Año de la Vida Consagrada

antonio-canizarezMons. Antonio Cañizares      Coincidiendo con el primer domingo de Adviento, iniciamos en toda la Iglesia, convocado por el Papa Francisco, el Año de la Vida Consagrada para conocer mejor, amar y valorar más la Vida Consagrada, para elevar a Dios nuestra plegaria por todas aquella personas que siguen este camino de perfección evangélica dentro de la Iglesia y para pedir también a Dios que suscite vocaciones a la vida consagrada y le conceda a su Iglesia y a la humanidad entera abundantemente este don inmenso que es la vida de especial consagración a Dios.

Nuestra sociedad tiene necesidad de hombres y mujeres que, en una vida consagrada, den testimonio de Dios vivo ante un mundo que lo niega u olvida; que afirmen con sus vidas y su palabra, sin rodeos, el amor de Dios a todos y a cada uno; que muestren los más altos valores espirituales, a fin de que a nuestro tiempo no falte la luz de las más altas conquistas del espíritu; que nos traigan a la memoria algo que solemos olvidar fácilmente: que en el mundo venidero «Dios lo será todo en todos». Vidas de hombres y mujeres consagradas son una de las señales más elocuentes de la presencia y soberanía de Dios en este mundo y de la libertad de sus hijos. Nuestro mundo, tan cerrado sobre sí mismo a Dios, necesita como nunca de estos testigos. Sin ellos podrían cerrarse todos los portillos por donde la luz entra en nuestro mundo.

Este Año que la Iglesia dedica de manera especial a la vida consagrada debería ser para todos en la Iglesia –en particular en nuestra diócesis– hondamente alentador y esperanzador por mostrarnos la riqueza inmensa que es para la Iglesia el don de la vida consagrada; debería igualmente hacer sentir a todo el Pueblo de Dios y aumentar el gozo y el agradecimiento vivo por este gran don que Dios Omnipotente hace a su Iglesia.

Necesitamos conocer más y mejor la vida consagrada, quererla y valorarla muchos más, ayudarla y apoyarla. No se la conoce suficientemente y, por eso, no se la ama ni se la aprecia, busca o sigue como sería necesario. Y, sin embargo, es algo que nos afecta profundamente, tanto que está en el corazón mismo de la Iglesia como elemento decisivo para su misión, constituye un don precioso y necesario para el presente y el futuro del Pueblo de Dios, porque pertenece íntimamente a su vida, a su santidad y a su misión, al tiempo que indica la naturaleza misma de la vocación cristiana y la aspiración de toda la Iglesia a la unión con su Señor.

A lo largo de los siglos, gracias a Dios, nunca han faltado hombres y mujeres que, dóciles a la llamada del Padre y al Espíritu, han elegido este camino de especial consagración a Dios viviendo fielmente los consejos evangélicos, es decir, siguiendo a Cristo pobre, virgen y obediente, y dedicándose a Él con un corazón indiviso. Su radicalidad evangélica en el don de sí mismos por amor al Señor Jesús y, en Él, a cada miembro de la familia humana; su entrega y servicio fraterno a los más pobres y abandonados; su dedicación a la oración por toda la Iglesia y por todos los hombres; su consagración a la obra de evangelización, donde han llevado a cabo gestas admirables; y tantos otros y fundamentales aspectos de la vida consagrada hacen que miremos esta forma de vida con reconocimiento, admiración y gratitud.

Necesitamos la vida consagrada; necesitamos conocerla y darla a conocer entre todos los miembros del Pueblo de Dios; necesitamos acompañar a quienes han recibido este don y viven conforme a él, con nuestra oración, con nuestro aprecio más sincero, con nuestro apoyo; necesitamos suscitar vocaciones para esta forma de vida. Y esto porque, además, lo necesitan la Iglesia y los hombres, siempre, pero sobre todo en estos momentos donde se hace tan necesario el testimonio de que sólo Dios y su Reino bastan, y donde se experimenta con tanta fuerza la urgencia de comunidades cristianas que sean signo y presencia de la nueva humanidad fraterna y servicial que brota del Evangelio de Jesucristo y hagan de la evangelización su gozo y su dicha más íntima. Por eso es necesario renovar y revitalizar la vida consagrada. Como pide y reclama la Iglesia, como lo pidió en el Concilio Vaticano II, como lo ha pedido a través de los Papas últimos –san Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco–, que éste sea un Año de renovación, de purificación, de revitalización, de florecimiento y de frutos abundantes de la vida consagrada en conformidad con lo que la Iglesia espera y necesita según el querer de Dios.

