Vivir la Iglesia diocesana

AGUSTINCORTÉSMons. Agustí Cortés      En el punto en que nos encontramos, conviene evocar el testimonio de dos grandes maestros de la santidad y de la teología.

En el siglo XVI, cerrando el libro en el que plasmaba su propia experiencia de conversión, Los Ejercicios Espirituales, San Ignacio de Loyola ofrecía unas reglas prácticas que titulaba “Para el sentido verdadero que en la Iglesia militante hemos de tener, se guarden las reglas siguientes”. Los comentaristas hacen notar que estas reglas están vinculadas a la meditación para alcanzar amor, dentro del discernimiento de la 4ª semana. Subrayan además las palabras del título “sentido verdadero” (ha quedado como más tradicional el título “Reglas para sentir con la Iglesia”): es el “sentir” de San Ignacio, que denota una actitud, una predisposición, una sensibilidad, una empatía. El texto contiene recomendaciones muy concretas sobre devociones, conductas, acciones, etc. Pero, como dice S. Arzubialde, el objetivo último es sin duda ayudar al “discernimiento del amor personal a Cristo en su mediación histórica encarnada, que es su verdadera esposa, nuestra madre la Iglesia”.

En pleno siglo XX el gran teólogo Romano Guardini, siendo todavía un joven sacerdote, que comenzaba a despuntar como líder intelectual, publica un libro recopilando algunas conferencias, cuyo título se puede traducir así: El sentido de la Iglesia. Su contenido responde al significado directo de esta expresión, es decir, exponer el porqué y el para qué de la Iglesia, en el sentido de que ella, comunión de amor fraterna en el Espíritu, conduce a la persona humana hacia el cumplimiento de sus aspiraciones profundas. Pero al iniciar el primer capítulo ya indica qué es lo que pretende. Constata que hay un interés creciente sobre la Iglesia, pero desde que se fue introduciendo una actitud individualista en la cultura y en la religiosidad, dice,

“Los fieles vivían ciertamente en la Iglesia, pero cada vez vivían menos la Iglesia. La vida religiosa se inclinaba siempre hacia la piedad personal y, así la Iglesia se sentía más como límite, quizá como oposición a este ámbito de la individualidad… como un freno al factor personal.”

Ciertamente una cosa es vivir “de la Iglesia”, beneficiándose de ella, otra “vivir en la Iglesia”, cumpliendo todo lo que está estipulado, o el mínimo que se exige para ser considerado perteneciente a ella, y otra cosa bien distinta es “vivir la Iglesia”. Como una cosa es pertenecer a una familia y vivir en ella, y otra vivir la familia. Sin duda, cuando tratamos aquí de discernir la vida de nuestra Diócesis, poco nos ha de importar que una persona, un grupo, un carisma, un movimiento, una comunidad o una institución, “cumpla” con ese mínimo exigido, como notificar o invitar a la Diócesis a algún acontecimiento importante de su propia vida, o nombrar al obispo en la Plegaria Eucarística, o hacerse presente alguna vez cuando se es convocado… Lo que realmente nos importa es que todos “vivamos la Diócesis”, que es tanto como vivir la Iglesia misma. Ello significa tener presente que

– La Diócesis, como Iglesia, “existe”, tiene vida propia y concreta, sufre y goza, ora y actúa, tiene carencias y riquezas…

– Significa, además, que todo eso, sea bueno o malo, lo siento como propio, porque forma parte de mi Iglesia.

– Significa que todo lo que decido, vivo y hago, sea individualmente, en comunidad o en grupo, es un caminar junto a los otros fieles de la misma Iglesia, dentro de ella, compartiendo con ellos, recibiendo y dando en una comunión vital y concreta.

Sólo en el marco de este profundo sentido eclesial, el discernimiento sobre la vida de nuestra Diócesis será válido y efectivo. Todos sabemos que sin empatía nuestra ayuda al otro será siempre inútil. Y este “el otro” no es aquí sino el “nosotros” que nos precede, nos da cobijo y sentido.

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.