Carta pastoral con motivo de la Visita pastoral, 2015 – ¡Qué la paz del Señor esté con vosotros!

OurenseMons.  Leonardo Lemos     Que en sus días florezca la justicia  y la paz abunde eternamente. (Sal. 71)

Mis queridos amigos sacerdotes

Hermanas y Hermanos míos en el Señor 

Quiero comenzar esta carta con motivo del inicio oficial de mi Visita pastoral a toda la Diócesis, con las palabras que me ofrece la liturgia de este día. Lo hago pensando en cada uno de los sacerdotes, religiosos/as, seminaristas, catequistas y profesores de Religión, agentes de pastoral y demás fieles laicos que trabajan en nuestra Iglesia particular.

Fueron las palabras del Salmo 71 las que me dieron el lema para esta Visita: ¡Que la paz del Señor esté con vosotros! Quisiera deciros que esto es mucho más que un saludo litúrgico, es un deseo que brota del corazón de aquel que es enviado como pastor, en nombre de Cristo, para cuidar de una porción del Pueblo de Dios[1] y visitar las diferentes comunidades cristianas para desearles que la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo, el Señor, esté siempre con cada una de las parroquias de esta Iglesia, y así florezca la santidad en cada uno de sus miembros[2]. Un signo de esa santidad de vida es que reine la paz en nuestras comunidades, porque donde no hay paz, ni caridad, ni justicia, ni comprensión, ni perdón, ni fraternidad, no hay amor, y donde no hay amor, allí no está Dios, porque Él es Amor[3]. La paz es un don del amor de Dios y con su presencia se renuevan todas las cosas.

¡Qué dolor experimentamos cuando nos encontramos comunidades cristianas que están desunidas y llenas de bandos! “Yo soy de Pablo”, y otro: “Yo de Apolo[4], no podemos olvidar que donde hay desunión, enfrentamientos, críticas negativas, discordias entre los hermanos, todo esto quebranta el orden y la armonía entre las personas y resquebraja la comunión, porque los verdaderos frutos del Espíritu son amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza[5]. Todos los bautizados debemos contribuir a que la comunión sea una realidad efectiva en nuestras comunidades y, de manera especial, los que hemos recibido un ministerio particular para servir a esa porción de la Iglesia que son las parroquias y, en definitiva, la Iglesia misma.

El sacerdote, y en especial  el obispo, saben bien que deben ofrecer el santo sacrificio de la misa, orar, enseñar y, si es obispo, hacer visitas pastorales [6]; sin ninguna duda, el obispo tiene que hacer suyos aquellos sentimientos que se encuentran bellamente expresados en la oración de San Francisco de Asís:

 

¡Señor, haz de mí un instrumento de tu paz!
Que allí donde haya odio, ponga yo amor;
donde haya ofensa, ponga yo perdón;
donde haya discordia, ponga yo unión;
donde haya error, ponga yo verdad;
donde haya duda, ponga yo fe;
donde haya desesperación, ponga yo esperanza;
donde haya tinieblas, ponga yo luz;
donde haya tristeza, ponga yo alegría.[7]

 

Este es el programa de vida que la Iglesia desea que se haga experiencia viva en nuestros corazones y, a partir de ahí, se logrará cambiar nuestras comunidades parroquiales, las zonas pastorales, el Arciprestazgo, en definitiva, la Diócesis.

Desde el primer momento en que he asumido el ministerio episcopal, para servicio de esta amada Iglesia que peregrina por las nobles tierras ourensanas, ha sido mi intención visitar todas las comunidades parroquiales y demás instituciones eclesiales de la Diócesis. No he podido realizar, plenamente, mi deseo; primero, porque gran parte de los fines de semana del año 2012-2013, con motivo del Año de la fe, he tenido que recibir y presidir diversos actos atendiendo las peregrinaciones de los arciprestazgos a la Catedral de San Martiño; ahora, en parte, nos encontramos inmersos en el Año Jubilar Mariano y este evento supone también prestarle especial atención; además de esto, el mucho tiempo que debo dedicar a solventar delicadas cuestiones del gobierno pastoral me atan más de lo que me imaginaba y me impiden atender otras tareas de mi ministerio. A pesar de todo, siempre que he sido invitado por los sacerdotes, en la medida de mis posibilidades, acudí a las parroquias con motivo de algún acontecimiento eclesial. Desde O Tameirón, hasta A Corna; desde San Juan de Río, hasta Entrimo, pasando por las villas y todas las parroquias de la ciudad de Ourense he podido comprobar, personalmente, cuál es la situación de nuestra Iglesia, y por ello, doy gracias sin cesar a Dios, recordándoos en mis oraciones pues tengo noticias de vuestra caridad y de vuestra fe para con el Señor Jesús y para bien de todos.[8]

Gracias a esas oportunidades que se me han ofrecido y a la celebración del Sacramento de la Confirmación, pude encontrarme, varias veces, con los fieles de algunas parroquias, en cambio, hay otras muchas que todavía no las conozco físicamente. Siendo consciente de mi obligación de visitar la Diócesis cada año total o parcialmente[9], deseo ir realizando esta visita, sistemáticamente, a todas las parroquias teniendo en cuenta las circunstancias y las disponibilidades que de las mismas me manifiesten los sacerdotes que son mis principales colaboradores.

De entre los cuidados pastorales principales la Visita pastoral ocupa un lugar preeminente; de hecho, tal como nos lo recuerdan los santos pastores: la visita es como el alma del gobierno episcopal, ya que por medio de ella el pastor se comunica directamente con todos los fieles, cuyo bien y provecho debe buscar. El auténtico obispo, cuando sale a visitar las parroquias de su Diócesis, es como el sol cuando sale a iluminar las tierras, realizando los tres actos jerárquicos, que vienen a ser: purificar, iluminar y perfeccionar (…) Son innumerables los bienes que se obtienen de una visita personal del obispo.[10]

Si esta Visita viene así recogida en la vida de los santos obispos y en la praxis de la Iglesia, esto quiere decir que debe prepararse con intensidad. No es un simple acto protocolario, ni una especie de auditoría eclesiástica, sino que es una ocasión de gracia y constituye una expansión de la presencia espiritual del obispo entre sus fieles[11]. Por otra parte, no podemos olvidar que esta Visita la vamos a iniciar en el marco de este proyecto pastoral que nos hemos trazado para estos próximos cursos: Ourense en misión con María. De ahí que debe ser una ocasión propicia para ponernos en misión, porque si algo tenemos claro es que el impulso misionero se convierte en la señal más elocuente de la madurez en la fe de una comunidad eclesial[12], porque ya el mismo san Juan Pablo II afirmaba que la misión renueva la Iglesia[13]

Os invito, pues, a que siguiendo lo que nos recomienda la Iglesia[14], aprovechéis esta ocasión para llevar a cabo una catequesis intensa sobre el misterio de la Iglesia, la importancia que tiene el obispo en la Diócesis y el sentido profundo que supone esta visita para la vida de una comunidad eclesial, de manera especial para una parroquia. Os aconsejo que organicéis algunos grupos de reflexión y de oración por el fruto de la Visita, así como unas charlas de divulgación catequético-doctrinal; no estaría de más ofrecer a los fieles unos ejercicios espirituales abiertos y adaptados a los horarios de sus ocupaciones, o bien, realizar una misión popular, tal como nos lo recomienda el Directorio para el ministerio pastoral de los obispos[15]; por otra parte, os ruego que, en todas las Eucaristías que se celebren en la Diócesis durante este tiempo, procurad que en la Oración de los fieles siempre haya una plegaria por el obispo y las necesidades de la Diócesis, así como por los frutos de la Visita pastoral.

Todas estas iniciativas debieran ser preparadas y vividas dentro del marco de la pastoral de comunión. No nos olvidemos de que la auténtica renovación de la Iglesia pide una verdadera unión entre obispo y presbíteros, como cabeza y miembros; entre fieles laicos y pastores; porque solo en la unidad crece la verdadera renovación. Solos podemos poco. Es necesario reunir a los fieles de varias parroquias en los centros de referencia o en los Arciprestazgos, sobre todo en el ámbito rural, porque la visita de aquel que viene en el nombre del Señor[16] debe ser una ocasión de gracia con la que se hace presente en medio de los fieles el Señor Jesucristo, Pontífice supremo[17].

Entre otras iniciativas quisiera subrayar unas cuantas actividades que considero imprescindibles, sin pretender ser exhaustivo y siempre abierto a las posibilidades que tanto los sacerdotes como la Vicaría para la Pastoral me podéis ofrecer.

Sin ninguna duda, la celebración de la Santa Eucaristía en cada parroquia debe ser el centro neurálgico de la visita. Teniendo en cuenta la realidad de nuestro mundo rural y sabiendo que hay bastantes sacerdotes que ejercen su ministerio en varias comunidades eclesiales, no podré celebrar tantas misas cuantas parroquias atiende el sacerdote, sino solo las que la Iglesia nos permite[18], de ahí que esta sea una ocasión propicia para indicarle a los fieles el porqué, de entre un número determinado de parroquias, solo dos de ellas – excepcionalmente tres – pueden ser constituidas como centros de referencia para una zona pastoral, o bien de una Unidad de atención parroquial; de este modo es el obispo el que manifiesta a los miembros de las diferentes comunidades que no existe, por parte del sacerdote encargado, ninguna simpatía o antipatía contra una u otra parroquia, sino que se busca el mejor servicio del Pueblo de Dios. Allí donde no se pueda celebrar la Eucaristía sería conveniente organizar una Liturgia de la Palabra que reúna a los fieles el Día del Señor para orar en comunidad, escuchar la proclamación del Evangelio del día y recibir la Comunión, si se está dispuesto; o bien, teniendo en cuenta la arraigada devoción a la Santísima Virgen, siempre sería oportuno realizar un acto mariano, o un responso solemne por los difuntos de la parroquia.

En caso de que fuese pastoralmente prudente se podría celebrar alguno de los sacramentos de la iniciación cristiana, contando con la preparación catequética previa. En las pequeñas parroquias, en donde los nacimientos son pocos, se le podría dar especial importancia al bautismo del último de los nacidos. O si es el tiempo oportuno, conferir la Primera Comunión o la Confirmación.

Estimo de especial importancia el encuentro del obispo con los niños y jóvenes de la catequesis. Si hubiera un colegio en los límites de la parroquia sería conveniente un acto, bien en el colegio, bien en el templo parroquial, con los profesores y alumnos, aunque el encuentro con todos juntos no es recomendable porque es poco efectivo, ya que con los alumnos se requiere otro ámbito y otro estilo; con las personas que ayudan al sacerdote en la administración pastoral: sacristanes, catequistas, miembros del Consejo Pastoral y de Asuntos Económicos– si los hay –, o bien con aquellos que colaboran en los diferentes movimientos, si los hubiera. Sería también muy importante tener un encuentro con los profesores de Religión y aquellos docentes cristianos de otras disciplinas.

Es de gran utilidad organizar un acto con las personas ancianas y enfermas de la parroquia, así como la visita a las residencias y geriátricos. En este marco se puede estudiar la conveniencia o no de celebrar, comunitariamente, la Santa Unción de Enfermos. Esto no es óbice de que el obispo pueda visitar, en sus propios domicilios, a aquellos enfermos que lo deseen.

Si la visita del obispo es una ocasión de gracia, no me puedo negar a escuchar y atender, personalmente, a aquellos fieles que tengan una necesidad seria y objetiva de hablar, en conciencia, con su obispo. Es necesario buscar el momento y el lugar para ese encuentro y, si no es factible, concretar una entrevista posterior en el Obispado.

Atención especial merece el encuentro y el intercambio de impresiones con los sacerdotes, el equipo sacerdotal de la Unidad de atención parroquial, o bien de los sacerdotes que atienden una misma zona pastoral. Ellos son el alma de toda la actividad pastoral.

No podemos olvidar que el obispo, al ser custodio de los bienes de la Iglesia, tanto espirituales como materiales, no debe olvidar el examen de la administración y conservación de los bienes y estructuras que forman parte de la parroquia[19], también eso es importante; de hecho, por el cuidado de las cosas materiales que afectan a la vida administrativa parroquial se deduce la buena marcha de las demás tareas pastorales. Los libros parroquiales, mobiliario, orfebrería, vestiduras y libros litúrgicos, el despacho y los demás elementos de la actividad parroquial, deben ser objeto de esa visita. En nuestro caso, procuraré que dos sacerdotes, especialmente designados para el caso, me ayuden en esta tarea y se encuentren unos días antes con los sacerdotes responsables de las diferentes parroquias, con el fin de que durante la visita me pueda centrar en lo estrictamente pastoral.

 

1.- El rostro de la parroquia.

San Juan Pablo II, buen pastor y uno de los exponentes católicos de la llamada filosofía personalista, nos ha dejado hermosas reflexiones sobre el sentido y significado del rostro; en este sentido os invito a releer el bellísimo capítulo segundo de la carta apostólica Novo millennio ineunte. Desde esa perspectiva tengo que deciros que el verdadero rostro de nuestras comunidades parroquiales sois vosotros, los sacerdotes.

Por la fuerza y el dinamismo de la gracia bautismal, y por virtud de los sacramentos, en especial la Eucaristía y la Penitencia, que podemos recibir reiteradamente, se reactualiza en nuestra vida el ser de Cristo, llegándonos a configurar con él[20] y convirtiéndonos en otros cristos[21], en el rostro de Cristo; un rostro que nos ayuda a descubrirle presente en el hermano, en todo hermano, de manera especial en el más necesitados. Este hecho, que desde la perspectiva sobrenatural se convierte en una realidad existencial que nos empuja a comprometernos más por la causa de lo más humano de nuestros contemporáneos, nos ayuda a descubrir, querámoslo o no, que el rostro más elocuente de una comunidad parroquial es el del sacerdote. Esta afirmación queda confirmada, de manera plástica, por algo que a fuerza de costumbre ya no le damos importancia, pero la tiene. Somos conocedores de una situación que todavía hoy se percibe. Cuando un sacerdote se entrega al servicio de una comunidad y la convierte en su propia vida, se llega a una especie de transferencia afectiva que, incluso el pueblo fiel percibe, llegando, paulatinamente, a generarse un proceso según el cual el sacerdote llega a perder su nombre y apellido y, tanto sus propios compañeros como los demás fieles, se refieren a él por el nombre de la parroquia con la que se sienten identificados. Lo mismo sucede en el caso de los obispos.

Esta realidad, fenomenológicamente constatable, es prueba fehaciente de que el verdadero rostro de una comunidad parroquial es el sacerdote, porque el encargo pastoral que la Iglesia, a través del obispo, hace de un sacerdote un ser para los fieles y esto no le desarraiga de su ser con ellos[22]; en este sentido se entiende la expresión agustiniana: Soy obispo para vosotros, soy cristiano con vosotros[23], que muy bien se podría aplicar a los presbíteros.

La preocupación pastoral sobre todas y cada una de las comunidades cristianas de esta Iglesia particular es tarea fundamental del obispo y  en el ejercicio de esta misión es ayudado, especialmente, por el Presbiterio, así como por los miembros de la Vida consagrada y por los demás fieles. Por la llamada especial que el Señor me hizo, en la Iglesia, para llevar a cabo este ministerio pastoral en Ourense, soy consciente de que presido una comunidad de fe – unión de muchas comunidades más pequeñas – que deben ser alimentadas por la Palabra de Dios y edificadas, constantemente, por la Eucaristía y la celebración de los otros sacramentos; de ahí brotarán con fuerza las demás actividades pastorales y las obras de caridad.

Sin embargo, en todas estas tareas los sacerdotes sois los que ejercéis la cura de almas y sobre vosotros recae esa responsabilidad de forma inmediata, porque sois mis principales e insustituibles colaboradores, siendo corresponsables del bien de esta Iglesia particular.[24]

Para que todo este proyecto funcione es necesario mantener viva la idea fundamental de nuestro ministerio y hacerla operativa. Si esto sucede así nos evitaríamos tantos contratiempos y tantas crisis personales y estructurales. No podemos perder de vista la idea fundamental de nuestro proyecto sacerdotal que cautivó nuestra vida antes y dentro del Seminario, y fue impulsora de tanto dinamismo personal y comunitario. En nuestros años de formación y en los primeros momentos del ejercicio de nuestro ministerio nos impulsó a pensar en la salvación de las almas, en llevar a cabo proyectos catequético-formativos de los miembros de nuestras comunidades, buscar recursos para mantener operativos los centros de culto y las demás dependencias parroquiales, etc., para muchos sacerdotes esa idea era la fuerza que les impulsaba a mantener una auténtica tensión espiritual para así servir más y mejor. La idea que poseemos es la mejor de todas, no es nuestra, es la Buena Nueva de Jesucristo que nos llega a través de la comunión de la Iglesia. De nosotros depende llevar esa idea a la práctica.

