La reforma de la Curia Vaticana

Mons. Esteban EscuderoMons. Esteban Escudero    El lunes 22 de Diciembre del año pasado, 2014, hace apenas unos días, el Papa Francisco felicitó la Navidad a los miembros de la Curia Vaticana con un discurso a todas luces sorprendente. Las palabras con que los comentaristas en Roma han calificado el discurso no dejan de ser por lo menos chocantes. Valga como ejemplo dos titulares aparecidos en periódicos españoles. En un periódico podía leerse lo siguiente: «El Papa abomina del “alzhéimer espiritual” extendido enla Curia». Y lo calificaba de “discurso durísimo” y de “radiografía despiadada del Vaticano”. Y otro afirmaba categóricamente: «El Papa acusa a la Curia de sufrir “alzheimer espiritual”», calificando también el discurso como una enumeración de las “quince dolencias que padecen los altos cargos vaticanos”. Quizás una lectura completa del discurso nos ayudará a comprender las intenciones del Papa y a quienes iba realmente dirigido.

La Curia, afirma el Papa, «al igual que la Iglesia, no puede vivir sin mantener una relación vital, personal, auténtica y sólida con Cristo. Un miembro de la Curia que no se nutra a diario de ese alimento se convertirá en un burócrata (en un formalista, un funcionario, un “empleado”); en un sarmiento que se seca y poco a poco muere y es arrojado lejos. La oración diaria, la participación asidua en los sacramentos -especialmente en la eucaristía y en la reconciliación-, el contacto diario con la Palabra de Dios y la espiritualidad que se traduce en caridad vivida, son el alimento vital para cada uno de nosotros. Quede claro a todos nosotros que sin Él no podremos hacer nada» (Jn 15, 5).

Por eso, tras haberles presentado los elementos fundamentales de toda vida espiritual cristiana, desea animarles a preparar el corazón para la fiesta del nacimiento de Jesús mediante una buena confesión, para lo cual el Papa quiere ofrecerles un examen de conciencia. No habla de evitar los pecados graves contra los mandamientos de la ley de Dios, que da por supuesto en toda vida cristiana, sino de esos posibles pecados que muchas veces no se les da la importancia debida y que, sin embargo, pueden apartar de una vida en plena comunión con Cristo.

Una vez comprendido el alcance del discurso, ya se puede hablar de las enfermedades que pueden afectar a los prefectos y oficiales de la Curia, pero que también pueden anidar en el corazón de los obispos, sacerdotes, religiosos y laicos de toda la Iglesia, invitándonos a hacer un sincero examen de conciencia, antes de acercarnos al sacramento de la reconciliación.

Estas enfermedades son quince. 1) La enfermedad de sentirse indispensable, superior a los demás. 2) La enfermedad de“martalismo” (aludiendo a Marta, la hermana de Lázaro, en el Evangelio): la excesiva actividad, sin detenerse a contemplar a Cristo ni pasar tiempo con los familiares. 3) La enfermedad de la insensibilidad humana, haciéndonos perder los sentimientos de Jesús. 4) La excesiva planificación, que convierte a la persona de Iglesia en un mero comercial. 5) La enfermedad de la mala coordinación, que aparece cuando los miembros de la Iglesia van cada uno por su lado y no colaboran entre sí. 6) La enfermedad del “alzheimer espiritual”, que olvida la memoria del encuentro con el Señor, el primer amor. 7) La enfermedad de la rivalidad y de la vanagloria, que aparece cuando los sueños de gloria se convierten en el primer objetivo del trabajo. 8) La enfermedad de la esquizofrenia existencial, la de vivir una doble vida, fruto de la hipocresía y el vacío espiritual. 9) La enfermedad del cotilleo y de la murmuración, que el Papa denomina “terrorismo del cotilleo” y que es grave. 10) La enfermedad de los que cortejan a sus superiores para obtener beneficios personales. 11) La enfermedad de la indiferencia hacia los demás, que aparece cuando uno sólo piensa en sí mismo. 12) La enfermedad de la “cara fúnebre”, que lleva a tratar con dureza y arrogancia a los demás. 13) La enfermedad de acumular bienes materiales, no por necesidad, sino para sentirse seguro. 14) La enfermedad de la división entre los seguidores de Cristo, que calificó como “fuego amigo” entre soldados del mismo bando. Y, finalmente, 15) la enfermedad del provecho mundano, que transforma el servicio en poder, buscando siempre insaciablemente más poder.

Aludiéndolos en nota al pie de página, el Papa quiere recordarnos unos parágrafos de su Exhortación Pastoral Evangelii Gaudium, bajo el título “Pastoral en conversión”, en cuyo número 26, citando la encíclica Ecclesiam suam de Pablo VI, se puede leer: «Pablo VI invitó a ampliar el llamamiento a la renovación, para expresar con fuerza que no se dirige sólo a los individuos aislados, sino a la Iglesia entera. Recordemos este memorable texto que no ha perdido su fuerza interpelante: “La Iglesia debe profundizar en la conciencia de sí misma, debe meditar sobre el misterio que le es propio […] De esta iluminada y operante conciencia brota un espontáneo deseo de comparar la imagen ideal de la Iglesia -tal como Cristo la vio, la quiso y la amó como Esposa suya santa e inmaculada (cf. Ef 5,27)- y el rostro real que hoy la Iglesia presenta […] Brota, por lo tanto, un anhelo generoso y casi impaciente de renovación, es decir, de enmienda de los defectos que denuncia y refleja la conciencia, a modo de examen interior, frente al espejo del modelo que Cristo nos dejó de sí”».

