Migrantes

Mons. Antonio AlgoraMons. Antonio Algora    El 1 de enero se celebra en la Iglesia la Jornada Mundial por la Paz, y, como este año el Papa tituló su mensaje «No esclavos, sino hermanos», refiriéndose a la multitud de situaciones por las que es amenazada la dignidad de la persona, tantas veces sujeta a vejaciones y explotaciones de todo tipo, he reservado para este domingo, en el que celebramos la Jornada Mundial de las Migraciones, llamar vuestra atención sobre este aspecto del Mensaje de la Paz del Papa.

«Pienso,—dice—, también en las condiciones de vida de muchos emigrantes que, en su dramático viaje, sufren el hambre, se ven privados de la libertad, despojados de sus bienes o de los que se abusa física y sexualmente. En aquellos que, una vez llegados a su destino después de un viaje durísimo y con miedo e inseguridad, son detenidos en condiciones a veces inhumanas. Pienso en los que se ven obligados a la clandestinidad por diferentes motivos sociales, políticos y económicos, y en aquellos que, con el fin de permanecer dentro de la ley, aceptan vivir y trabajar en condiciones inadmisibles, sobre todo cuando las legislaciones nacionales crean o permiten una dependencia estructural del trabajador emigrado con respecto al empleador, como por ejemplo cuando se condiciona la legalidad de la estancia al contrato de trabajo… Sí, pienso en el “trabajo esclavo”» (n.º 3).

Pensar en nuestros hermanos emigrantes, sentir cercana su tragedia, que es de toda la aldea global en la que estamos y a estas alturas de la Historia, y hacerlo como Iglesia que somos, es toda una responsabilidad de los hombres y mujeres de fe que debemos construir la fraternidad permanentemente. En palabras del Papa, en su mensaje para hoy: «La Iglesia sin fronteras, madre de todos, extiende por el mundo la cultura de la acogida y de la solidaridad, según la cual nadie puede ser considerado inútil, fuera de lugar o descartable. Si vive realmente su maternidad, la comunidad cristiana alimenta, orienta e indica el camino, acompaña con paciencia, se hace cercana con la oración y con las obras de misericordia».

Somos 1.200 millones de católicos en los 196 países de la Tierra, debemos hacer lo que esté en nuestras manos para que, desde los cuatro puntos cardinales, se alce nuestra voz reclamando soluciones internacionales, pues, como el mismo Papa reconoce, la solución del problema desborda la capacidad de un país. Lo estamos viendo: Europa nos está dejando solos ante nuestro problema en Ceuta y Melilla.

Ahora bien, las especiales dificultades de los emigrantes nacen de la explotación de las personas, un cúmulo de circunstancias a las que nos habitúan las relaciones laborales que se imponen. Por eso, afina el Papa «deseo invitar a cada uno, según su puesto y responsabilidades, a realizar gestos de fraternidad con los que se encuentran en un estado de sometimiento. Preguntémonos, tanto comunitaria como personalmente, cómo nos sentimos interpelados cuando encontramos o tratamos en la vida cotidiana con víctimas de la trata de personas, o cuando tenemos que elegir productos que con probabilidad podrían haber sido realizados mediante la explotación de otras personas». Efectivamente, es muy grande nuestra responsabilidad aunque nos parezca que tenemos pocas posibilidades de ofrecer soluciones. Escapemos de «la globalización de la indiferencia», otra de las expresiones afortunadas del papa Francisco.

Vuestro obispo,

† Antonio Algora

Obispo de Ciudad Real

Mons. Antonio Algora
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D. Antonio Ángel Algora Hernando nació en La Vilueña (Zaragoza), el 2 de octubre de 1.940. Cursó los Estudios Eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Madrid. El 23 de diciembre de 1.967 fue ordenado de sacerdote y quedó incardinado en la que entonces era Archidiócesis de Madrid-Alcalá y hoy son tres diócesis: Madrid, Alcalá y Getafe. Desde 1968 a 1.973 fue Consiliario de las Hermandades del Trabajo en Alcalá.de Henares. Trasladado a Madrid como Consiliario de los jóvenes de Hermandades, sustituyó al fundador, D. Abundio García Román, en 1.978, como Consiliario del Centro de Madrid. El 9 de octubre de 1.984 fue nombrado Vicario Episcopal de la Vicaría VIII de la Archidiócesis de Madrid. El 20 de Julio de 1.985 fue nombrado Obispo de Teruel y Albarracín. Recibió la consagración episcopal el 29 de septiembre de ese mismo año. Su especialidad académica es la Sociología. En la Conferencia Episcopal Española es miembro del Consejo de Economía y como tal, responsable del Secretariado para el Sostenimiento Económico de la Iglesia. Además, es vocal de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, y responsable del Departamento de Pastoral Obrera.