Cómo celebrar y recibir los sacramentos

Mons. Pérez GonzálezMons. Francisco Pérez      La reflexión de introducción sobre los sacramentos en general no puede terminar sin preguntarnos: ¿los sacramentos son celebraciones del misterio cristiano? Si es así ¿cómo deben celebrarse? Puesto que son signos externos que han de significar la gracia deben seguir unas formas externas y unas actitudes internas que provoquen esta gracia. Responder a estas cuestiones es muy importante bajo el punto de vista dogmático y sobre todo pastoral.

Interesa sobre todo la actitud espiritual para celebrar y recibir los sacramentos más que el cumplimiento estricto de unas normas o formas externas. Éstas son necesarias sin duda, para que no se vacíe y se pierda lo esencial. Dice el Concilio Vaticano II: “Los sacramentos están ordenados a la santificación de los hombres, a la edificación del Cuerpo de Cristo y, en definitiva, a dar culto a Dios; pero en cuanto signos, también tienen un fin pedagógico. No sólo suponen la fe, sino que a la vez la alimentan, la robustecen y la expresan por medio de palabras y cosas; por eso se llaman sacramentos de la fe” (SC 59).

Ya tenemos una primera y esencial condición de la celebración y recepción de los sacramentos: la fe. Pero ¿qué nivel de fe? ¿Quién la puede medir? Sólo Dios. Esta fe se manifiesta en una disposición sincera y noble que cree que los sacramentos son acciones de Cristo que los administra por medio de los hombres. Dice, el que pronto será beato, papa Pablo VI: “Los sacramentos son santos en sí mismos y por la virtud de Cristo: al tocar los cuerpos, infunden gracia en las almas”. (Misterium fidei. 3-IX- 65.) Quien cree esto lo manifiesta con unas actitudes espirituales internas que se hacen visibles en la unción, seriedad e interiorización de la propia celebración.

Para que esto suceda así los celebrantes se disponen espiritualmente para celebrar. Reza el sacerdote antes de proclamar el Evangelio en la Eucaristía: “Limpia mi corazón y mis labios para que con dignidad y competencia proclame tu santa Palabra” (Ritual de la Misa). Quienes reciben los sacramentos entienden que el celebrante es un intermediario de la acción de Cristo.

Dice San Agustín, como siempre con expresiones sintéticas y acertadas: “Cuando Pedro bautiza, es Cristo quien bautiza (…); cuando Santiago bautiza, es Cristo quien bautiza” (San Agustín, Trat. Evang. San Juan, 6). Y continua en el mismo tratado: “La fuerza espiritual del sacramento es como la luz: llega pura a los objetos que ilumina, y no se mancha aunque pase por medios inmundos. Sin embargo, los ministros deben ser santos, y no deben buscar la propia gloria, sino la de Aquel a quien sirven”.
Una celosa catequesis a quienes van a recibir los sacramentos ayuda a disponer convenientemente los ánimos para hacerlo con buenas disposiciones y provecho espiritual.

La propia celebración resulta la mejor de las catequesis porque, al reiterarla, cada vez se va conociendo mejor lo que se realiza (los porqués), se penetra en el misterio y así se suscita, crece y se fortalece la fe. A los sacramentos se va con fe y se debe volver con mayor fe. Dice el Santo Cura de Ars: “En los sacramentos (los santos) hallaron cuantas fuerzas les eran necesarias para no dejarse vencer del demonio”.

La celebración tiene dos grandes enemigos: la rutina y el ritualismo. Para vencerlos es necesario poner toda la conciencia y atención en la preparación y en la realización. Hay un adagio latino que dice “age quod agis” (“Haz bien lo que estás haciendo”), con atención, con los cinco sentidos. Cuando se hacen las cosas distraídamente y se pierde la atención se pierde también la intención, la intensidad y el fruto. Se cuenta en la vida de San Juan de Avila que le dijo a un sacerdote que trataba con poco cuidado la Eucaristía: “Trátalo bien, que es Hijo de buena madre”.

Otra condición de la celebración es que sea hecha según la mente o intención de la Iglesia. Esto significa no sólo seguir las disposiciones de la Iglesia en los rituales de la celebración de los sacramentos, sino servir convenientemente la necesidad y el deseo de la comunidad cristiana. Nadie puede creerse merecedor ni dispensador de un sacramento. Los fieles y los ministros de los sacramentos están al servicio de la Iglesia. Siguiendo lo que la Iglesia dispone se evita “ideologizar y racionalizar” las celebraciones.
El concepto de celebración implica que sea comunitaria. “Es toda la comunidad, el Cuerpo de Cristo unido a su Cabeza quien celebra” (CEE, 1140). Afirma el documento conciliar sobre la liturgia que “siempre que los ritos, según la naturaleza propia de cada uno, admitan una celebración común, con asistencia y participación activa de los fieles, hay que inculcar que ésta debe ser preferida, en cuanto sea posible, a una celebración individual y casi privada” (SC 27).

Las celebraciones bien hechas, con verdadera piedad y recogimiento realmente glorifican a Dios y santifican a los fieles. Suscitan la fe, la expresan, fortalecen y provocan a vivirla. Todo esto se consigue cuando la celebración resulta bella por el ritmo, la belleza expresiva de la oración, el equilibrio entre palabras y signos, la solemnidad, la hermosura del ambiente, el canto, la música y la participación de la asamblea. Se produce una verdadera experiencia religiosa en la que interviene también la emoción, aquel temblor interior que experimentó Moisés al encontrarse con Dios.

Entre tantos signos que provocan este encuentro están también los objetos e imágenes que hay que cuidar para que “hablen” solas con su decoro, orden y arte. Otro medio importante que tiene la celebración es la variedad de los tiempos litúrgicos.

San Juan Crisóstomo dice que quienes van a la fuente con vasos pequeños se llevan poca agua y quienes van con mayores consiguen mucha. Así pues la gracia recibida  no depende de la fuente, sino de las disposiciones con las que se celebran y reciben los sacramentos “Se recibe la gracia según la medida de las disposiciones” (Catena Aurea, vol. VI, p. 324).

+ Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Tudela

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Mons. Francisco Pérez
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Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).