La alegría de ser misionero (II)

Mons. Braulio Rodríguez PlazaMons. Braulio Rodríguez      “Hoy en día todavía hay mucha gente que no conoce a Jesucristo”. Con esta afirmación tan rotunda el Papa Francisco comienza su mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones. Nos dice, pues que es urgente la misión o las misiones; pero no está sólo pensando en esas personas excepcionales que son los misioneros, sino en todos los que formamos la Iglesia. Ahora bien, el Papa quiere que esta Jornada sea celebración de gracia y de alegría. Es lógico, pues se trata de vivir nuestro ser de cristiano: ser apóstol, hablar de Jesucristo como lo más grande que nos ha ocurrido en la vida. Es la alegría que Jesucristo nos anuncia: “¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron” (Lc. 10,23-24).

La misión de anunciar, a los ojos de Jesús, es la alegría. ¿No habéis experimentado esta experiencia gozosa? Os faltaría algo crucial. Es una alegría diferente y superior a la que aquellos discípulos primeros de Jesús habían experimentado antes de ser enviados por Él. No es la alegría de tener poder o dinero: es experimentar el amor de Dios hacia todos, hacia los más pobres; y algunos son tan pobres que sólo tienen dinero o éxito aparente, o un nivel de vida, que pensamos que no se acabará nunca. Jesús, nos dice el evangelista, “se llenó de alegría en el Espíritu Santo”. Es que esta alegría muchas veces está escondida a los sabios y entendidos, a los que están demasiado llenos de sí mismos. “Sí, Padre, así te ha parecido bien” (Lc. 10,21).

Se trata, en realidad de Buena Nueva que conduce a la salvación; la que experimentó María al llevar a Jesús en su vientre; la que sintió también al visitar a Isabel. Claro, hermanos, “El Padre es la fuente de la alegría. El Hijo, su manifestación, y el Espíritu Santo, su animador”, nos dice el Papa, que también había dicho: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (La alegría del Evangelio, 1).

Sin experimentar la alegría de encontrarse con Jesucristo, enriqueciéndonos Él con su persona, yo pienso que no es posible ni la renovación que buscamos en la Iglesia, en las parroquias para salir a ofrecer el Evangelio, ni vibrar con Jesús a acercarse a los más pobres: nos quedamos parados, haciendo lo de siempre, rodeados de incapacidad y de infecundidad. “¿Por qué no entramos también nosotros en este río de alegría de Jesús?”, se pregunta el Papa. “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada” (La alegría del Evangelio, 2).

Es muy seria esta advertencia del Santo Padre, ya que afecta a conseguir la felicidad o no, a la orientación de nuestra vida, a tener lleno o vacío el corazón. Los discípulos de Jesús somos aquellos que nos dejamos llenar del amor de Cristo y marcar por el fuego de la pasión por el Reino de Dios, para ser portadores de la alegría del Evangelio. La alegría de comunicar a Jesucristo se convierte así en una preocupación por anunciarlo en las periferias lejanas y cercanas, la de nuestro territorio, donde también hay pobres que esperan, o la de territorios lejanos.

Pero no olvidemos que la alegría del Evangelio nace del encuentro con Cristo y del compartir con los pobres. Si no hay vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, es porque no hay tampoco fieles laicos con un fervor apostólico contagioso, por lo que les falta entusiasmo y no despiertan ningún atractivo. “¡No nos dejemos robar la alegría evangelizadora!”, grita el Papa (La alegría del Evangelio, 83). Tal vez es que hemos olvidado en la práctica lo que dice san Pablo: ”Dios ama al que da con alegría” (2 Cor. 9,7).

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.