En el I Domingo de Cuaresma

Mons. Gerardo MelgarMons. Gerardo Melgar    Queridos diocesanos:

Hace apenas cuatro días comenzábamos este tiempo litúrgico de la Cuaresma, tiempo de gracia, tiempo para decidir y optar por el Señor, su Reino y su mensaje evangélico. Dios sale a nuestro encuentro y nosotros decidimos si queremos encontrarnos con Él siguiendo el camino que nos ofrece. Pero el encuentro se produce en el desierto, ahí es el lugar de encuentro.

El desierto es el lugar de la prueba; se trata de la soledad del desierto y, en esa soledad del desierto, encontrarnos con nosotros mismos, con Dios y con los demás. Jesús fue al desierto; allí el tentador le puso a prueba pero Él supo optar por el Padre y por la voluntad del Padre, por el servicio y la entrega a la misión para la que había sido enviado. Victorioso de todas las tentaciones, Cristo comienza su misión predicando y llamando a la conversión, haciendo presente el Reino de Dios.

La Cuaresma debe ser para nosotros tiempo de desierto en el cual podamos valorar lo que estamos haciendo y lo que queremos hacer, ver con los ojos de Dios a quién servir y cómo queremos servirle. En el desierto de nuestra vida nos encontramos con nosotros mismos y descubrimos que, en nuestro interior, existe una tendencia al egoísmo, a pensar sólo en nosotros, en nuestro placer, en nuestro triunfo, en nuestra comodidad.

Junto a esta tendencia al egoísmo, escuchamos la llamada a la conversión, a pensar en los demás, a orientar nuestra vida desde los valores del Reino. Se trata de un cambio de actitudes con respecto a nuestros hermanos para no pensar sólo en nosotros mismos sino también en sus necesidades, servirles y ayudarles. Muchas veces, en medio de esta sociedad, nos sentimos llamados a olvidarnos de Dios, a marginarle, a no valorarle, a construir nuestra vida sin Él, a adorar a falsos dioses como el dinero, el poder, el pasarlo bien a costa de lo que sea, el enriquecimiento sin límites ni moral.

Junto a esta llamada a una vida sin Dios, nos encontramos también con el Señor que llama a las puertas de nuestro corazón y nos anuncia que el Reino de Dios está cerca, que hemos de creer en el Evangelio y que debemos convertirnos: cambiar nuestra vida, cambiar nuestras convicciones mundanas, ajustar nuestra existencia a las exigencias del Reino de Dios. Cristo nos pide decisión: decidirnos por lo que el mundo nos ofrece o por lo que nuestra fe nos exige; vivir de acuerdo con lo que el mundo propone y olvidarnos de Dios o vivir según lo que Jesús nos ofrece y dar a Dios el puesto que le corresponde realmente.

Pero nunca podemos olvidarnos de los hermanos, los que viven a nuestro lado con sus problemas y sus necesidades. Cuando nos damos cuenta de la existencia (muchas veces muy dolorosa) de los demás, en una sociedad egoísta y sin Dios, se nos llama a que los utilicemos para trepar, a que ignoremos sus necesidades y vivamos la vida como si no existiesen. Pero para un cristiano esto es inasumible, inaceptable: los hermanos, sobre todo los que más nos necesitan, son los más importantes, los primeros; por eso se nos invita a creer en el Evangelio, un evangelio que quiere ser Buena Noticia, especialmente para los pobres, los necesitados, los despreciados, los olvidados.

Cristo sufrió estas tentaciones en el desierto pero en ningún momento olvidó que lo primero era el Reino de Dios, el Evangelio y la misión que el Padre le había encomendado. Sintamos este primer Domingo de Cuaresma el ejemplo de Cristo que triunfó, que no se dejó llevar de las alternativas y tentaciones del maligno, y decidámonos a imitarle, optando por vivir nuestra fe radicalmente y convirtiendo nuestra vida de acuerdo con lo que Dios espera.

