Manuel Pizarro con el Domund: "Debemos defender el proyecto moral de Europa y ser capaces de llevarlo a tantos pobres de la tierra"

Domund 2014Esta tarde tiene lugar el Pregón del Domund, en la catedral Santa María la Real de la Almudena (calle Bailén 8, Madrid). El acto que ha comenzado a las 19:30 h., presidido por el cardenal Antonio María Rouco Varela, cuenta además con la actuación de la Escolanía del Valle de los Caídos.

El pregonero de este año es el empresario, jurista y político Manuel PizarroA continuación se añade el texto que ha elaborado para ser leído en vísperas de la celebración del Domund 2014 «Renace la alegría», que se celebra el próximo día 19 de octubre.

Pregón Domund 2014 Jornada Mundial de las Misiones

Eminentísimo Sr. Cardenal Arzobispo de Madrid

Ilustrísimo Sr. Director nacional de las Obras Misionales Pontificias

Admirados misioneros aquí presentes

Señoras y señores, queridos amigos

Es para mí un gran honor estar hoy aquí, en esta Santa Iglesia catedral de la Santa María la Real de la Almudena, para pronunciar el pregón del Domund de este año 2014.

En primer lugar, quiero dar las gracias a Don Anastasio Gil, por confiar en mí para esta tarea. Es un honor y una responsabilidad tomar el testigo de tantos ilustres pregoneros que me han precedido en el anuncio de la Jornada Mundial de las Misiones, que celebraremos el próximo domingo. Una llamada nacida hace nada menos que 88 años, y a la que me sumo con humildad para compartir con ustedes mis reflexiones de creyente.

Gracias también a Monseñor Rouco Varela, que hoy nos acompaña, con quien he tenido el privilegio de compartir hondos momentos de vivencias en la fe y que tan importantes servicios ha prestado desde todas las responsabilidades que ha desempeñado en la Iglesia española.

Y gracias a los misioneros que hoy están aquí y, sobre todo, a los más de 13.000 españoles que llevan la voz de Cristo a todos los confines de la tierra.

Como les decía, esta muestra de confianza es también una gran responsabilidad. Sólo soy un cristiano que intenta ser consecuente con su fe, que ha guiado mi vida y la de mi familia. Estos días, cuando preparaba estas palabras, han venido a mi mente los recuerdos de la celebración del Domund en mi infancia, allí en mi Teruel natal. Era una jornada revestida de fiesta, en la que los pequeños salíamos con aquellas características huchas a «pedir por las misiones». A través de relatos, lecturas o películas sabíamos de la admirable labor de hombres como San Francisco Javier o del Padre Damián de Molokay. Para nosotros, era tarea grata y confortante saber que, desde casa, podíamos ayudar a esos valientes hermanos que llevaban la fe y la civilización católica a sitios tan ignotos como difíciles y en condiciones que a veces implicaba dar la vida.

Pero además de recordar aquellas jornadas, que celebrábamos a poco de iniciar el curso escolar, esta generosa invitación ha sido una gran ocasión para reflexionar más a fondo la labor de las Obras Misionales Pontificias que en España dirige con tan buen tino don Anastasio.

Es una labor que impresiona. España es el país que más misioneros envía: 13.000 españoles, pertenecientes a 440 instituciones religiosas diferentes (congregaciones, movimientos, diócesis…) están ayudando a quienes más lo necesitan, en territorios generalmente pobres y complejos, de 130 países. Además, con un dato esperanzador: desde 2012, la proporción de laicos ha aumentado un 2,4%. Y, aunque es verdad que, con la crisis, en Occidente han bajado algo los donativos, son miles y miles quienes aportan lo que pueden para ayudar a que otros conozcan nuestra fe y vivan con dignidad. El año 2013 España envió a Roma cerca de 11 millones de euros que se invirtieron en 438 proyectos en 77 países. Esta aportación ha crecido el año 2014 en un 8%, llegando a los 12 millones de euros.

Misioneros hasta entregar la vida

Y si impresionan los datos, más aún lo hace profundizar en la labor de cada uno de esos 13.000 misioneros. En las últimas semanas, los españoles hemos seguido con admiración la labor de los hermanos allí donde el ébola hace estragos. Dos de ellos, Miguel Pajares y Manuel García Viejo, de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, incluso han entregado su vida. Uno en Liberia; otro en Sierra Leona. Dos lugares a los que llegaron guiados por su vocación misionera, para estar al lado de los más pobres, hasta el punto de morir como tantos otros de su nueva familia.

