La santidad, meta a la que todos estamos llamados

Mons. Gerardo MelgarMons. Gerardo Melgar     Queridos diocesanos:

Con la Solemnidad de todos los santos inauguramos un mes hermoso en el que vamos a recordar a nuestros seres queridos y a todas aquellas personas que, en su vida mortal, hicieron del seguimiento de Cristo su primer criterio de actuación; a la vez, nos recordaremos a nosotros mismos que el Señor nos llama a todos a la santidad y a la posesión de su Reino.

El mes de noviembre pone ante nosotros el recuerdo de nuestros seres queridos que ya nos dejaron, que salieron de este mundo para encontrarse definitivamente con el Señor, y ya están gozando de Cristo y con Él en la gloria. Un mes, por tanto, no de tristeza sino de alegría para nosotros que todavía somos peregrinos en la tierra, acompañados por la memoria alegre de su recuerdo, el estímulo de su ejemplo, la dicha de su patrocinio y la esperanza de la corona de nuestro triunfo en la visión eterna de Dios.

La celebración de la Solemnidad de todos los santos nos recuerda que, mientras moramos en esta tierra, somos peregrinos cuya morada definitiva no es este mundo pues peregrinamos hacia la morada eterna, el Cielo y la Bienaventuranza eterna. Ser y sentirse peregrinos ha de llevarnos a vivir esta vida en la tierra sin que el barro del mundo se nos pegue; sí, nuestra mirada debe sobrepasar las fronteras de esta vida terrena para encontrarnos con la esperanza de una vida en plenitud y para ayudarnos a vivir la vida sabiendo que este mundo no es la patria definitiva aunque sea muy importante para nuestro destino eterno.

Hoy, en nuestra sociedad actual, descubrimos un sinnúmero de personas que quieren hacer de esta vida el único paraíso y luchan por conseguir su felicidad aquí en la tierra como si después de esta vida todo se terminara; personas para las que lo único importante es tener más y más, y a ello someten todas las demás aspiraciones; personas para quienes la aspiración de tener más es el único móvil que les empuja a actuar; personas a las que les molesta pensar en que esta vida se acaba y que todo aquello por lo que habían luchado aquí no sirve para la otra; personas alérgicas a plantearse y hacerse la pregunta sobre el despuésde esta vida terrena; personas a las que los árboles del bosque de una vida materialista cuyo máximo objetivo es pasarlo bien no les dejan ver la claridad que viene del otro lado del bosque, de la Vida, que se vislumbra con esperanza y que da sentido a todo aquello a lo que ni el tener, ni el poder, ni el gozar sin límite alguno jamás podrán dar sentido.

La celebración de todos los santos nos recuerda que la vida del creyente en Jesús no termina con la muerte terrena pues Cristo con su resurrección vive para siempre y venció definitivamente la muerte; su misma suerte correremos todos cuantos creemos en Él porque tampoco en nosotros tendrá la muerte la última palabra sino que esa última palabra la tiene la Vida que el Señor nos dará tras la muerte. ¡Sí, hermanos y hermanas, con Cristo hemos vencido todos y todos estamos llamados a resucitar con Él en la gloria! Nuestra fe y nuestra esperanza dan sentido auténtico incluso a este aparente contrasentido humano que es la muerte porque ésta, para quien cree en Jesús, no es el final del camino ni puede ser vivida como un derrotista «aquí se acabó todo»; no, la muerte sólo es la puerta que se nos abre para entrar en la Vida sin fin, junto a Dios, siendo felices para siempre y gozando de su eterna presencia. Allí están el incontable número de hermanos que convivieron con nosotros y que se esforzaron por vivir la vida terrena de acuerdo con lo que Dios les pedía pues Él siempre fue la norma suprema de su actuación.

Estos son los santos que el día 1 celebramos: una procesión interminable a los que la Iglesia reconoce sus virtudes y sus méritos, alaba su entrega a Cristo y a la Iglesia, y a los que pide su intercesión. Ellos cumplieron el espíritu de las bienaventuranzas en medio de las tribulaciones del mundo asistidos siempre por la gracia de Dios; fueron buenos hijos de Dios y de la Iglesia; hoy, por ello, cantan dichosos y felices para siempre las alabanzas de Dios en su presencia.

Los santos, hermanos, son un hermoso estímulo para nosotros. Su estilo de vida aquí en la tierra nos urge a vivir nuestra existencia de la misma manera; la felicidad de la que gozan es, además, estímulo para esperar con seguridad que también nosotros llegaremos a poseer esa misma Vida llena de plenitud y alegría. También nosotros, si vivimos nuestra vida desde los planes de Dios, recibiremos la corona del triunfo y gozaremos para siempre de la contemplación divina por toda la eternidad; entonces, la esperanza en la otra Vida desaparecerá para convertirse en una inenarrable realidad y en la suprema felicidad de la que gozaremos por siempre.

Pero los santos, además, interceden por nosotros para que no dejemos que el barro del mundo se nos pegue ni que el resplandor de los placeres pasajeros nos deslumbre y nos ciegue. Sí, ellos, nuestros hermanos mayores, interceden para que logremos vivir nuestra vida aquí en la tierra desde los valores del Evangelio y el estilo de las bienaventuranzas, de tal modo que también a nosotros nos pueda decir Cristo el día que nos llame: «Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo: porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era forastero y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; en la cárcel y vinisteis a verme» (Mt 25, 34-36)

Que la procesión innumerable de santos que vivieron en este mundo como nosotros y ya gozan para siempre de la Bienaventuranza eterna nos estimule para mirar menos al suelo, a las cosas de este mundo, y elevar nuestros ojos y nuestro corazón un poco más al Cielo como auténticos hijos de Dios; que los santos sean nuestro modelo a seguir en esta vida para que podamos hacernos merecedores, como ellos, de su misma suerte; que sean nuestros intercesores para que sepamos vencer las tentaciones de olvidarnos de Dios y poner nuestro corazón en los placeres pasajeros como si todo terminara con esta vida. Nunca olvidemos que, lo mismo que a ellos si permanecemos fieles hasta el final, nos espera la Vida plena y feliz. Decía San Agustín: «En la salvación no todo depende de nosotros pero sí hay algo que depende de nosotros». La salvación nos la regala Dios pero nos pide poner de nuestra parte; ojalá sepamos poner siempre «nuestra parte» para que Él pueda regalarnos la Vida eterna y podaos gozar por siempre con todos los santos en el Cielo.

