Discernir las huellas del amor

AGUSTINCORTÉSMons. Agustí Cortés         Entre los estudiosos del discernimiento es frecuente afirmar que la regla suprema de esta práctica espiritual es considerar como bueno todo aquello que signifique amar. En consecuencia nuestro reto de discernir lo que ha sido, es o ha de ser nuestra Diócesis quedaría zanjado diciendo que optemos por todo aquello que en nuestra Iglesia concreta responda al amor.

Dicho así, la afirmación no deja de ser verdadera. Es famosa la máxima que responde al pensamiento de San Agustín, y que parece solucionar por la vía rápida todos los envites que nos lanza la vida: “ama y haz lo que quieras”. Esto está bien. Pero entonces se nos abre otro problema más profundo: ¿cómo discernir qué es amar? ¿Qué significa amar y cómo se puede saber que realmente amamos? Un teólogo escribía hace años que con esta máxima nos teníamos que liberar de la presión de las normas y las leyes. No se daba cuenta de que en realidad imponía el amor como ley, olvidando que éste ante todo es una vivencia, es fruto de una tarea y de un don.

En realidad el problema del discernimiento está en el hecho de que no amamos espontáneamente. Aunque parezca lo contrario, eso que nos nace hacer no es propiamente amar. El amor es un camino, un arte (como decía E. Fromm), un trabajo y un proceso. Así, la verdad y la validez de aquella afirmación “ama y haz lo que quieras”, para discernir bien, dependerá del grado de perfección y autenticidad del amor que vivamos. El mismo San Agustín decía en uno de sus sermones:

“Ama para que veas, pues no es cosa de poca estima y leve lo que has de ver: verás al que hizo todo lo que amas”.

Amar para discernir, porque nuestros ojos descubren aquello que es semejante. Sólo la luz que hay dentro de nosotros descubrirá la luz que hay fuera, como sólo el que ama descubre el amigo. Y como en el discernimiento de lo que se trata es de descubrir la voluntad de Dios, su presencia, su verdad en lo concreto de la vida, entonces no hay otro camino que tener en nosotros mismos el mismo amor de Dios (o el amor que es Dios mismo). ¿No nos dijo Jesucristo “bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”? El corazón limpio no es sólo el que ya no tiene impurezas u obstáculos que le impidan ver, sino también el que sea capaz de amar desinteresadamente.

Entonces sí que es totalmente verdadera la afirmación “ama y haz lo que quieras”. Y, junto a esta máxima, aquella otra que también es clásica en los maestros del discernimiento espiritual: la experiencia de la alegría profunda y serena en aquello que se ha elegido. Es un buen signo de acierto en el discernimiento, ya que el Reino de Dios consiste, como dice San Pablo, “en vivir en justicia, paz y alegría por medio del Espíritu Santo” (Rm 14,17). Conviene no olvidar, sobre todo a la hora de discernir, que el amor verdadero siempre va unido a la alegría profunda. El mismo San Agustín definía el amor como “el movimiento del ánimo que tiende a gozar de Dios por sí mismo, de uno mismo, del prójimo (y del mundo) por Dios”. Así pues,

– ¿Qué descubrirá una mirada de ojos puros en la vida de nuestra Iglesia?

– ¿Dónde nos conduce el amor verdadero vivido en ella?

– ¿Qué sospechamos que nos permitirá experimentar la alegría más profunda?

Son expresiones que suenan algo extrañas referidas a la Iglesia Diocesana. Pero están cargadas de verdad. Bien miradas no son demasiado sublimes, ni son exageraciones espiritualistas: son guías de la vida práctica, que marcarán el grado de autenticidad de nuestra Iglesia.

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
Acerca de Mons. Agustí Cortés Soriano 345 Articles
Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.