Beato Pablo VI, «Testigo de la Verdad»

antonio_canizaresMons. Antonio Cañizares       El pasado domingo 19 de octubre, al finalizar el Sínodo extraordinario de los Obispos sobre el matrimonio y la familia, en el día en que celebramos la Jornada Mundial por las misiones, fue proclamado beato el Papa Pablo VI, a quien tanto debe la Iglesia y la humanidad entera, también España, a la que quería de verdad y siempre buscó para ella lo mejor, aunque algunos digan o piensen sobre esto de otra manera. Fue un Papa grande y audaz, testigo valiente del Evangelio, que nos confirmó en la fe y en la caridad, en momentos decisivos para Iglesia y el mundo. Murió en un día muy significativo, un domingo y, además, un seis de agosto, fiesta de la Transfiguración del Señor, y, de alguna manera, la del propio Papa Montini, hombre sobre todo de fe, y «mártir» de la fe y de la verdad, que tanto quiso a la Iglesia y que tanto sufrió por todos.

Quiso que su vida «fuese un testimonio de la verdad para imitar así a Jesucristo». Entendió por testimonio: «la custodia, la búsqueda, la profesión de la verdad». Fue el Papa a quien correspondió la misión de proseguir y llevar a puerto las labores del Concilio Vaticano II, convocado e iniciado por el Papa «Bueno», San Juan XXIII, para promover la gran renovación de la Iglesia, fortalecer la comunión en el seno de la Iglesia y la unidad entre los cristianos, entablar un diálogo sincero y constructivo con el mundo y pensamiento contemporáneo, con otras religiones y suscitar un gran dinamismo para que la Iglesia se hiciese presente en el mundo, o mejor hiciese presente en el mundo a Jesucristo, luz de las gentes, la gran esperanza para todos los hombres y todos los pueblos, en quien se esclarecen inseparablemente el misterio de Dios y la grandeza, verdad, dignidad, y vocación profunda y alta del hombre. A él le cupo, al finalizar el Concilio, la difícil y arriesgada tarea de impulsar su aplicación y ponerlo fielmente en práctica, para renovar, fortalecer y hacer crecer a la Iglesia. Por eso fue el Papa de la fe, el Papa de la unidad y del diálogo, el Papa de la nueva evangelización del mundo contemporáneo.

Me gusta recordar el que mes y medio antes de morir, en la última fiesta de San Pedro que celebraría aquí, presintiendo quizá el momento de su partida, hizo balance de su ministerio: el mismo de Pedro, a quien el Señor le confió «confirmar a los hermanos en la fe» y nos dejó, con estremecedoras palabras, lo que para mí es resumen y sello de su pontificado. «He aquí el propósito incansable -dijo-, vigilante, agobiador, que nos ha movido durante estos quince años de pontificado. Fidem servavi (“guardé la fe”), podemos decir hoy, con la humildad y firme conciencia de no haber traicionado nunca la santa verdad. Recordemos, como confirmación de este convencimiento y para confortar nuestro espíritu que continuamente se prepara para el encuentro con el Justo Juez, algunos documentos del pontificado, que han querido señalar las etapas de este nuestro sufrido ministerio de amor y servicio a la fe y a la disciplina».