Es imprescindible apartar de nosotros el pensamiento destructivo de que las cosas no funcionan por culpa de las estructuras diocesanas, o de los otros; este tipo de planteamientos puede golpear nuestro espíritu y deteriorar nuestras tareas pastorales. Somos hombres de esperanza y para la esperanza, porque vivimos confiados en Dios, nos esforzamos por caminar por su senda y hemos puesto en él nuestra esperanza.[25]

En nuestra Iglesia nos están insistiendo en que debemos vivir la comunión y la fraternidad; si para toda tarea profesional es muy importante el trabajo en equipo, mucho más para llevar a cabo las tareas pastorales. No podemos pretender hacerlo todo nosotros mismos, esto nos llevaría a caer en el individualismo y en el personalismo empobrecedor. Es imprescindible la colaboración con los otros, la cooperación mutua, la generosidad en la entrega, y sobre todo, la disponibilidad. El ser más íntimo del sacerdote nace en el ámbito de la comunión de la Iglesia y es acogido en un Presbiterio que da sentido a su misión y tarea pastoral, por eso el sacerdote, como la Iglesia, debe crecer en la conciencia de su permanente necesidad de ser evangelizado[26].

Tenemos, como ya he dicho, la mejor de las ideas – la Buena Nueva de Jesucristo -, contamos con la mejor de las ayudas tanto espirituales como materiales; solo necesitamos ayudarnos para crear un ambiente más optimista y esperanzado; no podemos ir por la vida con cara de funeral, ni de vinagre[27], como nos lo recuerda el papa Francisco, porque la propuesta que se nos ofrece es vivir en un nivel superior, ya que la vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad. De hecho, los que más disfrutan de la vida son los que dejan la seguridad de la orilla y se apasionan en la misión de comunicar vida a los demás[28]. Y esa vida es el mismo Jesucristo que siempre es Evangelio eterno y fuente de constante verdad y clave de la auténtica alegría para todos los que creen en él.

Que esta Visita pastoral nos ayude a compenetrarnos más: Obispo, sacerdotes, miembros de la vida consagrada y fieles laicos, evitando esa dialéctica perniciosa y poco evangélica, de unos y otros, los de la Curia y los de la pastoral, el Obispado y las parroquias, etc. Debemos asumir que el proyecto no es nuestro, ni de los otros, es el que Jesucristo ha entregado a su Iglesia y, en ella, a nosotros, que como Diócesis somos un eslabón más de esa cadena de fidelidades que no podemos quebrar con nuestros individualismos más o menos originales[29].

Es necesario, si queremos ser eficaces, identificarnos y hacer nuestros los objetivos del Plan Pastoral Diocesano. Os invito a que, de cara a la próxima Visita pastoral, con humildad y amable exigencia, os dejéis llevar de un auténtico espíritu de autocrítica para analizar con la mayor objetividad posible los éxitos y los fracasos pastorales, las dificultades y problemas, tanto propios como de las comunidades en las que desempeñamos nuestro ministerio. No tengamos miedo al fracaso, porque en clave cristiana, los fracasos santifican, las omisiones no.

 

2.- La parroquia y sus rostros.

Ya en mi primera carta pastoral[30] le he dedicado una especial reflexión a la importancia que tiene la parroquia, entendida como ese ámbito geográfico en donde se hace presente la realidad eclesial y lugar privilegiado en el que se realiza la pastoral ordinaria del Pueblo de Dios; ella es la referencia del bautizado y el eje en torno al cual gira la vida de la comunidad de los fieles: ámbito de escucha de la Palabra de Dios, del crecimiento en la vida cristiana, del anuncio, del diálogo, de la caridad, de la adoración y de la celebración, porque es Comunidad de comunidades[31]. La parroquia es mucho más que una especie de supermercado de lo religioso o una estación de servicios; no se entiende dentro del esquema al que tan habitualmente estamos acostumbrados: pago y que me den lo que pido, y a ser posible sin muchas exigencias, y al menor coste. Soy consciente de que esta es una caricatura de la parroquia, pero es bueno expresarse así, como lo hace cotidianamente el papa Francisco. La parroquia así entendida queda mutilada y empobrecida, no se percibe como esa parte del Pueblo de Dios en camino que acoge y proclama la Palabra, celebra la liturgia y expresa su fe comunicándola a través de la misión, de la catequesis y del ejercicio de la caridad.

 Si es innegable que el rostro que visibiliza a la parroquia es el sacerdote, no es menos cierto que el sacerdote, y con él el obispo, saben descubrir en los fieles los diferentes rostros que conforman una comunidad cristiana. No es lo mismo esta apreciación acerca de los rostros que hacen presente la vida de una comunidad parroquial del mundo rural, que aquellas del ámbito urbano. La cercanía de las personas que viven su fe en el seno de las parroquias rurales es más vivo y expresivo, aunque, en ocasiones, ese sentimiento se puede convertir, en razón de las miserias humanas, en causa de enfrentamiento entre los vecinos de la misma parroquia o con los de la que está al lado que, en muchas ocasiones, tienen que compartir los servicios pastorales del mismos sacerdote. Cuántas dificultades generan estas situaciones de enfrentamiento a la hora de llevar a cabo un proyecto de pastoral de comunión.

El mundo rural ha cambiado mucho en los últimos años y la perspectiva inmediata, de acuerdo con los datos que nos ofrecen, se prevé que siga en esta deriva poblacional. La parroquia rural está experimentando una fuerte despoblación, un envejecimiento alarmante y un traslado de sus vecinos a las villas más cercanas y a la capital. Este movimiento nos lleva a realizar una reflexión más objetiva y certera, pastoralmente hablando.

En estos momentos, bastantes sacerdotes dedicados a la cura pastoral están viviendo una realidad fáctica que me preocupa: la agregación de parroquias. Este sistema está causando un grave deterioro no solo en el ejercicio del ministerio sino también en la misma persona del sacerdote. Los fieles más sensibles saben aceptar las dificultades que experimentan los sacerdotes a la hora de querer prestarles los servicios pastorales de los que antes se beneficiaban; sin embargo, siempre hay personas que siguen exigiéndoles lo mismo que cuando tenían cura propio.

Es imprescindible y urgente una catequización de los fieles. Necesitamos una nueva tarea evangelizadora que nos ayude a descubrir el auténtico rostro del misterio de la Iglesia y a enseñárselo así a nuestra gente. Ya no basta con el simple cumplimiento o con la ritualización del misterio.

En nuestra Diócesis creo que estamos dando los pasos necesarios, aunque muy tímidamente, porque no todos están dispuestos a cambiar de orientación debido a la inercia pastoral que nos afecta. Queremos convertir la agrupación de las parroquias del mundo rural en Unidades de atención parroquial a cargo, bien de un sacerdote o de un equipo. Lo ideal sería la creación de equipos sacerdotales de tal modo que, no solo se encargasen  de las parroquias de una misma zona pastoral, sino que ellos mismos se sintiesen acompañados y ayudados. Las reticencias con las que nos encontramos no nos inquietan ni nos impiden caminar hacia adelante porque las circunstancias de nuestro clero y de las muchas parroquias nos lo están demandando. Quizás necesitemos más tiempo, sin embargo, el proceso está en marcha.

Si es verdad que el rostro de una parroquia es como una realidad poliédrica que conviene tener muy en cuenta, no es menos cierto que todas esas facetas que conforman una comunidad parroquial deben ser replanteadas. Estoy convencido de que la Visita pastoral puede ser una ocasión propicia para ser estudiadas con mayor objetividad las reestructuraciones pastorales de una manera más adecuada y oportuna, así como el momento preciso para crear esos Consejos de pastoral y de Asuntos económicos que le ayuden al sacerdote en la gestión de la vida parroquial.

 

3.1.- Los edificios de culto.

Son setecientas treinta y cinco parroquias y un número considerable de capillas y santuarios dispersos por la geografía diocesana lo que constituye la realidad inmueble de nuestra Iglesia. Es imprescindible que, como ya he dicho, con ocasión de la Visita pastoral, los fieles sean informados y convenientemente educados acerca de la administración de todos esos bienes materiales. Pensar como antes que eso es cosa del cura, obispo o del Obispado es ignorar el sentido de la realidad y no saber en qué consiste la comunión de la Iglesia. A algunos de nuestros fieles es necesario ayudarles a descubrir que a nosa parroquia, como ente de referencia absoluta para ellos, tiene que abrirse a la realidad de la Iglesia diocesana y, por ende, a la Iglesia universal, de lo contrario se cae en planteamientos individualistas y casi sectarios.

Es necesario que en nuestra reunión previa a la Visita concretemos, de la manera más objetiva posible, cuáles deben ser los centros de referencia para el culto dominical y festivo, dejando los otros templos y capillas para actos puntuales: entierros, aniversarios, novenas, romerías, o bien para celebrar en ellos el Día del Señor de forma alternativa. Es aconsejable que durante la semana se celebre la Eucaristía en esos lugares religiosos, que aunque jurídicamente son parroquias, efectivamente no reúnen las condiciones que definen a la que debe ser comunidad de comunidades, pero necesitamos mantenerlas, custodiarlas y protegerlas a ellas y a su entorno, especialmente cuando les rodea el cementerio.

 

3.2. Los archivos y el patrimonio sacro.

De todos es conocida la falta de seguridad que se está viviendo en el ámbito rural, que se encuentra más abandonado, así como la precariedad de los medios de seguridad y prevención que posee nuestro patrimonio, de tal modo que nos inquietan los atentados contra los bienes patrimoniales y, en ocasiones, hemos vivido con dolorosa preocupación los graves incidentes contra algunos de nuestros sacerdotes que no solo prestan sus servicios en las parroquias rurales, sino que siguen viviendo en ellas.

Las autoridades civiles nos avisan y previenen acerca de las frágiles medidas de seguridad de muchos de nuestros templos y casas parroquiales, sobre todo de aquellos que se encuentra dispersos y aislados por la geografía diocesana. Los fieles y, en ocasiones, también algunos sacerdotes son reacios a la hora de dar cumplimiento a lo establecido por mis predecesores, la Conferencia Episcopal y la Dirección Xeral de Patrimonio referente a los bienes histórico-artísticos: libros, ornamentos, tallas y, sobre todo, orfebrería, a la hora de depositarlos en el lugar habilitado por la Diócesis, que goza de un mayor nivel de seguridad. No se trata de incautar los bienes o expropiarlos, sino de custodiarlos y protegerlos debidamente

En ocasiones, algunos sacerdotes tienen depositado en las casas de los vecinos algunas piezas de especial valor; sin embargo, la grave situación por la que pasan algunas familias, la falta de afección de las nuevas generaciones con respecto a la Iglesia; el concepto, ampliamente extendido de que el patrimonio de la parroquia é do pobo, ya ha generado en algunas Diócesis pérdidas de elementos histórico-artísticos. Otras piezas, especialmente de orfebrería, a pesar de estar inventariadas, se han podido recuperar, pasado algún tiempo, en tiendas de anticuariado, en donde fueron vendidos tras el fallecimiento de algún sacerdote. No podemos dejar que se disperse en manos de particulares, o se pierda ese rico patrimonio que pertenece a la Iglesia y del cual nosotros solo somos custodios, no propietarios. Este patrimonio es imprescindible depositarlo, debidamente inventariado, en los lugares asignados por los obispos anteriores, sabiendo que siempre que se necesiten para las fiestas especiales en las parroquias, santuarios o capillas estarán a disposición de los sacerdotes.

En nuestra Iglesia particular ya se han dado pasos muy importantes en este sentido, aunque no suficientes; sin embargo, todos tenemos que ayudarnos y estimularnos en la custodia de estos bienes porque la inseguridad va en aumento y nos urgen a que tomemos medidas adecuadas para proteger nuestro hermoso y valioso patrimonio.

 

3.3.- Consejo de Economía.

La legislación canónica obliga al obispo, custodio de los bienes de la Iglesia, a constituir un Consejo de Asuntos Económicos[32] para que le ayude, oriente y, si hace falta, evite que se puedan realizar gestiones económicas que perjudiquen a la Administración Diocesana. De igual modo, en cada parroquia debe existir un Consejo de Economía[33] para que los fieles presten ayuda al párroco, o a aquellos que hacen sus veces, en la administración de los diferentes bienes de la parroquia o de otras entidades eclesiásticas.

Dada la complejidad de las parroquias rurales, muchas veces aisladas y en zonas poco protegidas, el sacerdote debe hacerse presente por medio de los fieles católicos que viven más cerca de los templos, capillas, ermitas y santuarios, así como de las casas parroquiales y de los diestros correspondientes, con el fin de que el patrimonio sea convenientemente protegido y cuidado.

El sacerdote debe informar con claridad a los fieles sobre las diferentes clases de bienes que configuran el patrimonio eclesiástico y la finalidad de los mismos. Una catequesis adecuada y clarificadora acerca de la distinción de los bienes de fábrica, de rectoral y diestrales, las fundaciones pías y legados testamentarios, etc.  sería  de mucha utilidad y evitaría situaciones desagradables.

Por otra parte, no podemos olvidar que los bienes materiales en la Iglesia Católica están destinados al bien de las almas, a la atención y formación de los ministros sagrados y al cuidado temporal de los mismos bienes. Es necesario ser muy trasparentes en estos asuntos, informar debidamente a los fieles, a ser posible por escrito, o por medio de algún boletín, y preocuparse por la gestión y administración, bien personalmente o delegando en seglares de confianza vinculados afectiva y efectivamente a la parroquia, contando siempre con el placet del obispo.

Estos bienes, su registro y control son objeto de Visita que procuraré que se realice, de forma previa a la misma, por medio de algunos sacerdotes nombrados para ello. Os ruego que los acojáis y atendáis a las observaciones que os ofrezcan que, seguro, serán realizadas como corresponde a toda corrección fraterna. Si hubiese alguna dificultad hablaríamos sobre ello en un momento oportuno.

 

3.4.- La catequesis.

Como ministros de la Palabra, los que recibimos el Sacramento del Orden hemos sido elegidos para ser testigos, portadores del mensaje del Evangelio y maestros ante el pueblo que la Iglesia nos ha confiado. Si la misión es grande, también es cierto que las ayudas no nos faltan. Es necesario dejarnos ayudar por Él, que como un misterioso cireneo está siempre a nuestro lado para animarnos, impulsarnos y, sobre todo, acompañarnos, basta que le abramos nuestra vida.

Al pensar en nuestros pueblos y en sus gentes sentimos el apremio de ese Dios misericordioso que nos está diciendo por medio de la Escritura: Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca del Verbo de vida (…) y nosotros hemos visto, damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó[34]

Necesitamos hacer la experiencia cotidiana de escuchar la Palabra y lo haremos en la medida en que rezamos con la Escritura[35]; en ella y por ella seremos capaces de trasmitir lo que hemos oído, visto, contemplado y palpado acerca del que es Vida. A lo largo de los últimos años se emplearon muchos recursos en la labor catequética de nuestra Diócesis, creo que este esfuerzo valió la pena. Hoy, más que ayer, dentro del marco de esta nueva tarea evangelizadora que se nos pide desde el proyecto: Ourense en misión con María, es necesario seguir esforzándonos por llevar a cabo las labores catequéticas, no solo con los niños y los jóvenes, sino que en estos momentos, debido a la grave ignorancia en cuestiones religiosas, también es muy necesaria la catequesis de adultos y conviene dar los pasos necesarios para establecer un proceso catecumenal. Ya en 1974 el Concilio Pastoral de Galicia afirmaba la ineficacia de la catequesis reducida a la infancia y se comprometía a promover una educación permanente en la fe y a dar prioridad a la catequesis de adultos, plateando desde ésta toda acción con la infancia[36] y proclamaba la urgencia de una catequesis con una dimensión evangelizadora; es más, ya se afirmaba entonces, que la tarea evangelizadora y misionera se evidencia como primordial para la educación en la fe de los adultos[37]. Como se puede comprobar, en aquellos momentos, anticipándose a lo que afirma el Santo Padre en la Evangelii gaudium, la Iglesia en Galicia sostenía que era necesario renovar la tarea catequética sobre todo en lo que respecta a instituciones, métodos, contenidos y agentes de la educación en la fe [38].

En una sociedad como la nuestra en donde tantos hombres y mujeres, jóvenes y ancianos se apartan de Dios a causa de la proliferación de mensajes contrarios a la fe católica y, tantas veces, hostiles a la Iglesia, es necesario apostar por la revitalización de la catequesis a todos los niveles. Sé muy bien que en muchas de nuestras comunidades rurales apenas hay niños; en otras, muy pocos. Esta realidad no nos puede llevar al derrotismo, ni al pesimismo estéril; no podemos perder de vista que el cristianismo se fue expandiendo, lentamente, a través de muy pocas personas y, con muchos fracasos, pero sobre todo con una confianza plena en el Señor.

Es imprescindible volver al primer anuncio, como en el principio. Este kerigma[39], siempre antiguo y perennemente actualizado por la fidelidad de tantos de nuestros sacerdotes, vivida en la comunión de la santa Iglesia, es la clave del éxito pastoral. Necesitamos repetir, una y otra vez, el mensaje central de nuestra fe, porque hoy es urgente debido a la situación actual caracterizada por la indiferencia, el rechazo, el relativismo doctrinal y la ignorancia, también en muchos bautizados. Todo esto se convierte en un reto para la catequesis. A pesar de todo, no cejéis en esta tarea evangelizadora y os animo a vivirla de forma renovada.

