Discernir el amor católico

AGUSTINCORTÉSMons. Agustí Cortés        He aquí la gran cuestión: acertar en la forma concreta que hoy ha de tener la auténtica Iglesia de Cristo.

Hemos de aclarar que estamos convencidos de pertenecer a la auténtica Iglesia de Cristo, al menos en sus rasgos esenciales. De otro modo, abandonaríamos. Pero cuando nos planteamos el reto de discernir la realidad y el futuro de nuestra Diócesis, la pregunta que nos formulamos es cómo, dentro de lo que constituye esencialmente la Iglesia Católica, podemos acercar al máximo nuestros planes, nuestra organización y manera de actuar a lo que espera Jesucristo de nuestra Iglesia hoy.

Los antiguos apologetas, aquellos teólogos que se prestaban a la tarea de defender y hacer accesible la fe a los que no creían, elaboraron una serie de “notas” o rasgos distintivos que había de tener la verdadera Iglesia, frente a otros grupos o confesiones religiosas. Nosotros no recordaremos aquí estas notas simplemente para distinguirnos frente a nadie, pero sí para asumir el compromiso de cumplirlas lo mejor que podamos.

Por lo que venimos diciendo, la nota esencial y primera que ha de caracterizar la Iglesia de Cristo es que en ella se viva el amor de Dios. Nuestra Iglesia, o es el lugar del amor de Dios, del Dios de Jesucristo, o no es en absoluto. El resto de las “notas distintivas” de la Iglesia son sólo consecuencia de esta primera y esencial. Es decir, son notas distintivas del amor, compartido y transmitido en la Iglesia.

Así, cuando celebramos el Domund, el día de las Misiones, no hacemos otra cosa que celebrar, reafirmar y testimoniar que “el amor es y ha de ser católico”. Una de las notas esenciales de la Iglesia de Cristo es que ha de ser católica y misionera. Eso quiere decir muchas cosas. Entre ellas, que no ha de ser una Iglesia encerrada en sí misma, que vive para sí, sino un pueblo de Dios abierto a la humanidad, a la que sirve, acogedor de todo tipo de personas, culturas, naciones, modos de ser. Esto supone que en su interior ha de haber una pluralidad de estilos, lenguajes y dones, que llamamos carismas, que al estar inspirados por el mismo Espíritu enriquece la unidad de todos en la misma fe y el mismo amor.

Esto no se podría entender, si no supiéramos que el amor del Espíritu, el alma de la Iglesia, es de por sí católico. Es el amor expansivo, que empuja constantemente a la comunidad a contagiar a los demás la propia vida. Más aún, es el amor que se expande sin seleccionar, sin realizar exclusivismos ni distinciones. Es un amor que salva distancias y derriba muros, que se destina a toda la humanidad y alcanza a las personas y las culturas transformándolas, sin que pierdan cada una su propia identidad.

Eso es ser Iglesia misionera. Si nuestra diócesis no fuera misionera, se pudriría en su propia cerrazón y, lo que sería peor, no permanecería fiel a Jesucristo.

– Nuestros misioneros no están lejos, sino que pertenecen a nuestra esencia eclesial más profunda.

– Nuestra ayuda a las misiones no es un simple acto de caridad, sino que brota de nuestro amor católico, que no conoce límites.

– Nuestro talante misionero no es una sensibilidad pasajera, sino nuestra identidad permanente manifestada en gestos y palabras concretas.

Determinadas circunstancias han favorecido que nos lleguen noticias vivas del sufrimiento y la entrega que nuestros misioneros están viviendo. En ellos se realiza la verdadera Iglesia, comprometida en el amor concreto y universal. Ellos nos hacen fácil el discernimiento sobre el presente y el futuro de nuestra Iglesia.

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.