Iglesia, Pueblo Santo de Dios

IcetaGavicagogeascoaMons. Mario Iceta       1. “Cristo es la luz de los pueblos. Por eso, este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea vehementemente iluminar a todos con la luz de Cristo, que resplandece sobre el rostro de la Iglesia” (LG, 1). De este modo comienza la constitución dogmática sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II, poniendo de relieve la intrínseca relación entre Cristo Jesús y la Iglesia. La Iglesia no tiene otra luz que la de Cristo. Como los Padres de la Iglesia señalaban, la luz de Cristo que se refleja en la Iglesia es comparable a la luna cuya luz refleja la del sol. No sólo la Iglesia refleja la luz de Cristo sino que también, en otra expresión querida para los Padres de la Iglesia, “Ella es el lugar donde florece el Espíritu” (San Hipólito).

2. La palabra Iglesia significa en griego “convocación”. Designa la convocación de un Pueblo. Es decir, no es una realidad que se constituye a sí misma, sino fruto de una llamada, de una vocación. Iglesia hace referencia a tres significados entrelazados entre sí: es la Iglesia de Dios convocada en el mundo entero, que existe en las comunidades locales en torno a un sucesor de los apóstoles y que se realiza como asamblea litúrgica. La Iglesia vive de la Palabra de Dios viva y operante y es edificada a partir de la Eucaristía.

3. Durante este mes de noviembre celebramos el día de la Iglesia diocesana. Como ya hemos señalado la Iglesia universal subsiste en la Iglesia diocesana. En Ella se muestra la acción de Dios que nos convoca como pueblo para ser injertados en la vida del resucitado, renacer del agua y del Espíritu Santo y hacer presente el Reino de Dios que transforma el mundo. De este modo, en una expresión también muy querida para el Concilio Vaticano II, “la Iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano”(LG 1): la comunión de toda la humanidad tiene como fuente el tener a Dios por Padre, que nos constituye en hermanos provenientes de toda “nación, raza, pueblo y lengua” (cfr. Ap 7,9).

4. El día de la Iglesia diocesana debemos celebrar con gozo el haber sido llamados y agregados a esta familia de Dios, concretamente en nuestra Iglesia diocesana. Demos gracias por todos los dones, ministerios y carismas que la embellecen. Seamos parte activa, miembros vivos que participan de la acción que el Espíritu Santo quiere suscitar en nosotros y que es fuente de alegría, de vida y de esperanza cierta para nosotros, para quienes nos rodean y para los sufrimientos y desesperanzas de nuestro mundo.

5. Este pueblo de Dios al que pertenecemos tiene unas características que le distinguen de otros grupos humanos: Es un pueblo que pertenece a Dios, como dice San Pedro, “una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa” (1Pe 2,9). Se pertenece a él por un nacimiento “del agua y del Espíritu” (Jn 3, 3-5). Su identidad es la libertad y dignidad de los hijos e hijas de Dios en cuyos corazones habita el Espíritu Santo (cfr. LG 9). Su ley es el mandamiento nuevo del amor, del perdón y de la misericordia. Su misión es ser sal de la tierra, para que no se corrompa, y luz del mundo para iluminar la vida de todos y mostrarles el camino hacia su plenitud. Su destino es la plenitud del Reino de Dios, en el que la Iglesia es como la semilla que crece hasta que Dios lo sea todo en todos (cfr LG 9).

6. En esta Iglesia, todos los fieles, de cualquier estado o condición, estamos llamados cada uno por su propio camino, a la perfección de la santidad, cuyo modelo es el mismo Padre (cfr. LG 11). La santidad no es otra cosa que la plenitud del amor, la vida según el Espíritu de Dios. Este mes de noviembre comienza precisamente con la celebración de la fiesta de Todos los Santos. Además, la alegría de nuestra Iglesia se fortalece con la beatificación ese mismo día de un sacerdote mártir, de nuestro presbiterio diocesano, Don Pedro de Asúa, nacido en Balmaseda. La subida a los altares de un hermano nuestro nos indica que vivir esta plenitud del amor es posible en cualquier circunstancia de la vida, hasta en las más difíciles y dolorosas, y nos estimula a poner con humildad, pero con decisión y audacia, el empeño más profundo y decisivo de nuestra vida. “La Iglesia, en la Santísima Virgen llegó ya a la perfección… nosotros nos esforzamos en vencer el pecado para crecer en la santidad. Por eso dirigimos nuestros ojos a María” (cfr. LG 65). Que Ella bendiga nuestra Iglesia diocesana y nos acompañe y proteja en nuestro caminar. Con afecto.

+ Mario Iceta Gabicagogeascoa

Obispo de Bilbao

Mons. Mario Iceta Gabicagogeascoa
Acerca de Mons. Mario Iceta Gabicagogeascoa 69 Articles
Es Doctor en Medicina y Cirugía por la Universidad de Navarra (1995), con una tesis doctoral sobre Bioética y Ética Médica. Es Doctor en Teología por el Instituto Juan Pablo II para el estudio sobre el Matrimonio y Familia de Roma (2002) con una tesis sobre Moral fundamental. Es Master en Economía por la Fundación Universidad Empresa de Madrid y la Universidad Nacional de Educación a Distancia de Madrid (2004) y miembro correspondiente de la Real Academia de Córdoba en su sección de Ciencias morales, políticas y sociales desde 2004. Así mismo es miembro de la Academia de Ciencias Médicas de Bilbao desde junio de 2008. Fundador de la Sociedad Andaluza de Investigación Bioética (Córdoba, 1993) y de la revista especializada Bioética y Ciencias de la Salud (1993). Ha participado como ponente en diferentes cursos y conferencias de Bioética tanto en España como en el extranjero y posee numerosos artículos en revistas especializadas en Bioética y Teología Moral, así como colaboraciones en diversas publicaciones y diccionarios. Entre sus publicaciones destacan: Futilidad y toma de decisiones en Medicina Paliativa (1997), La moral cristiana habita en la Iglesia (2004), Nos casamos, curso de preparación al Matrimonio (obra en colaboración, 2005). En el campo de la docencia ha ejercido como profesor de Religión en Educación Secundaria (1994-1997); Profesor de Teología de los Sacramentos, Liturgia y Canto Litúrgico en el Seminario Diocesano de Córdoba (1994-1997); Profesor de Moral fundamental y de Moral de la Persona y Bioética en el mismo Seminario, así como en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de la Diócesis (2002-2008). Profesor asociado de Teología Moral fundamental y Bioética en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra desde 2004 hasta la actualidad. Por último, también pertenece a la Subcomisión de Familia y Vida de la Conferencia Episcopal Española.