A todos invito a conocer de cerca y a amar la vida consagrada. Y a cuantos viven esta vida consagrada les reitero mi gran aprecio, admiración, reconocimiento y agradecimiento por cuanto son y hacen en favor de toda la Iglesia, concretamente la que peregrina en estas tierras de Valencia (¡Cuánto les debemos!). Elevo a Dios mi súplica, para que el Señor suscite vocaciones para los distintos carismas: Les pido que permanezcan fieles al don y al carisma que han profesado, sigan siendo medio privilegiado de evangelización eficaz; a través de su ser más íntimo, vivan en el corazón de la Iglesia, sedienta del Absoluto de Dios, mostrando su vocación a la santidad; den testimonio de esa santidad; encarnen la Iglesia deseosa de entregarse al radicalismo de las bienaventuranzas; sean, por su vida, signo de total disponibilidad para con Dios, la Iglesia y los hermanos. Y, para esto, el mensaje del Adviento constituye una llamada, un camino: vivan en esperanza y en vela anhelando y anticipando la venida del Señor. No olviden, no olvidemos ninguno, que con el Adviento se renueva la llamada insistente a la esperanza. La gran palabra y el gran apremio de este tiempo –providencialmente coincidente con los comienzos del «año de la vida consagrada»– es «¡velad!», «estad preparados», «esperad».

Demos gracias a Dios por el inmenso don, muestra de su amor, de la vida consagrada. Que Él les pague cuanto “son y hacen” los consagrados y consagradas como sólo Él sabe hacerlo. Que Dios les bendiga copiosamente. Oremos todos por ellos y pidámosle que les conceda abundancia de vocaciones.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

Card. Antonio Canizares
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Emmo. y Rvmo. Sr. Antonio CAÑIZARES LLOVERA El Cardenal Antonio Cañizares, nombrado el 28 de agosto de 2014 por el papa Francisco arzobispo de Valencia, nació en la localidad valenciana de Utiel el 15 de octubre de 1945. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Valencia y en la Universidad Pontificia de Salamanca, en la que obtuvo el doctorado en Teología, con especialidad en Catequética. Fue ordenado sacerdote el 21 de junio de 1970. Los primeros años de su ministerio sacerdotal los desarrolló en Valencia. Después se trasladó a Madrid donde se dedicó especialmente a la docencia. Fue profesor de Teología de la Palabra en la Universidad Pontificia de Salamanca, entre 1972 y 1992; profesor de Teología Fundamental en el Seminario Conciliar de Madrid, entre 1974 y 1992; y profesor, desde 1975, del Instituto Superior de Ciencias Religiosas y Catequesis, del que también fue director, entre 1978 y 1986. Ese año, el Instituto pasó a denominarse «San Dámaso» y el Cardenal Cañizares continuó siendo su máximo responsable, hasta 1992. Además, fue coadjutor de la parroquia de "San Gerardo", de Madrid, entre 1973 y 1992. Entre 1985 y 1992 fue director del Secretariado de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española. Creado Cardenal en marzo de 2006 El papa Juan Pablo II le nombró Obispo de Ávila el 6 de marzo de 1992. Recibió la ordenación episcopal el 25 de abril de ese mismo año. El 1 de febrero de 1997 tomó posesión de la diócesis de Granada. Entre enero y octubre de 1998 fue Administrador Apostólico de la diócesis de Cartagena. El 24 de octubre de 2002 fue nombrado Arzobispo de Toledo, sede de la que tomó posesión el 15 de diciembre de ese mismo año. Fue creado Cardenal por el Papa Benedicto XVI en el Consistorio Ordinario Público, el primero de su Pontificado, el 24 de marzo de 2006. Cargos desempeñados en la CEE y en la Santa Sede En la Conferencia Episcopal Española ha sido vicepresidente (2005-2008), miembro del Comité Ejecutivo (2005-2008), miembro de la Comisión Permanente (1999-2008), presidente de la Subcomisión Episcopal de Universidades (1996-1999) y de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis (1999-2005). El Papa Juan Pablo II lo nombró miembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe el 10 de noviembre de 1995. El 6 de mayo de 2006, el Papa Benedicto XVI le asignó esta misma Congregación, ya como Cardenal. También como Cardenal, el Papa le nombró, el 8 de abril de 2006, miembro de la Comisión Pontificia “Ecclesia Dei”. El Cardenal Cañizares ha sido fundador y primer Presidente de la Asociación Española de Catequetas, miembro del Equipo Europeo de Catequesis y director de la revista Teología y Catequesis. Es miembro de la Real Academia de la Historia desde el 24 de febrero de 2008. Igualmente, el Papa nombró al Cardenal Cañizares Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en diciembre de 2008. De otro lado, el cardenal fue nombrado en 2010 “Doctor Honoris Causa” por la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir” (UCV) Nombrado Arzobispo de Valencia el 28 de agosto de 2014. Tomó posesión de la Archidiócesis el 4 de octubre de 2014