+Gerardo Melgar

Obispo de Osma-Soria

Mons. Gerardo Melgar
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Mons. Gerardo Melgar Viciosa nació el 24 de Septiembre de 1948 en Cervatos de la Cueza, Provincia y Diócesis de Palencia. Cursó la enseñanza secundaria (años de Humanidades) en el Seminario Menor Diocesano de Carrión de los Condes y los estudios de Filosofía y Teología en el Seminario mayor de San José de Palencia. Fue ordenado sacerdote el 20 de Junio de 1973 por el entonces Obispo de la sede palentina, Mons. Anastasio Granados García. Fue nombrado Párroco -de 1973 a 1974- al servicio de las parroquias de Vañes, Celeda de Roblecedo, San Felices de Castillería, Herreruela de Castillería y Polentinos. Al terminar ese curso pastoral, fue enviado a Roma, donde estudió Teología en la Universidad Gregoriana, licenciándose en Teología Fundamental el 14 de junio de 1976. A su regreso a Palencia fue nombrado Coadjutor de la parroquia de San Lázaro de la capital palentina durante un año. En 1977, y hasta 1982, desempeñó el cargo de Formador y Profesor del Seminario Menor Diocesano en Carrión de los Condes, del que sería, más tarde, Rector (1982-1987). En 1983 fue nombrado miembro del equipo de Pastoral Vocacional de la Delegación Diocesana de Pastoral Juvenil y Vocacional. Al dejar el Seminario de Carrión de los Condes fue destinado, como Vicario Parroquial, a la Parroquia de San José de Palencia durante seis años (de 1987 a 1993). En 1993 fue elegido por Mons. Ricardo Blázquez Pérez para desempeñar el oficio de Vicario Episcopal de Pastoral de la Diócesis palentina, cargo en el que permanecería hasta 1998. También durante diez años (de 1995 a 2005), fue Párroco solidario de la Parroquia de San José Obrero y Coordinador de la Cura pastoral de la misma, miembro del Colegio Diocesano de Consultores (1995-2000) y vocal, por designación del Sr. Obispo, del Consejo Presbiteral Diocesano (2001-2005). En el año 2000 fue nombrado Delegado Diocesano de Pastoral Familiar hasta que, en 2005, Mons. Rafael Palmero Ramos lo eligió para desempeñar el cargo de Vicario General de la Diócesis. De 2004 a 2005 fue, además, confesor ordinario del Seminario Menor Diocesano “San Juan de Ávila” así como, de 2005 a 2008, miembro del Colegio de Consultores de la Diócesis y Profesor de Teología del Matrimonio en el Instituto Teológico del Seminario Mayor de San José (2007). En enero de 2006, y hasta septiembre de 2007, durante el periodo de sede vacante producida por el traslado de Mons. Rafael Palmero Ramos a la Diócesis de Orihuela-Alicante, fue nombrado por la Santa Sede Administrador Apostólico de la Diócesis de Palencia. El 1 de Mayo de 2008, momento en el que desempeñaba el cargo de Vicario General de la Diócesis de Palencia y era el Capellán del Noviciado de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, se hizo público su nombramiento como Obispo de Osma-Soria. El 6 de Julio de 2008 recibió de manos del entonces Nuncio Apostólico de Su Santidad en España, Mons. Manuel Monteiro de Castro, la ordenación episcopal y tomó posesión canónica de la Diócesis oxomense-soriana. Ha publicado varios libros sobre el matrimonio y la familia: “Juntos cuidamos nuestro amor. Convivencias para matrimonios jóvenes”, “Madurando como Matrimonio y como Familia”, “Nos formamos como padres para educar en valores a nuestros hijos” y “Llenos de ilusión preparamos nuestro futuro como matrimonio y familia”, además de múltiples artículos y materiales de trabajo sobre la familia y la pastoral familiar. De su Magisterio episcopal, pueden destacarse las siguientes Cartas pastorales: “Sacerdotes de Jesucristo en el aquí y el ahora de nuestra historia” (2009) con motivo del Año sacerdotal, “Juan de Palafox y Mendoza. Un modelo de fe para el creyente del siglo XXI” (2010), con motivo de la beatificació, “La nueva evangelización y la familia” (2011), “Carta pastoral sobre el Seminario diocesano” (2012), “Itinerario para la evangelización de la familia” (2013), Carta pastoral “Después de la Misión diocesana Despertar a la fe” (2014). Además, ha publicado otros escritos: “La Pastoral Familiar, un proceso continuo de acompañamiento a la familia” (2009), “Los grupos parroquiales de matrimonios jóvenes” (2010), “Unidades de Acción Pastoral. Instrumentos de comunión al servicio de la evangelización” (2010). El 8 de abril de 2016, el papa Francisco lo nombró obispo de Ciudad Real, en sustitución de Antonio Ángel Algora, que renunció por edad. El 21 de mayo del mismo año tomó posesión canónica en la catedral de Santa María del Prado.