Dos nuevos beatos

Valladolid Ricardo Blazquez PérezMons. Ricardo Blázquez         Los días 27 de septiembre y 1 de noviembre fueron beatificados Mons. Álvaro del Portillo en Madrid y D. Pedro de Asúa en Vitoria. Los dos antes de recibir la ordenación sacerdotal con la preparación correspondiente habían ejercido profesiones civiles, uno ingeniero de caminos y otro arquitecto. Son dos celebraciones gozosas, y, además, beatificar significa declarar dichoso y feliz junto al Señor para siempre a un cristiano, a quien siguió como discípulo (cf. 12, 23-26).

La beatificación de Álvaro del Portillo y Pedro de Asúa significa glorificar la gracia de Dios que ha triunfado en sus siervos y agradecer la fidelidad de nuestros hermanos que pacientemente respondieron a la vocación a la santidad; nos invitan a tener presente diariamente el cielo como nuestra meta sin extraviarnos; nos acogemos a la intercesión de estos amigos beatificados; nos estimulan con su ejemplo en medio de las luces y las oscuridades de la vida. Ellos son eternamente felices junto a Dios y a nosotros nos muestran el camino de la dicha auténtica.

Don Pedro de Asúa.

Nació el día 30 de agosto de 1890 en Valmaseda (Vizcaya), entonces perteneciente a la Diócesis de Vitoria y ahora a la de Bilbao. El año 1915 obtuvo el título de arquitectura en Madrid. Sus brillantes dotes aparecen en el teatro Coliseo Albia de Bilbao. En 1917 fundó en su pueblo la Adoración Nocturna. Ordenado sacerdote el 14 de junio de 1924, contrariando sus deseos de ejercer como párroco en un pueblo pequeño, le fue encargada la construcción del seminario de Vitoria, que fue inaugurado el 28 de septiembre de 1930; grandioso edificio-seminario y pronto emblemática comunidad-seminario.

D. Pedro de Asúa padeció el martirio el día 29 de agosto de 1936 en el término municipal de Liendo (Cantabria), a donde fue conducido por un grupo de milicianos, uno de los cuales testificó más tarde en el proceso de beatificación. Cuando estaba a punto de ser fusilado les dijo sin resentimiento y con amor: “Yo os perdono”, imitando así a Jesús en la cruz y al protomártir Esteban (cf. Lc. 23, 34; Act. 7, 60). Una vez otorgado el perdón, oró bendiciendo a Dios. Arrojaron su cadáver a una cantera de piedra de cal donde fue descubierto varias semanas más tarde, por el fuerte olor pestilente que en el verano desprendía, y que los pájaros y alimañas habían devorado en parte. Fue identificado su cadáver fácilmente, por los dos orificios de bala en la chapela, por el crucifijo que siempre llevaba, por un reloj de bolsillo que le regaló una familia como obsequio por un trabajo de arquitecto y por la pluma con que escribía los planos. Quienes participaron el día 1 de noviembre en la beatificación pudieron contemplar estos signos tan evocadores en una pequeña exposición dentro de la misma catedral de Vitoria.

D. Pedro tenía fama da santo; el martirio, además de sellar con la sangre la fe en Dios, ratificó la trayectoria anterior. Vivió personalmente el lema de la escuela sacerdotal de Vitoria “solo sacerdote, siempre sacerdote y en todo sacerdote”. Fue hombre de oración, apóstol celoso, solícito en la ayuda a los necesitados. En la bella urna donde se conservan sus restos están escritas en euskera unas palabras de Jesús: “Quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará” (Mc. 8, 35). ¡Que su sangre sea semilla de fieles cristianos y de vocaciones sacerdotales!

Mons. Álvaro del Portillo.

Nació en Madrid el día 11 de marzo de 1914 y murió en Roma el 23 de marzo de 1994, al día siguiente de haber celebrado la Misa junto al Cenáculo de Jerusalén. En la Carta del Papa Francisco a Mons. Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei, con ocasión de la beatificación de D. Álvaro, podemos leer: En Madrid tuvo lugar “el acontecimiento que selló definitivamente el rumbo de su vida: El encuentro con san Josemaría Escrivá, de quien aprendió a enamorarse cada día más de Cristo. Sí, enamorarse de Cristo”. Se adhirió al Opus Dei el año 1935. El enamoramiento significa excitar en una persona la pasión del amor. Con esta fuerza se puede mantener la fidelidad cotidiana en las tareas ordinarias y afrontar las duras pruebas con paciencia y alegría. Con el impulso de este amor enardecido es posible transmitir celosamente el Evangelio. El amor no es un sentimiento sensible y movedizo ni un estado de ánimo pasajero ni una vida arrastrada sin ilusión. El amor auténtico se avala con la cruz por la persona amada. Para evangelizar se necesita la irradiación del entusiasmo.

