Ayuno sí, pero ¿qué ayuno?

Mons. Antonio AlgoraMons. Antonio Algora      Además de la oración de la que hablábamos el domingo pasado, un paso importante para vivir nuestra relación personal con Jesucristo, nos dice la Iglesia, es el olvidarnos de nosotros mismos para poner nuestra atención en el otro, en este caso el absolutamente otro que es Dios. Por eso el ayuno es como una demostración de que nos importa menos nuestro bienestar, y que estar con el Señor llena la vida. Nuestro Catecismo dice en el número 1438: «Los tiempos y los días de penitencia a lo largo del año litúrgico (el tiempo de Cuaresma, cada viernes en memoria de la muerte del Señor) son momentos fuertes de la práctica penitencial de la Iglesia. Estos tiempos son particularmente apropiados para los ejercicios espirituales, las liturgias penitenciales, las peregrinaciones como signo de penitencia, las privaciones voluntarias como el ayuno y la limosna, la comunicación cristiana de bienes (obras caritativas y misioneras)».

Como veis se trata de cambiar el punto de mira y desviar la atención del propio yo y fijarnos en nuestro Señor Jesucristo y descubrirlo como es: pobre y humilde. Aquí está la clave para entender el ayuno cristiano. Conocemos a gentes que ayunan para mantener el tipo y, si acaso, el éxito de una buena dieta es adelgazar sin ayunar con una alimentación ajustada a las características del sujeto. Se oye: «Es una dieta fantástica, pues puedes comer lo que quieras que, seguro, adelgazas». Sin embargo si nos descentramos y, olvidando nuestro cuerpo, privándonos de lo que no es necesario e imprescindible, adquirimos la capacidad de ver lo que pasa a nuestro alrededor.

Hablando del ayuno anterior a recibir a Jesucristo en la Comunión dice el mismo Catecismo (1387): «Para prepararse convenientemente a recibir este sacramento, los fieles deben observar el ayuno prescrito por la Iglesia. Por la actitud corporal (gestos, vestido) se manifiesta el respeto, la solemnidad, el gozo de ese momento en el que Cristo se hace nuestro huésped». Efectivamente es dejar de vivir centrados en nuestros intereses para poder abrir así las puertas al que viene a salvarnos, a liberarnos de todo lo que nos ata.
En la relación de amistad que, nos dice Santa Teresa, hemos de tener con Jesucristo encontraremos los motivos que nos llevan a olvidarnos de comer y beber, como les ocurrió a aquellos millares de personas que seguían al Señor para escuchar su palabra, para estar con Él. Así es el mismo Señor el que nos da fuerzas para comprobar que se vive mejor desprendido de todo aquello que no es imprescindible.

Haremos bien por tanto en hablar de la “gula” como el vicio que siempre pide más aun a costa de la propia salud. Hoy dominamos, gracias a Dios, los parámetros del colesterol, la tensión arterial, la obesidad, etc., e incluso nos resistimos a ir al médico «porque siempre te sacan algo», dice la gente. La vieja sabiduría con raíces cristianas decía sin embargo: «Si quieres adelgazar, poca cama, poco plato y mucha suela de zapato».

Pero no es esta sabiduría un truco para reforzar egocentrismos y reforzar nuestra autosuficiencia, sino para facilitar el conocimiento, trato y amistad con Jesucristo. Esta es la clave de la práctica del ayuno cristiano. Después vendrá sacar consecuencias de una mejora de la solidaridad con el que menos tiene y el reciente «Ayuno voluntario» al que nos ha invitado Manos Unidas y comprender mejor la Palabra de Dios que nos dice «tuve hambre y me distéis de comer» y hasta dejaremos de cometer los excesos que nos llevan a desperdiciar los alimentos que otros necesitan.

Vuestro obispo,

† Antonio Algora

Obispo de Ciudad Real

Mons. Antonio Algora
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D. Antonio Ángel Algora Hernando nació en La Vilueña (Zaragoza), el 2 de octubre de 1.940. Cursó los Estudios Eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Madrid. El 23 de diciembre de 1.967 fue ordenado de sacerdote y quedó incardinado en la que entonces era Archidiócesis de Madrid-Alcalá y hoy son tres diócesis: Madrid, Alcalá y Getafe. Desde 1968 a 1.973 fue Consiliario de las Hermandades del Trabajo en Alcalá.de Henares. Trasladado a Madrid como Consiliario de los jóvenes de Hermandades, sustituyó al fundador, D. Abundio García Román, en 1.978, como Consiliario del Centro de Madrid. El 9 de octubre de 1.984 fue nombrado Vicario Episcopal de la Vicaría VIII de la Archidiócesis de Madrid. El 20 de Julio de 1.985 fue nombrado Obispo de Teruel y Albarracín. Recibió la consagración episcopal el 29 de septiembre de ese mismo año. Su especialidad académica es la Sociología. En la Conferencia Episcopal Española es miembro del Consejo de Economía y como tal, responsable del Secretariado para el Sostenimiento Económico de la Iglesia. Además, es vocal de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, y responsable del Departamento de Pastoral Obrera.