Discernir la sucesión apostólica

AGUSTINCORTÉSMons. Agustí Cortés     Cumpliendo con el compromiso de discernir nuestra Iglesia diocesana, abordamos una cuestión, que suena hasta un poco escandalosa: ¿Somos realmente la Iglesia de Jesucristo? ¿En el supuesto de que Jesucristo deseara y fundara una Iglesia, somos nosotros lo que Él quería que fuéramos?

No han faltado en la historia, ni faltan hoy, quienes afirman que Jesús sólo inició una especie de movimiento difuso, renovador y carismático dentro del judaísmo, pero que no quiso fundar una Iglesia. Quienes piensan así, más que acoger lo que dice el Nuevo Testamento sobre Jesús, proyectan su ideología sobre la realidad, falseándola.

Más importante es la cuestión que plantean personas honradas buscadoras de la verdad de Jesucristo, personas que están fascinadas por Él, pero que viven un desconcierto frente a la Iglesia o las iglesias cristianas en general. Son quienes se preguntan cuál de las iglesias cristianas es la verdadera, cómo podemos tener la garantía de que nuestra Iglesia es la que Jesús fundó, o bien, si en definitiva cualquier iglesia vale, aunque sean diferentes entre sí.

Cualquiera sabe que este problema no se puede responder con cuatro palabras. Viene, además, de muy antiguo, casi desde los inicios del cristianismo, y se ha planteado siempre que se ha producido una escisión en la Iglesia.

En el siglo II, un gran teólogo, obispo y mártir, San Ireneo de Lion, tuvo que responder a esta cuestión en su polémica con los llamados “gnósticos”. Él sostenía que la fe de Jesucristo no era una doctrina escondida, reservada a una élite de intelectuales, sino el Evangelio sencillo, anunciado públicamente a todas las gentes. Uno de sus argumentos más relevantes para convencerles de que la Iglesia Católica era la verdadera fue el de recordar la cadena de obispos que desde los Apóstoles hasta sus días habían mantenido ininterrumpidamente la misma fe. Escribía:

“Habiendo recibido de los Apóstoles esta predicación y esta fe, la Iglesia, aunque esparcida por el mundo entero, las conserva con esmero, como habitando en una sola mansión, y cree de manera idéntica, como no teniendo más que una sola alma y un solo corazón; y las predica, las enseña y las transmite con voz unánime, como si no poseyera más que una sola boca… Y ni las iglesias establecidas en Alemania, ni las que están en España, ni las que están entre los celtas, ni las de Oriente, ni las que están en el centro del mundo, tienen otra fe u otra tradición” (Adv. Haereses I,10).

Él lo tenía más fácil, pues era discípulo del obispo de Esmirna, Policarpo, el cual a su vez lo era del apóstol San Juan. Han pasado más de dieciocho siglos, pero el problema y la respuesta son los mismos.

Nosotros no construimos la fe, sino que la recibimos a través de una cadena viva de testigos. La fe no es un pensamiento, una filosofía, una ideología construida por nosotros mismos, sino la vida de Cristo, pensamiento y existencia concreta, palabra y testimonio, verdad, bien y belleza, que nos ha llegado desde Él mismo hasta nosotros a través de los Apóstoles y sus sucesores.

Eso es lo que significa que la Iglesia es apostólica. Aquella cadena de vida llega hasta la Iglesia de Sant Feliu de Llobregat por la sucesión apostólica. Cuando me ordenaron obispo, un amigo tuvo el detalle de investigar la cadena de obispos antecesores en la ordenación, desde Mns. Lajos Kada, que me ordenó en el 1998, hasta casi treinta, que se adentraban por diócesis de Centroeuropa.

Nuestra Diócesis es tan joven como de diez años. Pero es una rama de un árbol que recibe su vida desde unas raíces y un tronco que atraviesan la historia sin secarse ni romperse. Para nosotros la Tradición no es una rémora, sino una garantía de vida.

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.