En el V Centenario de Santa Teresa de Jesús

Mons. MurguiMons. Jesús Murgui      Queridos hermanos reunidos en el día de la Fiesta de Santa Teresa de Jesús, en el día de la apertura de la conmemoración del V centenario de su nacimiento:

«¡Ya es tiempo de caminar!». Estas palabras de Santa Teresa pronunciadas poco antes de su muerte, en las presentes circunstancias eclesiales en las que nuestro Santo Padre Francisco ansía una conversión misionera, resuenan como una llamada a nuestras conciencias.

Ante tantos hombres y mujeres que no conocen a Cristo, ante una sociedad en galopante y profundo proceso de secularización, los últimos papas no han cesado de exhortar a favor de una nueva evangelización. El actual sucesor de Pedro, insiste además, en no entretenernos en cosas secundarias; al contrario, pide centrarnos en evangelizar y en todo cuanto este encargo del mismo Cristo conlleva.

Así mismo reclama un nuevo espíritu que opere las transformaciones necesarias. Evidentemente, para una nueva evangelización eficaz se requiere una profunda renovación espiritual. En consonancia con esto, debemos seguir aquello que el Papa nos pide en “Evangelii Gaudium”: afrontar en función de la evangelización una tarea de discernimiento, de purificación y renovación, una decidida conversión pastoral.

Santa Teresa se compromete en la reforma de su Orden y de la Iglesia de su época porque ha descubierto la alegría inmensa de una amistad sincera con Cristo, y lo que ello supone. Esto es lo central de la reforma. Ella es maestra insigne para profundizar en la amistad y el trato con el Señor, para nuestra vida de oración, el único lugar en el que se pueden descubrir iniciativas que no estén motivadas por las ideas de los hombres, sino por la voluntad de Dios. Recordemos que sólo el Espíritu de Dios puede tocar el corazón de los no creyentes y hacerles descubrir el gozo de la fe. No olvidemos que es una acción del Espíritu, que es una obra de la gracia de Dios.

Santa Teresa en su concepción de la vida contemplativa, de la misión eclesial que tenían las monjas de clausura y, especialmente, las reformadas
por ella, entendía que su misión principal era rezar por los evangelizadores, de modo que con la oración, la penitencia y los sacrificios sostuvieran e
hicieran fecundos los trabajos apostólicos. Esta comprensión es plenamente vigente.

De su misma persona y del itinerario de su vida hemos de aprender, para ser unos evangelizadores eficaces. Sus mismos escritos han tenido una
gran fuerza impactante para muchos no creyentes, arrancándolos de la indiferencia. Ha habido conversiones leyendo el “Libro de la vida”, la más
conocida la de la filósofa Edith Stein, atea de familia judía, que un día llegó a ser canonizada con el nombre de Santa Teresa Benedicta de la Cruz.
Ella, Santa Teresa de Jesús, vivió el afán de dar a conocer al Señor, de que otros descubrieran la alegría única de la amistad con Él. Fue poseída
por un evidente espíritu misionero, hasta el punto de afirmar lo que llegamos a leer en su “Libro de las Fundaciones” (I, 7): “Me acaece que
cuando en las vidas de los santos leemos que convirtieron almas, mucha más devoción me hace y más ternura y más envidia, que todos los martirios
que padecen (por ser esta la inclinación que Nuestro Señor me ha dado) pareciéndome que precia más un alma que por nuestra industria y oración
le ganásemos mediante su misericordia, que todos los servicios que le podamos hacer”.

Que este tiempo jubilar que se inicia hoy sea un año de gracia, que potencie los itinerarios de discernimiento para la conversión misionera que
impulsamos. Que sea un año que ayude a esa necesaria renovación para la evangelización. Una renovación en el afán y el estilo evangelizador que
tienen mucho que ver con dos aspectos destacados en Santa Teresa, y que me permito resaltar:

La centralidad de Jesucristo. Para evangelizar y para aceptar el Evangelio es imprescindible que Cristo sea el centro de nuestras miradas,
que lo contemplemos en su humanidad sacratísima en la que se descubre la imagen visible de Dios invisible, de su amor. Es imprescindible para ello,
como en Santa Teresa, una relación de intensa amistad con Él.

