La vida que no termina

Mons. Jaume PujolMons. Jaume Pujol       San Juan de la Cruz fue un místico, pero no un hombre apocado y de vida pasiva, sino azarosa, con estancia en prisión incluida, de la que se fugó según el sistema tradicional: atando sábanas y descolgándose por una ventana. Hallándose en su lecho de muerte sonaron las doce en el campanario de una iglesia vecina y un hermano le informó: «Están tocando a maitines». El santo contesta unas últimas palabras: «¡Gloria a Dios, que al Cielo las iré a decir!», tras lo cual besó un crucifijo y expiró.

La fiesta de Todos los Santos nos coloca frente al testimonio de estos maestros de vida, y el día de los difuntos nos recuerda que también fueron maestros en el buen morir: con el pensamiento en el cielo, en Dios que, en su providencia amorosa, nos hace el don de la existencia y de todo cuanto somos y hacemos.

Lo que define a un cristiano, es el seguimiento de Jesucristo, la consideración de hermandad con los demás y la creencia en la vida eterna. San Pablo escribió a los Corintios: «Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los más desgraciados de los hombres. ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos».

Este pensamiento, que a veces se predica en los funerales, no es solamente una manera de ofrecer consuelo a las personas que han perdido a alguien que amaban, sino que es una verdad de fe, enseñada por Jesucristo y que siempre ha mantenido la Iglesia. La vida no termina, sino que continúa, aunque de otro modo, misterioso para la experiencia humana, pero luminoso para Dios, creador y redentor.

Desde los primeros siglos, los cristianos han rezado y ofrecido la santa misa por los difuntos, sabiendo que el sacrificio del altar tiene un valor inconmensurable. Ya en el Antiguo Testamento se citaba que Judas Macabeo organizó una colecta y envió mil dracmas de plata a Jerusalén para que se ofrecieran sacrificios que repararan los pecados de los hombres muertos en batalla.

La necesidad de ofrecer sacrificios es común a muchas civilizaciones, pero después de Cristo, la misa es el «sacrificio único y verdadero», que se sobrepone a cualquier otro, porque es el Hijo de Dios el que se ofrece al Padre y el valor de su entrega es absoluto.

Son días pues para elevar nuestros ojos al Cielo, para rezar por los hermanos difuntos, y para decidirnos a vivir en la presencia habitual de Dios, en cuyas manos está nuestra vida.

 

+ Jaume Pujol Bacells

Arzobispo de Tarragona y primado

Mons. Jaume Pujol
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Nace en Guissona (Lleida), el 8 de febrero de 1944. Cursó los estudios primarios en los colegios de las Dominicas de la Anunciata y de los Hermanos Maristas de Guissona. Amplió sus estudios en Pamplona, Barcelona y Roma. Realizó el doctorado en Ciencias de la Educación en Roma, donde cursó estudios filosóficos y teológicos. Es doctor en Teología por la Universidad de Navarra. Fue ordenado sacerdote por el cardenal Vicente Enrique y Tarancón, en Madrid, el 5 de agosto de 1973, incardinado en la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei. CARGOS PASTORALES Fue profesor ordinario de Pedagogía Religiosa en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra. Desde el año 1976 y hasta su consagración episcopal, dirigió el Departamento de Pastoral y Catequesis, y desde el 1997, el Instituto Superior de Ciencias Religiosas, los dos de la misma Universidad. Ocupó distintos cargos en la Facultad de Teología: director de estudios, director del Servicio de Promoción y Asistencia a los Alumnos, secretario, director de la revista Cauces de Intercomunicación (Instituto Superior de Ciencias Religiosas), dirigida a profesores de religión. Durante sus años en Pamplon dirigió cursos de titulación, formación y perfeccionamiento de catequistas, profesores de religión y educadores de la fe, y tesis de licenciatura y de doctorado. Su trabajo de investigación se ha centrado en temas de didáctica y catequesis; ha publicado 23 libros y 60 artículos en revistas científicas, obras colectivas, etc. También ha desarrollado otras tareas docentes y pastorales con jóvenes, sacerdotes, etc. El día 15 de junio de 2004 el Papa Juan Pablo II lo nombró Arzobispo de Tarragona, archidiócesis metropolitana y primada, responsabilidad que, hasta hoy, conlleva la presidencia de la Conferencia Episcopal Tarraconense, que integran los obispos de la provincia eclesiástica Tarraconense y los de la provincia eclesiástica de Barcelona. El día 19 de septiembre de 2004, en la Catedral Metropolitana y Primada de Tarragona, fue consagrado obispo y tomó posesión canónica de la archidiócesis. El día 29 de junio de 2005 recibía el palio de manos del Papa Benedicto XVI, en la basílica de San Pedro del Vaticano. OTROS DATOS DE INTERÉS En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis y Seminarios y Universidades. Cargo que desempeña desde 2004. Además, ha sido miembro de la Comisión Permanente entre 2004 y 2009.