LA FAMILIA, ESCUELA DE AMOR (V)

Mons. Juan José OmellaMons. Juan José Omella     Quiero comenzar mi escrito de hoy citando un fragmento de aquella bellísima alocución pronunciada por el Beato Pablo VI, precisamente en Nazaret, en su peregrinación a Tierra Santa de 1964. Definió a Nazaret como la “escuela” en la que se nos ofrece “una lección de vida familiar: que Nazaret nos enseñe el significado de la familia, su comunión de amor, su sencilla y austera belleza, su carácter sagrado e inviolable, lo dulce e irreemplazable que es su pedagogía y lo fundamental e incomparable que es su función en el plano social”.

Me fijaré hoy particularmente en la educación al amor que se desprende de la Familia de Nazaret. En las respuestas aportadas por las Conferencias Episcopales, por los Dicasterios de la Curia Romana y también en las aportaciones enviadas directamente por asociaciones, movimientos, grupos familiares, se puede constatar cómo el amor vivido en familia es considerado como “un signo eficaz de la existencia del amor de Dios”, esto es, es un dato perfectamente comprobado que el amor de Dios existe, entre otras razones porque se da en la vida de familia. ¿Dónde tiene lugar la primera experiencia de amor para todos los hombres? En la familia. ¿Dónde tiene lugar la primera experiencia de relación entre los humanos? En la familia.

El niño, desde el primer momento de su existencia, necesitará del calor y de los cuidados de sus padres y necesita también un entorno de seguridad, de paz, que sólo su hogar le puede proporcionar. El niño se siente arropado por el cariño de los padres, y si llega a faltar por el motivo que sea, crecerá y se desarrollará falto de algo que marcará el resto de su vida. La falta de ese amor, de ese cariño y de esos desvelos, propiciará que el niño crezca en soledad, en un clima de fragilidad, que marcarán toda su vida futura.

La pastoral familiar, al igual que todas las previsiones sociales al respecto, ha de tener como finalidad primordial y más importante el que los niños puedan crecer en un ambiente familiar donde se viva el amor. De este modo, y esto lo destaca por ejemplo la liturgia del sacramento del matrimonio, los padres vivirán su vocación a la santidad colaborando con Dios en el desarrollo de una familia plenamente humana y plenamente cristiana, ya que Dios es amor.

Asimismo, en las respuestas dadas en toda la geografía de la Iglesia, se ha puesto de relieve una insistencia machacona en que el amor se ha de vivir en familia, no sólo de los padres entre sí y con los hijos, sino con todos los miembros que la componen. He escrito más arriba que la familia es escuela de amor y de relación; de ahí que la familia enseña a cada uno de sus miembros a vivir el rol y el pepel que le corresponde: padres, hijos, hermanos, abuelos, tíos, y demás. Esta realidad ha hecho posible que la Iglesia – hoy – considere a la familia como “la primera escuela de humanidad”, y que esta función sea absolutamente insustituible. Nada puede suplir a la familia a la hora de formar la identidad humana y de propiciar su perfecto desarrollo.

¿Papel de los padres? Único e irrepetible. Exigente y estimulador. Difícil y hermoso. Se ha dicho que los padres hacen las veces de Dios a la hora de sacar a los hijos adelante. Y es verdad. Sobre ellos – sobre los padres – recae una tarea que les será muy gratificante si la abordan con ilusión: crear en el hogar un tiempo y un espacio para estar juntos en familia, y también para hacer posible una comunicación que sea sincera, a la par que abierta y dialogante. Así, todos ayudarán a todos.

Termino como he empezado, haciendo una referencia expresa a la Sagrada Familia de Nazaret, modelo y ejemplo para la familia cristiana. Que el Niño Dios, su Madre la Virgen María y su castísimo esposo José, consigan que nuestras familias y nuestros hogares sean el lugar y la ocasión de nuestro encuentro con Cristo, camino, verdad y vida.

Con mi afecto y bendición,

+ Juan José Omella Omella,

Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.