Los fieles difuntos

Mons. Carlos EscribanoMons. Carlos Escribano         Cada año tenemos, al iniciarse el mes de Noviembre, una cita especial con nuestros queridos difuntos. Seguro que muchos de nosotros nos damos cita en los cementerios de nuestros pueblos y ciudades, especialmente este fin de semana. Desde nuestra fe recordamos con serenidad su pasado entre nosotros. Quizás llevamos unas flores a sus tumbas y oramos en familia, sobre todo, por su eterno descanso.

El mes de Noviembre ha arrancado con la Solemnidad de Todos los Santos. En ella nos alegramos con todos nuestros hermanos que están ya en el cielo, incluyendo a esos santos “anónimos” que no han sido ni serán nunca canonizados, pero que también interceden ante Dios por nosotros. Esta fiesta nos ayuda a comprender la fuerza que en sí tiene la Comunión de los Santos, que profesamos en el Credo,  y que se extiende también a nuestra relación con los difuntos. Por ello la Iglesia dedica el día siguiente, 2 de noviembre, a la conmemoración de todos los fieles difuntos, que duermen en nuestros cementerios el sueño de la paz. En ese día y durante el mes de noviembre, la piedad popular recuerda de una manera especial a los fallecidos y ora por ellos.

Nuestro modo de relacionarnos con los difuntos nace de la fe, de la esperanza y de la caridad cristianas, y tiene su raíz y su centro en Jesucristo muerto y resucitado. Por eso este mes cobra para los creyentes, paradójicamente, un aspecto pascual y luminoso, el mismo que llena de resplandores a la muerte cristiana. Esperamos que nuestros hermanos, bautizados en Cristo, hayan muerto también en el Señor, y su vida, más allá de la muerte, esté también en Dios o en el lugar de su purificación definitiva. Nosotros, peregrinos aún en la tierra, formamos también con Cristo, como Cabeza, un solo Cuerpo y mantenemos una relación vital con Él. En Él nos encontramos con nuestros seres queridos y con todos los fieles difuntos, que son también parte del Cuerpo de Cristo. Ellos interceden por nosotros y nosotros oramos por ellos, ofrecemos por ellos sufragios y, sobre todo, ofrecemos la celebración de la Santa Misa, memorial sacramental de la muerte y resurrección del Señor.

Estas celebraciones nos hacen reflexionar también sobre el sentido de la vida y de la muerte. El cristiano no “se” muere, en sentido pasivo, y con su muerte acaba todo, sino que «muere», es decir, entrega su alma al Creador, después de haber vivido en busca de una vida plena. Alcanzar la vida plena con el Padre, nos hace contemplar nuestro día a día con perspectiva de futuro, con anhelo de eternidad y cargados de esperanza. Nos decía el Papa Francisco: “hoy, cada uno de nosotros, puede pensar en el atardecer de su vida. ¿Cómo será mi atardecer? El mío, el tuyo, el tuyo, el tuyo, el tuyo…¡todos tendremos un atardecer, todos! ¿Lo miro con esperanza, lo miro con aquella alegría de ser recibido por el Señor? Esto es lo cristiano y esto nos da paz. Hoy es un día de alegría, pero de una alegría serena, de una alegría tranquila, de la alegría de la paz. Pensemos en el atardecer de tantos hermanos y hermanas que nos han precedido, pensemos en nuestro atardecer cuando vendrá, y pensemos en nuestro corazón y preguntémonos. ¿Dónde está anclado mi corazón?  (Francisco, Homilía en la Misa de Todos los Santos, 1 de noviembre de 2013).

Os animo a rezar, a lo largo de todo el mes por los difuntos. Así, mediante la comunión entre todos los miembros de la Iglesia, al implorar para los ellos el auxilio espiritual, se nos brinda a los vivos el consuelo de una esperanza que no defrauda, porque viene del Señor.

   + Carlos Escribano Subías,
Obispo de Teruel y de Albarracín

Mons. Carlos Escribano Subías
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Monseñor Carlos Manuel Escribano Subías nació el 15 de agosto de 1964 en Carballo (La Coruña), donde residían sus padres por motivos de trabajo. Su infancia y juventud transcurrieron en Monzón (Huesca). Diplomado en Ciencias Empresariales, trabajó varios años en empresas de Monzón. Más tarde fue seminarista de la diócesis de Lérida -a la que perteneció Monzón hasta 1995-, y fue enviado por su obispo al Seminario Internacional Bidasoa (Pamplona). Posteriormente, obtuvo la Licenciatura en Teología Moral en la Universidad Gregoriana de Roma (1996). Ordenado sacerdote en Zaragoza el 14 de julio de 1996 por monseñor Elías Yanes, ha desempeñado su ministerio en las parroquias de Santa Engracia (como vicario parroquial, 1996-2000, y como párroco, 2008-2010) y del Sagrado Corazón de Jesús (2000-2008), en dicha ciudad. En la diócesis de Zaragoza ha ejercido de arcipreste del arciprestazgo de Santa Engracia (1998-2005) y Vicario Episcopal de la Vicaría I (2005-2010). Como tal ha sido miembro de los Consejos Pastoral y Presbiteral Diocesanos. Además, ha sido Consiliario del Movimiento Familiar Cristiano (2003-2010), de la Delegación Episcopal de Familia y Vida (2006-2010) y de la Asociación Católica de Propagandistas (2007-2010). Ha impartido clases de Teología Moral en el Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón desde el año 2005 y conferencias sobre Pastoral Familiar en diferentes lugares de España. Finalmente, ha formado parte del Patronato de la Universidad San Jorge (2006-2008) y de la Fundación San Valero (2008-2010). Benedicto XVI le nombró obispo de Teruel y de Albarracín el 20 de julio de 2010, sucediendo a monseñor José Manuel Lorca Planes, nombrado Obispo de Cartagena en julio de 2009. Ordenado como Obispo de Teruel y de Albarracín el 26 de septiembre de 2010 en la S. I. Catedral de Teruel.