Ser Iglesia Misionera en la gran ciudad

Mons. Carlos OsoroMons. Carlos Osoro     Una gran misión tiene la Iglesia en medio de la ciudad: acentuar el primado de Dios, renovar los vínculos entre los que viven en ella, haciendo posible que realicen esa versión nueva de vivir, de pasar de “ser islas” o desconocidos a ser “imágenes de Dios” que, por tanto, al vivir con el amor mismo de Dios, no pueden prescindir de nadie que esté viviendo junto a ellos, sino que son capaces de crear un “ethos urbano” que provoque en todos los que la habitan pasar de ser “desconocidos” a ser “hermanos”. Y ello les da una capacidad creativa, de búsqueda y de realizaciones en medio de la ciudad, en todos los lugares donde la comunidad cristiana se reúne, de buscar “lugares de encuentro” donde todos son reconocidos y tratados en la dignidad que todo ser humano tiene y le ha dado como estatuto de existencia en medio del mundo Dios mismo. Habiéndose manifestado y revelado ese estatuto del hombre y de Dios en Jesucristo Nuestro Señor.

El Beato Pablo VI nos decía así: “La Iglesia existe para evangelizar, o sea, para dar testimonio, de una manera sencilla y directa, de Dios revelado por Jesucristo mediante el Espíritu Santo” (EN 26). De ahí que el primado de Dios es esencial manifestarlo, decirlo, proclamarlo. Siempre habrá que proclamar la feliz noticia de que Dios habita entre nosotros y de que esa eterna comunión entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo es de la que tiene que vivir la Iglesia y manifestar a todos los hombres para que sean esa gran familia que tiene un signo que la distingue y que promueve, a quien la hace, a vivir en esa comunión, que tiene un signo, como es la “señal de la Cruz”. Decir “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” y hacer esa señal públicamente en medio de la ciudad no es un gesto más, al contrario, es ese gesto único por el que quien lo hace reconoce que la primacía sobre todas las cosas la tiene Dios, y que el ser humano alcanza la máxima dignidad y la promueve cuando, viviendo esa comunión trinitaria en medio del mundo y junto a los hombres, construye esa “nueva ciudad” de hermanos e hijos de Dios. Ha sido Jesucristo quien nos ha revelado a Dios y nos ha dicho cómo se ha comunicado en la entrega del Hijo encarnado hasta la cruz y en la donación del Espíritu Santo para que participemos en su amor abundante.

¡Qué fuerza tiene para todos los hombres la fe y la adhesión a Nuestro Señor Jesucristo! Él no sólo nos enseña a dar, sino que nos dice algo mucho más importante: hay que darse. Acoger la vida de Nuestro Señor Jesucristo supone entregar una novedad tan grande en medio de esta historia, que en nada se puede comparar. Los cristianos tenemos ya esa novedad por el Bautismo, somos partícipes ya de la vida de Nuestro Señor Jesucristo, hemos sido engendrados de nuevo a la vida de Dios mismo y de la verdadera identidad y verdad del hombre. Por eso, estamos llamados a “suscitar”, “consolidar”, “madurar”, “sanar”, “afianzar”, “promover”, “dar un nuevo estatuto a la historia de los hombres con el humanismo verdadero”. Ser misioneros en medio de la ciudad supone entregarnos a purificar y elevar la dignidad del hombre a la medida que solamente Dios ha dado, de tal manera que la fe y la adhesión a Jesucristo no es una cuestión secundaria o de unos ilusos engañados, es la cuestión más humana que jamás se ha podido presentar.

En la ciudad, hemos de volver a hacer descubrir lo que los primeros cristianos hicieron cuando comenzó la evangelización: su tarea fue entrar en el corazón de aquellos hombres urbanos, hombres y mujeres de su tiempo; unos, paganos y entregados a toda clase de muerte, y otros, haciéndose dioses a su medida, que no daban salvación sino esclavitud, y que anunciaban el deseo de absoluto que estaba en sus corazones. Ellos tenían la realidad de un Dios-Amor que podía quitarles la sed que sentían, devolverles la dignidad humana y llevarles a una comunión con los demás que hiciese posible que quienes se encontraban con ellos recibieran y experimentaran el Amor mismo de Dios, que tenía nombre y rostro, Jesucristo.

No creamos lo que a veces se dice. El Dios que nosotros anunciamos no crea problemas para la paz en el mundo, ni tampoco para que los más pobres recuperen su dignidad, no crea odios, intolerancias o desuniones, no construye convivencia del descarte o de posicionamientos en los que unos tienen más privilegios que otros; al contario: si alguien tiene privilegio es el que más necesita. Por tanto, para construir la “nueva ciudad” no hay que prescindir del Dios que se nos ha revelado en Jesucristo. Prescindir de Él es construir “vieja ciudad”: que es “deshonesta”, donde el culto al dios-poder tiene su vigencia o el culto al dios-dinero que esclaviza y utiliza, donde una imagen deformada de Dios deforma a Dios, al hombre y la convivencia entre nosotros, pues suscita eliminaciones, muertes, irracionalismos, fanatismos y fundamentalismos. El Dios que se nos revela en Jesucristo es aquél de quien Él dijo: “Dios es amor”, y por tanto suscita siempre amor y no odio, reconciliación y perdón, encuentro y no desencuentro, “vencer el mal con el bien” (Rm 12, 21). Pero ¿quién es el Bien? Tiene rostro, lo hemos conocido los hombres, es Jesucristo, que nos dijo: “Dios es Amor” (1 Jn 4, 8).

