2008), presidente de la Subcomisión Episcopal de Universidades (1996-1999) y de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis (1999-2005). El Papa Juan Pablo II lo nombró miembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe el 10 de noviembre de 1995. El 6 de mayo de 2006, el Papa Benedicto XVI le asignó esta misma Congregación, ya como Cardenal. También como Cardenal, el Papa le nombró, el 8 de abril de 2006, miembro de la Comisión Pontificia “Ecclesia Dei”. El Cardenal Cañizares ha sido fundador y primer Presidente de la Asociación Española de Catequetas, miembro del Equipo Europeo de Catequesis y director de la revista Teología y Catequesis. Es miembro de la Real Academia de la Historia desde el 24 de febrero de 2008. Igualmente, el Papa nombró al Cardenal Cañizares Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en diciembre de 2008. De otro lado, el cardenal fue nombrado en 2010 “Doctor Honoris Causa” por la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir” (UCV) Nombrado Arzobispo de Valencia el 28 de agosto de 2014. Tomó posesión de la Archidiócesis el 4 de octubre de 2014