Discernir la santidad

AGUSTINCORTÉSMons. Agustí Cortés      Nuestro compromiso de discernir la vida de la Iglesia Diocesana ha de afrontar un desafío difícil. Es el desafío de descubrir en ella huellas de santidad y de proyectar su futuro de forma que sea cada vez más santa. La santidad es uno de los rasgos esenciales que ha de tener la Iglesia verdadera.

Hablamos de un desafío difícil, en primer lugar, porque sencillamente en la Iglesia hay pecadores. Y ¿cómo conciliar este hecho con la santidad de la Iglesia? ¿Sería esto una cuestión de estadística, como en el episodio del Génesis, cuando Abraham regateaba con Yahvé sobre el porcentaje de justos que bastaría para no destruir la ciudad (cf. Gn 19)?

En segundo lugar, porque asombrosamente muchos no sabrían decir qué significa eso de la “santidad”, más allá de entenderla como la cualidad de ser “buena persona”.

Pero el obstáculo más serio es que, si preguntamos a cualquiera que pasa por la calle qué opina sobre si la Iglesia es santa, lo más seguro es que responda que no lo es en absoluto. Existe una especie de muletilla o estereotipo en la opinión pública, y también entre nosotros los católicos, según el cual la Iglesia no puede hacer otra cosa que pedir perdón y arrepentirse de sus errores y pecados. Nos hallamos en el punto opuesto al triunfalismo orgulloso. Algunas veces parece que la Iglesia tenga que pedir perdón por existir delante de jueces y maestros, erigidos por la opinión pública. La cuestión se agrava cuando la “difamación” deviene un vicio consentido y, lo que es peor, se instaura entre nosotros, entre algunos “puros” que pretenden defender la Iglesia quitando la fama de sacerdotes y fieles mediante chismes y denuncias, en la mayoría de casos deformando o falseando los hechos…

¿Cómo no vamos a aceptar el hecho de que exista el pecado en la Iglesia, cuando el mismo Jesucristo daba por supuesto que existiría, instruyéndonos sobre un Reino de Dios, que en su fase actual ha de contar con la cizaña y los peces malos (cf. Mt 13)? Nuestro discernimiento sobre la Iglesia Diocesana ha de contar con ello. Lo que no aceptaremos es que se constate el pecado entre nosotros y no se haga desde el amor, es decir, desde el amor a los pecadores y a la misma Iglesia. Más aún, que se denuncie olvidando que el denunciante pueda ser más pecador que el denunciado.

No hemos de temer a la verdad sobre nuestra Iglesia. Ni tampoco a las críticas que nos puedan hacer. Viene al caso lo que me decía un amigo que me recordaba aquella máxima de Santa Teresa de Ávila:

“La verdad padece, pero no perece”, evocando un adagio castellano que la compara a los juncos: “La verdad se dobla pero no se quiebra”.

Muchas veces la Iglesia se santifica con el movimiento de “doblarse” sin romperse. Y no es de extrañar que el movimiento de doblarse se deba al viento del mismo Espíritu Santo.

La Iglesia es santa porque santifica mediante la Palabra que resuena en ella, por los sacramentos que celebra para la vida del pueblo, por el amor concreto que vive y contagia en medio de una humanidad moribunda. Por eso San Pablo llamaba “santos” a los cristianos. Damos testimonio, además, de que entre nosotros “hay santos”, también en el sentido efectivo, como cristianos que viven realmente según el Evangelio, a pesar de sus debilidades. En todo caso, como escribió E. Stein,

“Su santidad resulta patente, aunque sólo para aquellos cuyos ojos ya están abiertos, y los atrae al seguimiento de Cristo”.

De estos ojos abiertos escucharemos gustosos su discernimiento sobre la santidad de nuestra Iglesia. 

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.