El Belén siempre es “viviente”

Mons. Amadeo RodríguezMons. Amadeo Rodríguez      Nadie pone en duda que el primer Belén y la primera representación del Belén fueron “vivientes”. El primero fue el nacimiento mismo de Jesús del seno de María su Madre, con la presencia y ayuda de José su esposo, en un establo y en un pesebre de la pequeña ciudad de Belén, que compartieron con una mula y un buey. Al entrar en el mundo la Vida que venía de Dios, aunque todo había sido discreto y pobre, sobrevino un alboroto del cielo para la tierra, en el que participaron unos personajes (ángeles, estrellas, pastores, magos, reyes, sabios, soldados y hasta el mismísimo Herodes), que le dieron maravillosos, pero también trágicos, matices a un acontecimiento que cambia la historia, remueve la vida de la gente y no deja a nadie en la indiferencia. Y la primera representación del Belén, según se nos cuenta, también fue viviente.

Tras regresar de Tierra Santa, San Francisco de Asís celebra en Greccio, Italia (1223) una misa de Navidad con la representación del Nacimiento: una imagen del Niño Jesús, un buey y una mula, escogidos de entre los del lugar, que del mismo modo que no quisieron faltar en el primero, tampoco faltaron en éste de Francisco.

A partir de entonces se hace tradición montar el Belén, sobre todo entre los franciscanos y las clarisas, y poco a poco se renuevan las formas de evocar los hechos del nacimiento de Jesús. La representación del Belén se va enriqueciendo, aunque siempre se procura que refleje la vida cotidiana de aquellos que montan y celebran el Nacimiento de Hijo de Dios. En realidad, o bien por los personajes que se sitúan en el Belén en torno al Misterio, que suelen ser los paisanos del lugar o bien representados o bien en persona, el Belén siempre es viviente. Lo hacen, además, viviente todos los que lo contemplan, que normalmente se preguntan: ¿Dónde estoy yo entre tantos personajes que viven del Misterio? No hay Belén, ni en su intención ni en su composición ni en su contemplación, que no esté lleno de Vida.

Pero la verdadera Vida del Belén la trae el que desde el mismo Dios, su Padre, recorre el camino del cielo a la tierra, por obra del Espíritu Santo, para vivir entre los seres humanos y poner a nuestra disposición un Reino de verdad, de justicia y de paz. El Belén en realidad siempre desencadena la vida nueva de los que conocen, aman y siguen a Jesucristo. El Belén es siempre regenerador de un mundo nuevo, que nos cambia el corazón y transforma nuestras relaciones humanas. Por eso, poco importa que el Belén sea más rico o más pobre, más artístico o menos, más sobrio o más adornado. Al final lo que lo enriquece es que en él se puede contemplar el corazón de Dios. A poco que paremos nuestro propio corazón ante el Misterio, enseguida descubriremos que en el Belén el Niño Dios nos pide que nuestros sentimientos, nuestras actitudes y nuestros hechos reflejen sus deseos para los seres humanos, a los que ama y quiere seguir amando cada día a través de nuestro amor y nuestro servicio. Es así como se le da vida a los belenes.

Hagamos entonces en navidad belenes vivientes con nuestra acción solidaria en favor de los más necesitados. De ese modo nuestra mirada al Belén será como Dios manda. En estos tiempos de grandes problemas sociales, como son los nuestros, hemos de mirar al Belén con ojos favorables a un mundo en paz, del que desaparezca el odio, la violencia y de terror; sintamos el Belén con el dolor de los inmigrantes, de los que saltan las vallas, de los surcan los mares en frágiles pateras, de los que pierden la vida en sus aguas, de los que viven sin papeles y sin derechos; amemos el Belén con todos los que buscan que se respete la vida sin ninguna interrupción provocada por la mano del hombre; montemos el Belén con el trabajo de todos y para todos y aspiremos desde él una sociedad en la que no haya excluidos; soñemos el Belén con mujeres respetadas en su dignidad y sin signos interiores o externos de violencia; busquemos en el Belén a niños y niñas siempre queridos, respetados y bien orientados hacia un futuro en el que no tengan nada que temer; miremos con alegría le belleza de los ríos, de las montañas, de los árboles, de la naturaleza respetada para bien de toda la humanidad.

Y aunque todo lo que acabamos de poner en el Belén es imprescindible, os voy a proponer algo aún más concreto para hacer vivientes nuestros belenes: os invito a todos los diocesanos a que colaboréis con vuestros donativos a dignificar la vivienda de los más pobres. Propongo, sobre todo, que les ayudemos a pagar la hipoteca, la renta, la luz y el agua… Lo podéis hacer a través de Cáritas Diocesana o de las cáritas parroquiales,indicando esta intención. Me consta que para alimentos, vestidos y otras necesidades estáis colaborando abundantemente en estos días. Sería muy hermoso que pudiéramos entre todos sostener la vivienda de los más necesitados entre nosotros. ¡Que no les suceda como a los Tres de Belén!

Cuando paséis ante un Belén no os olvidéis que con nuestra mirada lo hacemos viviente. Por eso siempre hemos de decir: yo soy uno más entre los “personajes” que adoran el Niños Dios y, justamente por eso, lo veo y lo sirvo en los pobres.

Feliz, santa y solidaria Navidad.

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Plasencia

Mons. Amadeo Rodríguez
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Mons. Amadeo Rodríguez Magro nació el 12 de marzo de 1946 en San Jorge de Alor (Badajoz). Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Badajoz, del que luego sería formador. Recibió la ordenación sacerdotal el 14 de junio de 1970. Su primer destino pastoral fue de coadjutor de la parroquia emeritense de San Francisco de Sales (1970-1974), de la que posteriormente sería párroco (1977-1983). Tras obtener la licenciatura en Ciencias de la Educación (sección Catequética) en la Universidad Pontificia Salesiana de Roma (1983-1986), D. Amadeo fue nombrado por su Obispo, D. Antonio Montero, vicario episcopal de Evangelización y director de la Secretaría Diocesana de Catequesis (1986-1997), siendo también designado vicario territorial de Mérida, Albuquerque y Almendralejo; y finalmente vicario general (1996-2003). Fue además secretario general del Sínodo Pacense (1988-1992) y secretario de la conferencia de Obispos de la Provincia Eclesiástica de Mérida-Badajoz (1994-2003). En 1996 fue nombrado canónigo de la Catedral de Badajoz, cuyo cabildo presidió de 2002 a 2003. Realizó su labor docente como profesor en el Seminario, en el Centro Superior de Estudios Teológicos, en la escuela diocesana de Teología para Laicos (1986-2003) y de Doctrina Católica y su Pedagogía en la Facultad de Educación de la Universidad de Extremadura (1987-2003). También formó parte del consejo asesor de la Subcomisión Episcopal de Catequesis de la Conferencia Episcopal Española. El 3 de julio de 2003 San Juan Pablo II le nombra obispo de Plasencia y recibe la ordenación episcopal en la Catedral de Plasencia el 31 de agosto de 2003. En la Conferencia Episcopal Española es el vicepresidente de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis y presidente de la Subcomisión Episcopal de Catequesis desde 2014, de la que ya era miembro desde 2003. También ha formado parte de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias de 2005 a 2011. El 9 de abril de 2016 se hizo público su nombramiento como obispo de Jaén. Tomó posesión de su cargo el día 21 de mayo de 2016.