SANTA TERESA Y PALENCIA

Mons. Esteban EscuderoMons. Esteban Escudero     La vida religiosa en el siglo XVI no brillaba precisamente por su fervor: ni los frailes ni las monjas, pero tampoco el clero secular, vivía siempre de acuerdo con las enseñanzas del Evangelio. De ahí el propósito de Santa Teresa de reformar algunos de los antiguos conventos de las carmelitas, creando nuevas agrupaciones de religiosas más observantes, que se llamaron “Carmelitas descalzas”, por la pobreza de su calzado. Una de las últimas fundaciones fue precisamente aquí, en nuestra ciudad.

El título de la obra en la que, por mandato de sus confesores, nos cuenta las peripecias de esta aventura es “El libro de las fundaciones”, cuyo capítulo 29 nos narra la fundación del monasterio de San José de Nuestra Señora de la Calle, en Palencia, en el año 1580, fiesta del “Rey David”, como se encargará de precisar.

La acogida de los palentinos la recuerda así santa Teresa: «Fue tanto el contento que mostró el pueblo y tan general, que fue cosa muy particular, porque ninguna persona hubo que le pareciese mal. Mucho ayudó saber que lo quería el Obispo, por ser allí muy amado. Mas toda la gente es de la mejor masa y nobleza que yo he visto, y así cada día me alegro más de haber fundado allí».

Uno de los primeros problemas que la Santa tuvo que resolver en Palencia era el lugar donde establecer el convento. Dos canónigos hicieron gestiones para alquilar una casa a precio asequible. Entre dos opciones que se presentaron, finalmente Santa Teresa eligió una, situada junto a la antigua ermita de la Virgen de la Calle.

La decisión se tomó en medio de grandes dudas y tras momentos de intensa oración. El propio Cristo Señor se le apareció indicándole su preferencia, a pesar de la oposición que tenían algunos eclesiásticos por la mala reputación que tenía por entonces aquel lugar. Así nos dice: «Fui a recibir el Santísimo Sacramento, y luego en tomándole entendí estas palabras, de tal manera que me hizo determinar del todo a no tomar la [casa] que pensaba, sino la de nuestra Señora: “Esta te conviene”, le dijo el Señor. “No entienden ellos lo mucho que soy ofendido allí, y esto será gran remedio”».

Esta circunstancia nos permite conocer, de paso, la devoción que los palentinos de entonces profesaban ya a la Virgen María, bajo su querida advocación de la Virgen de la Calle. Nos dice Teresa en el libro de Las Fundaciones: «Está en el pueblo una casa de mucha devoción de nuestra Señora, como ermita, llamada nuestra Señora de la Calle. En toda la comarca y ciudad es grande la devoción que se le tiene y la gente que acude allí… El cabildo luego nos hizo merced de ella [de la casa], y aunque hubo harto en qué entender con los cofrades, también lo hicieron bien; que, como he dicho, es gente virtuosa la de aquel lugar, si yo la he visto en mi vida».

El obispo fue uno de los que impulsaron más decididamente la devoción a la Virgen en aquel lugar, no sólo edificando una capilla, sino promoviendo actos piadosos, que se encargaban de organizar la ya entonces existente cofradía. En efecto, nos dice así el Libro de las Fundaciones: «La imagen de nuestra Señora estaba puesta muy indecentemente. Hale hecho capilla por sí el obispo Don Alvaro de Mendoza, y poco a poco se van haciendo cosas en honra y gloria de esta gloriosa Virgen y su Hijo».

De todo ello se deduce que, ya en aquellos tiempos, un gran número de palentinos, tanto de la ciudad como de su comarca, visitaban con frecuencia la capilla de la Virgen, rezando, poniendo velas y exvotos y participando en actos piadosos en honor de “nuestra gloriosa Señora”, como la llamaba Teresa de Jesús. A esta devoción popular, se unió desde el primer momento la santa y sus acompañantes, participando también con los palentinos en el piadoso servicio ala Madre de Dios. «Nosotras nos alegramos -nos dice en otro lugar- de poder en algo servir a nuestra Madre y Señora y Patrona».

Una de las primeras cosas que pidió que se hicieran, una vez que hubo terminado de arreglar la casa, fue el traslado del Santísimo Sacramento hasta el nuevo monasterio. En el libro de las Fundaciones nos habla cómo fue el acontecimiento: «Fuimos, desde la casa adonde estábamos todas, en procesión, con nuestras capas blancas y velos delante del rostro, a una parroquia que estaba cerca de la casa de nuestra Señora, que la misma imagen vino también por nosotras, y de allí tomamos el Santísimo Sacramento y se puso en la iglesia con mucha solemnidad y concierto. Hizo harta devoción… Yo creo que el Señor fue harto alabado aquel día en aquel lugar».

La consecuencia de este amor a Jesús es el aumento de la caridad para con el prójimo, exigencia fundamental del Evangelio, junto con el amor de Dios. Y también aquí en Palencia, encontró la santa muchos ejemplos de esta virtud fundamental del cristiano: «Yo no querría dejar de decir muchos loores de la caridad que hallé en Palencia, en particular y general. Es verdad que me parecía cosa de la primitiva Iglesia, al menos no muy usada ahora en el mundo, ver que no llevábamos renta y que nos habían de dar de comer».