Vaya para ellos nuestro especial reconocimiento. Como para los casi 1.600 misioneros españoles que están en África, al pié del cañón. Alrededor de 15 en Liberia, Sierra Leona y Guinea Conakry, países azotados por la epidemia para la que la medicina no ha encontrado todavía terapia; y en los que han fallecido ya más de 3.000 personas.

Son la máxima expresión del espíritu misionero que queremos ensalzar hoy aquí.

  • Vivir la dimensión universal de la fe y el compromiso de caridad con los más pobres,
  • invitar a todos los cristianos a difundir y cooperar con las misiones
  • y promover la solidaridad económica para socorrer las necesidades materiales de esos 13.000 españoles que han dejado la comodidad de la vida en Occidente por llevar el mensaje de Cristo a los más débiles.

Estos días, entre las actividades organizadas por Obras Misionales Pontificias para celebrar el Domund y divulgar su labor, merece la pena acercarse a la exposición «El Domund al descubierto». Además de exhibir los carteles diseñados en España para las Jornadas Mundiales desde 1941, ofrece el testimonio de numerosos misioneros y de su dedicación para combatir la pobreza, llevar salud y educación y hacer partícipes del derecho a la justicia y la paz, a cientos de lugares donde sólo se conoce de su mano.

Es una visita que debe llenarnos de orgullo. Desde que Jesucristo enviara a 72 discípulos, de dos en dos, a ciudades y pueblos, a proclamar que el Reino de Dios ha llegado, la labor evangelizadora de la Iglesia ha sido una labor de civilización desarrollada a lo largo de 20 siglos, de defensa de la dignidad humana vivida en Cristo. Pero aún no ha llegado a todos.

Las primeras palabras del Papa Francisco en su mensaje para la Jornada mundial dicen precisamente: «Hoy en día, todavía hay mucha gente que no conoce a Jesucristo. Por eso es tan urgente la misión ad gentes».

Mucha gente que no conoce a Jesucristo, que no conoce el modelo de persona que Dios nos propone, que viven sometidos en pobreza y barbarie sin educación y sin acceso a los mínimos de la dignidad humana.

Este año, el Domund lo celebramos bajo el lema «Renace la alegría», que invita a retomar la misión evangelizadora.

Recorriendo la exposición, tomas conciencia de cómo a lo largo de los siglos, desde los monasterios de la Edad Media a la evangelización de América, hasta las misiones contemporáneas en África y Asia, la Iglesia ha sembrado sus valores para hacer sociedades más justas. El sentido de la caridad, la protección de la vida, el derecho a la paz, la necesidad del perdón, el apoyo al débil, la supremacía del bien común, el acceso a la educación y a la salud… son mensajes que los misioneros, con el espíritu de servicio y sacrificio que les caracteriza, comparten para hacer sociedades mejores.

En sus palabras para el Domund, el Papa Francisco recuerda que «el gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro». Frente a eso, la generosidad y entrega de los misioneros.

En momentos en los que el laicismo imperante despista, presumamos de  la Iglesia Católica, que tanto ha hecho por la mejora de las condiciones de vida de los más débiles y, en definitiva, por la civilización del mundo.

Si, por un lado, esta Jornada de las Misiones es una llamada a ayudar a aquellos que llevan nuestro credo y sus valores allí donde más falta hace,  también debe servirnos para hacerlo presente en nuestra vida diaria, en nuestro propio entorno. Porque también lo necesitamos: «Todos los discípulos del Señor están llamados a cultivar la alegría de la evangelización», nos recuerda el Papa.

Y en palabras de San Pablo, «Porque evangelizar no es gloria para mí, sino necesidad. ¡Ay de mi si no evangelizara!».  Evangelizar es nuestro sino de cristianos.

Católicos y vida pública

El año pasado tuve el honor de intervenir en el XV Congreso Católicos y Vida Pública, organizado por la Asociación Católica de Propagandistas, bajo el lema «España: Razones para la esperanza».

En esa ocasión, reivindiqué vivir los fundamentos y los valores de nuestra fe con confianza y orgullo, y tener una presencia activa como católicos en la sociedad. Frente a los recelos del laicismo, no debemos ocultar nuestra forma de estar en el mundo.

Los católicos, a la vez que admiramos a quienes están en misiones, parece que en casa vivimos bajo el síndrome de Jonás que, enviado a Nínive, la gran metrópoli pecadora, a denunciar su maldad y predicar la voz del señor, huye a Tarsis asustado ante la magnitud de la tarea. Nuestra Nínive es el mundo complejo y adverso de hoy, que nos da miedo y ante el que, como Jonás, no queremos revelarnos. Más cómodo resulta ir a las «tarsis», nuestras iglesias, nuestras comunidades, donde todos hablamos el mismo lenguaje, practicamos el mismo credo y no tenemos que explicar nuestra fe.