La parroquia debe acoger en su seno, con especial predilección, a las familias que viven su compromiso de fe y pedirles que se ofrezcan para convertir sus hogares en un ámbito en donde se pueda impartir la catequesis para esos pocos niños que sus padres o abuelos acercan a la parroquia. Por su parte, los matrimonios cristianos, fundamento natural de la familia, que es la estructura básica de la comunidad, debieran convertirse en catequistas para preparar a aquellos que quieren recibir los sacramentos: Primera Confesión, Primera Comunión, Confirmación y Matrimonio. Os ruego que, a pesar de las muchas dificultades con las que os encontréis, no dejéis la catequesis; si para ello necesitáis recurrir a algún medio extraordinario, os ruego que lo hagáis.

No os olvidéis de que en nuestra Diócesis se ha conseguido, estoy por asegurar que con mucho esfuerzo, que la preparación de la Confirmación y la celebración de este sacramento se haga más comunitaria, bien por zonas pastorales o por arciprestazgos. ¿No sería conveniente reunir a los niños de las parroquias vecinas en uno o dos centros de atención pastoral, en donde los niños se pueden encontrar no solo para recibir la catequesis adecuada, sino poder celebrar y vivir la fe con otros de su edad?

Quisiera hablaros de un cauce ordinario que tenemos en nuestras manos y que debiéramos de aprovechar mejor: la homilía. En la exhortación Evangelii gaudium, el Santo Padre le concede mucha importancia y llega a afirmar que es un gran ministerio[40] porque es piedra de toque para evaluar la cercanía y la capacidad de encuentro de un pastor con su pueblo. Después del Vaticano II se ha recuperado esta predicación dentro de la celebración litúrgica y se ha comprobado que es muy eficaz en la nueva tarea evangelizadora. La homilía semanal de los domingos y festivos, en los tiempos litúrgicos fuertes, o la brevísima reflexión diaria, es un instrumento catequético a través del cual la mayoría de nuestros fieles no tendrá otro contacto con la luz de la Buena Nueva, ni con la doctrina y praxis moral de la Iglesia. A través de nuestras palabras, que siempre deben estar alimentadas, previamente, por la contemplación de la Palabra, es Dios quien quiere llegar a los demás a través del predicador y de que Él despliega su poder a través de la palabra humana[41].

Si en vuestras parroquias existe algún santuario, que también visitaré, no os olvidéis que estos lugares son un precioso tesoro de la Iglesia Católica[42]; es más, el Santo Padre llega a afirmar que las expresiones de la piedad popular tienen mucho que enseñarnos y, para quien sabe leerlas, son un “lugar teológico” al que debemos prestar atención[43]. En ellos muchos de nuestros bautizados manifiestan su fe a través de la piedad popular. O ruego que cuidéis estos centros de la espiritualidad de nuestro pueblo, evitad todo mercantilismo y aprovechad esos ámbitos de la realidad sacra para dar catequesis y formación a los fieles que sean claras y breves; evítense los sermones decimonónicos, que aunque estén cargados de recta doctrina, por su expresión solemne no tocan el corazón. El papa Francisco, con las breves homilías diarias en la capilla de la Domus Sanctae Marthae, es un claro exponente de lo que debemos hacer en nuestras predicaciones. Fundados siempre en la Palabra contemplada y ayudados por los catecismos aprobados por la Conferencia Episcopal que aportan una riqueza de ideas, debemos ser breves, incisivos, y con un mensaje concreto para la vida cotidiana. Aprovechémonos de tanto material como tenemos a nuestra disposición para realizar con eficacia esa catequesis semanal a través de nuestras homilías que deben ser mistagógicas, kerigmáticas y existenciales.

 

3.5.- La creatividad de la caridad.

Desde los mismos orígenes de la Iglesia la caridad ha sido una de las características determinantes de toda comunidad cristiana[44], de ahí que la parroquia, expresión viva de esta Iglesia en un área geográfica determinada,  debe saber descubrir que junto con el anuncio de la Palabra y la celebración de los sacramentos, el ejercicio de la caridad es uno de los elementos esenciales de su actividad, y esto es así porque si la parroquia es la Iglesia que se encuentra entre las casas de los hombres, ella vive y obra entonces profundamente injertada en la sociedad humana e íntimamente solidaria con sus aspiraciones y dramas[45]. Es más, teniendo en cuenta las dificultades de nuestra sociedad y de muchos de nuestros contemporáneos, la creatividad de la caridad se convierte, en el momento actual, en el mejor de los cauces misioneros y evangelizadores. Una comunidad parroquial será tanto más creíble, cuanto más se implique en la constitución orgánica de la caridad. A través de ella se encuentran esos cauces para acercar a tantos de los fieles que desencantados se han distanciado de nuestras comunidades.

No podemos consentir que el compromiso socio-caritativo y solidario quede diluido o surja como un efecto que queda bien en un discurso, pero no toca el corazón de los creyentes. Es necesario que exista una relación intrínseca entre la acción pastoral: el anuncio de la Palabra – formación en la fe y catequesis-, la celebración litúrgica y la vida comunitaria, y la prolongación esencial de esa vivencia de comunión de todos los bautizados con las estructuras de corresponsabilidad solidaria. Si falta el compromiso caritativo organizado, aunque este sea muy elemental, tanto en el rural como en lo urbano, y sin duda supraparroquial, la fe de los fieles corre el riesgo de quedarse reducida al ámbito individual e intimista y el rostro de la Iglesia se reduce única y exclusivamente a los ritos.

Es necesario redescubrir la conexión entre fe y caridad, celebración y compromiso social[46]. Como ya hemos dicho, la Iglesia no puede descuidar el servicio de la caridad, como no puede omitir los sacramentos y la Palabra[47]. Es absolutamente necesario que en todas nuestras comunidades parroquiales, aunque sean pobres en personas y en recursos, se haga la colecta mensual de Cáritas, aunque sea muy pequeña su aportación. Esa limosna se convierte en el mejor termómetro que evalúa la fe auténtica de una comunidad. Una predicación adecuada ayudará a los fieles a descubrir que la parroquia debe ser cada día una comunidad de caridad.

Las propuestas pastorales de nuestra Diócesis nos indican unos caminos: Colecta del primer domingo para los pobres bien de la comunidad, bien compartido a través del grupo de Cáritas de zona pastoral, de la Unidad de atención parroquial, del Arciprestazgo, en aquellas parroquias más pequeñas; o bien  interparroquial, o diocesana. Lo que sí os recomiendo, vivamente, es que los fieles sean informados de todas las gestiones, aunque sean solo unos céntimos. No nos olvidemos de la valiosa enseñanza de Jesús con el pasaje de la viuda pobre del Evangelio[48]. No se trata de cantidades, sino de poner en acción la fe y el despertar del sentido comunitario: Nuestro poco, al lado de otros pocos, se convierte en una hermosa ayuda de amor. No olvidemos que la fe se hace activa por la caridad[49], porque la fe sin obras es inútil[50]. El mismo papa Benedicto nos ha dejado una hermosa síntesis de esta realidad: La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y la caridad se necesitan mutuamente, de modo que una permita a la otra seguir su camino[51] .

Esto quiere decir que una parroquia por muchas expresiones celebrativas de la fe que realice, si no vive su proyección caritativa de modo orgánico, no es una auténtica comunidad de fe. Todo requiere un equilibrio, pues si una comunidad cristiana se centrara solo en lo social y  no fundamentara su acción en una fe madura y celebrada que tiene como centro la Eucaristía, se convertiría en una simple ONG y la Iglesia no es una ONG, es otra cosa más importante[52].

De todo lo que se ha dicho podemos subrayar dos acciones concretas:

Con los desfavorecidos: En muchas de nuestras comunidades se encuentran personas necesitadas: enfermos, personas mayores que viven solas, aquellas que padecen necesidad. Atenderlas no es una actividad coyuntural fruto de una situación histórica ya que para la Iglesia la opción por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica[53]; de tal modo que: La opción preferencial por los pobres nos impulsa a salir en busca de ellos y a trabajar a su favor para que se encuentren a gusto en la Iglesia[54]. El cauce ordinario que se encuentra en nuestras parroquias es el voluntariado de Cáritas y la acogida cordial y fraterna.

No quisiera pasar por alto, dentro del ejercicio del ministerio de la caridad, lo que se denomina Pastoral de la salud que encierra unas connotaciones propias. Se trata de descubrir el rostro de los necesitados en  los enfermos, en los dolientes, en las personas discapacitadas y en las que precisan de cuidados especiales. El sufrimiento de Cristo está presente y tiene un gran poder misionero y testimonial.

La comunidad debe tener conocimiento de los enfermos que hay en ella, tratar de que se sientan integrados y ser conscientes de que toda iniciativa pastoral de y con los enfermos ha de tener presente que ellos mismos son agentes de evangelización[55]. Por otra parte, no podemos olvidarnos de que el panorama de la pobreza puede extenderse indefinidamente y a las formas de siempre hoy necesitamos añadir otras realidades de pobreza que requieren de todos una mayor creatividad, de ahí que se nos pida reactivar la imaginación de la caridad[56]

La organización de Cáritas es la expresión viva del amor de la comunidad parroquial que brota de la fe en Cristo y se traduce en una entrega cordial y cercana a los hermanos necesitados. La organización de Cáritas forma parte de la misma naturaleza pastoral de toda parroquia y la lleva a actuar de tal manera que los pobres, en cada comunidad cristiana, se sientan “como en su casa” (…) La caridad de las obras corrobora la caridad de las palabras[57]. Esto no quiere decir que haya que olvidar la acción caritativa individual, pero tampoco se puede renunciar a que toda parroquia, por pequeña y pobre que sea, posea una estructura elemental y según las circunstancias, esa comunidad encauce la asistencia, promoción y compromiso por la solidaridad y la justicia para con los más pobres, y esto por la simple razón de que cualquier parroquia, si quiere sentirse una comunidad cristiana, necesita esa estructura al igual que siente la necesidad de la celebración de la Eucaristía dominical y festiva.

 

4.- La parroquia, escuela de santidad.

La Iglesia exige al obispo que debe promover incansablemente una auténtica pastoral y pedagogía de la santidad[58]. De acuerdo con esta grave recomendación y, siendo consciente de que la parroquia, comunidad de comunidades, está llamada al igual que todo el Pueblo de Dios a la santidad, me debo preocupar de como se ponen los medios para que se pueda llevar a cabo esa llamada universal proclamada por el Concilio Vaticano II[59] en nuestras comunidades parroquiales. De todos es sabido que esta vocación se hace realidad a través de todos los cauces que el Espíritu del Señor le concede a la parroquia, porque en ella se encuentran la Palabra de Dios y su fuerza; los sacramentos, en especial la Eucaristía; la oración de la Comunidad, y el dinamismo de la caridad y de la solidaridad fraterna.

En mi Visita pastoral prestaré atención a esta realidad que, en definitiva, es la tarea más importante en la que todos estamos comprometidos. Las circunstancias actuales de nuestro mundo, las exigencias de autenticidad y de trasparencia que nuestros contemporáneos nos reclaman, las pérdidas de población en nuestros pueblos, el éxodo de los niños y de los jóvenes que se apartan de nuestras comunidades tradicionales, la estructura funcionarial – de la que nos habla tanto el Santo Padre – y en la que estamos instalados, etc. nos tienen que llevar a un planteamiento distinto de nuestras tareas personales y comunitarias.

La llamada a la misión que se nos hace a través del Plan Pastoral Ourense en misión con María es un momento oportuno y una ocasión de gracia para ponernos en salida y ser mejores servidores de nuestros hermanos y de nuestras comunidades, también de nuestra Iglesia Diocesana.

En los últimos años, la realización de una serie de gestiones que se centraron en la creación de los que se consideraban cauces o instrumentos para convertir la estructura diocesana en algo más dinámico, y la pretensión de modernizar la administración de esta Iglesia particular para optimizar sus resultados, lamentablemente, hemos podido constatar que este no ha sido el camino adecuado para una renovación de las estructuras, de las costumbres, de los estilos, los horarios, el lenguaje y toda la estructura eclesial de tal modo que se convirtiese en cauce para la nueva tarea evangelizadora[60].

En la actualidad necesitamos unos centros dignos para que se reúnan los sacerdotes de las zonas pastorales; no disponemos de lugares adecuados para recibir, atender y formar a los fieles laicos. Muchas de las sacristías de nuestros templos no reúnen las mínimas condiciones para una catequesis de un pequeño grupo. Esta pobreza de medios tiene que ayudarnos a recuperar el verdadero dinamismo de la esperanza pastoral sabiendo que la Iglesia fue tanto más fecunda cuanto más pobre se sintió. La digna y limpia pobreza – como diría san Juan de Ávila – nos hace más creíbles.

En esta situación vital, el papa Francisco ha sido una bendición del Señor para la Iglesia y para todos nosotros; su primera exhortación apostólica está siendo como un bálsamo en medio de nuestras cicatrices del pasado y, ciertamente, uno de los mejores acicates para animarnos a salir de nuestros miedos y ponernos en misión. No hemos sido llamados a ser gestores de entidades que nada, o muy poco tienen que ver con las tareas pastorales inherentes a la vida de la Iglesia. Somos pastores al servicio de los hermanos y seremos buenos administradores de las cosas de Dios en la medida en que abramos toda nuestra existencia al misterio de la gracia y busquemos el bien de los hombres y la gloria de Dios[61]. Ya san Juan Pablo II nos había dejado muy remarcada la idea de que la perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral es el de la santidad[62]. He ahí la urgencia pastoral a la que nos invita la Iglesia en estos últimos lustros: la santidad.

¿Acaso no está en la falta de santidad la raíz de tantos problemas como afectan a nuestra vida personal y pastoral? Cuándo buscamos nuestros intereses y no los de las almas  ¿esa búsqueda no es un sucedáneo de nuestra falta de santidad? Detrás de algunos conflictos de difícil solución casi siempre nos encontramos, de forma enconada, falsas determinaciones pastorales, intereses creados, mala administración, grave desorientación en los fieles. Si ponemos bajo el signo de la santidad nuestra programación pastoral general, o las pequeñas programaciones sencillas y humildes que afectan a nuestras parroquias del entorno rural y también las del ámbito urbano, enseguida nos daremos cuenta de que esta es una opción llena de consecuencias operativas y misioneras, y que además nos llenará de sano optimismo. A pesar de las dificultades del momento no podemos perder la esperanza. Si queremos una pastoral de la santidad que sea efectiva debemos aprender a vivir las fecundas implicaciones de la  pobreza personal y comunitaria. Si seguimos atados a nosotros mismos y a nuestros criterios, a nuestras estructuras y seguridades, a los ecos gloriosos de la historia pasada, no seremos capaces de adentrarnos en el camino de la santidad, que es el único camino seguro de un futuro pastoral fecundo.

Algunas veces, los pastores nos quejamos de nuestros fieles; pero, ¿nos hemos parado un momento a prestar oídos a lo que ellos dicen de nuestro quehacer pastoral y de nuestra entrega y disponibilidad? Gracias a Dios siempre hay excepciones. Pero parece que nos contentamos con una vida mediocre, vamos tirando y haciendo lo de siempre, lo que nos pidan ¡aunque sean cinco misas!; nos hemos instalado – como nos recordaba el Santo Padre hace unos días – en una ética minimalista y en una religiosidad popular superficial sin garra apostólica y la vida cristiana de nuestro pueblo ha ido bajando en intensidad a medida que los ministros hemos cedido en nuestras exigencias espirituales. Se da una proporción directa entre la santidad de los pastores y los fieles, y entre la generosidad de los fieles y la fecundidad vocacional. Ante este hecho es necesario cambiar la deriva a la que nos puede llevar esta inercia pastoral que nos está venciendo y puede arrastramos a todos ¡también a los más seguros!

Os invito a que en vuestras comunidades, aunque no sea posible la presencia frecuente del sacerdote, se creen actitudes orantes. Es imprescindible constituir pequeñas escuelas de oración[63], tal como nos lo enseñaron los mejores hijos e hijas de la Iglesia, los santos. Toda pastoral auténtica pasa, necesariamente, por la pedagogía de la santidad y ésta sólo se puede llevar a cabo a través del cultivo del arte de la oración. ¿No sería factible encontrar, también en nuestras pequeñas parroquias, algunas personas de buenas costumbres que puedan abrir la iglesia, reunir al pequeño grupo de fieles y rezar las oraciones de siempre: rosario, vísperas, la novena al santo de especial devoción, el vía crucis? En algunos lugares de misión han sido los fieles laicos los que mantuvieron la fe y las costumbres cristianas a la espera de un presbítero.

Hay acciones de Iglesia[64] que no necesitan la presencia de los ministros ordenados; sin embargo, no podemos olvidar que los fieles laicos, juntamente con los presbíteros, los religiosos y las religiosas constituyen el único Pueblo de Dios. Por eso, los pastores han de reconocer y promover los ministerios, oficios y funciones de los fieles laicos, que tienen su fundamento sacramental en el Bautismo y en la Confirmación[65]. Desde esta perspectiva el bien de todos se convierte en el bien de cada uno, y el bien de cada uno se convierte en el bien de todos, de tal modo que aquellos fieles que posean cualidades para dirigir la oración de la comunidad se enriquecerán a sí mismos si se ponen al servicio de toda la parroquia y, por pobres que sean nuestros medios, y por pocos que sean los fieles que acuden a las celebraciones litúrgicas, si los pastores están atentos, siempre se podrá encontrar alguna persona que preste un servicio a la comunidad, sin olvidar aquello que se ha dicho: En la Santa Iglesia cada uno sostiene a los demás y los demás le sostienen a él[66].