De esta reflexión sobre la relación entre la obra reformadora de Santa Teresa y la devoción de los palentinos a Nuestra Señora de la Calle, yo sacaría tres consecuencias importantes para nuestra vida cristiana: a) los palentinos aceptaron y apoyaron la reforma espiritual que defendía Santa Teresa en unos tiempos de relajación, como era la Iglesia en el siglo XVI; b) los palentinos conservaron siempre viva la devoción a María, la Virgen de la Calle, su Patrona; y c) según el testimonio de Santa Teresa, los palentinos destacaron por su caridad y servicio a los demás, como los cristianos de la Iglesia primitiva. Un ejemplo para hoy que nos dejaron los palentinos de entonces.

+Esteban Escudero,

 Obispo de Palencia

Mons. Esteban Escudero Torre
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Mons. Esteban Escudero Torres nació en Valencia, el 4 de febrero de 1946. Cursó los estudios primarios y el bachillerato superior en el Colegio de los PP. Agustinos, de Valencia. A la edad de 17 años entró en el Seminario Metropolitano, sito en Moncada, donde cursó tres años de Filosofía y tres de Teología. Tras el bachillerato en Teología, obtuvo, en 1970, la Licenciatura en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca. Con permiso del entonces Arzobispo de Valencia, don José María García Lahiguera, inició estudios de Filosofía en la Universidad literaria de Valencia obteniendo, en 1974, la Licenciatura en Filosofía pura. Durante el tiempo de sus estudios civiles, trabajó activamente en la Comisión Diocesana del Movimiento Junior, organizando frecuentes cursillos de formación religiosa y de técnicas de tiempo libre para los educadores de los distintos centros Juniors de la diócesis. Tras un año de diaconado en la Parroquia de San Martín, en la ciudad de Valencia, fue ordenado sacerdote el 12 de enero de 1975 y destinado, como coadjutor, a la Parroquia de la Asunción de Nuestra Señora, de Carlet. Durante cuatro años, simultaneó los trabajos pastorales de vicario parroquial con las clases de religión en el Instituto de Bachillerato de la localidad. Igualmente dirigió y animó espiritualmente el centro del Movimiento Junior de Carlet. Enviado a Roma en 1978 para ampliar estudios en la Pontificia Universidad Gregoriana por el Arzobispo don Miguel Roca Cabanellas, obtuvo el grado de Doctor en Filosofía de la Universidad con una tesis sobre el pensamiento filosófico de don Miguel de Unamuno. De regreso a la actividad pastoral de la diócesis, colaboró en la Delegación Diocesana de Pastoral Juvenil y, posteriormente, en la Delegación Diocesana de Enseñanza y Educación Religiosa, donde desempeñó el cargo de Coordinador de la Enseñanza Religiosa Escolar y Director de la Escuela Diocesana de formación del profesorado de Enseñanza Religiosa Escolar. Igualmente, fue adscrito a la Parroquia de Nuestra Señora del Socorro, de Valencia, donde ha venido trabajando pastoralmente hasta su ordenación episcopal. Durante seis años fue profesor de Filosofía en el C.E.U. San Pablo de Moncada y, desde 1988, profesor, jefe de estudios y posteriormente director de la Escuela Diocesana de Pastoral. Al erigirse en 1994, por el Arzobispo don Agustín García-Gasco, el Instituto Diocesano de Ciencias Religiosas, fue nombrado Director, recorriendo regularmente las distintas sedes del mismo, e impartiendo clases de Fe-Cultura y Teología Dogmática. Desde 1982 impartió diversas asignaturas en la Facultad de Teología «San Vicente Ferrer», de Valencia, haciéndose cargo, como profesor agregado de dicha Facultad, desde el curso escolar 1988-1989 hasta su nombramiento episcopal, de las asignaturas de Historia de la Filosofía Antigua, Historia de la Filosofía Moderna y Filosofía y Fenomenología de la Religión. También fue profesor de Antropología Filosófica en la sede española del Pontificio Instituto Juan Pablo II para estudios sobre el matrimonio y la familia, desde su erección en la diócesis de Valencia. Desde 1988 es miembro de la asociación «Viajes a Tierra Santa con los PP. Franciscanos», habiendo dirigido y animado espiritualmente en numerosas ocasiones peregrinaciones a los lugares santos del cristianismo. Ha participado en varias reuniones y simposios sobre el diálogo, cristianismo y judaísmo. En 1999, don Agustín García-Gasco, Arzobispo de Valencia, le nombró canónigo de la Santa Iglesia Catedral Metropolitana, donde desempeñó el cargo de Secretario Capitular. Es autor de varios artículos de Filosofía y Teología de las Religiones, publicados en los números de la Revista Anales Valentinos de los años 1983, 1989, 1990, 1991 y 1999. Igualmente publicó, en 1994, el audiolibro en seis volúmenes Contenidos básicos de la fe cristiana, Valencia 1994, y el libro Creer es razonable. Introducción a la Filosofía y a la Fenomenología de la Religión, Valencia 1997. El 17 de noviembre de 2000, fue nombrado, por Su Santidad el papa Juan Pablo II, Obispo Titular de Thala y Auxiliar de Valencia, recibiendo la consagración episcopal el 13 de enero de 2001.