En la oración colecta de la Misa de beatificación se subraya el servicio humilde del siervo de Dios a la misión salvífica de la Iglesia. La discreción, la sencillez, la ocultación, el trabajo perseverante caracterizaron la vida de D. Álvaro. Nunca buscó la imagen ni la apariencia ni la gloria terrena. El siempre pasaba a segundo plano. Desde el silencio ante Dios se sembraba diariamente en el servicio a los demás y al carisma del Opus Dei, que pronto conoció y vivió, y lo consolidó y difundió generosamente.

Uno de sus libros en que se recogen textos dispersos lleva por título Hacer amable la verdad. El Evangelio es al mismo tiempo inseparablemente Verdad y Amor; consiguientemente la misión de los obispos, presbíteros, consagrados y laicos en la Iglesia debe transmitir verdad y misericordia; la verdad no es dura sino compasiva y el amor no es sentimentalismo sin entrega personal. La fidelidad en la vida diaria y perseverante es un nombre de amor.

Con bondad, humildad y una espontánea sonrisa como expresión de un corazón pacificado y sereno junto a Dios, se desgastó en el servicio del Señor, de la Iglesia y de los hermanos.

Los vallisoletanos tenemos un motivo añadido para celebrar gozosamente la beatificación y la acción de gracias a Dios recordando aquella fiesta magnífica y multitudinaria en el recinto de Valdebebas. D. Álvaro estuvo en Cigales los primeros meses del año 1939 al final de la guerra, como alférez al frente de una compañía del Arma de Ingenieros. Su madre era mexicana; y la iglesia del pueblo fue mandada construir por Mons. A. Alcalde o.p, obispo de Guadalajara, en el Estado de Jalisco en México, donde tiene dedicada una de las principales arterias de la ciudad. ¡Cuántas veces, al visitar la iglesia, se unirían en su oración las resonancias mexicanas, la de la sangre y la de la iglesia que providencialmente Dios había unido en la persona de un excelente hijo de Cigales y Obispo de Gualdalajara!. Son coincidencias elocuentes.

En nuestra vida cristiana y en nuestra misión apostólica necesitamos personas de referencia y de orientación por su ejemplo. Dos nuevos beatos, dos poderosos estímulos en nuestro camino.

+ Ricardo Blázquez

Arzobispo de Valladolid

Card. Ricardo Blázquez
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Don Ricardo Blázquez Pérez nació en Villanueva del Campillo, provincia y diócesis de Ávila, el 13-4-1942. Realizó sus estudios en los seminarios Menor y Mayor de Ávila (1955-67) y fue ordenado presbítero el 18-2-1967. Obtuvo el doctorado en Teología por la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma (1967-72) y también estudió en universidades alemanas. Sus 21 años de ministerio sacerdotal se centraron en la actividad docente. Fue secretario del Instituto Teológico Abulense (1972-76), profesor (1974-88) y decano (1978-81) de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca, así como vicerrector de la misma. El 8-4-1988 fue elegido obispo de la iglesia titular de Germa di Galazia y nombrado obispo auxiliar de Santiago de Compostela, recibiendo la ordenación episcopal en esa catedral el 29 de mayo siguiente de manos de D. Antonio María Rouco Varela. El 26-5-1992 fue designado obispo de Palencia y el 8-9-1995 obispo de Bilbao. El 13-3-2010 se hizo público su nombramiento por el papa Benedicto XVI como 14.º arzobispo metropolitano y 40.º obispo de Valladolid, sede de la que tomó posesión el 17-4-2010. Desde marzo de 2014 es el presidente de la Conferencia Episcopal Española, organismo del que ya fue presidente entre 2005 y 2008, y vicepresidente entre 2008 y 2014; anteriormente, fue miembro de la Comisión para la Doctrina de la Fe (1988-93) y de la Comisión Litúrgica (1990-93), y presidente de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe (1993-2002) y de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales (2002-05), así como Gran Canciller de la Universidad Pontificia de Salamanca (2000-04). El papa Francisco le creó cardenal en el consistorio del 14-2-2015, con el título de Santa Maria in Vallicella, y le nombró miembro de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (2014), de la Congregación para la Doctrina de la Fe, del Consejo Pontificio de la Cultura y de la Congregación para las Iglesias Orientales (todos en 2015) y de la comisión cardenalicia para la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (2016). Además de colaborar en la redacción de muchos documentos de la Conferencia Episcopal Española, son reseñables sus siguientes publicaciones: La resurrección en la cristología de Wolfhart Pannenberg (1976) Jesús sí, la Iglesia también (1983) Jesús, el Evangelio de Dios (1985) Las comunidades neocatecumenales. Discernimiento teológico (1988) La Iglesia del Concilio Vaticano II (1989) Tradición y esperanza (1989) Iniciación cristiana y nueva evangelización (1992) Transmitir el Evangelio de la verdad (1997) En el umbral del tercer milenio (1999) La esperanza en Dios no defrauda: consideraciones teológico-pastorales de un obispo (2004) Iglesia, ¿qué dices de Dios? (2007) Iglesia y Palabra de Dios (2011) Del Vaticano II a la Nueva Evangelización (2013) Un obispo comenta el Credo (2013)