Los cristianos, para evangelizar la ciudad, hemos de ser atravesados y hemos de atravesar todos los caminos de la vida de todos los hombres con los que nos encontremos. Y lo hemos de hacer con el contenido fundamental de nuestra fe, creído, vivido y manifestado en obras, Jesucristo, al que damos rostro y hacemos posible su encuentro personal con los hombres. Digamos con la fuerza del testimonio: Dios es Amor, se ha manifestado y revelado en Jesucristo muerto por amor a los hombres, Él ha Resucitado dándonos su vida. Todos los areópagos son buenos. Los cristianos hemos de construirlos para establecer un diálogo abierto y una comunicación de hondura con todos los hombres: todo lo que hagamos por tener lugares de encuentro con los hombres que en la gran ciudad andan y viven mucha soledad, es misión de la Iglesia. Pero hoy hay unos que son nuevos y muy importantes, que deseo destacar: los medios de comunicación social, en los que tan bellamente se fijó el Concilio Vaticano II. La Iglesia misionera en la nueva ciudad tiene que emplear sus códigos simbólicos en los que se haga “una oración que hable del hombre a Dios y un anuncio que hable de Dios al hombre”.

Con gran afecto y mi bendición:

+Carlos Osoro,

Arzobispo de Madrid

 

Card. Carlos Osoro
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Carlos Osoro Sierra fue nombrado arzobispo de Madrid por el Papa Francisco el 28 de agosto de 2014, y tomó posesión el 25 de octubre de ese año. Desde junio de 2016 es ordinario para los fieles católicos orientales residentes en España. El 19 de noviembre de 2016 fue creado cardenal por el Papa Francisco. El prelado nació en Castañeda (Cantabria) el 16 de mayo de 1945. Cursó los estudios de magisterio, pedagogía y matemáticas, y ejerció la docencia hasta su ingreso en el seminario para vocaciones tardías Colegio Mayor El Salvador de Salamanca, en cuya Universidad Pontificia se licenció en Teología y en Filosofía. Fue ordenado sacerdote el 29 de julio de 1973 en Santander, diócesis en la que desarrolló su ministerio sacerdotal. Durante los dos primeros años de sacerdocio trabajó en la pastoral parroquial y la docencia. En 1975 fue nombrado secretario general de Pastoral, delegado de Apostolado Seglar, delegado episcopal de Seminarios y Pastoral Vocacional y vicario general de Pastoral. Un año más tarde, en 1976, se unificaron la Vicaría General de Pastoral y la Administrativo-jurídica y fue nombrado vicario general, cargo en el que permaneció hasta 1993, cuando fue nombrado canónigo de la Santa Iglesia Catedral Basílica de Santander, y un año más tarde, presidente. Además, en 1977 fue nombrado rector del seminario de Monte Corbán (Santander), y ejerció esta misión hasta que fue nombrado obispo. Durante su último año en la diócesis, en 1996, fue también director del centro asociado del Instituto Internacional de Teología a Distancia y director del Instituto Superior de Ciencias Religiosas San Agustín, dependiente del Instituto Internacional y de la Universidad Pontificia de Comillas. El 22 de febrero de 1997 fue nombrado obispo de Orense por el Papa san Juan Pablo II. El 7 de enero de 2002 fue designado arzobispo de Oviedo, de cuya diócesis tomó posesión el 23 de febrero del mismo año. Además, desde el 23 de septiembre de 2006 hasta el 9 de septiembre de 2007, fue el administrador apostólico de Santander. El 8 de enero de 2009, el Papa Benedicto XVI lo nombró arzobispo de Valencia; el 18 de abril de ese año tomó posesión de la archidiócesis, donde permaneció hasta su nombramiento como arzobispo de Madrid en 2014. Tras su participación en la XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, celebrada del 4 al 25 de octubre de 2015 y dedicada a la familia, el 14 de noviembre de ese año, el Papa Francisco lo eligió como uno de los miembros del XIV Consejo Ordinario de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos; un organismo permanente que, en colaboración con el Pontífice, tiene como tarea la organización del Sínodo, así como elaboración de los textos y documentación que servirá de base para los estudios de la Asamblea. El 9 de junio de 2016, el Papa Francisco erigió un Ordinariato para los fieles católicos orientales residentes en España, con el fin de proveer su atención religiosa y pastoral, y nombró a monseñor Osoro como su ordinario. El 9 de octubre de 2016, el Papa Francisco anunció un consistorio para la creación de nuevos cardenales de la Iglesia católica, entre los que figuraba monseñor Osoro. El día 19 de noviembre de 2016 recibió la birreta cardenalicia de manos del Sumo Pontífice en el Vaticano. En la Conferencia Episcopal Española (CEE) fue presidente de la Comisión Episcopal del Clero de 1999 a 2002 y de 2003 a 2005; presidente de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar hasta marzo de 2014 (fue miembro de esta Comisión desde 1997) y miembro del Comité Ejecutivo entre 2005 y 2011. Ha sido vicepresidente de la CEE durante el trienio 2014-2017. Ahora pertenece al Comité Ejecutivo como arzobispo de Madrid. Desde noviembre de 2008 es patrono vitalicio de la Fundación Universitaria Española y director de su seminario de Teología.