En la medida en que uno de los fieles pone al servicio de la comunidad sus cualidades para dirigir la oración y prestar otros servicios de la actividad pastoral de la Iglesia está reactivando sus compromisos bautismales, porque la vocación a la santidad también está ligada íntimamente a la misión y a la responsabilidad confiadas a los fieles laicos en la Iglesia y en el mundo[67]. Acogiendo este sentir de la Iglesia y siendo consciente de la situación de muchas de nuestras parroquias que solo se abren cuando va el sacerdote a celebrar Misa, o para un entierro, sería necesario, buscando el bien de nuestro pueblo fiel, que en algunos momentos del día, se pudieran abrir nuestros hermosos templos, siempre con las debidas cautelas, para que los fieles se reúnan para rezar juntos.

En mi carta pastoral con motivo del Año de la fe manifesté la importancia que tienen las mujeres y la labor insustituible en los trabajos apostólicos de la mayoría de nuestras parroquias; ellas, casi siempre, son las fieles colaboradoras de los sacerdotes[68]. Los pastores deben confiar el ministerio de la oración cotidiana de la comunidad a los fieles laicos. Sin esta expresión orante desaparece la vida comunitaria y la expresión viva de la fe.

En nuestra Diócesis, desde hace años, han ido creciendo los Grupos  Bíblicos. Animo a que en todas las parroquias, en las zonas pastorales, o en la Unidades de atención parroquial se puedan constituir estos grupos de fieles que siempre podrán contar con la ayuda desinteresada de los profesores del Instituto Teológico “Divino Maestro”, o bien con el equipo de la Vicaria para la Pastoral. A la luz de la Palabra de Dios se harán nuevas todas las cosas en nuestra Iglesia.

Dentro de esta pastoral de la santidad no quisiera olvidarme del Sacramento de la Reconciliación. En el rito litúrgico de la toma de posesión de un nuevo párroco, uno de los gestos expresivos del ceremonial es cuando el obispo acompaña al nuevo sacerdote recorriendo los lugares más significativos del templo: la sede, el baptisterio, el confesonario. Esto refleja, de una manera plástica, lo que la Iglesia le pide a los sacerdotes administradores y párrocos de una comunidad, a los que se les insta a que brinden a los fieles la oportunidad de confesarse, dándole las máximas facilidades e invitando a algún sacerdote para que ejerza ese ministerio, de acuerdo con la laudable costumbre que se observa en muchos lugares de nuestra Diócesis. Por su parte, al obispo se le exige que vigile para que se celebren los sacramentos y los sacramentales con el máximo respeto y diligencia[69] observándose las normas establecidas por la Iglesia. Si se estima oportuno, yo mismo, en un momento determinado de la Visita, podría atender a los fieles que lo necesitasen ofreciéndoles, en nombre de la Iglesia, este sacramento de reconciliación y de paz.

En este sentido, permitidme que os manifieste lo que les decía el Santo Padre a un grupo de sacerdotes: Dejen las puertas abiertas de las iglesias, así la gente entra, y dejen una luz encendida en el confesionario para señalar su presencia y verán que la fila se formará. En la fuerte devaluación que ha experimentado este sacramento en el corazón y en la praxis de nuestros fieles, alguna culpa hemos tenido los mismos pastores. Dentro de este proyecto de misión esforcémonos por cuidar la catequesis, la predicación y, sobre todo, nuestro propio ejemplo cuidándonos de frecuentarlo más, descubriendo la importancia que este sacramento tiene para nuestra vida pastoral. En esto, como en otras muchas cosas, nos servirá de ejemplo el papa Francisco.

De forma elocuente, nuestros fieles sabrán descubrir que es un sacramento que tiene su importancia sobre todo si les ayudamos a percibir por los sentidos que la sede confesional es un lugar noble y digno, cómodo y adaptado a las necesidades de los penitentes; en este sentido es necesario revisar con cuidado la administración de este sacramento.

 

CONCLUSIÓN

Con esta reflexión he querido expresaros mis sentimientos más profundos al comienzo de mi primera Visita pastoral. Sé que es una ocasión de gracia, no solo para todos los fieles, sino también para mí. Me supone un esfuerzo añadido a la jornada ordinaria, pero lo hago con gusto porque reconozco que es una de mis obligaciones y yo mismo la necesito para completar la visión que tengo de esta Iglesia particular.

Cuando sugerí a mis colaboradores inmediatos, a la luz de la exhortación apostólica Evangelii gaudium, la concreción del plan pastoral  Ourense en misión con María, lo hice con el convencimiento de que si queremos hacer algo que vaya de acuerdo con esta nueva tarea evangelizadora a la que nos invita el Santo Padre, es necesario que nos centremos en la misión. En este tercer año de mi presencia entre vosotros, después de numerosas visitas y encuentros con los diferentes grupos y movimientos de esta Iglesia, es necesario, teniendo en cuenta la frescura de las reflexiones y de las aportaciones del Santo Padre, que nos convenzamos de que no podemos seguir con los proyectos y esquemas pastorales que regulan, actualmente, nuestra actividad diocesana. No podemos seguir dentro de la dinámica de esta inercia pastoral.

Una serie de factores externos y también internos me hicieron comprender que nuestra manera de actuar no podrá aguantar mucho tiempo: éxodo del hombre rural a la ciudad y a las villas; los vecinos que quedan en nuestras parroquias son pocos y, en su gran mayoría ancianos; tenemos pocos niños, o casi ninguno en muchas parroquias rurales; estamos sufriendo una irregular y poco adecuada distribución del clero; un alto porcentaje de nuestros sacerdotes son ancianos y solicitan un justo descanso; las congregaciones religiosas, antaño numerosas y activas, hoy se encuentran con serias dificultades y con pocos recursos humanos; nuestros seminarios, en un pasado reciente eran la esperanza de la Diócesis, hoy se encuentran con dificultades y, en ocasiones, les falta el apoyo necesario de los sacerdotes; nos encontramos con un excesivo número de parroquias que no corresponden a la realidad actual y son un eco de los años cincuenta del siglo pasado; en la actualidad no existe una recta proporción entre las parroquias y la población de nuestra Diócesis, etc.

Al realizar este diagnóstico se me podrá acusar de pesimista, pero creo que procuro ser lo más objetivo posible, atendiendo a los datos que se me ofrecen y, sobre todo, a las informaciones y sugerencias que me hacéis. Quisiera deciros que este análisis no nos puede llevar a la inoperancia ni al ir tirando mientras se pueda, sería una falta de fe y de confianza en el Buen Dios, en cuyas manos providentes está nuestra historia y la vida de nuestras comunidades. Por otra parte, no podemos olvidar que esta situación nos obliga a revisar nuestro camino, a darnos nuevas reglas y a encontrar nuevas formas de compromiso, a apoyarnos en las experiencias positivas y a rechazar las negativas. De este modo, la crisis se convierte en ocasión de discernir y proyectar de un modo nuevo. Conviene afrontar las dificultades del presente en esta clave, de manera confiada más que resignada[70]

Cuando escribí ¡Querer creer!, mi primera carta pastoral con motivo del Año de la fe, ya aventuraba algunas observaciones sobre la vida pastoral de nuestra Diócesis; en la carta sobre la reestructuración de los arciprestazgos volví a insistir en lo mismo. En esta ocasión quisiera pediros que nos pusiéramos en salida misionera y que nos convenciéramos de que juntos seremos capaces de responder a los numerosos retos que hoy nos lanzan nuestros contemporáneos.

La Visita pastoral nos servirá a todos para conocer la realidad objetiva de esta Iglesia particular con sus logros y conquistas, con sus aciertos y problemas, con sus dificultades y esperanzas. Necesitamos recoger con fidelidad todas las observaciones positivas y negativas que se podrán detectar con ojos de fe y con cariño fraternal. Con toda esa riqueza de experiencias, bien al finalizar el recorrido de la Visita del obispo a toda la Diócesis, o quizá antes de concluirla, después de haberlo meditado y, a pesar de las dificultades administrativas con las que nos encontramos, quisiera invitaros a un Sínodo diocesano de la Iglesia en Ourense. Como bien sabéis, esta es una antigua praxis de la Iglesia que se vivió en nuestra Diócesis en varias ocasiones y ha dado buenos frutos. El Sínodo se configura como un acto del gobierno episcopal y, además, como un evento de comunión para que entre todos los hijos e hijas de esta Iglesia, que peregrina desde tiempo inmemorial por las tierras de Ourense, me ayudéis a configurar los criterios pastorales necesarios para acertar en el gobierno de esta amada Iglesia particular y a prepararla, con esperanza, para el futuro inmediato que nos está reclamando una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación. La reforma de estructuras que exige la conversión pastoral solo puede entenderse en este sentido: procurar que todas ellas se vuelvan más misioneras, que la pastoral ordinaria en todas sus instancias sea más expansiva y abierta[71].

Os animo a que no tengáis miedo, a que venzáis las inercias estériles, a que seáis más constructivos y evitéis esa crítica malsana, contra la que nos previene el Santo Padre, que nos esteriliza y hace infecundos. Es necesario ponerse en camino siendo conscientes de que lo que tenemos entre manos no es nuestro, es de Jesucristo y él lo entregó a su Iglesia. Os invito a volver a la fuente de agua viva y recuperar la frescura original del Evangelio. Si lo hacemos así, brotarán nuevos caminos, métodos pastorales más creativos y adecuados a las necesidades de nuestros pueblos y de nuestra gente, descubriremos signos más elocuentes que harán más creíble la fe en Jesucristo y, nuestras palabras y obras, tendrán otra resonancia en medio de nuestros contemporáneos.

Volvamos la mirada de nuestro corazón a Santa María Nai, estrella de la nueva evangelización, a nuestro patrono San Martín de Tours y, de manera especial, os ruego que encomendéis el Plan Pastoral Ourense en misión con María a San Martín de Braga, evangelizador de nuestras tierras  en momentos de graves dificultades, y a San Francisco Blanco, hijo de esta Iglesia, suplicadle que nos ayude a tener un corazón abierto a la misión para llevar a cabo esta nueva tarea evangelizadora.

Con todo afecto se encomienda a vuestras oraciones y os bendice.

J. Leonardo Lemos Montanet

 Bispo de Ourense


 

 

Carta pastoral con motivo da Visita pastoral, 2015

¡Que a paz do Señor estea con vós!

 

 

Que nos seus días floreza a xustiza

     e a paz abunde eternamente.

 (Sal. 71)

 

 

 

Meus queridos amigos sacerdotes

Irmás e irmáns meus no Señor

 

Quero comezar esta carta con motivo do inicio oficial da miña Visita pastoral a toda a Diocese, coas palabras que me ofrece a liturxia deste día. Fágoo pensando en cada un dos sacerdotes, relixiosos/as, seminaristas, catequistas e profesores de Relixión, axentes de pastoral e demais fieis laicos que traballan na nosa Igrexa particular.

Foron as palabras do Salmo 71 as que me deron o lema para esta Visita: ¡Que a paz do Señor estea convosco! Quixera dicirvos que isto é moito máis ca un saúdo litúrxico, é un desexo que nace do corazón daquel que é enviado como pastor, en nome de Cristo, para coidar dunha porción do Pobo de Deus[72] e visitar as diferentes comunidades cristiás para desexarlles que a graza e a paz de Deus, o noso Pai, e de Xesucristo, o Señor, estea sempre con cada unha das parroquias desta Igrexa, e así floreza a santidade en cada un dos seus membros[73]. Un signo desa santidade de vida é que reine a paz nas nosas comunidades, porque onde non hai paz, nin caridade, nin xustiza, nin comprensión, nin perdón, nin fraternidade, non hai amor, e onde non hai amor, alí non está Deus, porque El é Amor[74]. A paz é un don do amor de Deus e coa súa presenza renóvanse todas as cousas.

¡Que dor experimentamos cando atopamos comunidades cristiás que están desunidas e cheas de bandos! «Eu son de Paulo«, e outro: «Eu de Apolo«[75], non podemos esquecer que onde hai desunión, enfrontamentos, críticas negativas, discordias entre os irmáns, todo isto quebranta a orde e a harmonía entre as persoas e racha a comuñón, porque os verdadeiros froitos do Espírito son amor, ledicia, paz, paciencia, afabilidade, bondade, fidelidade, mansedume, temperanza[76]. Todos os bautizados debemos contribuír a que a comuñón sexa unha realidade efectiva nas nosas comunidades e, de xeito especial, os que recibimos un ministerio particular para servir a esa porción da Igrexa que son as parroquias e, en definitiva, a Igrexa mesma.

O sacerdote, e en especial o bispo, saben ben que deben ofrecer o santo sacrificio da misa, orar, ensinar e, se é bispo, facer visitas            pastorais [77]; sen ningunha dúbida, o bispo ten que facer seus aqueles sentimentos que se atopan belamente expresados na oración de San Francisco de Asís:

 

¡Señor, fai de min un instrumento da túa paz!
Que alí onde haxa odio, poña eu amor;
onde haxa ofensa, poña eu perdón;
onde haxa discordia, poña eu unión;
onde haxa erro, poña eu verdade;
onde haxa dúbida, poña eu fe;
onde haxa desespero, poña eu esperanza;
onde haxa tebras, poña eu luz;
onde haxa tristura, poña eu ledicia.
[78]

 

Este é o programa de vida que a Igrexa desexa que se faga experiencia viva nos nosos corazóns e, a partir de aí, lograrase cambiar as nosas comunidades parroquiais, as zonas pastorais, o Arciprestado, en definitiva, a Diocese.

Dende o primeiro momento en que asumín o ministerio episcopal, para servizo desta amada Igrexa que peregrina polas nobres terras ourensás, foi a miña intención visitar todas as comunidades parroquiais e demais institucións eclesiais da Diocese. Non puiden realizar, plenamente, o meu desexo; primeiro, porque gran parte das fins de semana do ano 2012-2013, con motivo do Ano da fe, tiven que recibir e presidir diversos actos atendendo as peregrinacións dos arciprestados á Catedral de San Martiño; agora, en parte, encontrámonos inmersos no Ano Xubilar Mariano e este evento supón tamén prestarlle especial atención; ademais disto, o moito tempo que debo dedicar a solucionar delicadas cuestións do goberno pastoral átanme máis do que imaxinaba e impídenme atender outras tarefas do meu ministerio. A pesar de todo, sempre que fun convidado polos sacerdotes, na medida das miñas posibilidades, acudín ás parroquias con motivo dalgún acontecemento eclesial. Dende O Tameirón, ata A Corna; dende San Xoán de Río, ata Entrimo, pasando polas vilas e todas as parroquias da cidade de Ourense, puiden comprobar, persoalmente, cal é a situación da nosa Igrexa, e por iso, dou grazas sen cesar a Deus, recordándovos nas miñas oracións pois teño noticias da vosa caridade e da vosa fe para co Señor Xesús e para ben de todos.[79]

Grazas a esas oportunidades que se me ofreceron e á celebración do Sacramento da Confirmación, puiden encontrarme, varias veces, cos fieis dalgunhas parroquias, en cambio, hai outras moitas que aínda non as coñezo fisicamente. Sendo consciente da miña obriga de visitar a Diocese cada ano total ou parcialmente[80], desexo ir realizando esta visita, sistematicamente, a todas as parroquias tendo en conta as circunstancias e as dispoñibilidades que destas me manifesten os sacerdotes que son os meus principais colaboradores.

De entre os coidados pastorais principais a Visita pastoral ocupa un lugar preeminente; de feito, tal como nolo recordan os santos pastores: a visita é como a alma do goberno episcopal, xa que por medio dela o pastor se comunica directamente con todos os fieis, cuxo ben e proveito debe buscar. O auténtico bispo, cando sae a visitar as parroquias da súa Diocese, é como o sol cando sae a iluminar as terras, realizando os tres actos xerárquicos, que veñen a ser: purificar, iluminar e perfeccionar (…) Son innumerables os bens que se obteñen dunha visita persoal do bispo.[81]

Se esta Visita vén así recollida na vida dos santos bispos e na praxe da Igrexa, isto quere dicir que debe prepararse con intensidade. Non é un simple acto protocolario, nin unha especie de auditoría eclesiástica, senón que é unha ocasión de graza e constitúe unha expansión da presenza espiritual do bispo entre os seus fieis [82]. Por outra parte, non podemos esquecer que esta Visita a imos iniciar no marco deste proxecto pastoral que nos trazamos para estes próximos cursos: Ourense en misión con María. De aí que debe ser unha ocasión propicia para poñernos en misión, porque se algo temos claro é que o impulso misioneiro se converte no sinal máis elocuente da madureza na fe dunha comunidade eclesial[83], porque xa o mesmo san Xoán Paulo II afirmaba que a misión renova a Igrexa[84]

Convídovos, pois, a que seguindo o que nos recomenda a Igrexa[85], aproveitedes esta ocasión para levar a cabo unha catequese intensa sobre o misterio da Igrexa, a importancia que ten o bispo na Diocese e o sentido profundo que supón esta visita para a vida dunha comunidade eclesial, de xeito especial para unha parroquia. Aconséllovos que organicedes algúns grupos de reflexión e de oración polo froito da Visita, así como unhas charlas de divulgación catequético-doutrinal; non estaría de máis ofrecer aos fieis uns exercicios espirituais abertos e adaptados aos horarios das súas ocupacións, ou ben, realizar unha misión popular, tal como nolo recomenda o Directorio para o ministerio pastoral dos bispos[86]; por outra parte, prégovos que, en todas as Eucaristías que se celebren na Diocese durante este tempo, procuredes que na Oración dos fieis sempre haxa unha pregaria polo bispo e as necesidades da Diocese, así como polos froitos da Visita pastoral.