El amor a la Iglesia y la vivencia de la comunión y la fraternidad. La Santa tuvo siempre un intenso amor a la Iglesia, de la cual se sabía hija y en
la cual quería vivir y morir. Asimismo deseó que una de las claves de su reforma fuera convertir los monasterios en auténticas comunidades,
verdaderas familias donde la fraternidad se hiciera visible. Sólo desde el amor a la Iglesia se puede evangelizar, y sólo formando grupos, parroquias,
comunidades y vida diocesana, que reproduzcan el ideal descrito en los Hechos de los Apóstoles, el ideal de la comunión y la vida fraterna,
pondremos credibilidad –la querida por el Señor- en nuestra evangelización.

A la hora de aplicarnos todo esto vienen en nuestra ayuda las palabras de Jesús en el Evangelio de la Fiesta de Santa Teresa (Mt 11, 25-30). Sólo desde la sencillez se puede entender a Dios que se ha hecho hombre. Sólo desde la sencillez se pude acoger su luz y su fuerza para dejarnos transformar, y transformar un mundo de «sabios y entendidos»que permanecen ajenos a la fe, cuando no hostiles a ella. Sólo desde la sencillez podemos ser humildes para reconocer los límites y los errores propios, los pesos muertos que nos impiden volar para evangelizar, los cambios y conversiones a realizar para ser testigos de la alegría del Evangelio.

Para enseñarnos este camino, Él se ha hecho manso y humilde, para decirnos: «aprended de mí». Y para entenderle, y para descansar en Él, necesitamos a Aquel que hace posible conocerle y que, en el texto de S. Lucas paralelo al de S. Mateo que leemos en esta fiesta, hace exultar de alegría al Señor al darle gracias al Padre: el Espíritu Santo.

Que en esta Eucaristía, supliquemos que el Espíritu Santo nos dé la gracia con la que hizo a Santa Teresa llenarse de amor del Señor, y con la que inflamó su ansia de dar a conocer a todos la alegría que sólo nos puede dar la amistad con Él. Así sea.

+ Jesús Murgui Soriano

Obispo de Orihuela-Alicante

Mons. Jesús Murgui Soriano
Acerca de Mons. Jesús Murgui Soriano 151 Articles
Mons. D. Jesús Murgui Soriano nace en Valencia el 17 de abril de 1946. Recibió la ordenación sacerdotal el 21 de septiembre de 1969 y obispo desde el 11 de mayo de 1996. Estudió en el Seminario Metroplitano de Moncada (Valencia) y está licenciado en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca y doctorado en esta misma materia por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. CARGOS PASTORALES Fue coadjutor entre 1969 y 1973 y párroco, en distintas parroquias de la archidiócesis de Valencia, entre 1973 y 1993, año en que es nombrado Vicario Episcopal. Fue Consiliario diocesano del Movimiento Junior entre 1973 y 1979 y Consiliario diocesano de jóvenes de Acción Católica de 1975 a 1979. Fue nombrado Obispo auxiliar de Valencia el 25 de marzo de 1996, recibiendo la ordenación episcopal el 11 de mayo de ese mismo año. Entre diciembre de 1999 y abril de 2001 fue Administrador Apostólico de Menorca. El 29 de diciembre de 2003 fue nombrado Obispo de Mallorca, sede de la que tomó posesión el 21 de febrero de 2004. El 27 de julio de 2012 se hizo público su nombramiento como Obispo de Orihuela-Alicante. El sábado 29 de septiembre de 2012, tomó posesión de la nueva diócesis. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es miembro de la Comisión Episcopal de Liturgia desde marzo de 2017. Cargo que desempeña desde el año 2005. Anteriormente, ha sido miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral desde 1996 a 1999 y de la Comisión Episcopal del Clero desde 1999 a 2005.