Es más sencillo aceptar que la religión es un asunto privado, como se ha tratado de imponer en las últimas décadas en la sociedad española, y reservar la fe cristiana, «para la sacristía del corazón», como dice mi paisano Pedro Escartín, sacerdote y periodista aragonés. Pero una sociedad de hombres libres necesita un conjunto sólido de valores morales que, como dice Ortega, no son la contraposición de lo inmoral.

«La moral no es una performance suplementaria  y  lujosa que el hombre añade a su ser para obtener un premio, sino que es el ser mismo del hombre cuando está en su propio quicio y vital eficacia».

Por qué he escrito «El hombre a la defensiva», J Ortega y Gasset.

Frente al omnipresente relativismo ambiente, los católicos podemos hacer un servicio impagable para ayudar a construir una sociedad de personas capaces de estar, como dice Ortega,  «en su propio quicio y vital eficacia».

Sal de la  tierra y luz del mundo

Ante el desconcierto laicista, que se ha visto agigantado por la laxitud que ha traído el empacho previo a la crisis, los cristianos tenemos las raíces de nuestra fe y la obligación de difundirla para ir más allá del «mínimo decente» de la convivencia ciudadana y acercarnos a éticas de máximos.

¿Y cómo? Los creyentes somos afortunados: tenemos el Evangelio. Y como nos dice Mateo: Los cristianos debemos ser la sal de la tierra y la luz del mundo.

«Vosotros sois la sal de tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará?  Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres. Vosotros sois la luz del  mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte.  Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» Mt 5, 13-16

Los misioneros lo saben bien. Ellos son sin duda la mejor sal de la tierra, la que expande las enseñanzas del evangelio, que lleva el buen sabor y preserva de la putrefacción, que sazona frente a la ignorancia y el pecado y que es muestra de nuestro pacto con Dios.  Aprendamos de ellos.

Y seamos luz del mundo. Los misioneros son también maestros. Tomemos nota y, allí donde hay oscuridad, pongamos iluminación, llevemos la transparencia. Al que quiere actuar debajo de la mesa, pongámosle focos. Y los cristianos, seamos luz con nuestro ejemplo. No nos escondamos: allí donde estemos, seamos ejemplares con nuestro trabajo y testimonio de actitud cristiana, con prudencia pero con convicción.

Que ninguno renuncie a tener la suerte y la responsabilidad de ser luz del mundo, de cultivar la alegría de la evangelización.

Tiempo de crisis, tiempo de reflexión

Hace unos meses, en esta misma iglesia catedral de La Almudena, tuve el honor de pronunciar el pregón de la Semana Santa. Allí reflexionaba sobre cómo en los tiempos fuertes de la existencia, y estos de la crisis que padecemos sin duda lo son, el hombre, rodeado de problemas, se acerca a Dios. En la abundancia, nos habíamos olvidado de él.

Que las crisis existen y se repiten cíclicamente lo sabemos desde el antiguo testamento.  La presente, como me habéis oído decir a menudo, es hija de una profunda crisis moral en la que hemos dejado que los valores cristianos hayan sido opacados por un laicismo generalizado que, demasiado a menudo, aunque presuma de ello, se ha quedado en el «mínimo decente» y no ha sido capaz de sustituir los valores del mensaje de Jesús, gracias a los cuales se ha construido el ser europeo.

Ante situaciones límite

Este mismo 1 de octubre, el gran teólogo Olegario González de Cardedal lo resumía muy bien en una Tercera del ABC que tituló sin ambages  «Ante situaciones límite». En él, nos decía que Europa tiene la tarea sagrada de abrir los ojos a los abismos ante los que estamos, recuperar su conciencia moral, creer y hacer crecer en humanidad y abrirse a la transparencia y al prójimo.

¿Y por qué decía eso?  Olegario González de Cardedal nos alerta de que vivimos uno de esos momentos de la historia en que determinadas actitudes somueven los fundamentos en los que se apoya el vivir: revoluciones silenciosas como las que desembocaron en las dos guerras mundiales.

No hemos cesado de avanzar en educación técnica, pero se ha desistido de formar en criterios morales en el ámbito público. Todo ha sido relegado al fondo de la conciencia individual. Y esta, por sí sola, no puede enfrentarse a la supremacía de los mensajes de la publicidad, el comercio o la política, donde lo moral es secundario.

El teólogo nos recuerda que los presupuestos fundadores de Europa fueron la cultura, la ética y la religión; hoy nos gobiernan la tecnología, la economía y la política, unas conquistas que sin los presupuestos fundadores pueden volverse contra el hombre y aniquilarlo física o moralmente.

