Santa y feliz Navidad

antonio_canizaresMons. Antonio Cañizares     Es Navidad: Deseo a todos paz y alegría de corazón, en tiempos que no faltan motivos para la tristeza y la desesperanza, o en días, como los navideños, en los que todo parece ya de por sí alegría. Paz en tiempos en que ésta se encuentra amenazada por la violencia, por el terrorismo, por tantas y tantas cosas contrarias a ella; y en los que la alegría verdadera es sustituida por sucedáneos. La paz y la alegría nacen de la cercanía de Dios que, haciéndose niño y compartiendo nuestra condición humana, hace nuevas todas las cosas. En el silencio de la noche del nacimiento de Jesús el creyente percibe la ternura del Dios cercano y lleno de promesas. En el Niño acogido con inmenso cariño por la madre, María, ve el creyente a Dios empezar a llenarlo todo con su gloria, e inundarlo de bien y de alegría. Es la condescendencia extrema de Dios con el hombre perdido y desgraciado, es el amor de Dios que está en el origen de esta extraña condescendencia divina. Nadie puede abarcar la grandeza de Dios. Y, a pesar de su grandeza, Dios se ha apasionado por el hombre, una criatura tan fugaz, tan injusta y desgraciada, y, a veces tan mezquina.

Aunque parezca extraño y le repugne a la sabiduría de este mundo, Dios, no por necesidad ni por un impulso ciego sino por amor, se ha apasionado por el hombre, por su historia y su destino, y ha querido compartirlos. El amor apasionado de Dios por el hombre culminó en su Hijo, Jesús. Gracias a su encarnación y nacimiento de María Virgen, tanto entró Dios en la vida de los hombres, que todos los labios –también los de la pecadora– pudieron besar sus pies. Aquí tenemos la fuente de la alegría y de la paz verdaderas: en el nacimiento del Niño Jesús en Belén. En este Niño advertimos una bondad que no es de acá, que viene de otro lado, que nos devuelve al Hogar custodiado por la inocencia y la ternura. La verdad y la sustancia de esta fiesta y de la paz y la alegría verdaderas es que Dios ha nacido de veras, se ha hecho uno de nosotros para compartir nuestra pobreza y muerte, a fin de vencerlas. Conocemos bien la generosidad de nuestro Señor Jesús, quien, siendo rico, se hizo pobre como uno de nosotros, a fin que nos enriqueciéramos con su pobreza. Jesús, el Hijo de Dios, no se contentó con buenos sentimientos humanitarios. Siendo quien era, arrostró libremente nuestro destino, para vencerlo. Jesús, el Hijo de Dios, se hizo como uno de nosotros, para que nosotros llegásemos a ser con El hijos del Padre y hermanos los uno de los otros.

No bastan los sentimientos e ideales humanitarios para colmar el abismo, que se va haciendo cada vez más profundo, largo y ancho, entre los que abundan en todo y los que carecen de todo, entre los triunfadores y los despojados de su dignidad humana. Sólo Dios puede colmarlo y, por su gracia, los que crean de veras en Él, tal y como ha salido a nuestro encuentro en su Hijo Jesucristo. Él, Hijo de Dios, nació pobremente y en la oscuridad de la noche, envuelto en el asombro, la adoración y amor de su madre y de los pastores marginados. Así se hizo Dios hogar para todo hombre y mujer. Ahí podemos reencontrarnos, y estar siempre arraigada y crecer la confianza, sin la que no es posible la vida y la alegría.

Esta alegría verdadera, regalo de Dios, es la que deseo para todos, particularmente en este tiempo de Navidad, en el que el consumismo trata de arrebatarnos la verdadera alegría. A esta fiesta, como costumbre social, se la ha engullido el consumo y la ostentación. No puede haber mayor contraste entre la forma como se pasan estos días y la forma como debiera celebrarse el misterio del nacimiento del Salvador. El Señor viene, el Señor vendrá; hay motivos para la alegría y para encender en la noche la esperanza, ofreciendo a quienes carecen de ella señales de que el Señor viene a salvarnos. En el misterio grande de amor que celebramos estos días, el creyente siente la cercanía de Dios en Jesús. Celebramos que Dios mismo, en persona, nació en un niño. Celebramos la cercanía de Dios en la noche, en el desamparo y en la pobreza, y la fundación de un nuevo hogar, el de Dios, donde reunirnos todos. En un niño, Dios empieza a estar con nosotros para siempre: nada ni nadie podrá separarlo de nosotros. No cabe mayor cercanía de Dios. Nada hace tan presente lo largo, lo ancho y lo profundo del misterio de Dios como este niño callado y desvalido. El niño no provoca miedo; provoca amor y ternura. En él Dios mismo nos muestra su voluntad de paz.

