LA FAMILIA Y EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA (III)

Mons. Juan José OmellaMons.  Juan José Omella     Debo comenzar mi escrito de hoy haciendo una precisión: acerca del matrimonio y de la familia los católicos disponemos de una documentación amplia, rica y muy sugerente, formada a lo largo de los dos mil años de historia de la Iglesia y que va desde los Santos Padres, los Concilios Ecuménicos, los Papas, las Conferencias Episcopales, los Obispos, los catecismos, hasta las obras ascéticas y de erudición escritas por incontables autores cristianos. Sin embargo, y hablando en general, el conocimiento del pueblo cristiano sobre el matrimonio y la familia es más bien escaso.

¿Qué razón o razones podrían aducirse, al menos para explicar un hecho que como mínimo calificaríamos de paradójico? En un mundo tan tecnificado como el nuestro y con tantos medios a nuestro alcance, ¿cómo es posible que los textos del Magisterio no hayan impregnado la mentalidad de los fieles, tal como se puede comprobar, y es sencillamente un ejemplo, en los cursillos prematrimoniales?
En la última encuesta que confeccionamos en todas las diócesis – a petición expresa del Santo Padre -, entre abundantes datos muy positivos y esperanzadores, hubo que recoger también y con franqueza el hecho incontestable de que muy a menudo tales documentos magisteriales no se conocen en absoluto. Más aún, se percibe como un cierto “cansancio” y hasta un cierto hastío a la hora de hacerse con esos textos y estudiarlos. Y sobre todo llama la atención que se dé esta ignorancia acerca de algo – el matrimonio y la familia – que va a marcar toda una vida llamada al amor, a la entrega y, en definitiva, a la felicidad de toda la persona. Se pueden conocer definiciones, aspectos concretos de la realidad familiar y matrimonial; lo que se echa realmente en falta es el conocimiento “existencial” de esas realidades, algo que siempre está presente en dichos documentos.

También, y en una medida no desdeñable, esa falta de conocimiento y de familiaridad con los documentos hay que atribuirla a que los pastores no se sienten capacitados y con la sensibilidad adecuada para esta labor catequética tan importante. Temas como el de la sexualidad, la fecundidad y la procreación quedan a menudo fuera de un tratamiento correcto, oportuno y adecuado por no saber muy bien cómo abordarlo.
Puedo aseguraros que cuando el magisterio de la Iglesia (sobre todo el Catecismo de la Iglesia Católica) se transmite en toda su integridad, con sentido eclesial y gracia humana, los fieles lo acogen con gozo y ¿por qué no? con entusiasmo, ya que acaban percibiendo el carácter de sal, de luz, de verdad que posee. Hemos de lograr entre todos – obispo, sacerdotes, catequistas, orientadores – que las pautas de conducta que marca la Iglesia con su magisterio, ordinario y extraordinario, sean un auténtico camino de fe. Hemos de ayudar a superar esa etapa primera de simple curiosidad por saber qué dice la Iglesia sobre la sexualidad, los hijos, los anticonceptivos, la adopción, etc. Os animo a profundizar en la riqueza de la teología del sacramento del matrimonio, de la familia, de la apertura a la vida, del amor esponsal y del cuarto mandamiento, en una palabra, en la belleza humana y cristiana de esta gran realidad que llamamos familia. Sólo se ama lo que se conoce y en la medida que conozcamos la maravilla del sacramento del matrimonio lo amaremos más y lo viviremos mejor.

Termino animando a todos a leer y meditar las homilías del Papa Francisco en la capilla de Santa Marta, tan sugestivas y estimuladoras, y a releer los sencillos escritos que sobre la familia vengo publicando en “Pueblo de Dios”, y que muchos de vosotros coleccionáis.

Con mi afecto y bendición,

+ Juan José Omella Omella,

Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.