Todas estas iniciativas deberan ser preparadas e vividas dentro do marco da pastoral de comuñón. Non esquezamos que a auténtica renovación da Igrexa pide unha verdadeira unión entre bispo e presbíteros, como cabeza e membros; entre fieis laicos e pastores; porque só na unidade medra a verdadeira renovación. Sós podemos pouco. É necesario reunir os fieis de varias parroquias nos centros de referencia ou nos Arciprestados, sobre todo no ámbito rural, porque a visita daquel que vén no nome do Señor[87] debe ser unha ocasión de graza coa que se fai presente en medio dos fieis o Señor Xesucristo, Pontífice supremo[88].

Entre outras iniciativas quixera subliñar unhas cantas actividades que considero imprescindibles, sen pretender ser exhaustivo e sempre aberto ás posibilidades que tanto os sacerdotes coma a Vicaría para a Pastoral me podedes ofrecer.

Sen ningunha dúbida, a celebración da Santa Eucaristía en cada parroquia debe ser o centro neurálxico da visita. Tendo en conta a realidade do noso mundo rural e sabendo que hai bastantes sacerdotes que exercen o seu ministerio en varias comunidades eclesiais, non poderei celebrar tantas misas como parroquias atende o sacerdote, senón só as que a Igrexa nos permite[89], de aí que esta sexa unha ocasión propicia para indicarlles aos fieis o porqué, de entre un número determinado de parroquias, só dúas delas – excepcionalmente tres – poden ser constituídas como centros de referencia para unha zona pastoral, ou ben dunha Unidade de atención parroquial; deste modo é o bispo o que lles manifesta aos membros das diferentes comunidades que non existe, por parte do sacerdote encargado, ningunha simpatía ou antipatía contra unha ou outra parroquia, senón que se busca o mellor servizo do Pobo de Deus. Alí onde non se poida celebrar a Eucaristía sería conveniente organizar unha Liturxia da Palabra que reúna os fieis o Día do Señor para orar en comunidade, escoitar a proclamación do Evanxeo do día e recibir a Comuñón, se se está disposto; ou ben, tendo en conta a arraigada devoción á Santa Virxe, sempre sería oportuno realizar un acto mariano, ou un responso solemne polos defuntos da parroquia.

No caso de que fose pastoralmente prudente poderíase celebrar algún dos sacramentos da iniciación cristiá, contando coa preparación catequética previa. Nas pequenas parroquias, onde os nacementos son poucos, poderíaselle dar especial importancia ao bautismo do último dos nacidos. Ou se é o tempo oportuno, conferir a Primeira Comuñón ou a Confirmación.

Considero de especial importancia o encontro do bispo cos nenos e mozos da catequese. Se houbese un colexio nos límites da parroquia sería conveniente un acto, ben no colexio, ben no templo parroquial, cos profesores e alumnos, aínda que o encontro con todos xuntos non é recomendable porque é pouco efectivo, xa que cos alumnos requírese outro ámbito e outro estilo; coas persoas que axudan o sacerdote na administración pastoral: sancristáns, catequistas, membros do Consello Pastoral e de Asuntos Económicos- se os hai -, ou ben con aqueles que colaboran nos diferentes movementos, se os houbese. Sería tamén moi importante ter un encontro cos profesores de Relixión e aqueles docentes cristiáns doutras disciplinas.

É de grande utilidade organizar un acto coas persoas anciás e enfermas da parroquia, así como a visita ás residencias e xeriátricos. Neste marco pódese estudar a conveniencia ou non de celebrar, comunitariamente, a Santa Unción de Enfermos. Isto non é óbice de que o bispo poida visitar, nos seus propios domicilios, aqueles enfermos que o desexen.

Se a visita do bispo é unha ocasión de graza, non me podo negar a escoitar e atender, persoalmente, aqueles fieis que teñan unha necesidade seria e obxectiva de falar, en conciencia, co seu bispo. É necesario buscar o momento e o lugar para ese encontro e, se non é factible, concretar unha entrevista posterior no Bispado.

Atención especial merece o encontro e o intercambio de impresións cos sacerdotes, o equipo sacerdotal da Unidade de atención parroquial, ou ben cos sacerdotes que atenden unha mesma zona pastoral. Eles son a alma de toda a actividade pastoral.

Non podemos esquecer que o bispo, ao ser custodio dos bens da Igrexa, tanto espirituais coma materiais, non debe esquecer o exame da administración e conservación dos bens e estruturas que forman parte da parroquia[90], tamén iso é importante; de feito, polo coidado das cousas materiais que afectan á vida administrativa parroquial dedúcese a boa marcha das demais tarefas pastorais. Os libros parroquiais, mobiliario, ourivaría, vestiduras e libros litúrxicos, o despacho e os demais elementos da actividade parroquial, deben ser obxecto desa visita. No noso caso, procurarei que dous sacerdotes, especialmente designados para o caso, me axuden nesta tarefa e se encontren uns días antes cos sacerdotes responsables das diferentes parroquias, co fin de que durante a visita me poida centrar no estritamente pastoral.

 

1.- O rostro da parroquia.

San Xoán Paulo II, bo pastor e un dos expoñentes católicos da chamada filosofía personalista, deixounos fermosas reflexións sobre o sentido e significado do rostro; neste sentido invítovos a reler o belo capítulo segundo da carta apostólica Novo millennio ineunte. Dende esa perspectiva teño que dicirvos que o verdadeiro rostro das nosas comunidades parroquiais sodes vós, os sacerdotes.

Pola forza e o dinamismo da graza bautismal, e por virtude dos sacramentos, en especial a Eucaristía e a Penitencia, que podemos recibir reiteradamente, reactualízase na nosa vida o ser de Cristo, chegando a configurarnos con El[91] e converténdonos noutros cristos[92], no rostro de Cristo; un rostro que nos axuda a descubrilo presente no irmán, en todo irmán, de xeito especial nos máis necesitados. Este feito, que dende a perspectiva sobrenatural se converte nunha realidade existencial que nos empurra a comprometernos máis pola causa do máis humano dos nosos contemporáneos, axúdanos a descubrir, queirámolo ou non, que o rostro máis elocuente dunha comunidade parroquial é o do sacerdote. Esta afirmación queda confirmada, de xeito plástico, por algo ó que a forza de costume xa non lle damos importancia, pero tena. Somos coñecedores dunha situación que aínda hoxe se percibe. Cando un sacerdote se entrega ao servizo dunha comunidade e a converte na súa propia vida, chégase a unha especie de transferencia afectiva que, mesmo o pobo fiel percibe, chegando, paulatinamente, a xerarse un proceso segundo o cal o sacerdote chega a perder o seu nome e apelido e, tanto os seus propios compañeiros coma os demais fieis, se refiren a el polo nome da parroquia coa que se senten identificados. O mesmo sucede no caso dos bispos.

Esta realidade, fenomenoloxicamente constatable, é proba fidedigna de que o verdadeiro rostro dunha comunidade parroquial é o sacerdote, porque o encargo pastoral que a Igrexa, a través do bispo, fai dun sacerdote un ser para os fieis e isto non o desarraiga do seu ser con eles[93]; neste sentido enténdese a expresión agustiniana: Son bispo para vós, son cristián con vós[94], que moi ben se podería aplicar aos presbíteros.

A preocupación pastoral sobre todas e cada unha das comunidades cristiás desta Igrexa particular é tarefa fundamental do bispo e no exercicio desta misión é axudado, especialmente, polo Presbiterio, así como polos membros da Vida consagrada e polos demais fieis. Pola chamada especial que o Señor me fixo, na Igrexa, para levar a cabo este ministerio pastoral en Ourense, son consciente de que presido unha comunidade de fe – unión de moitas comunidades máis pequenas – que deben ser alimentadas pola Palabra de Deus e edificada, constantemente, pola Eucaristía e a celebración dos outros sacramentos; de aí xermolarán con forza as demais actividades pastorais e as obras de caridade.

Non obstante, en todas estas tarefas os sacerdotes sodes os que exercedes a cura de almas e sobre vós recae esa responsabilidade de forma inmediata, porque sodes os meus principais e insubstituíbles colaboradores, sendo corresponsables do ben desta Igrexa particular.[95]

Para que todo este proxecto funcione é necesario manter viva a idea fundamental do noso ministerio e facela operativa. Se isto sucede así evitariámonos tantos contratempos e tantas crises persoais e estruturais. Non podemos perder de vista a idea fundamental do noso proxecto sacerdotal que cativou a nosa vida antes e dentro do Seminario, e foi impulsora de tanto dinamismo persoal e comunitario. Nos nosos anos de formación e nos primeiros momentos do exercicio do noso ministerio pensar na salvación das almas, en levar a cabo proxectos catequético-formativos dos membros das nosas comunidades, buscar recursos para manter operativos os centros de culto e as demais dependencias parroquiais, etc., para moitos sacerdotes esa idea era a forza que os impulsaba a manter unha auténtica tensión espiritual para así servir máis e mellor. A idea que posuímos é a mellor de todas, non é nosa, é a Boa Nova de Xesucristo que nos chega a través da comuñón da Igrexa. De nós depende levar esa idea á práctica.

É imprescindible apartar de nós o pensamento destrutivo de que as cousas non funcionan por culpa das estruturas diocesanas, ou dos outros; este tipo de formulacións pode golpear o noso espírito e deteriorar as nosas tarefas pastorais. Somos homes de esperanza e para a esperanza, porque vivimos confiados en Deus, porque nos esforzamos por camiñar pola súa senda e puxemos nel a nosa esperanza.[96]

Na nosa Igrexa estannos a insistir en que debemos vivir a comuñón e a fraternidade; se para toda tarefa profesional é moi importante o traballo en equipo, moito máis para levar a cabo as tarefas pastorais. Non podemos pretender facelo todo nós mesmos, isto levaríanos a caer no individualismo e no personalismo empobrecedor. É imprescindible a colaboración cos outros, a cooperación mutua, a xenerosidade na entrega, e sobre todo, a dispoñibilidade. O ser máis íntimo do sacerdote nace no ámbito da comuñón da Igrexa e é acollido nun Presbiterio que dá sentido á súa misión e tarefa pastoral, por iso o sacerdote, como a Igrexa, debe crecer na conciencia da súa permanente necesidade de ser evanxelizado[97].

Temos, como xa dixen, a mellor das ideas – a Boa Nova de Xesucristo -, contamos coa mellor das axudas tanto espirituais coma materiais; só necesitamos axudarnos para crear un ambiente máis optimista e esperanzado; non podemos ir pola vida con cara de funeral, nin de vinagre[98], como nos lembra o papa Francisco, porque a proposta que se nos ofrece é vivir nun nivel superior, xa que a vida se acrecenta dándoa e debilítase no illamento e a comodidade. De feito, os que máis gozan da vida son os que deixan a seguridade da beira e se apaixonan na misión de comunicar vida aos demais[99]. E esa vida é o mesmo Xesucristo que sempre é Evanxeo eterno e fonte de constante verdade e clave da auténtica alegría para todos os que cren nel.

Que esta Visita pastoral nos axude a compenetrarnos máis: Bispo, sacerdotes, membros da vida consagrada e fieis laicos, evitando esa dialéctica perniciosa e pouco evanxélica, duns e outros, os da Curia e os da pastoral, o Bispado e as parroquias, etc. Debemos asumir que o proxecto non é noso, nin dos outros, é o que Xesucristo entregou á súa Igrexa e, nela, a nós, que como Diocese somos un elo máis desa cadea de fidelidades que non podemos quebrar cos nosos individualismos máis ou menos orixinais[100].

É necesario, se queremos ser eficaces, identificarnos e facer nosos os obxectivos do Plan Pastoral Diocesano. Convídovos a que, de cara á próxima Visita pastoral, con humildade e amable esixencia, vos deixedes levar dun auténtico espírito de autocrítica para analizar coa maior obxectividade posible os éxitos e os fracasos pastorais, as dificultades e problemas, tanto propios coma das comunidades nas que desempeñamos o noso ministerio. Non teñamos medo ao fracaso, porque en clave cristiá, os fracasos santifican, as omisións non.

 

2.- A parroquia e os seus rostros.

Xa na miña primeira carta pastoral[101] lle dediquei unha especial reflexión á importancia que ten a parroquia, entendida como ese ámbito xeográfico onde se fai presente a realidade eclesial e lugar privilexiado no que se realiza a pastoral ordinaria do Pobo de Deus; ela é a referencia do bautizado e o eixe en torno ao cal xira a vida da comunidade dos fieis: ámbito de escoita da Palabra de Deus, do crecemento na vida cristiá, do anuncio, do diálogo, da caridade, da adoración e da celebración, porque é Comunidade de comunidades[102]. A parroquia é moito máis ca unha especie de supermercado do relixioso ou unha estación de servizos; non se entende dentro do esquema ao que tan habitualmente estamos afeitos: pago e que me dean o que pido, e a ser posible sen moitas esixencias, e ao menor custo. Son consciente de que esta é unha caricatura da parroquia, pero é bo expresarse así, como o fai cotiamente o papa Francisco. A parroquia así entendida queda mutilada e empobrecida, non se percibe como esa parte do Pobo de Deus en camiño que acolle e proclama a Palabra, celebra a liturxia e expresa a súa fe comunicándoa a través da misión, da catequese e do exercicio da caridade.

Se é innegable que o rostro que visibiliza a parroquia é o sacerdote, non é menos certo que o sacerdote, e con el o bispo, saben descubrir nos fieis os diferentes rostros que conforman unha comunidade cristiá. Non é o mesmo esta apreciación acerca dos rostros que fan presente a vida dunha comunidade parroquial do mundo rural, que aquelas do ámbito urbano. A proximidade das persoas que viven a súa fe no seo das parroquias rurais é máis vivo e expresivo, aínda que, en ocasións, ese sentimento se pode converter, en razón das miserias humanas, en causa de enfrontamento entre os veciños da mesma parroquia ou cos da que está ao lado que, en moitas ocasións, teñen que compartir os servizos pastorais do mesmo sacerdote. Cantas dificultades xeran estas situacións de enfrontamento á hora de levar a cabo un proxecto de pastoral de comuñón.

O mundo rural cambiou moito nos últimos anos e a perspectiva inmediata, de acordo cos datos que nos ofrecen, prevese que siga nesta deriva poboacional. A parroquia rural está a experimentar unha forte despoboación, un envellecemento alarmante e un traslado dos seus veciños ás vilas máis próximas e á capital. Este movemento lévanos a realizar unha reflexión máis obxectiva e atinada, pastoralmente falando.

Nestes momentos, bastantes sacerdotes dedicados á cura pastoral están a vivir unha realidade fáctica que me preocupa: a agregación de parroquias. Este sistema está a causar un grave deterioro non só no exercicio do ministerio senón tamén na mesma persoa do sacerdote. Os fieis máis sensibles saben aceptar as dificultades que experimentan os sacerdotes á hora de querer prestarlles os servizos pastorais dos que antes se beneficiaban; non obstante, sempre hai persoas que seguen esixíndolles o mesmo que cando tiñan cura propio.

É imprescindible e urxente unha catequización dos fieis. Necesitamos unha nova tarefa evanxelizadora que nos axude a descubrir o auténtico rostro do misterio da Igrexa e a ensinarllo así á nosa xente. Xa non abonda co simple cumprimento ou coa ritualización do misterio.

Na nosa Diocese creo que estamos a dar os pasos necesarios, aínda que moi timidamente, porque non todos están dispostos a cambiar de orientación debido á inercia pastoral que nos afecta. Queremos converter a agrupación das parroquias do mundo rural en Unidades de atención parroquial a cargo, ben dun sacerdote ou dun equipo. O ideal sería a creación de equipos sacerdotais, de tal modo que non só se encargasen das parroquias dunha mesma zona pastoral, senón que eles mesmos se sentisen acompañados e axudados. As reticencias coas que nos encontramos non nos inquietan nin nos impiden camiñar cara a adiante porque as circunstancias do noso clero e das moitas parroquias nolo están a demandar. Quizais necesitemos máis tempo, non obstante, o proceso está en marcha.

Se é verdade que o rostro dunha parroquia é como unha realidade poliédrica que convén ter moi en conta, non é menos certo que todas esas facetas que conforman unha comunidade parroquial deben ser reformuladas. Estou convencido de que a Visita pastoral pode ser unha ocasión propicia para ser estudadas con maior obxectividade as reestruturacións pastorais dun xeito máis axeitado e oportuno, así como o momento preciso para crear eses Consellos de pastoral e de Asuntos económicos que lle axuden ao sacerdote na xestión da vida parroquial.