Año tras año se viene repitiendo que Dios mismo nació en el mayor desamparo, y que lo acogieron, los primeros, unos pastores pobres. Esto da mucho que pensar. A fuerza de repetirlo, a muchos apenas les dice nada. Pero los hechos son los hechos, Dios mismo nació en Jesús pobre. Este es un hecho que lleva inquietando a la conciencia cristiana veinte siglos. Y lo cierto es que no habrá paz ni se remediará la miseria de tantas gentes mientras no seamos libres frente a lo que tenemos y lo pongamos al servicio de todos. Así, detrás del ajetreo de las fiestas de estos días, se encuentra la verdad silenciosa de que Dios se ha acercado de una vez para siempre al hombre y se ha comprometido irrevocablemente con él. Entró Dios con todo silencio en nuestro abandono y ahí nos aceptó y ahí nos aguarda incansable su amor escondido. Dios no quiere ser Dios sin el hombre, sin participar en su desamparo. En la Navidad, Dios se ha unido de un modo u otro con todos y cada uno de los hombres, se den o no se den cuenta de ello, lo acepten o no lo acepten. Dios se lo juega todo, por decirlo así, en y por el hombre.

Estas fiestas nos invitan a darnos cuenta de que los espacios inmensos en que erramos perdidos, no están vacíos y helados, sino colmados del amor de Dios que nos aguarda incansable. En Navidad podemos abrirnos, sin reservas ni sospechas, a la acogida irrevocablemente decidida del amor de Dios por los hombres. Dios ha querido tener un destino en los hombres y con los hombres. No ha querido ser Dios sin los hombres. Ahí está nuestra paz.

¡Santa y feliz Navidad!

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

Card. Antonio Canizares
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Emmo. y Rvmo. Sr. Antonio CAÑIZARES LLOVERA El Cardenal Antonio Cañizares, nombrado el 28 de agosto de 2014 por el papa Francisco arzobispo de Valencia, nació en la localidad valenciana de Utiel el 15 de octubre de 1945. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Valencia y en la Universidad Pontificia de Salamanca, en la que obtuvo el doctorado en Teología, con especialidad en Catequética. Fue ordenado sacerdote el 21 de junio de 1970. Los primeros años de su ministerio sacerdotal los desarrolló en Valencia. Después se trasladó a Madrid donde se dedicó especialmente a la docencia. Fue profesor de Teología de la Palabra en la Universidad Pontificia de Salamanca, entre 1972 y 1992; profesor de Teología Fundamental en el Seminario Conciliar de Madrid, entre 1974 y 1992; y profesor, desde 1975, del Instituto Superior de Ciencias Religiosas y Catequesis, del que también fue director, entre 1978 y 1986. Ese año, el Instituto pasó a denominarse «San Dámaso» y el Cardenal Cañizares continuó siendo su máximo responsable, hasta 1992. Además, fue coadjutor de la parroquia de "San Gerardo", de Madrid, entre 1973 y 1992. Entre 1985 y 1992 fue director del Secretariado de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española. Creado Cardenal en marzo de 2006 El papa Juan Pablo II le nombró Obispo de Ávila el 6 de marzo de 1992. Recibió la ordenación episcopal el 25 de abril de ese mismo año. El 1 de febrero de 1997 tomó posesión de la diócesis de Granada. Entre enero y octubre de 1998 fue Administrador Apostólico de la diócesis de Cartagena. El 24 de octubre de 2002 fue nombrado Arzobispo de Toledo, sede de la que tomó posesión el 15 de diciembre de ese mismo año. Fue creado Cardenal por el Papa Benedicto XVI en el Consistorio Ordinario Público, el primero de su Pontificado, el 24 de marzo de 2006. Cargos desempeñados en la CEE y en la Santa Sede En la Conferencia Episcopal Española ha sido vicepresidente (2005-2008), miembro del Comité Ejecutivo (2005-2008), miembro de la Comisión Permanente (1999-2008), presidente de la Subcomisión Episcopal de Universidades (1996-1999) y de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis (1999-2005). El Papa Juan Pablo II lo nombró miembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe el 10 de noviembre de 1995. El 6 de mayo de 2006, el Papa Benedicto XVI le asignó esta misma Congregación, ya como Cardenal. También como Cardenal, el Papa le nombró, el 8 de abril de 2006, miembro de la Comisión Pontificia “Ecclesia Dei”. El Cardenal Cañizares ha sido fundador y primer Presidente de la Asociación Española de Catequetas, miembro del Equipo Europeo de Catequesis y director de la revista Teología y Catequesis. Es miembro de la Real Academia de la Historia desde el 24 de febrero de 2008. Igualmente, el Papa nombró al Cardenal Cañizares Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en diciembre de 2008. De otro lado, el cardenal fue nombrado en 2010 “Doctor Honoris Causa” por la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir” (UCV) Nombrado Arzobispo de Valencia el 28 de agosto de 2014. Tomó posesión de la Archidiócesis el 4 de octubre de 2014