CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS

Mons. Manuel UreñaMons. Manuel Ureña      Celebramos hoy la memoria de los fieles difuntos cuyas almas, en espera de la resurrección del Día final, no han sido llamadas todavía a entrar en las moradas eternas del Cielo.

Con claridad meridiana elogia el Martirologio Romano el contenido de la fe encerrada en esta conmemoración. “La Santa Madre Iglesia – dice el Martirologio –, después de su solicitud en celebrar con las debidas alabanzas la dicha de todos sus hijos bienaventurados en el Cielo, se interesa ante el Señor en favor de las almas de cuantos nos precedieron con el signo de la fe y duermen en la esperanza de la resurrección, así como también por todos los difuntos desde el principio del mundo, cuya fe sólo Dios conoce, para que, purificados de toda mancha de pecado y asociados a los ciudadanos del Cielo, puedan gozar de la visión de la felicidad eterna” (Ed. de 2007, p. 645).

Los fieles difuntos son, así, aquellas personas humanas, varones y mujeres, que murieron en la paz de Cristo, pero que no son dignas todavía de gozar de la presencia de Dios y tienen que esperar un tiempo hasta alcanzar la visión beatífica.

¿Por qué tienen que esperar? Tienen que hacerlo porque deben purificarse todavía y saldar la pena temporal debida a las consecuencias funestas de los pecados, una pena que no satisficieron plenamente durante su vida terrena.

Pero ¿acaso la confesión sacramental no perdona completamente el pecado cometido? Hay que distinguir. Ciertamente, por medio del sacramento de la penitencia dignamente recibido quedan perdonadas la culpa y la pena eterna del pecado mortal. Sin embargo, el perdón completo del pecado implica la vuelta a su primitiva integridad de todos los bienes personales y sociales, así como también de los bienes que pertenecen al mismo orden universal, disminuidos o destruidos por el pecado. Pues bien, tal destrucción de bienes lleva consigo la así llamada pena temporal del pecado. Y esta pena no es perdonada sin más por el sacramento de la reconciliación.

El perdón de la pena temporal del pecado pasa por nuevas mediaciones, entre las que descuellan la reparación consciente y voluntaria de las secuelas del pecado; la asunción valiente y resignada, sin rebelión contra Dios ni desesperación alguna, de las tribulaciones de la vida presente, entre las que sobresalen la enfermedad y la muerte; la práctica de las obras de misericordia y de caridad, así como también la frecuencia de la oración y de las distintas prácticas de penitencia.

Ahora bien, puesto que las heridas dejadas en nosotros por el pecado son tan profundas, la reparación posible de las secuelas del pecado, las obras de penitencia y de caridad que podamos realizar en este mundo y las tribulaciones de toda índole que podamos sufrir no son con frecuencia suficientes para purificarnos totalmente del pecado. Y, entonces, esta purificación, intrínsecamente necesaria para gozar de la visión plena de Dios, debe completarse después de la muerte en el Purgatorio.

Como dice el papa beato Pablo VI, “… pasa muchas veces que, incluso después de que la culpa ha sido perdonada, quedan las penas no satisfechas o las secuelas de los pecados no purificadas. Lo cual viene demostrado de forma diáfana por la doctrina sobre el Purgatorio: en él, efectivamente, las almas de los difuntos que, verdaderamente arrepentidos, han muerto en el amor de Dios antes de haber satisfecho con dignos frutos de penitencia sus acciones y omisiones, son purificadas después de la muerte con penas purgadoras. Las mismas preces litúrgicas son suficiente indicio de esta realidad, ya que, desde tiempos muy remotos, la comunidad cristiana, cuando se reúne para la Eucaristía, pide en ellas por los fieles difuntos”.

Pero, aun siendo tan grandes las secuelas de sus pecados y tan difíciles de redimir, las almas del Purgatorio saben que no están solas en el camino que las conduce a Dios. Por eso, no tienen miedo ni se amedrentan.

En efecto, como ya vimos el domingo pasado en nuestra carta pastoral a propósito de la solemnidad de Todos los Santos, en Cristo y por medio de Cristo, la vida de las almas del Purgatorio está unida por un vínculo misterioso con la vida de todos los demás cristianos, en la unidad sobrenatural del Cuerpo místico. Y esta comunión de todos los miembros del cuerpo con la vida de la cabeza, que es Cristo, hace que la Iglesia encierre en sí misma un gran tesoro de gracia y de santidad, el cual ayuda y sostiene a los miembros más necesitados. En esto consiste la realidad de la “vicariedad”, sobre la cual se funda todo el misterio de Cristo y según la cual somos salvados por el infinito e inagotable precio de las expiaciones y méritos de Cristo, y por el inmenso precio de las oraciones y de las obras siempre admirables de la Virgen María y de los santos.

Pues bien, este gran tesoro de gracia y de santidad se abre de un modo eminente a los fieles difuntos que lo necesitan a través del don de la indulgencia plenaria, la cual nosotros podemos lucrar para ellos mientras caminamos por este valle de lágrimas, que es la Tierra.

Oremos, pues, por las benditas almas del Purgatorio, ofrezcamos sacrificios por ellas, tratemos también de obtener para ellas el don de la indulgencia plenaria y, al mismo tiempo, pidámosles su valiosa intercesión por nosotros, todavía peregrinos y tentados constantemente a abandonar el camino que conduce al Padre.

Manuel Ureña Pastor,

Arzobispo de Zaragoza