En estas coordenadas, se están provocando cambios en Europa que cambiarán la faz del continente.

Primero, la caída demográfica, que hace que, como consecuencia  del propio descenso de la población, se abdique de la defensa de nuestra forma de vida frente a la de nuevos pobladores. Son pobladores que no se consideran occidentales ni herederos del humanismo griego, la revelación bíblica, el derecho y la justicia romanos y las conquistas de la modernidad: ciencia, libertad, democracia, derechos humanos…

Otro cambio silencioso es la crisis de Dios. Nos hemos alejado de la llama que ha iluminado Europa, cuando los seres humanos no pueden vivir sin esperanza, sin preguntarse por el bien y el mal, por la relación con el prójimo, la vida y la muerte.

El tercer abismo sobre el que nos alerta Olegario González es el de la nueva cultura del pluralismo, en la que todo se acepta como una superposición de opiniones sin cuestionarse dónde hay verdad. Nos preocupamos por el derecho a la expresión y no por el fundamento de verdad universal. No todas las opiniones tiene la misma razón ni valen lo mismo.

Para concluir, nos llama a ser conscientes de que debemos defender el proyecto moral de Europa y ser capaces de llevarlo a tantos pobres de la tierra que quieren compartir nuestro vivir. «Solo una inmenso esfuerzo de promoción, colaboración y modernización de África, llevado a cabo por Europa en respeto, responsabilidad y solidaridad, hará que millones de africanos sobrevivan y los europeos mantengamos nuestra dignidad moral».

Abramos los ojos a estos abismos. Recuperemos el orgullo moral de Europa hacia dentro y hacia fuera.

Sin duda, los misioneros son el espejo. Trabajo honesto y honradez cívica: sólo así construimos sociedades más justas y más ricas, y no me refiero precisamente sólo a lo económico. Aunque, por desgracia, cíclicamente nos olvidamos.

Stefan Zweig, ese gran escritor judío, lo reflejaba muy bien en «El mundo de ayer». Zweig, que vivió nada menos que las dos grandes guerras, relata con hondo pesar como la «edad de oro de la seguridad», la de Centroeuropa a principios del siglo XX, cuyo único Dios era el progreso, dio paso a la destrucción. Todos los pecados resumidos en uno, la soberbia, que derrumbó Europa y que lleva a Zweig a una clarividente conclusión: el bienestar que nos es dado sólo sobrevive si se cuida bajo el paradigma del círculo virtuoso.

Y para cuidar lo que nos es dado, no necesitamos códigos de buen gobierno: tenemos el Decálogo desde tiempos de Moisés.

Antes me he referido al «mínimo decente», como los principios morales mínimos para la convivencia ciudadana acordados por la sociedad. A la vista está que,  ese «mínimo», ha sido tan «mínimo» que se ha quedado corto. Nosotros, con nuestra fe, disponemos de una «ética de máximos», mucho más ambiciosa y también más exigente, que no atiende a modas ni a legislaciones oportunistas. No renunciemos a ella ni la recluyamos a nuestra vida privada. Llevemos la sal de nuestra fe con la palabra y el ejemplo de nuestra vida y seamos luz del mundo.

Porque, como nos recuerda Pablo VI en «Populorum progressio», Cristo es el primer y principal factor de desarrollo. Y la evangelización, la promoción más alta e integral de la persona humana.

Así lo han vivido desde hace 20 siglos tantos cristianos que han desafiado la adversidad en cada tiempo y ante tanto enemigo de la caridad y la justicia. Y lo han hecho además como un acto de amor.

Porque si bien es cierto que la Iglesia no puede quedarse al margen de la lucha por la Justicia, no lo es menos que su tarea primera es el ejercicio del amor desinteresado. Como nos recuerda Benedicto XVI en «Deus Caritas est», vivamos el amor al prójimo enraizado en el amor a Dios, que ve dónde hay necesidad y va más allá de la justicia: contribuye a iluminar conciencias.

En esa tarea, los misioneros son la vanguardia. Dedicar la vida al otro, sin esperar nada a cambio. Solo motivados por la fuerza de servir a los demás, a los que más lo necesitan, allí donde más se les precise, y reivindicando la importancia de la oración. Porque vivir la caridad no es dar soluciones de Estado: es dedicarse al hombre que sufre. De  nuevo, el cristiano desea estar en «máximos».