 

3.1.- Os edificios de culto.

Son setecentas trinta e cinco parroquias e un número considerable de capelas e santuarios dispersos pola xeografía diocesana o que constitúe a realidade inmoble da nosa Igrexa. É imprescindible que, como xa dixen, con ocasión da Visita pastoral, os fieis sexan informados e convenientemente educados acerca da administración de todos eses bens materiais. Pensar como antes que iso é cousa do cura, bispo ou do Bispado é ignorar o sentido da realidade e non saber en que consiste a comuñón da Igrexa. A algúns dos nosos fieis é necesario axudalos a descubrir que nosa parroquia, como ente de referencia absoluta para eles, ten que abrirse á realidade da Igrexa diocesana e, polo tanto, á Igrexa universal, en caso contrario cáese en formulacións individualistas e case sectarias.

É necesario que na nosa reunión previa á Visita concretemos, do xeito máis obxectivo posible, cales deben ser os centros de referencia para o culto dominical e festivo, deixando os outros templos e capelas para actos puntuais: enterros, aniversarios, novenas, romarías, ou ben para celebrar neles o Día do Señor de forma alternativa. É aconsellable que durante a semana se celebre a Eucaristía neses lugares relixiosos, que aínda que xuridicamente son parroquias, efectivamente non reúnen as condicións que definen á que debe ser comunidade de comunidades, pero necesitamos mantelas, custodialas e protexelas a elas e ao seu ámbito, especialmente cando os rodea o cemiterio.

 

3.2. Os arquivos e o patrimonio sacro.

De todos é coñecida a falta de seguridade que se está a vivir no ámbito rural, que se encontra máis abandonado, así como a precariedade dos medios de seguridade e prevención que posúe o noso patrimonio, de modo que nos inquietan os atentados contra os bens patrimoniais e, en ocasións, vivimos con dolorosa preocupación os graves incidentes contra algúns dos nosos sacerdotes que non só prestan os seus servizos nas parroquias rurais, senón que seguen vivindo nelas.

As autoridades civís avísannos e preveñen acerca das fráxiles medidas de seguridade de moitos dos nosos templos e casas parroquiais, sobre todo daqueles que se atopan dispersos e illados pola xeografía diocesana. Os fieis e, en ocasións, tamén algúns sacerdotes son remisos á hora de dar cumprimento ao establecido polos meus predecesores, a Conferencia Episcopal e a Dirección Xeral de Patrimonio referente aos bens histórico-artísticos: libros, ornamentos, tallas e, sobre todo, ourivaría, á hora de depositalos no lugar habilitado pola Diocese, que goza dun maior nivel de seguridade. Non se trata de incautar os bens ou expropialos, senón de custodialos e protexelos debidamente.

En ocasións, algúns sacerdotes teñen depositado nas casas dos veciños algunhas pezas de especial valor; non obstante, a grave situación pola que pasan algunhas familias, a falta de afección das novas xeracións con respecto á Igrexa; o concepto, amplamente estendido, de que o patrimonio da parroquia é do pobo, xa xerou nalgunhas Dioceses perdas de elementos histórico-artísticos. Outras pezas, especialmente de ourivaría, a pesar de estar inventariadas, puidéronse recuperar, pasado algún tempo, en tendas de anticuariado, onde foron vendidas tras o falecemento dalgún sacerdote. Non podemos deixar que se disperse en mans de particulares, ou se perda ese rico patrimonio que pertence á Igrexa e do cal nós só somos custodios, non propietarios. Este patrimonio é imprescindible depositalo, debidamente inventariado, nos lugares asignados polos bispos anteriores, sabendo que sempre que se necesiten para as festas especiais nas parroquias, santuarios ou capelas estarán a disposición dos sacerdotes.

Na nosa Igrexa particular xa se deron pasos moi importantes neste sentido, aínda que non suficientes; non obstante, todos temos que axudarnos e estimularnos na custodia destes bens porque a inseguridade vai en aumento e úrxennos a que tomemos medidas axeitadas para protexer o noso fermoso e valioso patrimonio.

 

3.3.- Consello de Economía.

A lexislación canónica obriga o bispo, custodio dos bens dea Igrexa, a constituír un Consello de Asuntos Económicos[103] para que lle axude, oriente e, se fai falta, evite que se poidan realizar xestións económicas que prexudiquen a Administración Diocesana. De igual modo, en cada parroquia debe existir un Consello de Economía[104] para que os fieis presten axuda ao párroco, ou a aqueles que fan as súas veces, na administración dos diferentes bens da parroquia ou doutras entidades eclesiásticas.
Dada a complexidade das parroquias rurais, moitas veces illadas e en zonas pouco protexidas, o sacerdote debe facerse presente por medio dos fieis católicos que viven máis preto dos templos, capelas, ermidas e santuarios, así como das casas parroquiais e dos destros correspondentes, co fin de que o patrimonio sexa convenientemente protexido e coidado.

O sacerdote debe informar con claridade aos fieis sobre as diferentes clases de bens que configuran o patrimonio eclesiástico e a finalidade destes. Unha catequese axeitada e clarificadora acerca da distinción dos bens de fábrica, de reitoral e do destro, as fundacións pías e legados testamentarios, etc. sería de moita utilidade e evitaría situacións desagradables.

Por outra banda, non podemos esquecer que os bens materiais na Igrexa Católica están destinados ao ben das almas, á atención e formación dos ministros sagrados e ao coidado temporal dos mesmos bens. É necesario ser moi trasparentes nestes asuntos, informar debidamente os fieis, a ser posible por escrito, ou por medio dalgún boletín, e preocuparse pola xestión e administración, ben persoalmente ou delegando en segrares de confianza vinculados afectiva e efectivamente á parroquia, contando sempre co pracet do bispo.

Estes bens, o seu rexistro e control son obxecto de Visita que procurarei que se realice, de forma previa a esta, por medio dalgúns sacerdotes nomeados para iso. Prégovos que os acollades e atendades as observacións que vos ofrezan que, seguro, serán realizadas como corresponde a toda corrección fraterna. Se houbese algunha dificultade falariamos sobre iso nun momento oportuno.

 

3.4.- A catequese.

Como ministros da Palabra, os que recibimos o Sacramento da Orde fomos elixidos para ser testemuñas, portadores da mensaxe do Evanxeo e mestres ante o pobo que a Igrexa nos confiou. Se a misión é grande, tamén é certo que as axudas non nos faltan. É necesario deixarnos axudar por El, que como un misterioso cireneo está sempre ao noso lado para animarnos, impulsarnos e, sobre todo, acompañarnos, abonda que lle abramos a nosa vida.

Ao pensar nas nosas aldeas e nas súas xentes sentimos o apremio dese Deus misericordioso que nos está a dicir por medio da Escritura: O que existía dende o principio, o que oímos, o que vimos cos nosos propios ollos, o que contemplamos e palparon as nosas mans acerca do Verbo de vida (…) e nós vimos, damos testemuño e anunciámosvos a vida eterna que estaba xunto ao Pai e se nos manifestou[105].

Precisamos facer a experiencia cotiá de escoitar a Palabra e farémolo na medida en que rezamos coa Escritura[106]; nela e por ela seremos capaces de transmitir o que temos oído, visto, considerado e palpado acerca do que é Vida. Ao longo dos últimos anos empregáronse moitos recursos no labor catequético da nosa Diocese, creo que este esforzo pagou a pena. Hoxe, máis que onte, dentro do marco desta nova tarefa evanxelizadora que se nos pide dende o proxecto: Ourense en misión con María, é necesario seguir esforzándonos por levar a cabo os labores catequéticos, non só cos nenos e os mozos, senón que nestes momentos, debido á grave ignorancia en cuestións relixiosas, tamén é moi necesaria a catequese de adultos e convén dar os pasos necesarios para establecer un proceso catecumenal. Xa en 1974 o Concilio Pastoral de Galicia afirmaba a ineficacia da catequese reducida á infancia e comprometíase a promover unha educación permanente na fe e a dar prioridade á catequese de adultos, propondo dende esta toda acción coa infancia [107] e proclamaba a urxencia dunha catequese cunha dimensión evanxelizadora; é máis, xa se afirmaba entón, que a tarefa evanxelizadora e misioneira se evidencia como primordial para a educación na fe dos adultos[108]. Como se pode comprobar, naqueles momentos, anticipándose ao que afirma o Santo Padre na Evangelii gaudium, a Igrexa en Galicia sostiña que era necesario renovar a tarefa catequética sobre todo no que respecta a institucións, métodos, contidos e axentes da educación na fe [109].

Nunha sociedade como a nosa onde tantos homes e mulleres, mozos e anciáns se apartan de Deus a causa da proliferación de mensaxes contrarias á fe católica e, tantas veces, hostís á Igrexa, é necesario apostar pola revitalización da catequese a todos os niveis. Sei moi ben que en moitas das nosas comunidades rurais apenas hai nenos; noutras, moi poucos. Esta realidade non nos pode levar ao derrotismo, nin ao pesimismo estéril; non podemos perder de vista que o cristianismo se foi expandindo, lentamente, a través de moi poucas persoas e, con moitos fracasos, pero sobre todo cunha confianza plena no Señor.

É imprescindible volver ao primeiro anuncio, como no principio. Este kerigma[110], sempre antigo e perennemente actualizado pola fidelidade de tantos dos nosos sacerdotes, vivida na comuñón da santa Igrexa, é a clave do éxito pastoral. Necesitamos repetir, unha e outra vez, a mensaxe central da nosa fe, porque hoxe é urxente debido á situación actual caracterizada pola indiferenza, o rexeitamento, o relativismo doutrinal e a ignorancia, tamén en moitos bautizados. Todo isto convértese nun reto para a catequese. A pesar de todo, non desistades nesta tarefa evanxelizadora e anímovos a vivila de forma renovada.

A parroquia debe acoller no seu seo, con especial predilección, as familias que viven o seu compromiso de fe e pedirlles que se ofrezan para converter os seus fogares nun ámbito onde se poida impartir a catequese para eses poucos nenos que os seus pais ou avós achegan á parroquia. Pola súa banda, os matrimonios cristiáns, fundamento natural da familia, que é a estrutura básica da comunidade, deberan converterse en catequistas para preparar aqueles que queren recibir os sacramentos: Primeira Confesión, Primeira Comuñón, Confirmación e Matrimonio. Prégovos que, a pesar das moitas dificultades coas que vos encontredes, non deixedes a catequese; se para iso necesitades recorrer a algún medio extraordinario, prégovos que o fagades.

Non vos esqueza que na nosa Diocese se conseguiu, estou por asegurar que con moito esforzo, que a preparación da Confirmación e a celebración deste sacramento se faga máis comunitaria, ben por zonas pastorais ou por arciprestados. ¿Non sería conveniente reunir os nenos das parroquias veciñas nun ou dous centros de atención pastoral, onde os nenos se poden encontrar non só para recibir a catequese axeitada, senón poder celebrar e vivir a fe con outros da súa idade?

Quixera falarvos dunha canle ordinaria que temos nas nosas mans e que deberamos aproveitar mellor: a homilía. Na exhortación Evangelii gaudium, o Santo Padre concédelle moita importancia e chega a afirmar que é un gran ministerio[111] porque é pedra de toque para avaliar a proximidade e a capacidade de encontro dun pastor co seu pobo. Despois do Vaticano II recuperouse esta predicación dentro da celebración litúrxica e comprobouse que é moi eficaz na nova tarefa evanxelizadora. A homilía semanal dos domingos e festivos, nos tempos litúrxicos fortes, ou a breve reflexión diaria, é un instrumento catequético a través do cal a maioría dos nosos fieis non terá outro contacto coa luz da Boa Nova, nin coa doutrina e praxe moral da Igrexa. A través das nosas palabras, que sempre deben estar alimentadas, previamente, pola contemplación da Palabra, é Deus quen quere chegar aos demais a través do predicador e de que El desprega o seu poder a través da palabra humana[112].

Se nas vosas parroquias existe algún santuario, que tamén visitarei, non vos esquezades que estes lugares son un precioso tesouro da Igrexa Católica[113]; é máis, o Santo Padre chega a afirmar que as expresións da piedade popular teñen que ensinarnos moito e, para quen sabe lelas, son un «lugar teolóxico» ao que debemos poñer atención [114]. Neles moitos dos nosos bautizados manifestan a súa fe a través da piedade popular. Rógovos que coidedes estes centros da espiritualidade do noso pobo, evitade todo mercantilismo e aproveitade eses ámbitos da realidade sacra para dar catequese e formación aos fieis que sexan claras e breves; evítense os sermóns decimonónicos, que aínda que estean cargados de recta doutrina, pola súa expresión solemne non tocan o corazón. O papa Francisco, coas breves homilías diarias na capela da Domus Sanctae Marthae, é un claro expoñente do que debemos facer nas nosas predicacións. Fundados sempre na Palabra contemplada e axudados polos catecismos aprobados pola Conferencia Episcopal que achegan unha riqueza de ideas, debemos ser breves, incisivos, e cunha mensaxe concreta para a vida cotiá. Aproveitémonos de tanto material como temos á nosa disposición para realizar con eficacia esa catequese semanal a través das nosas homilías que deben ser mistagóxicas, kerigmáticas e existenciais.

 

3.5.- A creatividade da caridade.

Dende as mesmas orixes da Igrexa a caridade foi unha das características determinantes de toda comunidade cristiá [115], de aí que a parroquia, expresión viva desta Igrexa nunha área xeográfica determinada, debe saber descubrir que xunto co anuncio da Palabra e a celebración dos sacramentos, o exercicio da caridade é un dos elementos esenciais da súa actividade, e isto é así porque se a parroquia é a Igrexa que se encontra entre as casas dos homes, ela vive e obra entón profundamente enxertada na sociedade humana e intimamente solidaria coas súas aspiracións e dramas[116]. É máis, tendo en conta as dificultades da nosa sociedade e de moitos dos nosos contemporáneos, a creatividade da caridade convértese, no momento actual, na mellor das canles misioneiras e evanxelizadoras. Unha comunidade parroquial será tanto máis crible, canto máis se implique na constitución orgánica da caridade. A través dela encóntranse esas canles para achegar a tantos dos fieis que desencantados se distanciaron das nosas comunidades.

Non podemos consentir que o compromiso socio-caritativo e solidario quede diluído ou xurda como un efecto que queda ben nun discurso pero non toca o corazón dos crentes. É necesario que exista unha relación intrínseca entre a acción pastoral: o anuncio da Palabra – formación na fe e catequese-, a celebración litúrxica e a vida comunitaria, e a prolongación esencial desa vivencia de comuñón de todos os bautizados coas estruturas de corresponsabilidade solidaria. Se falta o compromiso caritativo organizado, aínda que este sexa moi elemental, tanto no rural como no urbano, e sen dúbida supraparroquial, a fe dos fieis corre o risco de quedar reducida ao ámbito individual e intimista e o rostro da Igrexa redúcese única e exclusivamente aos ritos.

É preciso redescubrir a conexión entre fe e caridade, celebración e compromiso social[117]. Como xa dixemos, a Igrexa non pode descoidar o servizo da caridade, como non pode omitir os sacramentos e a Palabra[118]. É absolutamente necesario que en todas as nosas comunidades parroquiais, aínda que sexan pobres en persoas e en recursos, se faga a colecta mensual de Cáritas, aínda que sexa moi pequena a súa achega. Esa esmola convértese no mellor termómetro que avalía a fe auténtica dunha comunidade. Unha predicación axeitada axudará aos fieis a descubrir que a parroquia debe ser cada día unha comunidade de caridade.

As propostas pastorais da nosa Diocese indícannos uns camiños: Colecta do primeiro domingo para os pobres ben da comunidade, ben compartido a través do grupo de Cáritas de zona pastoral, da Unidade de atención parroquial, do Arciprestado, naquelas parroquias máis pequenas; ou ben interparroquial, ou diocesana. O que si vos recomendo, vivamente, é que os fieis sexan informados de todas as xestións, aínda que sexan só uns céntimos. Non esquezamos a valiosa ensinanza de Xesús coa pasaxe da viúva pobre do Evanxeo[119]. Non se trata de cantidades, senón de poñer en acción a fe e o espertar do sentido comunitario: o noso pouco, ao lado doutros poucos, convértese nunha fermosa axuda de amor. Non esquezamos que a fe se fai activa pola caridade[120], porque a fe sen obras é inútil[121]. O mesmo papa Bieto deixounos unha fermosa síntese desta realidade: A fe sen a caridade non dá froito, e a caridade sen fe sería un sentimento constantemente a mercé da dúbida. A fe e a caridade necesítanse mutuamente, de modo que unha permita á outra seguir o seu camiño[122] .

Isto quere dicir que unha parroquia por moitas expresións celebrativas da fe que realice, se non vive a súa proxección caritativa de modo orgánico, non é unha auténtica comunidade de fe. Todo require un equilibrio, pois se unha comunidade cristiá se centrase só no social e non fundamentase a súa acción nunha fe madura e celebrada que ten como centro a Eucaristía, converteríase nunha simple ONG e a Igrexa non é unha ONG, é outra cousa máis importante[123].

