Educar cristianamente

Mons Ángel RubioMons. Ángel Rubio     El hombre puede ser educado a cualquier edad y hasta necesitará serlo; pero el periodo normal de la educación es el tiempo de la infancia y adolescencia. La obra educadora se ejerce sobre el hombre y más en concreto sobre el niño y el adolescente, sin olvidarnos de los adultos.

Algunos confunden la educación cristiana con la enseñanza religiosa. Ciertamente la enseñanza religiosa es muy importante, indispensable; pero la educación cristiana no es solamente una enseñanza sino que debe llenar toda la vida humana, puesto que es por medio de sus actividades religiosas y profanas el modo por el que el hombre debe acomodarse a Cristo según la voluntad de Dios.

Por consiguiente, no se puede tener la conciencia tranquila por el sólo hecho de mandar a los niños a una escuela católica o de mandarlos a la catequesis. La educación cristiana es mucho más amplia.

La educación no debe consistir sólo en enseñar lo que otros hayan hecho, sino sobre todo, en capacitar para realizar lo que otros aún no han hecho. Hay que poner el acento más en el descubrimiento y desarrollo de las facultades existentes potencialmente en el individuo, que en la adecuación de unos moldes, forzosamente estrechos de conducta de un determinado grupo. Hay que admitir que el joven pueda evolucionar haciendo innovaciones y saltándose ciertas barreras anteriormente vigentes. En esta perspectiva, la educación se nos presenta menos como un intento de modelar la juventud conforme a unas normas establecidas que como una ayuda que la sociedad concede al joven para que éste sea capaz de superar el modelo imperfecto y limitado que aquella le ofrece.

Hay que enseñar o mejor capacitar a los niños para vivir en un mundo de nuevas dimensiones, siempre cambiantes, que contrasta enormemente con el pasado, ya que durante muchos siglos todo consistía en impregnarse de las tradiciones sobre las que reposaba el fundamento de una sociedad estática.

La educación es un proceso que guarda relación directa con los aspectos específicamente humanos del hombre. Educar es ayudar al desarrollo y afirmación del carácter propio en la humanidad y en cada hombre.

Ahora bien, si la educación es un proceso perfectivo ordenado directamente a la realización del hombre como hombre, no es menos cierto que el fin de la educación ha de ser congruente con el fin último del hombre. Esto no implica confusión, sino ordenamiento y jerarquización de fines.

Por consiguiente la educación se propone, como objetivo fundamental la formación de la persona humana. Según el concepto que se tenga de la vocación del hombre, de su destino, de su misión, de su naturaleza, de su origen, así será la orientación de la acción educativa. En los métodos educativos, y en la organización del mundo escolar, late una concepción del hombre.

No se trata de hacer al hombre capaz de producir más, o de consumir más. Se trata, sobre todo, de ayudarle a ser más hombre, más persona. «Es fácil la tentación de no reconocer a la persona humana como valor fundamental y supremo, en una sociedad en la que la búsqueda predominante del poseer se convierte en un obstáculo para el ser» (Pablo VI, Populorum Progressio, 19).

Si queremos un mundo más humano, es necesaria una educación orientada a la formación de hombres conscientes, responsables, libres, capaces de dialogar, dispuestos a construir convivencia humana sobre la base del respeto mutuo a los derechos y deberes de la persona humana. (Cf Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis, La Iglesia y la educación en España hoy, 1969).

Donde no hay fe efectiva ya no es posible ayudar a los niños y jóvenes a desarrollarse, a crecer y vivir como cristianos. Y sin embargo, una buena pedagogía de la fe nos dice que como mejor se aprende a creer en Dios es conviviendo y practicando las manifestaciones de la fe con personas creyentes que nos inspiren admiración y confianza. Por eso, para un niño o para un joven, no hay mejor forma de aprender a vivir como cristiano que practicando la fe con sus padres. En los años de la infancia quien mejor puede influir son los propios padres y especialmente la madre, en los años de adolescencia y juventud es necesario que se sume el ejemplo y la influencia de abuelos, de otros familiares, de los amigos de la familia. Se aprende a creer viviendo con quienes creen. Eso no se puede hacer en ninguna parte como en la propia familia.

En realidad la educación cristiana no sólo no está a nivel de la educación humana, sino que la comprende completamente, la purifica y la vivifica a la vez que le proporciona un precioso apoyo. Además la educación cristiana aventaja a la educación humana dando al hombre una nueva manera de relacionarse con Dios y con los otros hombres y orientándolos hacia Dios y su Reino.

+ Ángel Rubio

Obispo de Segovia

 

Mons. Ángel Rubio Castro
Acerca de Mons. Ángel Rubio Castro 137 Articles
Nace en Guadalupe (Cáceres), Archidiócesis de Toledo, el 18 de abril de 1939. Entró en el Seminario Menor diocesano de Talavera de la Reina (Toledo) desde donde pasó al Seminario Mayor “San Ildefonso” para realizar los estudios eclesiásticos. Fue ordenado sacerdote en Toledo el 26 de julio de 1964. Obtuvo la Licenciatura en Teología en Madrid, por la Universidad Pontificia de Comillas y en Salamanca la Diplomatura en Catequética por el Instituto Superior de Pastoral. Es Doctor en Catequética por la Universidad Pontificia de Salamanca. CARGOS PASTORALES Tanto su ministerio sacerdotal como el episcopal han estado vinculados a la diócesis de Toledo. Como sacerdote desempeñó los siguientes cargos: de 1964 a 1973, coadjutor de la parroquia de Santiago el Mayor; 1971, Secretario de la Visita Pastoral; 1972, director del Secretariado Diocesano de Catequesis; en 1973 es nombrado capellán y profesor de la Universidad Laboral de Toledo, Beneficiado de la Santa Iglesia Catedral primada, cargo que desempeñó hasta el 2000, y profesor de Catequética en el Seminario Mayor, donde fue docente hasta su nombramiento episcopal. Además, de 1977 a 1997 fue Vicario Episcopal de Enseñanza y Catequesis; de 1982 a 1991 profesor de Religión en el Colegio diocesano “Ntra. Sra. de los Infantes”; en 1983, capellán de las Religiosas Dominicas de Jesús y María; de 1997 a 2000 es designado subdelegado diocesano de Misiones y en el año 2000 delegado diocesano de Eventos y Peregrinaciones, Profesor de Pedagogía General y Religiosa en el Instituto Teológico de Toledo, Delegado Episcopal para la Vida Consagrada y Canónico de la Catedral, cargos que desempeñó hasta 2004. El 21 de octubre de 2004 se hacía público su nombramiento como Obispo titular de Vergi y Auxiliar de la Archidiócesis de Toledo. El 12 de diciembre del mismo año recibió la consagración episcopal. El 3 de noviembre de 2007 se hacía público el nombramiento como Obispo de Segovia, sede de la que tomó posesión el 9 de diciembre de ese mismo año. El Papa Francisco aceptó su renuncia al gobierno pastoral de la diócesis de Segovia el 12 de noviembre de 2014, aunque continuó como administrador apostólico hasta el 20 de diciembre, día de la toma de posesión de su sucesor. Es Consiliario Nacional para Cursillos de Cristiandad. OTROS DATOS DE INTERÉS En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Liturgia desde marzo de 2017. Anteriormente, ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Enseñanza (desde 2005) y de Apostolado Seglar (desde 2011). También ha sido miembro, de 2005 al 2011, de Vida Consagrada.