Transformados por el bautismo (I)

perez_gonzalezMons. Francisco Pérez      Meditemos estas famosas palabras de San León Magno en un sermón de Navidad que dicen, bien a las claras, qué transformación radical tiene la vida del bautizado, con cuántos dones se ve agraciado, qué efectos más beneficiosos recibe en este primer sacramento: “Reconoce, cristiano, tu dignidad y, ya que ahora participas de la misma naturaleza divina, no vuelvas a tu antigua vileza con una vida depravada. Recuerda de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro… pues el precio con el que has sido comprado es la sangre de Cristo”.
Ante todo participamos de la vida divina y nos hacemos hijos de Dios (RB 5). San Juan Evangelista dice que somos “nacidos de Dios” (Jn 1, 12-13) y “semilla de Dios”. (1 Jn 3, 9). Podemos llamarnos con toda razón hijos de Dios pues lo somos (1 Jn 3, 1-2). Por eso en verdad llamamos a Dios: Padre. El mayor don es entrar en la familia de Dios siendo sus hijos. Dios nos habita. La Santísima Trinidad tiene su morada en nosotros. Esta filiación divina es la relación del hijo con el Padre. Santo Tomás de Aquino dice que “por la filiación el hombre es constituido en un nuevo ser” (Suma T. 1-2, q. 100.a.2). Como hijos tenemos prometida la herencia del cielo siendo “coherederos con Cristo” (Rm 8, 17).

Otro efecto del bautismo es el perdón de los pecados para entrar en la vida de la gracia. Los hijos de Dios han de estar limpios de pecado. El bautismo limpia del pecado original y perdona todos los pecados. Para los que se bautizaban de adultos en la antigüedad, bautizarse significaba no volver a pecar más. El bautismo se consideraba la única tabla de salvación. San Pedro en su discurso de Pentecostés asegura a los oyentes que el bautismo perdona los pecados: “Convertíos… y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hch 2, 38).
Posteriormente, considerando la debilidad humana, se le añadió la segunda tabla de salvación, el sacramento de la penitencia. El agua bautismal es fuente de regeneración de una nueva vida de hijos de Dios, lejos del pecado y del mal (Rm 6,4). Nuestros neófitos, casi todos niños, se ven limpios del pecado original con el que todos venimos al mundo.

Otro don del bautismo es que formamos una familia de hermanos. Por el bautismo se produce una relación de paternidad de parte de Dios, de fraternidad de los bautizados en Cristo y de filiación divina. Esta realidad tiene muchas consecuencias. Ante todo Dios es el Padre providente que cuida de sus hijos y nosotros somos hijos y hermanos en Cristo. Esta familia de Dios no tiene un vínculo de sangre y carne, sino más profundo y espiritual, pues hemos nacido de Dios (cf Jn 1, 13). Dice San Agustín: “En este Padre son hermanos el señor y el siervo; en este Padre son hermanos el emperador y el soldado; en este Padre son hermanos el rico y el pobre” (Sermón 89). Y añade más todavía: “Pobres y ricos, todos a una dicen a Dios Padre nuestro, y no podrán decírselo con verdad y sincera piedad si no se tratan entre sí como hermanos” (Sermón de la Montaña, 2, 16).

+ Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

Mons. Francisco Pérez
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Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).