“Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor”

Mons. Juan José OmellaMons. Juan José Omella      Primer domingo de Adviento

¡Qué ciertas son estas palabras del Señor! No sabemos ni el día ni la hora de nuestro encuentro personal con Dios tras la muerte, ni sabemos qué día vendrá el Señor a juzgar a los vivos y a los muertos al final de los tiempos.

Adviento significa venida y espera. Esperamos la venida del Señor en Navidad, lo esperamos con María la Virgen, con el profeta Isaías y con Juan el Bautista, las tres grandes figuras de este tiempo litúrgico que nos servirán de luz y de referencia. Cuanto mejor nos preparemos para la Navidad, más fruto producirá en nosotros y en nuestro mundo tan convulso ese hecho histórico – el más importante de toda la historia de la humanidad – que es el Dios que se hace hombre y nace en Belén de la entrañas de una Madre y Virgen. Volveremos sobre ello en los próximos domingos.

Hoy quiero fijar vuestra atención en la segunda venida del Señor al final de los tiempos. Una venida misteriosa de la que Jesús guardó una discreción absoluta. ¿Qué pretendía Jesús con ese silencio? Alguien ha dicho que intentó meternos miedo. No es ese el estilo de Jesús. Tampoco una amenaza: Dios no está a la caza del pecador, del negligente ni del descreído. El Papa Francisco – y con él todos los papas de la historia – nos dice que Jesús es rico en misericordia, en ternura, y que nos ama con un amor que no tiene medida.

¡Cuántas veces hemos experimentado todos el perdón de Jesús en el pecado, en la frialdad y en el abandono! No es algo nuevo, no es una sorpresa. A lo largo de nuestra vida hemos ido conociendo el amor de Dios y lo hemos ido olvidando o dejándolo enfriar. Nuestro amor a Dios ha tenido, y tiene, muchos altibajos.

Hoy, al comienzo del Adviento, nos podemos hacer la siguiente pregunta: “Si creemos de verdad que Jesucristo vendrá al final de los tiempos, ¿cómo debe ser nuestra vida, nuestra conducta, nuestro comportamiento para con Él y para con el prójimo?”.

En la Eucaristía, una vez terminada la Consagración, dice el sacerdote: “Este es el sacramento de nuestra fe”, a lo que el pueblo responde aclamando: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu Resurrección, ¡ven, señor Jesús!”. Qué importante será para nuestra vida cristiana el que aprovechemos este tiempo del Adviento para hacer un pequeño parón para reflexionar y para orar, para examinar nuestra conciencia y tomar alguna decisión que nos lleve a mejorar algún aspecto concreto de nuestra vida. Es cierto que la venida del Señor al final de los tiempos – así como su venida en nuestra propia muerte – se nos puede antojar como algo tan lejano que nos suena a irreal, pero precisamente por eso Jesús nos alerta a “estar en vela, a vigilar”, a despertar de nuestro sueño, de nuestro letargo, de nuestra rutina.

San Pablo nos recomienda con la vivacidad que le es tan propia: “revestíos del Señor Jesús” (Rom 13, 14), que no es otra cosa que una invitación a vivir un estilo de vida muy concreto … y muy exigente. Revestirse de Jesús quiere decir pensar como pensaba Él, actuar como actuaba Él, trabajar como trabajaba Él, amar como amaba Él.

El vestido de Jesús hemos de llevarlo, no de cualquier manera, sino a gusto y con dignidad y coherencia. También es preciso luchar (esforzarse) para no desgarrarlo, mancharlo y no digamos perderlo. Más aún, hay que dar la vida por él.

El Señor viene. ¡Que la Virgen de la Esperanza nos ayude a estar a la altura de las circunstancias!

Con mi afecto y bendición,

+ Juan José Omella Omella
Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.