Entre estos documentos tenemos: Ecclesiam suam (agosto del 64), su primera Encíclica programática, la del diálogo y el encuentro; Mysterium fidei, sobre el misterio eucarístico, centro y clave de la Iglesia (en octubre del 65, última etapa del Concilio); Christi Matri (15 de septiembre del 66), breve y desconocida carta, en la que se ordenan súplicas a la Santísima Virgen ante una situación extremadamente delicada del mundo; Populorum progressio (marzo del 67), con la que iluminó “el gran tema del desarrollo de los pueblos con el esplendor de la verdad y con la luz suave de la caridad de Cristo” (Benedicto XVI), según las enseñanzas del Concilio, que hizo suyas, para el progreso del mundo; Sacerdotales Coelibatus (en junio del 67), de tan profunda visión sobre el sacerdocio y de tan alta actualidad en los tiempos que corremos; Evangelica testificatio (junio del 71), sobre la vida consagrada; Paterna cum benevolencia (diciembre del 74), para orientar el Año Jubilar de la Reconciliación, precisamente sobre la reconciliación en la vida de la Iglesia; Gaudete in Domino (mayo del 75), páginas bellísimas sobre la verdad de la alegría admirable que brota de Cristo y caracteriza el ser cristiano; Evangelii Nuntiandi, a los diez años del Concilio Vaticano II (diciembre del 75), Exhortación Apostólica postsinodal sobre la evangelización del mundo contemporáneo, “dicha e identidad más profunda de la Iglesia”, de tan grandes y benéficas repercusiones posteriores; y Humanae Vitae (25 de julio del 68), Encíclica verdaderamente profética que ha marcado una etapa nueva y esperanzadora sobre la vida y su transmisión, en la que se subrayan “los fuertes vínculos existentes entre la ética de la vida y la ética social” (Benedicto XVI), y se expone la verdad del amor y de la sexualidad, en la base misma del matrimonio y de la familia, y, por último, el Credo del Pueblo de Dios (1968), que bien podría resumir su pontificado y que es una luz que debiera alumbrarnos en nuestros días.

¡Qué gran don de Dios para la Iglesia fue el Papa Pablo VI, un “pastor conforme al corazón de Dios”!¡Cuánto necesitamos del testimonio y del aliento de este testigo singular y básico de la fe, de este servidor apasionado y verdadero “mártir” de la fe en los momentos que vive el mundo, cuya necesidad más honda, más urgente y apremiante no es otra que la fe misma. Momentos cruciales para la Iglesia llamada sobre todo y por encima de todo a anunciar el Evangelio, a meter, a inyectar en las venas del mundo, de la historia, de los hombres, la “sangre”, la fuerza vital y vivificadora del Evangelio de Dios, del amor de Dios y de salvación, para que surja una humanidad nueva hecha de hombres nuevos con la novedad de la vida conforme a este Evangelio, el de la fe verdadera que da fundamento al hombre y lo renueva desde su más profundo centro. Es providencial que su beatificación haya sido tras la canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II, pero inseparable de ellos: los tres forman una unidad con el Vaticano II, “nuevo Pentecostés de nuestro tiempo”.

+ Antonio, Card. Cañizares
Arzobispo de Valencia

Beato Pablo VI, testigo de la verdad (II)

Necesitamos conocer más y mejor a este Papa, “manso y humilde corazón”, como su Señor, que estuvo para servir y dar su vida por todos. Se le conoce quizá poco, y, sin embargo, deberíamos conocerlo más y mejor porque es tan rica su enseñanza, tan orientativos y sabios sus escritos, tan actual y vivo su magisterio, tan luminosa su palabra y tan ejemplar su vida, tan empeñativos y tan significativos sus gestos y propuestas en pro de la paz, del desarrollo y progreso de los pueblos, de la familia, tan fundamental cuanto dijo e hizo para centrar nuestra vida en Dios y superar la secularización tan lacerante que padecemos tanto tiempo. Si tal conocimiento fuese mayor y mayor también la identificación con su persona y su legado estoy seguro que la Iglesia en nuestros días y el mundo de hoy se verían altamente favorecidos y mejorados. Fue un profeta en muchas cosas, por ejemplo, en la visión que nos proporcionó en su encíclica “Humanae Vitae” tan necesaria en nuestros días y de tan largo alcance para el futuro de los hombres, tan decisiva para comprender la verdad, la grandeza y la belleza del matrimonio, del amor y la sexualidad, aunque esta encíclica sea recibida muy a contracorriente o rechazada por el espíritu hodierno de tantos poderes mundanos; esta encíclica profética ha marcado una etapa nueva y esperanzadora sobre la vida y su transmisión, y en ella “se subrayan los fuertes vínculos existentes entre la ética de la vida y la ética social” (Benedicto XVI). Por eso resulta muy providencial y constituye un signo de Dios para hoy, el que su beatificación sea en la conclusión del Sínodo extraordinario sobre el matrimonio y la familia.

