Que, cuando venga, nos encuentre velando

Mons. Braulio Rodríguez PlazaMons. Braulio Rodríguez            Año tras año esperamos al Señor, al Hijo de Dios. Su nacimiento cambió la existencia de la humanidad; cambió también la nuestra. ¿Hemos preparado de veras su venida? El tiempo pasa en silencio, y la venida de Cristo está cada vez más cerca. Son oportunidades constantes. ¿Qué hay qué hacer? No son cosas complicadas: pedirle que permanezcamos en espera ardiente, porque estamos cansados del camino y Él viene seguro. Pidamos que nos conceda un corazón nuevo y honrado o un corazón perfecto, esto es, que comience de inmediato a obedecerle a sus sugerencias e indicaciones. Sí, hermanos, tenemos que buscar su rostro, y la obediencia es la única manera de buscarlo.

Todos nuestros deberes de estado, por ejemplo, son obediencia; hacer lo que Él pide es obedecerle, y obedecerle es acercarse a Él. En realidad Él no está lejos, aunque lo parezca. Sabemos que aquella primera venida (la primera Navidad) se realizó en la humildad de nuestra carne. La última se realizará en la gloria del Resucitado. Y la venida cotidiana a nuestra vida se produce en la fe y en la caridad, generando en nosotros una esperanza que no se acaba. Pero la fe y la caridad hemos de activarlas, pues no nos sirven en “stand by”. Así que, porque esperamos, podemos ponernos a la tarea de transformar nuestra vida y nuestro mundo.

En muchas ocasiones, no damos crédito a Jesús que nos dice: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día, y que siga” (Lc 9,23). El seguimiento de Jesús, pues, no consiste únicamente en unos cuantos esfuerzos ocasionales, unas pocas obras buenas aquí o allá, o un temporada de cambio de vida, de oración o de empeño. Es el tipo de obediencia que caracteriza a quienes el mundo considera “un gran hombre o mujer”; es decir, una persona con nobles cualidades, que de vez en cuando se comporta con heroísmo, que sombra y pone en vilo a sus espectadores, pero en su vida privada carece de solidez religiosa, no ajusta sus pensamientos, palabras y obras a la ley de Dios.

Así pues, si una persona quiere saber si sigue soñando en el sueño de este mundo o está en vela y vivo para Dios, que primero fije su atención en alguno de sus defectos dominantes. Cualquiera que acostumbre a examinarse mínimamente conoce sus defectos. Muchos tienen más de uno, todos tenemos alguno que otro, y al luchar contra ellos y vencerlos, la abnegación encuentra su primer frente de batalla. Unos somos indolentes y amigos de la diversión; otros son apasionados y de mal carácter; el otro es vanidoso, aquel no controla la lengua. Todos somos débiles.

Cada uno piense cuál es su punto débil; ahí tiene la prueba que busca. No nos creamos seguros; hemos de rezar y vigilar: rezar pidiendo a Dios sin cesar que nos ayude con su gracia, y vigilar con temor y temblor para no caer. Puede que el defecto al que somos más propensos no se presente todos los días. Pongámonos en pie cada por las mañanas con el propósito de que, con la gracia de Dios, el día no pase sin algún renunciamiento. Si nos probamos diario en cosas pequeñas, veremos que nuestra fe no es un engaño. Así podemos disfrutar de la gracia de la próxima Navidad en lo que tiene de memoria del nacimiento de Cristo, y nos prepararemos mejor a esa misma Navidad, profecía de lo que será la venida definitiva del Verbo de Dios..

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.