Discernir la presencia del Reino de Dios

AGUSTINCORTÉSMons. Agustí Cortés       Discernir nuestra Iglesia Diocesana requiere conocerla y amarla. El último domingo del Tiempo Ordinario, con el que concluye el Año Litúrgico, la Iglesia contempla a Jesucristo como Rey del Universo. Esta contemplación reconoce a Jesucristo allá, al final de la historia, dominando los tiempos y los espacios, envuelto en gloria, alabado por todo el universo.

Los mismos ojos ven la realidad presente, el mundo actual y la Iglesia de hoy, nuestra Diócesis… El contraste es fuerte. ¿Qué pensar?

A veces para justificar una mirada crítica sobre la Iglesia subrayamos una afirmación que es cierta: la Iglesia no se identifica exactamente con el Reino de Dios. Esto, sin duda, es así. Pero, ¿es tan diferente del Reino de Dios? ¿Cómo podemos amar la Iglesia si en ella no hay una presencia real del Reino?

Todavía resuena en nosotros la beatificación del papa Pablo VI el pasado 19 de octubre. Ello ha sido ocasión de recordar la figura impresionante de este gran papa. Nos viene bien subrayar una de las facetas más señaladas de su testimonio: su profundo sentido de Iglesia.

Con frecuencia la imagen que se tiene de Pablo VI es la de un papa paciente y dolorido, que sufrió con la Iglesia y por la Iglesia en momentos difíciles. Pero, aunque fuera así, aunque en su vida tuviera que experimentar la dureza de la renovación eclesial y el asedio de fascismos y totalitarismos de todo género, antes que vivir la Iglesia como fuente y ocasión de sufrimiento, gozó con ella, la amó apasionadamente y creyó en la belleza de su misterio.

Sabía bien que ante la Iglesia se daban tres actitudes: la indiferencia, la hipercrítica y el amor sincero. Él quiso manifestar en su Testamento la profundidad de esta tercera actitud:

“Siento que la Iglesia me circunda: ¡oh santa Iglesia, una, católica y apostólica, recibe mi bendición y saludo, mi supremo acto de amor! ¿Qué diré de la Iglesia a la que debo todo y que fue mía? Las bendiciones de Dios vengan sobre ti; ten conciencia de tu naturaleza y de tu misión; ten sentido de las necesidades verdaderas y profundas de la humanidad; y camina pobre, es decir, libre, fuerte y amorosa hacia Cristo”.

Nos sentimos muy cercanos a este mensaje: nos vemos en este caminar pobre, libre y fuerte hacia Cristo. Si caminamos hacia Él es que no lo poseemos y no somos plenamente su Reino. Pero si amamos la Iglesia y somos conscientes de su identidad y su misión, si con ella acogemos las verdaderas y profundas necesidades de la humanidad, es que en ella compartimos ya la presencia del Reino.

Una buena biografía de Pablo VI recientemente publicada en castellano intenta captar su personalidad desde dentro de él mismo, desde su corazón. Pero su corazón, como afirma el cardenal Dionigi Tettamanzi en la introducción a esta obra, “coincidía con el de la Iglesia”. Y esto significaba para él seguir la recomendación tan querida de San Agustín: “una dilatación constante de los límites del amor”, algo inacabable, sin  frontera en este mundo. Así lo expresó repetidas veces desde su misma ordenación sacerdotal. Fue un lema programático y lo que le convirtió en un gran pastor de la Iglesia.

De forma que quien tuvo que sufrir por la Iglesia, antes se identificó con ella, la amó; y con ella y desde ella amó a la humanidad.

No quisiéramos otra cosa para cada uno de nosotros cuando miramos y vivimos nuestra Iglesia. En ella ya está presente el Reino de Jesucristo y sin embargo también camina buscando poseerlo.

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
Acerca de Mons. Agustí Cortés Soriano 311 Articles
Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.