De la fiesta de la Cruz a las cruces de todos los días…

Mons. Antonio AlgoraMons. Antonio Algora     Diez días después de la Fiesta de la Santa Cruz llega la de nuestra Señora de la Merced, y, con ella,  la fiesta de la Pastoral Penitenciaria, día de poner en primer lugar de nuestra conciencia cristiana a los que viven privados de libertad civil en las cárceles. Nosotros no hacemos juicios paralelos. Ciertamente han sido condenados por la Justicia, pero no han perdido por ello su dignidad y con algunos de ellos en nuestras prisiones se proclama la Palabra de Dios, se pone la mesa donde se celebra la Eucaristía, y se promueve el Amor fraterno, signos visibles de la presencia de Jesucristo Resucitado.

Los internos de los centros penitenciarios nos hablan de las muchas cruces que azotan a la humanidad de nuestro tiempo. Hay mucho sufrimiento en sus vidas y en las de los suyos, cuando parece que solo queda soledad y abandono de todos. La culpa y la responsabilidad del delito cometido siempre es personal y, sin embargo, circunstancias y momentos, necesidades y carencias, fracasos familiares y sociales de segundas y terceras personas, les convierten en víctimas predecibles de injusticias y ausencia de oportunidades para el desarrollo de una vida normalizada.

Todos en la Iglesia debemos participar de la solicitud y ternura de Nuestra Señora de la Merced para con los que hicieron lo que hicieron y dejaron también una estela de sufrimientos y sentimientos de odios y venganzas. Por nosotros deben ser considerados como lo que son: hijos de Dios que, como cada cual, puede esperar la misericordia y el perdón de Dios. No es fácil, ciertamente, y en la piel de los que han sido víctimas de sus actos da mucho respeto ponerse. Antes que nada debemos estar con ellos, con los que han sufrido las consecuencias de actos delictivos de otros, para que, en la medida de lo posible, puedan superar tanto daño recibido.

Si las sociedades desarrolladas buscan el ideal de una actividad penitenciaria encaminada a la rehabilitación y, pagada la pena, a la consecución de su inserción social, la comunidad eclesial, entre tanto, acude a sus necesidades y Cáritas sabe de sus pobrezas y de las consecuencias de sus adicciones a la droga o el alcohol. Las parroquias están llamadas a cuidar a las familias que han tenido la desgracia de ver la privación de libertad de uno de sus miembros y los voluntarios de la Pastoral Penitenciaria saben llevar adelante, con los internos que tienen fe, la presencia de la Iglesia que anuncia la Buena Noticia, el Evangelio, catequesis y celebraciones de la Eucaristía son, como para todos nosotros, alimento esencial para llevar adelante las demás actividades y talleres que muestran solidaridad y amor fraterno.

Además, queda, en este día de la Virgen de la Merced, hacer una consideración global. Debemos hablar de los modelos de persona y de sociedad que tenemos. No podemos aceptar todo lo que se nos ofrece en esta sociedad sin pasarlo por la criba de lo que la Iglesia ha acumulado de su experiencia y habla en su Doctrina Social. Esa demasiado larga fila de personas y de sus entornos familiares y sociales se enmarcan en el grupo de los perdedores del concierto social; pues cuando los expertos en la materia hablan de las causas de estos «fenómenos sociales», nos ofrecen un panorama en el que todos acabamos, de algún modo, implicados: rupturas matrimoniales, fracasos educativos y profesionales, el paro, las pobrezas y carencias que llegan a tocar a una quinta parte de nuestra sociedad, las diferencias salariales abismales, el lujo y la miseria conviviendo pared con pared en nuestras ciudades. Mucho nos queda por hacer, que el Señor ponga su mano.

Vuestro obispo,

† Antonio Algora

Obispo de Ciudad Real

Mons. Antonio Algora
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D. Antonio Ángel Algora Hernando nació en La Vilueña (Zaragoza), el 2 de octubre de 1.940. Cursó los Estudios Eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Madrid. El 23 de diciembre de 1.967 fue ordenado de sacerdote y quedó incardinado en la que entonces era Archidiócesis de Madrid-Alcalá y hoy son tres diócesis: Madrid, Alcalá y Getafe. Desde 1968 a 1.973 fue Consiliario de las Hermandades del Trabajo en Alcalá.de Henares. Trasladado a Madrid como Consiliario de los jóvenes de Hermandades, sustituyó al fundador, D. Abundio García Román, en 1.978, como Consiliario del Centro de Madrid. El 9 de octubre de 1.984 fue nombrado Vicario Episcopal de la Vicaría VIII de la Archidiócesis de Madrid. El 20 de Julio de 1.985 fue nombrado Obispo de Teruel y Albarracín. Recibió la consagración episcopal el 29 de septiembre de ese mismo año. Su especialidad académica es la Sociología. En la Conferencia Episcopal Española es miembro del Consejo de Economía y como tal, responsable del Secretariado para el Sostenimiento Económico de la Iglesia. Además, es vocal de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, y responsable del Departamento de Pastoral Obrera.