También siento como un aldabonazo cuando veo que es beatificado el domingo en que la Palabra de Dios, en la Liturgia, nos habla de Dios, revelado como “el único Señor, no hay otro, fuera de Él, sólo Él es Dios”, “Dad a Dios lo que es de Dios”… Como pocos, el Papa Pablo VI proclamó esto que es lo sustancial de la fe;  por ejemplo, sus alocuciones y discursos del “Año de la Fe de 1967” nos habla de Dios frente al drama de nuestro tiempo, el humanismo ateo, con una fuerza y una clarividencia que hoy necesitamos como nunca. En todo nos lleva a la gran cuestión: la fe.

No en balde nos dejó el ya citado Credo del Pueblo de Dios (1968), uno de sus principales escritos, como él mismo reconoció en un discurso ante el Colegio Cardenalicio de junio del 78, «para recordar, para reafirmar, para corroborar los puntos capitales de la fe de la Iglesia misma, en un momento en que fáciles ensayos doctrinales parecían sacudir la certeza de tantos sacerdotes y fieles, y requerían un retorno a las fuentes. Gracias al Señor, muchos peligros se han atenuado; no obstante frente a las dificultades que hoy debe afrontar la Iglesia, tanto en el plano doctrinal como disciplinar, Nos seguimos apelando enérgicamente a aquella sumaria profesión de fe, que consideramos un acto importante de nuestro Magisterio pontificio; porque sólo con fidelidad a las enseñanzas de Cristo y de la Iglesia, transmitidas por los Padres, podemos tener esa fuerza de conquista y esa luz de la inteligencia y del alma que proviene de la posesión madura y consciente de la Verdad Divina…; ha llegado el momento de la verdad, y es preciso que cada uno tenga conciencia de las propias responsabilidades frente a decisiones que deben salvaguardar la fe, tesoro común que Cristo, el cual es Piedra, es Roca, ha confiado a Pedro, Vicario de la Roca, como le llama san Buenaventura» (Pablo VI). Palabras claves de un sucesor de Pedro que definen su pontificado, que agradeceremos siempre, y que, ahora, proclamado beato, sigue confirmándonos en la fe y en la caridad, en la unidad y en la renovación eclesial, en el diálogo con el mundo para mostrarles a los hombres y entregarles, con obras y palabras, al sólo Dios revelado en el rostro humano de su Hijo.

Así, con razón, es preciso reconocer que fue el Papa de la nueva evangelización. Ahí queda esa Exhortación Apostólica suya, ya citada, “Evangelii Nuntiandi” la gran luz que necesitábamos y que sigue alumbrando con una grandísima fuerza para guiar en estos momentos la evangelización del mundo contemporáneo, que es, en expresión suya, “la dicha y la identidad más profunda de la Iglesia”. Es un signo que su beatificación haya acaecido, precisamente, el día de las misiones, que evoca la urgencia y la identidad de la Iglesia llamada a anunciar el Evangelio a todas las gentes, conscientes, como el mismo Beato nos indicó, de que el hombre de hoy es más sensible al testimonio que a las palabras, que tampoco pueden faltar en un anuncio explícito que dé razón de la esperanza que nos anima y que da sentido a lo que vivimos: Jesucristo.

Nunca podremos agradecer bastante lo que hizo este Papa, cuyo pontificado tuvo un punto álgido en el «Año de la fe» (1967) con aquellos mensajes y discursos tan importantes en que ofrece, en verdadero y claro diálogo con el mundo, la verdad de la fe cristiana a un mundo, a una humanidad, amenazada bajo el drama del humanismo ateo, y en trance de destruirse por el olvido de Dios.

Se sabe que, pocos días después de ser elegido, le dijo a su secretario: «Me son conocidas las voces que llegan de unos diciendo que el nuevo Papa debe ser un innovador, de otros que piden que sea tradicionalista; éstos, que existencialista; aquellos, que más bien debe ser un profeta arriesgado. Mi única respuesta: el Papa es el Papa y nada más». En aquellas delicadas circunstancias, claves y extremadamente difíciles, confesó al querido y recordado D. Marcelo González, cardenal que aplicó el Concilio como pocos: «Hemos de seguir adelante con mucha paciencia. ¡Hay que seguir! Algunos dicen que yo tendría que actuar de otro modo, pero me he trazado mi norma de conducta. Tengo una luz encendida; y el que quiera verla que la vea: es mi predicación continua y mi llamada a los sacerdotes, a los religiosos, a los fieles, a todos. Otras medida no creo oportuno tomar».