Vuestro Obispo,

+ Gerardo Melgar

Obispo de Osma-Soria

Mons. Gerardo Melgar
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Mons. Gerardo Melgar Viciosa nació el 24 de Septiembre de 1948 en Cervatos de la Cueza, Provincia y Diócesis de Palencia. Cursó la enseñanza secundaria (años de Humanidades) en el Seminario Menor Diocesano de Carrión de los Condes y los estudios de Filosofía y Teología en el Seminario mayor de San José de Palencia. Fue ordenado sacerdote el 20 de Junio de 1973 por el entonces Obispo de la sede palentina, Mons. Anastasio Granados García. Fue nombrado Párroco -de 1973 a 1974- al servicio de las parroquias de Vañes, Celeda de Roblecedo, San Felices de Castillería, Herreruela de Castillería y Polentinos. Al terminar ese curso pastoral, fue enviado a Roma, donde estudió Teología en la Universidad Gregoriana, licenciándose en Teología Fundamental el 14 de junio de 1976. A su regreso a Palencia fue nombrado Coadjutor de la parroquia de San Lázaro de la capital palentina durante un año. En 1977, y hasta 1982, desempeñó el cargo de Formador y Profesor del Seminario Menor Diocesano en Carrión de los Condes, del que sería, más tarde, Rector (1982-1987). En 1983 fue nombrado miembro del equipo de Pastoral Vocacional de la Delegación Diocesana de Pastoral Juvenil y Vocacional. Al dejar el Seminario de Carrión de los Condes fue destinado, como Vicario Parroquial, a la Parroquia de San José de Palencia durante seis años (de 1987 a 1993). En 1993 fue elegido por Mons. Ricardo Blázquez Pérez para desempeñar el oficio de Vicario Episcopal de Pastoral de la Diócesis palentina, cargo en el que permanecería hasta 1998. También durante diez años (de 1995 a 2005), fue Párroco solidario de la Parroquia de San José Obrero y Coordinador de la Cura pastoral de la misma, miembro del Colegio Diocesano de Consultores (1995-2000) y vocal, por designación del Sr. Obispo, del Consejo Presbiteral Diocesano (2001-2005). En el año 2000 fue nombrado Delegado Diocesano de Pastoral Familiar hasta que, en 2005, Mons. Rafael Palmero Ramos lo eligió para desempeñar el cargo de Vicario General de la Diócesis. De 2004 a 2005 fue, además, confesor ordinario del Seminario Menor Diocesano “San Juan de Ávila” así como, de 2005 a 2008, miembro del Colegio de Consultores de la Diócesis y Profesor de Teología del Matrimonio en el Instituto Teológico del Seminario Mayor de San José (2007). En enero de 2006, y hasta septiembre de 2007, durante el periodo de sede vacante producida por el traslado de Mons. Rafael Palmero Ramos a la Diócesis de Orihuela-Alicante, fue nombrado por la Santa Sede Administrador Apostólico de la Diócesis de Palencia. El 1 de Mayo de 2008, momento en el que desempeñaba el cargo de Vicario General de la Diócesis de Palencia y era el Capellán del Noviciado de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, se hizo público su nombramiento como Obispo de Osma-Soria. El 6 de Julio de 2008 recibió de manos del entonces Nuncio Apostólico de Su Santidad en España, Mons. Manuel Monteiro de Castro, la ordenación episcopal y tomó posesión canónica de la Diócesis oxomense-soriana. Ha publicado varios libros sobre el matrimonio y la familia: “Juntos cuidamos nuestro amor. Convivencias para matrimonios jóvenes”, “Madurando como Matrimonio y como Familia”, “Nos formamos como padres para educar en valores a nuestros hijos” y “Llenos de ilusión preparamos nuestro futuro como matrimonio y familia”, además de múltiples artículos y materiales de trabajo sobre la familia y la pastoral familiar. De su Magisterio episcopal, pueden destacarse las siguientes Cartas pastorales: “Sacerdotes de Jesucristo en el aquí y el ahora de nuestra historia” (2009) con motivo del Año sacerdotal, “Juan de Palafox y Mendoza. Un modelo de fe para el creyente del siglo XXI” (2010), con motivo de la beatificació, “La nueva evangelización y la familia” (2011), “Carta pastoral sobre el Seminario diocesano” (2012), “Itinerario para la evangelización de la familia” (2013), Carta pastoral “Después de la Misión diocesana Despertar a la fe” (2014). Además, ha publicado otros escritos: “La Pastoral Familiar, un proceso continuo de acompañamiento a la familia” (2009), “Los grupos parroquiales de matrimonios jóvenes” (2010), “Unidades de Acción Pastoral. Instrumentos de comunión al servicio de la evangelización” (2010). El 8 de abril de 2016, el papa Francisco lo nombró obispo de Ciudad Real, en sustitución de Antonio Ángel Algora, que renunció por edad. El 21 de mayo del mismo año tomó posesión canónica en la catedral de Santa María del Prado.