Virtudes necesarias

Mons. Braulio Rodríguez PlazaMons. Braulio Rodríguez       Estamos viviendo momentos que generan inquietud: las dificultades económicas y el paro que desazonan, ciertos asuntos que afectan al Estado, pues no cesan los movimientos para alejarse de la unidad de España; también el asombro y cierta rabia que producen el conocimiento de acciones corruptivas en personas públicas; hay igualmente maneras de resolver cuestiones morales que mucha gente siente disgusto por la manera de solucionarlas, como es la retirada del proyecto de reforma de la actual ley del aborto, y otras. Mi preocupación mayor no es que esté apareciendo un sentimiento de que todo va mal y hay que buscar soluciones, sino que las soluciones que se apuntan sean drásticas: empezar de cero, que es tal vez típico de nuestro país.

Yo no tengo que apuntar soluciones políticas. Para nada. Pero sí se me ocurre que, tratándose de personas, nunca debemos olvidar que es en el interior de ellas donde se debe dar el cambio, más allá de valores, que los medios pueden poner de moda o no. Es preciso ir a las virtudes ciudadanas, que son virtudes cristianas o virtudes encaminadas al bien común. Ahí es donde, a mi modo de ver, se ha de trabajar en todos y cada uno de los ámbitos de la vida de nuestra sociedad. Mucho de la corrupción y de la situación moral de nuestro pueblo dijimos los obispos españoles en “La verdad os hará libres”, texto de 1989. Fuimos tachados de exagerados y casi de haber hecho un alegato contra la democracia. Leer ese documento explica hoy muchas cosas.

Si los dirigentes y todos los ciudadanos no defendemos los bienes morales y casi lo único que vemos es un afanarse en satisfacer los intereses materiales, ¿cómo no van a surgir las ambiciones y la avidez de riquezas? Si son otros los derechos que se defienden, si no se tiene en cuenta cómo es el ser humano (en cristiano, una persona con pecado original), si en ocasiones sólo se mira alagar los intereses materiales de sus posibles votantes, ¿qué podemos esperar? He leído en un diario esta valiente afirmación de un columnista habitual: “El único modo de combatir la corrupción consiste en restablecer un orden justo que restituya a la sociedad los bienes morales y eternos que le han sido arrebatados” (Diario ABC, 1.11.2014, p. 15).

Los católicos tenemos una particular responsabilidad en la lucha contra la corrupción, que estropea nuestra convivencia, pues la perjudica grandemente. Tal vez sea bueno volver a leer y, claro está, llevar a la práctica lo que el concilio Vaticano II recordó en la constitución pastoral Gaudium et Spes, 78: “En efecto, aunque fundamentalmente el bien común del género humano depende de la ley eterna, en sus exigencias concreta está, con todo, sometido a las continuas transformaciones ocasionadas por la evolución de los tiempos; la paz no es nunca algo adquirido de una vez para siempre, sino que es preciso irla construyendo y edificando cada día. Como además la voluntad humana es frágil y está herida por el pecado el mantenimiento de la paz requiere que cada uno se esfuerce constantemente por dominar sus pasiones, y exige de la autoridad legítima una constate vigilancia”.

Esas pasiones humanas están ahí; siempre lo han estado. Preciso es, pues, combatirlas. Siempre mirando a la humanidad en su conjunto, que mantiene inmensas capacidades para el bien, y posee siempre fuerzas para cambiar el rumbo de las cosas hacia el bien común. Para nosotros, Dios está en cuanto queda de bondad, amor y belleza en la humanidad. Pero necesitamos que haya menos malos ejemplos y más conductas buenas, virtuosas.

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.