Ese fue su actuar, actuar de Papa. Hoy podemos decir con toda razón: «¡Gracias a Dios que nos dio aquel Papa, un Papa santo y sabio, libre, hombre de Dios, amigo fuerte de Dios, que nos confirmó en la fe y en la verdad, y nos mantuvo en ella».

+ Antonio, Card. Cañizares
Arzobispo de Valencia

Card. Antonio Canizares
Acerca de Card. Antonio Canizares 228 Articles
Emmo. y Rvmo. Sr. Antonio CAÑIZARES LLOVERA El Cardenal Antonio Cañizares, nombrado el 28 de agosto de 2014 por el papa Francisco arzobispo de Valencia, nació en la localidad valenciana de Utiel el 15 de octubre de 1945. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Valencia y en la Universidad Pontificia de Salamanca, en la que obtuvo el doctorado en Teología, con especialidad en Catequética. Fue ordenado sacerdote el 21 de junio de 1970. Los primeros años de su ministerio sacerdotal los desarrolló en Valencia. Después se trasladó a Madrid donde se dedicó especialmente a la docencia. Fue profesor de Teología de la Palabra en la Universidad Pontificia de Salamanca, entre 1972 y 1992; profesor de Teología Fundamental en el Seminario Conciliar de Madrid, entre 1974 y 1992; y profesor, desde 1975, del Instituto Superior de Ciencias Religiosas y Catequesis, del que también fue director, entre 1978 y 1986. Ese año, el Instituto pasó a denominarse «San Dámaso» y el Cardenal Cañizares continuó siendo su máximo responsable, hasta 1992. Además, fue coadjutor de la parroquia de "San Gerardo", de Madrid, entre 1973 y 1992. Entre 1985 y 1992 fue director del Secretariado de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española. Creado Cardenal en marzo de 2006 El papa Juan Pablo II le nombró Obispo de Ávila el 6 de marzo de 1992. Recibió la ordenación episcopal el 25 de abril de ese mismo año. El 1 de febrero de 1997 tomó posesión de la diócesis de Granada. Entre enero y octubre de 1998 fue Administrador Apostólico de la diócesis de Cartagena. El 24 de octubre de 2002 fue nombrado Arzobispo de Toledo, sede de la que tomó posesión el 15 de diciembre de ese mismo año. Fue creado Cardenal por el Papa Benedicto XVI en el Consistorio Ordinario Público, el primero de su Pontificado, el 24 de marzo de 2006. Cargos desempeñados en la CEE y en la Santa Sede En la Conferencia Episcopal Española ha sido vicepresidente (2005-2008), miembro del Comité Ejecutivo (2005-2008), miembro de la Comisión Permanente (1999-2008), presidente de la Subcomisión Episcopal de Universidades (1996-1999) y de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis (1999-2005). El Papa Juan Pablo II lo nombró miembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe el 10 de noviembre de 1995. El 6 de mayo de 2006, el Papa Benedicto XVI le asignó esta misma Congregación, ya como Cardenal. También como Cardenal, el Papa le nombró, el 8 de abril de 2006, miembro de la Comisión Pontificia “Ecclesia Dei”. El Cardenal Cañizares ha sido fundador y primer Presidente de la Asociación Española de Catequetas, miembro del Equipo Europeo de Catequesis y director de la revista Teología y Catequesis. Es miembro de la Real Academia de la Historia desde el 24 de febrero de 2008. Igualmente, el Papa nombró al Cardenal Cañizares Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en diciembre de 2008. De otro lado, el cardenal fue nombrado en 2010 “Doctor Honoris Causa” por la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir” (UCV) Nombrado Arzobispo de Valencia el 28 de agosto de 2014. Tomó posesión de la Archidiócesis el 4 de octubre de 2014