Discernimiento como alternativa

AGUSTINCORTÉSMons. Agustí Cortés Soriano      La llamada al discernimiento espiritual sobre la realidad de nuestra Iglesia Diocesana, se ha de entender como una alternativa, que nos previene y nos cura de esa gran enfermedad, tan extendida dentro y fuera de la Iglesia, y que podemos denominar “evasión”, “autoengaño”, “deserción”… Nos referimos, no sólo a la evasión palmaria frente a la realidad que interpela, sino también a esa huida ante los problemas, que se oculta con disimulo bajo formas de aparente religiosidad, cultura e incluso compromiso evangélico.

Acoger la invitación a realizar un verdadero discernimiento eclesial significa la voluntad de definirse ante la realidad concreta del Pueblo de Dios. Con ello se superan cuatro frentes o caminos de posible evasión:

– El primero es el de refugiarse en una verdad de fe, que, defendida aislada y exclusivamente, resulta falsa. Consiste en decir que “ya sabemos que aquí no viviremos la Iglesia perfecta; que ésta sólo se realiza en la gloria futura, por obra de la gracia de Dios; que en consecuencia aquí toca sólo aguantar nuestras debilidades y defectos…”.

– El segundo es el de defender que la verdadera Iglesia sólo es interior, donde reina la libertad de cada uno, como un espacio íntimo, de vivencias inaccesibles para los otros; que, por tanto, bastará con anunciar la verdad escueta del Evangelio y esperar que cada uno la sienta dentro de sí y llegue a creer en ella.

– El tercero es realizar continuos análisis basados en sabias aportaciones sociológicas y psicológicas, elaborar toda una elucubración, cargada de conceptos y razonamientos, que dan imagen de un estudio profundo e ilustrado, sobre lo que se ha de hacer. Entonces se ve que se hace algo, pero realmente no pasa de una brillante conferencia, un cursillo concurrido o un libro de mayor o menor éxito.

– El cuarto es, partiendo de que la evangelización consiste en saber comunicar la fe, explotar el poder de la palabra, tanto para denunciar las deficiencias y los errores más evidentes, aun a costa de simplificar la realidad, como para anunciar situaciones enardecedoras de una Iglesia más perfecta. Lo que se ha de hacer, por tanto, es perfeccionar la elocuencia, con ayuda de los recursos más actuales que están a nuestro alcance, incluidos los tecnológicos.

Se entiende que estos y otros posibles refugios o evasiones no son sino exageraciones de verdades parciales. Ante ellas la llamada al discernimiento siempre recordará que Jesucristo nos invita a mirar, no sólo el mañana de plenitud, sino también el presente limitado; a vivir el Reino de Dios no sólo en lo íntimo, sino también en el ámbito público y exterior; a penetrar la realidad del Misterio, no sólo mediante el estudio y el ejercicio de la razón, sino también con la vida, el afecto y la oración; a recordar que las palabras no bastan, sino que se requieren ante todo los hechos.

El que discierne según el Espíritu afronta la realidad con humildad y valentía, con sinceridad y honradez. Jesús reprochó a sus contemporáneos su falta de discernimiento, no ya porque lo hicieran equivocadamente, sino porque no querían realizarlo para no verse comprometidos:

Jesús dijo a la gente: “Cuando veis que las nubes aparecen por occidente, decís que va a llover, y así sucede. Y cuando el viento sopla del sur, decís que va a hacer calor, y lo hace. ¡Hipócritas!, si sabéis interpretar tan bien el aspecto del cielo y de la tierra, ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo en que vivís? ¿Por qué no juzgáis por vosotros mismos lo que es justo?” (Lc 12,54-56)

Denunciaba la incapacidad para interpretar el tiempo en que vivían sus interlocutores, es decir, el tiempo inaugurado con su venida, con sus signos mesiánicos. ¿Y nosotros, ante nuestro tiempo? ¿No sabemos o no queremos discernir lo signos de la presencia de Jesucristo hoy?

 Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.