De todo o que se dixo podemos subliñar dúas accións concretas:
Cos desfavorecidos: En moitas das nosas comunidades encóntranse persoas necesitadas: enfermos, persoas maiores que viven soas, aquelas que padecen necesidade. Atendelas non é unha actividade conxuntural froito dunha situación histórica xa que para a Igrexa a opción polos pobres é unha categoría teolóxica antes que cultural, sociolóxica, política ou filosófica[124]; de modo que: A opción preferencial polos pobres impúlsanos a saír en busca deles e a traballar ao seu favor para que se encontren a gusto na Igrexa [125]. A canle ordinaria que se encontra nas nosas parroquias é o voluntariado de Cáritas e a acollida cordial e fraterna.

Non quixera pasar por alto, dentro do exercicio do ministerio da caridade, o que se denomina Pastoral da saúde que encerra unhas connotacións propias. Trátase de descubrir o rostro dos necesitados nos enfermos, nos doentes, nas persoas discapacitadas e nas que precisan de coidados especiais. O sufrimento de Cristo está presente e ten un gran poder misioneiro e testemuñal.

A comunidade debe ter coñecemento dos enfermos que hai nela, tratar de que se sintan integrados e ser conscientes de que toda iniciativa pastoral de e cos enfermos ha de ter presente que eles mesmos son axentes de evanxelización[126]. Por outra parte, non podemos esquecer que o panorama da pobreza pode estenderse indefinidamente e ás formas de sempre hoxe necesitamos engadir outras realidades de pobreza que requiren de todos unha maior creatividade, de aí que se nos pida reactivar a imaxinación da caridade[127].

A organización de Cáritas é a expresión viva do amor da comunidade parroquial que xermola da fe en Cristo e se traduce nunha entrega cordial e próxima aos irmáns necesitados. A organización de Cáritas forma parte da mesma natureza pastoral de toda parroquia e lévaa a actuar de tal maneira que os pobres, en cada comunidade cristiá, se sintan «coma na súa casa» (…) A caridade das obras corrobora a caridade das palabras[128]. Isto non quere dicir que haxa que esquecer a acción caritativa individual, pero tampouco se pode renunciar a que toda parroquia, por pequena e pobre que sexa, posúa unha estrutura elemental e segundo as circunstancias, esa comunidade canalice a asistencia, promoción e compromiso pola solidariedade e a xustiza para cos máis pobres, e isto pola simple razón de que calquera parroquia, se quere sentirse unha comunidade cristiá, necesita esa estrutura ao igual que sente a necesidade da celebración da Eucaristía dominical e festiva.

 

4.- A parroquia, escola de santidade.

A Igrexa esíxelle ó bispo que promova incansablemente unha auténtica pastoral e pedagoxía da santidade [129]. De acordo con esta grave recomendación e, sendo consciente de que a parroquia, comunidade de comunidades, está chamada ao igual que todo o Pobo de Deus á santidade, débome preocupar de como se poñen os medios para que se poida levar a cabo esa chamada universal proclamada polo Concilio Vaticano II[130] nas nosas comunidades parroquiais. De todos é sabido que esta vocación se fai realidade a través de todas as canles que o Espírito do Señor lle concede á parroquia, porque nela se encontran a Palabra de Deus e a súa forza; os sacramentos, en especial a Eucaristía; a oración da Comunidade, e o dinamismo da caridade e da solidariedade fraterna.

Na miña Visita pastoral poñerei atención a esta realidade que, en definitiva, é a tarefa máis importante na que todos estamos comprometidos. As circunstancias actuais do noso mundo, as esixencias de autenticidade e de transparencia que os nosos contemporáneos nos reclaman, as perdas de poboación nas nosas aldeas, o éxodo dos nenos e dos mozos que se apartan das nosas comunidades tradicionais, a estrutura funcionarial – da que nos fala tanto o Santo Padre – e na que estamos instalados, etc. téñennos que levar a unha formulación distinta das nosas tarefas persoais e comunitarias.

A chamada á misión que se nos fai a través do Plan Pastoral Ourense en misión con María é un momento oportuno e unha ocasión de graza para poñernos en saída e ser mellores servidores dos nosos irmáns e das nosas comunidades, tamén da nosa Igrexa Diocesana.

Nos últimos anos, realizáronse unha serie de xestións que se centraron na creación dos que se consideraban canles ou instrumentos para converter a estrutura diocesana en algo máis dinámico, e a pretensión de modernizar a administración desta Igrexa particular para optimizar os seus resultados, lamentablemente, puidemos constatar que este non foi o camiño adecuado para unha renovación das estruturas, dos costumes, dos estilos, os horarios, a linguaxe e toda a estrutura eclesial de modo que se convertese en canle para a nova tarefa evanxelizadora[131].

Na actualidade necesitamos uns centros dignos para que se reúnan os sacerdotes das zonas pastorais; non dispoñemos de lugares axeitados para recibir, atender e formar os fieis laicos. Moitas das sancristías dos nosos templos non reúnen as mínimas condicións para unha catequese dun pequeno grupo. Esta pobreza de medios ten que axudarnos a recuperar o verdadeiro dinamismo da esperanza pastoral sabendo que a Igrexa foi tanto máis fecunda canto máis pobre se sentiu. A digna e limpa pobreza – como diría san Xoán de Ávila – fainos máis cribles.

Nesta situación vital, o papa Francisco foi unha bendición do Señor para a Igrexa e para todos nós; a súa primeira exhortación apostólica está a ser como un bálsamo no medio das nosas cicatrices do pasado e, certamente, un dos mellores acicates para animarnos a saír dos nosos medos e poñernos en misión. Non fomos chamados a ser xestores de entidades que nada, ou moi pouco teñen que ver coas tarefas pastorais inherentes á vida da Igrexa. Somos pastores ao servizo dos irmáns e seremos bos administradores das cousas de Deus na medida que abramos toda a nosa existencia ao misterio da graza e busquemos o ben dos homes e a gloria de Deus[132]. Xa san Xoán Paulo II nos deixara moi remarcada a idea de que a perspectiva na que debe situarse o camiño pastoral é o da santidade [133]. Velaí a urxencia pastoral á que nos convida a Igrexa nestes últimos lustros: a santidade.

¿Acaso non está na falta de santidade a raíz de tantos problemas como afectan á nosa vida persoal e pastoral? Cando buscamos os nosos intereses e non os das almas ¿esa busca non é un sucedáneo da nosa falta de santidade? Detrás dalgúns conflitos de difícil solución case sempre nos encontramos, de forma enconada, falsas determinacións pastorais, intereses creados, mala administración, grave desorientación nos fieis. Se poñemos baixo o signo da santidade a nosa programación pastoral xeral, ou as pequenas programacións sinxelas e humildes que lles afectan ás nosas parroquias do ámbito rural e tamén ás do ámbito urbano, deseguida nos decataremos de que esta é unha opción chea de consecuencias operativas e misioneiras, e que ademais nos encherá dun optimismo san. A pesar das dificultades do momento non podemos perder a esperanza. Se queremos unha pastoral da santidade que sexa efectiva debemos aprender a vivir as fecundas implicacións da pobreza persoal e comunitaria. Se seguimos atados a nós mesmos e aos nosos criterios, ás nosas estruturas e seguridades, aos ecos gloriosos da historia pasada, non seremos capaces de internarnos no camiño da santidade, que é o único camiño seguro dun futuro pastoral fecundo.

Algunhas veces, os pastores queixámonos dos nosos fieis; pero, ¿parámonos un momento a prestar oídos ao que eles din do noso quefacer pastoral e da nosa entrega e dispoñibilidade? Grazas a Deus sempre hai excepcións. Pero parece que nos contentamos cunha vida mediocre, imos tirando e facendo o de sempre, o que nos pidan ¡aínda que sexan cinco misas!; instalámonos – como nos recordaba o Santo Padre hai uns días – nunha ética minimalista e nunha relixiosidade popular superficial sen forza apostólica e a vida cristiá do noso pobo foi baixando en intensidade a medida que os ministros cedemos nas nosas esixencias espirituais. Dáse unha proporción directa entre a santidade dos pastores e os fieis, e entre a xenerosidade dos fieis e a fecundidade vocacional. Ante este feito é necesario cambiar a deriva á que nos pode levar esta inercia pastoral que nos está a vencer e pode arrastramos a todos ¡tamén aos máis seguros!

Invítovos a que nas vosas comunidades, aínda que non sexa posible a presenza frecuente do sacerdote, se creen actitudes orantes. É imprescindible constituír pequenas escolas de oración[134], tal como nolo ensinaron os mellores fillos e fillas da Igrexa, os santos. Toda pastoral auténtica pasa, necesariamente, pola pedagoxía da santidade e esta só se pode levar a cabo a través do cultivo da arte da oración. ¿Non sería factible atopar, tamén nas nosas pequenas parroquias, algunhas persoas de bos costumes que poidan abrir a igrexa, reunir o pequeno grupo de fieis e rezar as oracións de sempre: rosario, vésperas, a novena ao santo de especial devoción, o vía crucis? Nalgúns lugares de misión foron os fieis laicos os que mantiveron a fe e os costumes cristiáns á espera dun presbítero.

Hai accións de Igrexa[135] que non necesitan a presenza dos ministros ordenados; non obstante, non podemos esquecer que os fieis laicos, xuntamente cos presbíteros, os relixiosos e as relixiosas constitúen o único Pobo de Deus. Por iso, os pastores han de recoñecer e promover os ministerios, oficios e funcións dos fieis laicos, que teñen o seu fundamento sacramental no Bautismo e na Confirmación[136]. Dende esta perspectiva o ben de todos convértese no ben de cada un, e o ben de cada un convértese no ben de todos, de modo que aqueles fieis que posúan calidades para dirixir a oración da comunidade se enriquecerán a si mesmos se se poñen ao servizo de toda a parroquia e, por pobres que sexan os nosos medios, e por poucos que sexan os fieis que acoden ás celebracións litúrxicas, se os pastores están atentos, sempre se poderá encontrar algunha persoa que preste un servizo á comunidade, sen esquecer aquilo que se dixo: Na Santa Igrexa cada un sostén os demais e os demais sostéñeno a el[137].

Na medida que un dos fieis pon ao servizo da comunidade as súas calidades para dirixir a oración e prestar outros servizos da actividade pastoral da Igrexa está a reactivar os seus compromisos bautismais, porque a vocación á santidade tamén está ligada intimamente á misión e á responsabilidade confiada aos fieis laicos na Igrexa e no mundo[138]. Acollendo este sentir da Igrexa e sendo consciente da situación de moitas das nosas parroquias que só se abren cando vai o sacerdote a celebrar Misa, ou para un enterro, sería necesario, buscando o ben do noso pobo fiel, que nalgúns momentos do día, se puidesen abrir nosos fermosos templos, sempre coas debidas cautelas, para que os fieis se reúnan para rezar xuntos.

Na miña carta pastoral con motivo do Ano da fe manifestei a importancia que teñen as mulleres e o seu labor insubstituíble nos traballos apostólicos da maioría das nosas parroquias; elas, case sempre, son as fieis colaboradoras dos sacerdotes[139]. Os pastores deben confiar o ministerio da oración cotiá da comunidade aos fieis laicos. Sen esta expresión orante desaparece a vida comunitaria e a expresión viva da fe.

Na nosa Diocese, dende hai anos, foron crecendo os Grupos Bíblicos. Animo a que en todas as parroquias, nas zonas pastorais, ou na Unidades de atención parroquial  se poidan constituír estes grupos de fieis que sempre poderán contar coa axuda desinteresada dos profesores do Instituto Teolóxico «Divino Maestro», ou ben co equipo da Vigairía para a Pastoral. Á luz da Palabra de Deus faranse novas todas as cousas na nosa Igrexa.
Dentro desta pastoral da santidade non quixera esquecerme do Sacramento da Reconciliación. No rito litúrxico da toma de posesión dun novo párroco, un dos xestos expresivos do cerimonial é cando o bispo acompaña o novo sacerdote percorrendo os lugares máis significativos do templo: a sede, o baptisterio, o confesionario. Isto reflicte, dun xeito plástico, o que a Igrexa lles pide aos sacerdotes administradores e párrocos dunha comunidade, aos que se insta a que brinden aos fieis a oportunidade de confesarse, dándolles as máximas facilidades e invitando a algún sacerdote para que exerza ese ministerio, de acordo co laudable costume que se observa en moitos lugares da nosa Diocese. Pola súa parte, ao bispo esíxeselle que vixíe para que se celebren os sacramentos e os sacramentais co máximo respecto e dilixencia[140] observándose as normas establecidas pola Igrexa. Se se considera oportuno, eu mesmo, nun momento determinado da Visita, podería atender os fieis que o necesitaran ofrecéndolles, en nome da Igrexa, este sacramento de reconciliación e de paz.

Neste sentido, permitídeme que vos manifeste o que lles dicía o Santo Padre a un grupo de sacerdotes: Deixen as portas abertas das igrexas, así a xente entra, e deixen unha luz acendida no confesionario para sinalar a súa presenza e verán que a fila se formará. Na forte depreciación que experimentou este sacramento no corazón e na praxe dos nosos fieis, algunha culpa tivemos os mesmos pastores. Dentro deste proxecto de misión esforcémonos por coidar a catequese, a predicación e, sobre todo, o noso propio exemplo coidándonos de frecuentalo máis, descubrindo a importancia que este sacramento ten para a nosa vida pastoral. Nisto, como noutras moitas cousas, serviranos de exemplo o papa Francisco.
De forma elocuente, os nosos fieis saberán descubrir que é un sacramento que ten a súa importancia sobre todo se os axudamos a percibir polos sentidos que a sede confesional é un lugar nobre e digno, cómodo e adaptado ás necesidades dos penitentes; neste sentido é necesario revisar con coidado a administración deste sacramento.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CONCLUSIÓN

 

Con esta reflexión quixen expresarvos os meus sentimentos máis profundos ao comezo da miña primeira Visita pastoral. Sei que é unha ocasión de graza, non só para todos os fieis, senón tamén para min. Suponme un esforzo engadido á xornada ordinaria, pero fágoo con gusto porque recoñezo que é unha das miñas obrigas e eu mesmo a necesito para completar a visión que teño desta Igrexa particular.

Cando lles suxerín aos meus colaboradores inmediatos, á luz da exhortación apostólica Evangelii gaudium, a concreción do plan pastoral Ourense en misión con María, fíxeno co convencemento de que se queremos facer algo que vaia de acordo con esta nova tarefa evanxelizadora á que nos invita o Santo Padre, é necesario que nos centremos na misión. Neste terceiro ano da miña presenza entre vós, despois de numerosas visitas e encontros cos diferentes grupos e movementos desta Igrexa, é necesario, tendo en conta a frescura das reflexións e das achegas do Santo Padre, que nos convenzamos de que non podemos seguir cos proxectos e esquemas pastorais que regulan, actualmente, a nosa actividade diocesana. Non podemos seguir dentro da dinámica desta inercia pastoral.

Unha serie de factores externos e tamén internos fixéronme comprender que o noso xeito de actuar non poderá aguantar moito tempo: éxodo do rural á cidade e ás vilas; os veciños que quedan nas nosas parroquias son poucos e, na súa gran maioría anciáns; temos poucos nenos, ou case ningún en moitas parroquias rurais; estamos a sufrir unha irregular e pouco axeitada distribución do clero; unha alta porcentaxe dos nosos sacerdotes son anciáns e solicitan un xusto descanso; as congregacións relixiosas, antano numerosas e activas, hoxe encóntranse con serias dificultades e con poucos recursos humanos; os nosos seminarios, nun pasado recente eran a esperanza da Diocese, hoxe encóntranse con dificultades e, en ocasións, fáltalles o apoio necesario dos sacerdotes; encontrámonos cun excesivo número de parroquias que non corresponden á realidade actual e son un eco dos anos cincuenta do século pasado; na actualidade non existe unha recta proporción entre as parroquias e a poboación da nosa Diocese, etc.

Ao realizar este diagnóstico poderáseme acusar de pesimista, pero creo que procuro ser o máis obxectivo posible, atendendo aos datos que se me ofrecen e, sobre todo, ás informacións e suxestións que me facedes. Quixera dicirvos que esta análise non nos pode levar á inoperancia nin ao ir tirando mentres se poida, sería unha falta de fe e de confianza no Bo Deus, en cuxas mans providentes está a nosa historia e a vida das nosas comunidades. Por outra parte, non podemos esquecer que esta situación nos obriga a revisar o noso camiño, a darnos novas regras e a encontrar novas formas de compromiso, a apoiarnos nas experiencias positivas e a rexeitar as negativas. Deste modo, a crise convértese en ocasión de discernir e proxectar dun modo novo. Convén afrontar as dificultades do presente nesta clave, de xeito confiado máis que resignado[141].

Cando escribín ¡Querer crer!, a miña primeira carta pastoral con motivo do Ano da fe, xa aventuraba algunhas observacións sobre a vida pastoral da nosa Diocese; na carta sobre a reestruturación dos arciprestados volvín insistir no mesmo. Nesta ocasión quixera pedirvos que nos poñamos en saída misioneira e que nos convenzamos de que xuntos seremos capaces de responder os numerosos retos que hoxe nos lanzan os nosos contemporáneos.

