LA LEY NATURAL, RAÍZ Y FUNDAMENTO DE LA FAMILIA (IV)

Mons. Juan José OmellaMons. Juan José Omella           Hoy existe un rechazo – especialmente en los medios de comunicación – a lo que es e implica la Ley Natural. Nos encontramos invadidos de un positivismo feroz que hace que la mera expresión “ley natural” sea cuestionada, rechazada o, al menos, ninguneada, porque para muchos pensadores y comunicadores aparece envuelta en una perplejidad que va a más. No quieren admitir que el matrimonio es de uno con una para siempre, que de él viene la realidad que llamamos familia, y todo ello por ley natural, porque así lo pide la naturaleza de las cosas.
El magisterio de la Iglesia acerca del matrimonio y de la familia, del que hablaba la semana pasada, se ha sustentado y se sustenta básica y radicalmente en la ley natural. Podríamos definirla sencillamente diciendo que es la ley que los seres humanos podemos conocer por medio de nuestra razón, lo que está al alcance de la razón sin recurrir a otros medios, por ejemplo a la fe.

La ley natural ha sido aceptada pacíficamente en todos los tiempos y en todas las culturas, ya que tiene mucho que ver con el sentido común. Hoy no es así, hasta el punto de que la perplejidad acerca del concepto de ley natural repercute de modo problemático en la familia y en el matrimonio. Y esta situación lleva a que los estados del llamado primer mundo, así como las grandes instituciones europeas y mundiales – ONU, UNESCO, la FAO, etc. –, den prioridad total al consenso, al acuerdo y a lo que llamamos lo políticamente correcto en sus legislaciones y criterios de actuación social. Una ley que tenga que ver con el matrimonio no tiene en cuenta la ley natural sino el número de votos. Y lo mismo habría que decir de la apertura a la vida, de la educación de los hijos o de la atención a los abuelos, por citar las situaciones más afectadas por el rechazo generalizado de la ley natural. Podríamos decir que hoy tal ley, que viene en definitiva de Dios, es vista como algo absolutamente problemático y aun incomprensible.

Lo grave de esta situación – la consideración de la ley natural como una “herencia anticuada” – es que buena parte de la investigación científica se muestra hoy como absolutamente opuesta a la idea tradicional de ley natural, con lo que esta no puede ser considerada como una realidad científica. ¿Qué es lo vale hoy? La ley civil, basada en el positivismo jurídico que ya lo invade todo. Y así, lo civilmente aceptado se convierte en moralmente aceptado: el individuo y la sociedad han venido a ser los jueces únicos y principales para las decisiones éticas. A este extremo ha llegado la relativización del concepto de “natural o de la naturaleza”.

Por poner un ejemplo cada vez más extendido, siempre ha existido una convicción generalizada y fuerte de que la distinción de los sexos tiene un fundamento natural basado en la existencia humana, en el ser humano creado por Dios. Por lo tanto, el deseo del hombre de unirse a la mujer y de la mujer al hombre, responde a la naturaleza del ser humano, que se plasma en la tradición, la cultura, los modos de vida, y un amplísimo campo de concreciones existenciales. Pues bien, una vez subvertido el orden de valores que marca la ley natural, el vínculo entre el amor, la sexualidad y la fertilidad – esencia del matrimonio – prácticamente desaparece, con lo que muchos aspectos de la ley moral que defiende y preconiza la Iglesia Católica ya no se entienden y, en consecuencia, ya no se siguen.

Dada la importancia de esta reflexión, que tiene implicaciones muy importantes y graves sobre la práctica afianzada del divorcio, de la convivencia, de la contracepción, de los procedimientos artificiales de la procreación y de las uniones homosexuales, volveremos sobre ello en el siguiente escrito.

Con mi afecto y bendición,

+ Juan José Omella Omella,

Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.