El palacio de Herodes

agusti_cortesMons. Agustí Cortés     El palacio de Herodes era (es) un espacio real, el lugar en el que se vivía y se ejercía el poder, el que correspondía a Herodes el Grande, rey de los judíos, y el de sus hijos tetrarcas Arquelao y Antipas y su nieto Herodes Agripa, siempre bajo el predominio imperialista romano. Pero la imagen que de este lugar nos ha transmitido el Nuevo Testamento es la de prototipo de la opresión, la ambición, la riqueza injusta, la corrupción, el lujo, el interés y el placer personal, la infidelidad y la mentira. Toda una representación del horror y de la prepotencia, como dirá el historiador romano Flavio Josefo. Siempre dejando tras de sí, junto a alguna gran construcción, como el Templo de Jerusalén, que favorecía el populismo y la vanidad, todo un reguero de víctimas: desde el propio Jesús, los niños inocentes, Juan el Bautista, el apóstol Santiago, hasta los primeros cristianos…

¿Es una casualidad que los primeros pasos de Dios en la tierra hayan sido los de unas víctimas de ese poder? Nos resistimos a creer que el ejercicio del poder político tenga que ir acompañado siempre de estas lacras. Más bien afirmamos lo contrario. Por suerte no siempre el poder ha engendrado sangre de víctimas. También ha habido políticos santos.

Lo cierto es que Dios, para hacerse uno de nosotros y salvarnos, ha elegido momentos, lugares y personas, propios de víctimas de la maldad y el pecado. Asimismo, es verdad que esta perversidad, en la “historia humana” de Dios, ha tomado cuerpo en diferentes formas de poder, de manera que la vida del Dios cristiano entre los hombres ha estado marcada por la contradicción y el sufrimiento.

No lo podemos olvidar, precisamente cuando, pasada la contemplación candorosa del nacimiento de Jesús, le vemos adulto, iniciando su vida pública bajo el signo del Bautismo. Hoy sin embargo sabemos que el Dios con nosotros no es solo víctima, sino que ante todo es inicio ya presente de una nueva humanidad.

¿Qué sería, entonces, un palacio de Herodes según esa nueva humanidad? ¿Cómo sería un ejercicio del poder, una política, según el Dios hecho hombre, acorde con su Espíritu?

– Quizá el espacio donde se ejerciera el poder no sería tan “palacio”. Sería un espacio donde los ciudadanos, hasta los más desvalidos, y sobre todo ellos, se sintieran como en su casa, porque realmente les perteneciera.

– Sin duda sería un lugar donde el político tuviera el bien común del pueblo como único objetivo, al que se subordinarían todos los otros intereses, incluidos sobre todo los propios e individuales. Un bien común que respondiera a una concepción verdaderamente humanizadora de la persona y de la convivencia.

– Allí reinarían las virtudes morales, no solo en el ejercicio del servicio público, sino también en la vida personal. La fidelidad, la honradez y la transparencia, que acompañaran el estilo de vida, iluminarían la gestión económica, los compromisos políticos, los proyectos sociales, la gestión del interés público.

Y una larga lista de “virtudes políticas”, que penetrarían y fecundarían el ejercicio del poder, transformándolo en servicio, en caridad política. También allí trabajaría el Espíritu de Dios para devolvernos el rostro verdaderamente humano, que vamos perdiendo en el camino.

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.