A Visita pastoral serviranos a todos para coñecer a realidade obxectiva desta Igrexa particular cos seus logros e conquistas, cos seus acertos e problemas, coas súas dificultades e esperanzas. Necesitamos recoller con fidelidade todas as observacións positivas e negativas que se poderán detectar con ollos de fe e con cariño fraternal. Con toda esa riqueza de experiencias, ben ao finalizar o percorrido da Visita do bispo a toda a Diocese, ou quizais antes de concluíla, despois de meditalo e, a pesar das dificultades administrativas coas que nos atopamos, quixera invitarvos a un Sínodo diocesano da Igrexa en Ourense. Como ben sabedes, esta é unha antiga praxe da Igrexa que se viviu na nosa Diocese en varias ocasións e deu bos froitos. O Sínodo configúrase como un acto do goberno episcopal e, ademais, como un evento de comuñón para que entre todos os fillos e fillas desta Igrexa, que peregrina dende tempo inmemorial polas terras de Ourense, me axudedes a configurar os criterios pastorais necesarios para acertar no goberno desta amada Igrexa particular e a preparala, con esperanza, para o futuro inmediato que nos está a reclamar unha opción misioneira capaz de transformalo todo, para que os costumes, os estilos, os horarios, a linguaxe e toda estrutura eclesial se converta nunha canle adecuada para a evanxelización do mundo actual máis que para a autopreservación. A reforma de estruturas que esixe a conversión pastoral só pode entenderse neste sentido: procurar que todas elas se volvan máis misioneiras, que a pastoral ordinaria en todas as súas instancias sexa máis expansiva e aberta[142].

Anímovos a que non teñades medo, a que venzades as inercias estériles, a que sexades máis construtivos e evitedes esa crítica malsá, contra a que nos prevén o Santo Padre, que nos esteriliza e fai infecundos. É necesario poñerse en camiño sendo conscientes de que o que temos entre mans non é noso, é de Xesucristo e El entregouno á súa Igrexa. Invítovos a volver á fonte de auga viva e recuperar a frescura orixinal do Evanxeo. Se o facemos así, xermolarán novos camiños, métodos pastorais máis creativos e axeitados ás necesidades das nosas aldeas e da nosa xente, descubriremos signos máis elocuentes que farán máis crible a fe en Xesucristo e, as nosas palabras e obras, terán outra resonancia no medio dos nosos contemporáneos.

Volvamos a mirada do noso corazón a Santa María Nai, estrela da nova evanxelización, ao noso patrón San Martiño de Tours e, de xeito especial, prégovos que encomendedes o Plan Pastoral Ourense en misión con María a San Martiño de Braga, evanxelizador das nosas terras en momentos de graves dificultades, e a San Francisco Blanco, fillo desta Igrexa, suplicádelle que nos axude a ter un corazón aberto á misión para levar a cabo esta nova tarefa evanxelizadora.

Con todo afecto encoméndase ás vosas oracións e bendícevos.

+ J. Leonardo Lemos Montanet

Obispo de Ourense

 


[1] SAN JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Pastores gregis, nº 43.

[2] Cf. 2 Cor. 1,2.

[3] 1 Jn. 4, 7-8.

[4] 1 Cor. 3,4.

[5] Ga. 5,22.

[6] BEATO BARTOLOMÉ DE LOS MÁRTIRES, Estímulo de pastores, edición bilingüe, Braga 1981, pp. 206-207.

[7] Oración atribuida a San Francisco de Asís (1182-1226)

[8] Cf. Flm. 1,4-6.

[9] CIC, can. 396§1

[10] BEATO BARTOLOMÉ DE LOS MÁRTIRES, Op. cit., p. 168.

[11] SAN JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Pastores gregis, nº 46.

[12]Cf. BEATO PABLO VI, Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, nº 14; BENEDICTO XVI, Exhortación apostólica Verbum Domini, nº 95-96.

[13] SAN JUAN PABLO II, Carta encíclica Redemptoris misio, nº 1.

[14] CIC, can. 770

[15] Cf. CONGREGACION PARA LOS OBISPOS, Directorio para el ministerio pastoral de los obispos, 2004, nº 222.

[16] Mt. 21,9

[17] Cf. VATICANO II, Constitución Lumen Gentium, nº 21.

[18]  Si hay escasez de sacerdotes, el Ordinario del lugar puede conceder que, con causa justa, celebren dos veces al día, e incluso. Cuando lo exige una necesidad pastoral, tres veces los domingos y fiestas de precepto (Can. 905 § 2)

[19] Cf. CONGREGACION DE LOS OBISPOS, Directorio para el ministerio pastoral de los obispos Apostolorum successores, nº 221.

[20] Cf. Rom. 6, 3-12

[21] Cf. Jn. 17, 21-23.

[22] Cf.  SAN JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Pastores gregis, n. 44

[23] SAN AGUSTÍN, Sermón, 340, 1.

[24]Cf. CONGREGACION DE LOS OBISPOS, Directorio para el ministerio pastoral de los obispos Apostolorum successores, nº 77; Cf. CONCILIO VATICANO II,  Lumen gentium, nº 28 y Presbiterorum ordinis, nº 2.

[25] Cf. Is. 26,8.

[26] FRANCISCO, Exhortación apostólica Evangelii gaudium (EG), nº 164.

[27] FRANCISCO, EG, nº 10 y 85

[28] V CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE,  Documento de Aparecida (29 de junio 2007) nº 360.

[29] Cf. FRANCISCO, EG, nº 78, 87-89.

[30] ¡Querer creer! Carta pastoral con motivo del “Año de la Fe”, pp. 43-54.

[31] FRANCISCO, EG, nº 28

[32] Cf. CIC, can. 492-494.

[33] Cf. CIC, can. 537.

[34] 1 Jn. 1, 1-3.

[35] Cf. FRANCISCO, EG, nº 152.

[36] CONCILIO PASTORAL DE GALICIA, Ministerio de la Palabra, nº  1-8.

[37] Ibíd., III, 1.

[38] Ibíd. III, 2, a.

[39] FRANCISCO, EG, nº  164.

[40] Ibíd, EG, nº 135.

[41] Ibíd., nº 136.

[42] Ibíd., nº 123.

[43] Ibíd., nº 126.

[44] Cf. BENEDICTO XVI, Deus caritas est, nº 24 final.

[45] SAN JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Christifideles laici, nº 27

[46] Cf. BENEDICTO XVI, Carta encíclica Deus cáritas est, nº 25a

[47] Cf. Ibíd.,  nº 20-24.

[48] Lc. 21, 1-4.

[49] Cf. Ga. 5, 6.

[50] Sant. 2,20.

[51] BENEDICTO XVI, Motu proprio Porta fidei, nº 14.

[52] FRANCISCO, Discurso a los jóvenes argentinos en la JMJ de Rio de Janeiro, julio 2013.

[53] FRANCISCO, EG, nº 198.

[54] Proposiciones del Sínodo sobre la nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana 2012, prop. 31

[55] Mensaje de los obispos de la Comisión Episcopal de Pastoral de la Conferencia Episcopal Española, con ocasión de la Jornada del Enfermo 2003.

[56] Cf. SAN JUAN PABLO II, Carta apostólica Novo millennio ineunte, 50

[57] Ibid., 50

[58] Cf. SAN JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Pastores gregis, nº.41

[59] Cf. CONCILIO VATICANO II, Constitucion Lumen gentium, cap. V, nº 39 ss.

[60] Cf. FRANCISCO, EG., nº 27.

[61] Cf. SAN IRENEO, Contra las herejías, Libro 4, 20, 5-7. La gloria de Dios consiste en que el hombre viva, y la vida del hombre consiste en la visión de Dios.

[62] Cf. SAN JUANPABLO II, Carta apostólica Novo millennio ineunte, nº 30.

[63]  Ibíd., nº 43.

[64] Cf. CIC, can. 230 § 3.

[65] SAN JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Christifideles laici, nº 23.

[66][66] SAN GREGORIO MAGNO, Homilías sobre el libro de Ezequiel, II, 1, 5.

[67] SAN JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Christifideles laici, nº 17.

[68] ¡Querer creer! Carta pastoral con motivo del Año de la fe, 2013, p. 76.

[69] Cf. CONGREGACION DE LOS OBISPOS, Directorio para el ministerio pastoral de los obispos Apostolorum successores, nº 150.

[70] BENEDICTO XVI, Carta encíclica Caritas in veritate, nº 21.

[71] FRANCISCO, EG, nº 27

[72] SAN XOÁN PAULO II, Exhortación apostólica Pastores gregis, nº 43.

[73] Cf. 2 Cor. 1,2.

[74] 1 Xn. 4, 7-8.

[75] 1 Cor. 3,4.

[76] Ga. 5,22.

[77] BEATO BARTOLOMÉ DE LOS MÁRTIRES, Estímulo de pastores, edición bilingüe, Braga 1981, p. 206-207.

[78] Oración atribuída a San Francisco de Asís (1182-1226).

[79] Cf. Flm. 1,4-6.

[80] CIC, can. 396§1

[81] BEATO BARTOLOMÉ DE LOS MÁRTIRES, Op. cit., p. 168.

[82] SAN XOÁN PAULO  II, Exhortación apostólica Pastores gregis, nº 46.

[83]Cf. BEATO PAULO VI, Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, nº 14; BENEDICTO XVI, Exhortación apostólica Verbum Domini, nº 95-96.

[84] SAN XOÁN PAULO II, Carta encíclica Redemptoris misio, nº 1.

[85] CIC, can. 770

[86] Cf. CONGREGACIÓN PARA OS BISPOS, Directorio para el ministerio pastoral de los obispos, 2004, nº 222.

[87] Mt. 21,9

[88] Cf. VATICANO II, Constitución Lumen Gentium, nº 21.

[89]  Se hai escaseza de sacerdotes, o Ordinario do lugar pode conceder que, con causa xusta, celebren dúas veces ó día e, incluso, cando o esixe unha necesidade pastoral, tres veces os domingos e festas de precepto (Can. 905 § 2).

[90] Cf. CONGREGACIÓNDE LOS OBISPOS, Directorio para el ministerio pastoral de los obispos Apostolorum successores, nº 221.

[91] Cf. Rom. 6, 3-12

[92] Cf. Xn. 17, 21-23.

[93] Cf.  SAN XOÁN PAULO II, Exhortación apostólica Pastores gregis, n. 44

[94] SAN AGUSTÍN, Sermón, 340, 1.

[95]Cf. CONGREGACIÓNDE LOS OBISPOS, Directorio para el ministerio pastoral de los obispos Apostolorum successores, nº 77; Cf. CONCILIO VATICANO II,  Lumen gentium, nº 28 e Presbiterorum ordinis, nº 2.

[96] Cf. Is. 26,8.

[97] FRANCISCO, Exhortación apostólica Evangelii gaudium (EG), nº 164.

[98] FRANCISCO, EG, nº 10 y 85

[99] V CONFERENCIA XERAL DO EPISCOPADO LATINOAMERICANO E DO CARIBE,  Documento de Aparecida (29 de junio 2007) nº 360.

[100] Cf. FRANCISCO, EG, nº 78, 87-89.

[101] ¡Querer crer! Carta pastoral con motivo do “Ano da Fe”, pp. 43-54.

[102] FRANCISCO, EG, nº 28

[103] Cf. CIC, can. 492-494.

[104] Cf. CIC, can. 537.

[105] 1 Xn. 1, 1-3.

[106] Cf. FRANCISCO, EG, nº 152.

[107] CONCILIO PASTORAL DE GALICIA, Ministerio de la Palabra, nº  1-8.

[108] Ibíd., III, 1.

[109] Ibíd. III, 2, a.

[110] FRANCISCO, EG, nº  164.

[111] Ibíd, EG, nº 135.

[112] Ibíd., nº 136.

[113] Ibíd., nº 123.

[114] Ibíd., nº 126.

[115] Cf. BIEITO XVI, Deus caritas est, nº 24 final.

[116] SAN XOÁN PAULO II, Exhortación apostólica Christifideles laici, nº 27

[117] Cf. BIEITO XVI, Carta encíclica Deus cáritas est, nº25a

[118] Cf.Ibíd., nº20-24.

[119] Lc. 21, 1-4.

[120] Cf. Ga. 5, 6.

[121] Sant. 2,20.

[122] BIETO XVI, Motu proprio Porta fidei, nº 14.

[123] FRANCISCO, Discurso ós mozos arxentinos na JMJ de Rio de Janeiro, xullo 2013.

[124] FRANCISCO, EG, nº 198.

[125] Proposicións do Sínodo sobre a nova evanxelización para a transmisión da fe cristiá 2012, prop. 31

[126] Mensaxe dos bispos da Comisión Episcopal de Pastoral da Conferencia Episcopal Española, con ocasión da Xornada do Enfermo 2003.

[127] Cf. SAN XOÁN PAULO II, Carta apostólica Novo millennio ineunte, 50

[128] Ibid., 50

[129] Cf. SAN XOÁN PAULO II, Exhortación apostólica Pastores gregis, nº.41

[130] Cf. CONCILIO VATICANO II, Constitucion Lumen gentium, cap. V, nº 39 ss.

[131] Cf. FRANCISCO, EG., nº 27.

[132] Cf. SAN IRENEO, Contra as herexías, Libro 4, 20, 5-7. A gloria de Deus consiste en que o homw viva, e a vida do home consiste na visión de Deus.

[133] Cf. SAN  XOÁN PAULO II, Carta apostólica Novo millennio ineunte, nº 30.

[134]  Ibíd., nº 43.

[135] Cf. CIC, can. 230 § 3.

[136] SAN XOÁN PAULO  II, Exhortación apostólica Christifideles laici, nº 23.

[137][137] SAN GREGORIO MAGNO, Homilías sobre el libro de Ezequiel, II, 1, 5.

[138] SAN XOÁN PAULO II, Exhortación apostólica Christifideles laici, nº 17.

[139] ¡Querer crer! Carta pastoral con motivo do Ano da fe, 2013, p. 76.

[140] Cf. CONGREGACIÓN DE LOS OBISPOS, Directorio para el ministerio pastoral  Apostolorum successores, nº 150.

[141] BIEITO XVI, Carta encíclica Caritas in veritate, nº 21.

[142] FRANCISCO, EG, nº 27

Mons. José Leonardo Lemos Montanet
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Mons. J. Leonardo Lemos Montanet nació el 31 de mayo de 1953 en la parroquia de Santiago de Barallobre, ayuntamiento de Fene, provincia de Coruña y diócesis de Santiago de Compostela. A los 9 años se traslada con su familia a Ferrol, por destino de su padre, donde realiza los estudios hasta el bachillerato superior. Cursó el COU en el Instituto Xelmírez de Santiago de Compostela al tiempo que realizaba el propedéutico en el Seminario Mayor. Cursará los Estudios Eclesiásticos, siendo ordenado Diácono en el año 1978. En septiembre de ese mismo año será nombrado Formador en el Seminario Menor Diocesano de la Asunción. Desde este momento es socio de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. El 19 de mayo de 1979 será ordenado Sacerdote al servicio de la Archidiócesis de Santiago de Compostela por el arzobispo D. Ángel Suquía Goicoechea. Continuó como Formador del Seminario Menor, al tiempo que colaboraba los fines de semana en la parroquia de Nuestra Señora de la Merced de Conxo (Santiago), hasta septiembre de 1982 en que es enviado a Roma para ampliar estudios. Allí obtendrá la licenciatura en Filosofía Teorética por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma y las diplomaturas de Arqueología Sagrada, Archivística y Biblioteconomía. Más tarde, obtiene el doctorado en Filosofía por la Pontificia Universidad de Santo Tomás de Roma, en junio de 1987, con la tesis Lo que llamamos ser humano. Ensayo sobre la antropo-ontología de Ángel Amor Ruibal. En el curso 1985-1986 empezará su actividad docente como profesor de Filosofía en el Instituto Teológico Compostelano y en el Seminario Menor de la Asunción, hasta la actualidad. Entre 1986 y 1988 ejercerá de capellán de la Residencia Universitaria Cristo Rey en Santiago de Compostela y profesor de religión en el Chester College International School. Desde septiembre de 1988 hasta junio de 2001 será Formador en el Seminario Mayor de Santiago de Compostela, labor que compaginará como sacerdote adscrito de la parroquia de S. Fernando, desde 1987 hasta la actualidad. Tras su etapa en el Seminario Mayor es nombrado Director Técnico del Seminario Menor Diocesano en el año 2001, cargo que desempeña en estos momentos. En el Instituto Teológico Compostelano, Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca, desempeñará el cargo de Vicedirector desde 2007 hasta la actualidad, Director de la Biblioteca de Estudio Teolóxicos de Galicia, desde 1993 hasta 2007 y Director del Instituto Superior Compostelano de Ciencias Religiosas desde 2006. En diciembre de 2003 será nombrado por el Arzobispo de Santiago, D. Julián Barrio Barrio, Canónigo de la Catedral de Santiago de Compostela, ocupando el oficio de Canónigo-Secretario Capitular de la misma. El 16 de diciembre de 2011 la Santa Sede hizo público que S. S. Benedicto XVI lo ha nombrado nuevo obispo de Ourense.