La alegría de ser misionero (I)

Mons. Braulio Rodríguez PlazaMons. Braulio Rodríguez      “Son vidas de película. Salen de su país, recorren miles de kilómetros; ejercen de profesores, administradores, médicos, psicólogos, relaciones públicas, transportistas, promotores inmobiliarios, defensores de los trabajadores, padres adoptivos, mediadores de conflictos… Remunerar su labor sería imposible, pues no tienen precio. Pero las guerras <y las enfermedades>, que no hacen distinción, muchas veces les atrapa a ellos también. Cuando se plantea la disyuntiva de quedarse o volver a casa, ellos se quedan, pase lo que pase…” (Solapa de un libro reciente: Cuando todos se van, ellos se quedan). ¡Qué ciertas son estas palabras referidas a los más de 13.000 misioneros españoles! Las pueden ustedes verificar. Yo lo he comprobado en muchas ocasiones. Doy fe y les tengo envidia y admiración.

¿Qué importancia tiene el DOMUND para la vida de la Iglesia? Ante todo es una Jornada con una insistencia fuerte misionera, como queremos que sea el mes de octubre y aún todo el año. Se trata de la necesidad de la misión ad gentes, sobre todo en países como España de larga tradición cristiana, es decir, donde ser cristiano no parece una cosa novedosa, pues apenas nos diferenciamos de otros ciudadanos ya que, por ejemplo, aceptamos leyes de abortos como si no fuera con nosotros. Pero entiendo que es un día también en el que hay que orar para que Jesucristo sea conocido, cuidar y preocuparse por nuestros misioneros y sus comunidades. Es un día para ayudar económicamente, pero no con unas “perrillas”, sino con algo más, generosamente, como el Señor nos pide.

¿Por qué digo esto? Porque en general al mundo occidental en el que estamos no le interesa mucho la evangelización, aunque sea sensible a la ayuda social a tantas gentes que viven en los países llamados de misión. ¿Y dónde no ha de estar la Iglesia “en salida hacia la periferias”, como gusta decir el Papa Francisco? Pero sin duda es importante que se oiga en esta sociedad que los católicos hablamos de nuestra fe, de Jesucristo, y que apreciamos la actividad eclesial de la “misiones”. ¿Cómo van a conocer que nos importa el Señor y la fe, si no hablamos de ella con entusiasmo?

¿Cómo no van a sentir nuestros misioneros esa alegría que comporta ser precisamente misioneros, cuando se encuentran con los más pobres y más agradecidos al recibir la riqueza que es Cristo? Nuestro planeta está intercomunicado y, si en algunas partes de él hay pobreza extrema, no nos quepa duda de que es, en gran parte, porque los poderosos de este mundo no saben de justicia distributiva y han privado a muchos países del acceso al mercado o han esquilmado sus materias primas, sus riquezas, compradas a muy bajo precio, para enriquecerse ellos. ¿Todavía desconocen ustedes que la evangelización y la misión de la Iglesia comprende también la promoción y atención a las necesidades básicas de los pueblos y comunidades? Debemos desterrar ya un cierto dualismo, que no se sostiene, al separar radicalmente realidades naturales y espirituales, como si la misión fuera únicamente “espiritual”. Sabemos distinguir, por supuesto, entre la gracia de Dios y las tareas que nosotros llevamos a cabo por nuestras fuerzas. Pero si el Hijo de Dios se encarnó, ¿no tiene cualquier realidad humana cabida en la salvación que Jesús ofrece a la humanidad?

Os digo, hermanos, que en los llamados territorios de misión no se dan los problemas un tanto ficticios que acontecen entre nosotros, que en realidad son problemas de países ricos: el clericalismo, el sacerdocio de la mujer como un derecho, la ideología de género, el aborto y un largo etcétera. El misionero va al día y confía en el Señor, porque existen cosas que son de cada día: acercarse al más pobre, evangelizar de manera toral, esforzarse por conseguir sobrevivir ante situaciones límite. Pero, a la vez, los misioneros, en todo este mundo desheredado, trabajan con alegría en la superación de situaciones increíblemente adversas. Será que confían en Jesucristo. Sin duda.

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.