Discernir para caminar en verdad

AGUSTINCORTÉSMons. Agustí Cortés       Realizamos la tarea de discernir nuestra vida en general y de nuestra Iglesia en particular “para caminar en verdad”, como diría Sta. Teresa de Ávila. El deseo de “caminar en verdad” no es solo un anhelo de sinceridad, sino también una voluntad de vivir el presente y proyectar el futuro sirviendo humildemente a la Verdad, con mayúsculas.

Por eso estamos dispuestos a evitar todas las vías de falseamiento. Ya hemos señalado la necesidad de evitar actitudes de huida o refugio, que son falsas soluciones con apariencia de verdaderas. En el mismo sentido vemos que nos hemos de arriesgar a discernir porque queremos superar falsas seguridades.

El discernimiento espiritual se parece a esas pruebas de iniciación que se hacen en determinadas culturas, mediante las cuales un adolescente “demuestra” que ya no es un niño y que puede afrontar los retos de una vida adulta. La prueba esencialmente consiste en mostrar que se es capaz de hacer por él mismo lo que haría cuando se hallaba sostenido por la seguridad del apoyo y las normas de las estructuras familiares y sociales en general.

Las normas, sobre todo si son muy precisas y concretas, nos dan una gran seguridad. Basta con su cumplimiento para tener la tranquilidad de no equivocarse. Las necesitamos. Pero sabemos que no basta el cumplimiento de lo que está mandado. El mismo Jesús denunció la casuística de los fariseos y maestros de la Ley: la multitud de preceptos que pretendían desarrollar la Ley de Dios en el fondo buscaba asegurar la salvación, como si ésta dependiera de la acumulación de méritos, exigible entonces ante Dios. Pero tres grandes objeciones presentaba Jesús: una que la proliferación de preceptos detallistas hiciera olvidar EL mandamiento principal; además, que el cumplimiento fuera meramente externo y, por tanto, falso; finalmente, que se descuidara la gracia, la gratuidad del amor salvador de Dios (cf. Mt 20,1-16; 23,16-18).

Existe otra fuente de seguridad, hoy muy buscada y apreciada. Es la seguridad de pensar, decidir y hacer “lo que todo el mundo hace”, “lo que todos piensan”, “lo que se dice”. Es la seguridad de la mayoría (por algunos calificada de dictadura encubierta), como un lugar donde nada se arriesga, porque lo aceptado por todos protege de la soledad y de tener que dar razón personal de ser distinto. No tener que pensar por uno mismo es un ahorro considerable y proporciona el confort del reconocimiento espontáneo por parte de los demás.

En cambio a Jesús no le interesaba tanto esa opinión pública, cuanto el pensamiento y la conducta de cada uno. Así, la pregunta a sus discípulos sobre su identidad de su persona fue doble: “¿qué piensa la gente?… Pero ¿qué pensáis vosotros?” (Mt 16,13-16). Y frente a los signos de los últimos tiempos, “muchos dirán, correrán, harán… pero vosotros no hagáis caso, confiad…” (cf. Lc 8,19).

– Hoy el refugio farisaico puede adquirir nuevas formas, pero no dejará de ser un falseamiento de la verdadera fe.

– Hoy el valor de “la forma” está en alza, pero llega a ser un refugio confortable frente a la verdad sobre uno mismo y sobre la vida.

– Hoy se busca amar para disfrutar, pero se olvida discernir cómo se puede y se debe amar más y mejor.

Refugio y comodidad son de hecho contrarios al discernimiento. Éste se ejercita más “a la intemperie”, donde la verdad de uno mismo queda desnuda ante Dios y su voluntad. 

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.