+Esteban Escudero

Obispo de Palencia

 

 

Mons. Esteban Escudero Torre
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Mons. Esteban Escudero Torres nació en Valencia, el 4 de febrero de 1946. Cursó los estudios primarios y el bachillerato superior en el Colegio de los PP. Agustinos, de Valencia. A la edad de 17 años entró en el Seminario Metropolitano, sito en Moncada, donde cursó tres años de Filosofía y tres de Teología. Tras el bachillerato en Teología, obtuvo, en 1970, la Licenciatura en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca. Con permiso del entonces Arzobispo de Valencia, don José María García Lahiguera, inició estudios de Filosofía en la Universidad literaria de Valencia obteniendo, en 1974, la Licenciatura en Filosofía pura. Durante el tiempo de sus estudios civiles, trabajó activamente en la Comisión Diocesana del Movimiento Junior, organizando frecuentes cursillos de formación religiosa y de técnicas de tiempo libre para los educadores de los distintos centros Juniors de la diócesis. Tras un año de diaconado en la Parroquia de San Martín, en la ciudad de Valencia, fue ordenado sacerdote el 12 de enero de 1975 y destinado, como coadjutor, a la Parroquia de la Asunción de Nuestra Señora, de Carlet. Durante cuatro años, simultaneó los trabajos pastorales de vicario parroquial con las clases de religión en el Instituto de Bachillerato de la localidad. Igualmente dirigió y animó espiritualmente el centro del Movimiento Junior de Carlet. Enviado a Roma en 1978 para ampliar estudios en la Pontificia Universidad Gregoriana por el Arzobispo don Miguel Roca Cabanellas, obtuvo el grado de Doctor en Filosofía de la Universidad con una tesis sobre el pensamiento filosófico de don Miguel de Unamuno. De regreso a la actividad pastoral de la diócesis, colaboró en la Delegación Diocesana de Pastoral Juvenil y, posteriormente, en la Delegación Diocesana de Enseñanza y Educación Religiosa, donde desempeñó el cargo de Coordinador de la Enseñanza Religiosa Escolar y Director de la Escuela Diocesana de formación del profesorado de Enseñanza Religiosa Escolar. Igualmente, fue adscrito a la Parroquia de Nuestra Señora del Socorro, de Valencia, donde ha venido trabajando pastoralmente hasta su ordenación episcopal. Durante seis años fue profesor de Filosofía en el C.E.U. San Pablo de Moncada y, desde 1988, profesor, jefe de estudios y posteriormente director de la Escuela Diocesana de Pastoral. Al erigirse en 1994, por el Arzobispo don Agustín García-Gasco, el Instituto Diocesano de Ciencias Religiosas, fue nombrado Director, recorriendo regularmente las distintas sedes del mismo, e impartiendo clases de Fe-Cultura y Teología Dogmática. Desde 1982 impartió diversas asignaturas en la Facultad de Teología «San Vicente Ferrer», de Valencia, haciéndose cargo, como profesor agregado de dicha Facultad, desde el curso escolar 1988-1989 hasta su nombramiento episcopal, de las asignaturas de Historia de la Filosofía Antigua, Historia de la Filosofía Moderna y Filosofía y Fenomenología de la Religión. También fue profesor de Antropología Filosófica en la sede española del Pontificio Instituto Juan Pablo II para estudios sobre el matrimonio y la familia, desde su erección en la diócesis de Valencia. Desde 1988 es miembro de la asociación «Viajes a Tierra Santa con los PP. Franciscanos», habiendo dirigido y animado espiritualmente en numerosas ocasiones peregrinaciones a los lugares santos del cristianismo. Ha participado en varias reuniones y simposios sobre el diálogo, cristianismo y judaísmo. En 1999, don Agustín García-Gasco, Arzobispo de Valencia, le nombró canónigo de la Santa Iglesia Catedral Metropolitana, donde desempeñó el cargo de Secretario Capitular. Es autor de varios artículos de Filosofía y Teología de las Religiones, publicados en los números de la Revista Anales Valentinos de los años 1983, 1989, 1990, 1991 y 1999. Igualmente publicó, en 1994, el audiolibro en seis volúmenes Contenidos básicos de la fe cristiana, Valencia 1994, y el libro Creer es razonable. Introducción a la Filosofía y a la Fenomenología de la Religión, Valencia 1997. El 17 de noviembre de 2000, fue nombrado, por Su Santidad el papa Juan Pablo II, Obispo Titular de Thala y Auxiliar de Valencia, recibiendo la consagración episcopal el 13 de enero de 2001.