Adviento: Salgamos al desierto

atilanoRodriguezMartinezMons. Atilano Rodríguez       Durante el tiempo de Adviento la Iglesia nos invita a una profunda conversión para acoger a Dios, que viene a quedarse con nosotros bajo la figura débil de un niño nacido en la pobreza de un establo. El Dios que quiere salvar a la humanidad no viene con aires de grandeza, de poder o de fuerza. Sólo desea plantar su tienda humilde entre nosotros para enjugar nuestras lágrimas y consolarnos en los momentos de sufrimiento.

Juan el Bautista, el precursor, nos orienta en la búsqueda del esperado por las naciones y nos anima a avanzar con paso firme para prepararle el camino de nuestro corazón, dándole una nueva orientación a nuestra existencia. Para descubrir y acoger al enviado del Padre, como la mejor noticia para el hombre de todos los tiempos, somos invitados a salir al desierto y a buscar espacios de soledad.

Ahora bien, esta salida al desierto no puede ser nunca una huida del mundo y de la realidad, sino la ocasión necesaria y propicia para “tratar a solas con Dios” y para “estar a solas con El solo”, como nos dice Santa Teresa de Jesús. En medio del silencio y la soledad del desierto somos invitados a buscar los caminos de Dios, a entrar en nuestro interior con el fin de descubrir el valor de lo que es esencial para ser y vivir con sentido y esperanza.

Todos necesitamos salir al desierto en determinados momentos de la vida para dejar a un lado por un tiempo las preocupaciones de cada día, para confrontarnos con nosotros mismos y para acoger la Palabra que puede iluminar nuestro camino. La experiencia de sabernos amados por Dios y la confianza en su salvación nos consuela en medio del dolor y nos impulsa a seguir peregrinando a pesar de las dificultades del camino.

Quien ha experimentado en su vida el amor infinito de Dios encuentra la fuerza necesaria para salir de sí mismo y de sus seguridades, para acercarse al hermano como alguien que le pertenece y para compartir con él las dificultades de la existencia. Como nos dice el papa Francisco: “Más allá de las apariencias, cada uno es inmensamente sagrado y merece nuestro cariño y nuestra entrega” (EG 274).

El descubrimiento de nuestra dignidad y de la dignidad de nuestros semejantes ha de impulsarnos a prolongar la misión llevada a cabo por Jesús a lo largo de su vida pública. La contemplación de la dignidad humana nos urge a realizar gestos y a ofrecer palabras de consuelo a quienes han perdido la esperanza y no encuentran razones para vivir.

Nuestro mundo está necesitado de personas que, habiendo descubierto al enviado del Padre como Buena Noticia, estén dispuestos a ofrecer buenas noticias y consuelo a sus hermanos, ayudándoles a experimentar la liberación de Dios para que puedan salir del desierto y de la tristeza en la que se encuentran. Para que esto sea posible, todos necesitamos convertirnos al Señor y a los hermanos, dando un nuevo rumbo a la forma de pensar, de vivir y de actuar. Que el Señor nos ayude.

Con la bendición de Dios, feliz día del Señor.

Atilano Rodríguez,

Obispo de Sigüenza-Guadalajara

Mons. Atilano Rodríguez
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Mons. D. Atilano Rodríguez nació en Trascastro (Asturias) el 25 de octubre de 1946. Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario de Oviedo y cursó la licenciatura en Teología dogmática en la Universidad Pontificia de Salamanca. Fue ordenado sacerdote el 15 de agosto de 1970. El 26 de febrero de 2003 fue nombrado Obispo de Ciudad Rodrigo, sede de la que tomó posesión el 6 de abril de este mismo año. En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Apostado Seglar y Consiliario Nacional de Acción Católica desde el año 2002. Nombrado obispo de Sigüenza-Guadalajara el día 2 de febrero de 2011, toma posesión de su nueva diócesis el día 2 de abril en la Catedral de Sigüenza.