Derechos Humanos, derechos cristianos

El Papa Benedicto XVI, en su discurso en la Asamblea General de las Naciones Unidas en el 60 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, decía que la Declaración fue adoptada como un «ideal común» y que no puede ser aplicada por partes separadas, según tendencias u opciones respectivas. «La experiencia -dice- nos enseña que a menudo la legalidad prevalece sobre la justicia cuando la insistencia sobre los derechos humanos los hace aparecer como resultado exclusivo de medidas legislativas tomadas por los que están en el poder. Cuando se presentan simplemente en términos de legalidad, los derechos corren el riesgo de convertirse en proposiciones frágiles, separadas de la dimensión ética y racional que es su fundamento y su fin».

«Por el contrario, dice Benedicto, la Declaración Universal ha reforzado la convicción de que el respeto de los derechos humanos está enraizado en la justicia que no cambia, sobre la que se basa la fuerza vinculante de las proclamaciones internacionales».

Benedicto XVI refleja que los derechos y deberes provienen de la interacción humana, pero fruto de la solidaridad entre los miembros de la sociedad y, por lo tanto, válidos para todos los tiempos y todos los pueblos. «Esta intuición fue expresada ya en el siglo V por Agustín de Hipona: No hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti, que en modo alguno puede variar por mucha que sea la diversidad de las naciones», nos dice.

Todos podemos hacer algo para ayudar a llevar los derechos humanos, que son la esencia del credo cristiano, a todos los pueblos, por encima de coyunturas y legislaciones. Apoyando con nuestros donativos a los que están a pie de escuela, hospital, lazareto, conducción de agua potable, parroquia,… en alguno de los 1.103 Territorios de Misión que hay repartidos por el mundo.

Pero también, sacando nuestra fe de las «sacristías del corazón» para vivirla públicamente y hacer presente ante la sociedad que el código de los cristianos es el mejor código de conducta para nuestra sociedad. Que los derechos humanos están ahí dentro, que el progreso sin abusos está ahí. Estemos orgullosos de nuestra Iglesia y seamos sus misioneros en casa.

Gracias a don Antonio Mª Rouco

Antes de finalizar, no quisiera dejar pasar la oportunidad que me habéis brindado esta tarde sin dedicar unas palabras de reconocimiento y agradecimiento a nuestro admirado cardenal Rouco por su intensa dedicación a la Iglesia y a la causa de los católicos. Sin duda, ha sido y es un gran evangelizador.

Don Antonio María lo ha sido todo en la Iglesia. Sacerdote entregado; magíster de referencia en Teología y Derecho canónico; administrador incansable al frente de la archidiócesis de Madrid durante veinte años, doce de los cuales ha sido a la vez presidente de la Conferencia Episcopal Española. Por todo ello, cuando está concluyendo sus responsabilidades, yo quiero darle las gracias en mi nombre y en el de tantos fieles que admiramos su defensa de los pilares de nuestra fe. En momentos de tanto relativismo, como decía antes, Su Eminencia no se ha dejado llevar por conveniencias coyunturales y no ha cesado de advertir cómo en la crisis que sufrimos hay mucho olvido de Dios. Aunque esa actitud le haya generado injustas incomprensiones, nuestro admirado cardenal nunca ha dejado de hacer lo que debe.

Gracias por esa siembra, que yo he tenido el privilegio de vivir en privado, en tantos encuentros que han sido una suma de lecciones intelectuales y vitales con las que enriquecer mi actitud de cristiano.

 

Que renazca la alegría

Para concluir, nada mejor que evocar a una de las mayores evangelizadoras que ha tenido la Iglesia.

Como saben, hoy arranca el Año Jubilar Teresiano en España, en el que vamos a celebrar el V centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús.

Esta celebración ofrece una ocasión magnífica para que todos recordemos que está en nuestra mano compartir el mensaje de Cristo, estemos donde estemos.

Santa Teresa ya vivió tiempos fuertes, tiempos críticos, en los que se relegaba a Dios. «Andan ya las cosas del servicio de Dios tan flacas, que es menester hacerse espaldas unos a otros los que le sirven para ir adelante».

Hoy, como entonces, hagamos espaldas con los misioneros y en nuestra vida de cada día. Y sigamos la llamada teresiana a no estar huecos por dentro.  En estos tiempos tan acelerados y superficiales, recuperemos lo que Santa Teresa llama «la interioridad habitada». Redescubramos nuestra interioridad en cualquier circunstancia, en la convicción de que  vivir cerca de Dios y compartirlo con los demás es camino seguro de perfección.  Reivindiquemos nuestro credo. Porque, en palabras también de la Santa de Ávila, «la verdad padece, pero no perece».

Que renazca la alegría.

Muchas gracias,

Manuel Pizarro Moreno

15 de octubre de 2014, Festividad de Santa Teresa

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